Una vida, un camino y una herencia

Eduardo Zaragüeta, O. S. A.
LA VOZ DE ESPAÑA
San Sebastián, 8–VII–75
Ha fallecido don Josemaría Escrivá, fundador y presidente general del Opus Dei. La noticia ha llenado las primeras páginas de los periódicos de medio mundo, porque en setenta países más de setenta mil cristianos de toda condición social le llamaban y le amaban como a padre.

Monseñor Escrivá era, antes que todo, un sacerdote de Cristo, exclusivamente de Cristo y para la Iglesia entendida como tarea de servicio en la cooperación, la cordialidad y el esfuerzo cotidiano. Para otros queda la honrosa tarea de divulgar su rica y generosa biografía. Sólo queremos resaltar aquí el hecho de que su espiri­tualidad adaptada a nuestro tiempo redescubrió el valor de normal, lo oculto e intrascendente como medio eficaz de acercamiento a Dios y, en definitiva, de santificación. Su obra, como interpretación del deseo de Dios, tiene y tendrá contradictores y defensores, pero, como todo empeño grande, no pasará indiferente. Tratar de cris­tianizar y santificar desde dentro las estructuras de nuestro mundo, en lo social, lo político, lo económico, lo artístico, lo familiar es una estrategia audaz que molesta a los demoledores de lo limpio, porque es dar en la diana de los aconteceres que mueven el mundo. Si esta tarea se realiza, además, con eficacia de medios humanos y con amorosa fidelidad al magisterio de la Iglesia y con amor a la tradición vital en tiempos de echarlo todo por la borda y de vul­garizaciones hasta en el culto, entonces esa actitud es una predi­cación, pero también un justo reproche. Matrimonios felices, sacer­dotes ensotanados, limpios, bien plantados y con una o más carreras civiles, además de la eclesiástica, competentes en el medio en que se desenvuelven, solventes, es algo que molesta a muchos sociali­zantes, apostoleadores de taberna y que perdieron la brújula de su vocación.

La vida de Monseñor Escrivá marcó un camino y deja una herencia de espiritualidad en marcha pujante en estos momentos cruciales de la Iglesia y de la humanidad. Los agustinos sabemos de su carácter y de su sencillez cordial cuando dio ejercicios en el monasterio de San Lorenzo el Real, de El Escorial. Escrivá amaba a San Agustín y la rica tradición de la Orden que él fundara hace dieciséis siglos, en circunstancias muy parecidas alas actuales. Fray José López Ortiz, vicario general castrense, agustino, arzobispo de Grado, vivió muy de cerca las vicisitudes y los anhelos fundacionales de Monseñor Escrivá. Era un corazón abierto y exquisito. Esta es la palabra. Exquisitez en un trato nunca clasista ni remilgado, sino vivo de la vivencia evangélica y ardoroso ante las exigencias de la humanidad y de la Iglesia.

Los funerales fueron sencillos, pero solemnes. Latín y grego­riano. En el cálido verano romano de los Santos Pedro y Pablo, en el corazón de la cristiandad. La muerte fue un salto a la eternidad feliz, no le hizo sufrir. Su tarea continúa con mayor eficacia junto a Dios, cara a cara con Él.

La Iglesia pierde en la tierra, la Iglesia militante, un gran peón que, en este caso, es semejante a decir un santo vibrante y sin com­plejos de ser lo que es por deseo de Dios y para el servicio de la fe cristiana.

Descanse en paz Monseñor Escrivá, fundador de la «Obra de Dios».

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