Un hombre que amó la libertad

Antonio Millán–Puelles, Catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid
Artículo publicado en ABC
Madrid, 26–VI–85

Hoy se cumplen diez años del fallecimiento, en Roma, de Mon­señor Josemaría Escrivá de Balaguer. Al evocar la personalidad inolvidable del fundador del Opus Dei, me viene a la memoria el bello esquema que el gran metafísico y teólogo Cornelio Fabro acer­tó a hacer de él: «Un hombre nuevo para los nuevos tiempos de la Iglesia del futuro». Mas no puedo por menos de recordar también que, para el propio fundador del Opus Dei, el espíritu de éste es rigurosamente simultáneo de la enseñanza evangélica: «Viejo como el Evangelio y, como el Evangelio, nuevo». Porque su novedad con­siste precisamente en haber recordado el ideal cristiano de la san­tificación como algo no previsto, en exclusiva, para un escaso núme­ro de almas retiradas del mundo, sino asequible, con la gracia de Dios, a cualquier hombre a través de la práctica del trabajo ordi­nario y en el normal ejercicio de las virtudes humanas pura y sim­plemente naturales.

Este esencial humanismo, sobrenatural y natural, que hay en todo el mensaje de Monseñor Escrivá de Balaguer, se hace espe­cialmente perceptible en su acendrado amor a la libertad. Al fun­dador del Opus Dei se le ve hasta el fondo del corazón cuando ase­gura: «Podéis atestiguar que llevo toda mi vida predicando la liber­tad personal, con personal responsabilidad. La he buscado y la busco por toda la tierra como Diógenes buscaba un hombre. Y cada día la amo más, la amo sobre todas las cosas terrenas» (Es Cristo que pasa, núm. 184.)

Para medir la hondura de este amor hay que tener presente que las cosas terrenas y la realidad del mundo mismo como criatura de Dios fueron amadas apasionadamente por el fundador del Opus Dei, quien también enseñó a quererlas de ese modo, por su origen divino, incluso en los menudos pormenores de la vida diaria. «Lo he enseñado constantemente con palabras de la Escritura Santa: el mundo no es malo, porque ha salido de las manos de Dios, porque es criatura suya, porque Yahvé lo miró y vio que era bueno.[.. .] Cualquier modo de evasión de las honestas realidades de la vida diaria es para vosotros, hombres y mujeres del mundo, cosa opuesta a la voluntad de Dios». (Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, núm. 114.) Y él mismo llegó a definirse: «Un sacerdote de Jesucristo que ama apasionadamente al mundo». (Conversacio­nes…, núm. 11).

El amor a la libertad es como la cifra y el emblema de este apa­sionado amor al mundo, que no sólo no resulta incompatible con el amor a Dios, sino que cabalmente emerge de él. La explicación de que la libertad sea querida sobre todas las demás cosas terrenas debe hallarse, por tanto, en la máxima intimidad del nexo del albe­drío con el amor a Dios. Y, en efecto, Monseñor Escrivá de Bala­guer, en innumerables ocasiones ha insistido en la volición divina del libre amor del hombre al Creador. Dios «prefiere» que le queramos libremente. «No desea siervos forzados, prefiere hijos libres» (Amigos de Dios, núm. 33). «Ha querido correr el riesgo de nuestra libertad» (Es Cristo que pasa, núm. 113).

Por la esencial presencia del albedrío en el amor del hombre al Creador, y solamente en virtud de esta esencial presencia, se expli­ca que el fundador del Opus Dei haya llegado en su amor a la liber­tad hasta el extremo de concebir la religión como un modo de rebel­día. «La religión es la mayor rebeldía del hombre, que no tolera vivir como una bestia, que no se conforma –que no se aquieta- si no trata y conoce al Creador. Os quiero rebeldes, libres de toda atadura, porque os quiero -¡os quiere Cristo!- hijos de Dios». (Amigos de Dios, núm. 38). Es bien patente el contraste con la habi­tual manera de entender la actitud religiosa como sumisión del hom­bre a Dios. La idea de un rebajamiento, inevitablemente connotada por el concepto de la sumisión, no parece la más acertada y opor­tuna para expresar lo que realmente sucede cuando se juntan el querer humano y el divino. Frente a la idea del sometimiento o sumisión, la religión como rebeldía, tal como el fundador del Opus Dei la concibe, no es una libertad que se doblega ante Dios, sino una libertad que se eleva basta Él, levantándose contra la tiranía de la bestia que se agazapa tantas veces en el hombre. En la ense­ñanza de Monseñor Escrivá de Balaguer, el amor a la libertad se refleja en una amplia gama de aplicaciones concretas, a modo de corolarios, entre los cuales destacan, sobre todo, el exigente sentido de la responsabilidad y la inequívoca afirmación del pluralismo. En un artículo publicado en La Libre Belgique (2 de julio de 1975), dice monseñor W. Onclin, decano, entonces, de la Facultad de Derecho Canónico de la Universidad de Lovaina: «Una de las cosas que más me han emocionado al conversar con Monseñor Escrivá de Balaguer, aparte de su calor humano, de su entusiasmo y su espí­ritu sobrenatural, es su amor a la libertad, palabra que nunca pronunciaba sin añadir otra: responsabilidad.» A mi modo de ver, este permanente ensamblaje del albedrío con la responsabilidad cons­tituye la más segura garantía de un amor a la libertad verdadera­mente auténtico y sincero.

La misma autenticidad –sinceridad- del amor a la libertad de cada hombre lleva al fundador del Opus Dei a la resuelta afirmación del pluralismo como algo no sólo permitido, sino inequívoca y posi­tivamente deseado. Bien es verdad que incluso en el fundador del Opus Dei la mentalidad pluralista tiene unos ciertos y determinados límites claramente marcados, pero éstos no son en él otras fronteras que las establecidas por la Iglesia en materia de fe. «En lo que no es de fe cada uno piensa y actúa con la más completa libertad y responsabilidad personal». (Conversaciones, núm. 98.) La adultera­da concepción del Opus Dei como una organización monolítica, y con posiciones propias en asuntos meramente temporales, la ha explicado Monseñor Escrivá de Balaguer como algo debido, entre otras causas, a la dificultad que algunas personas tienen para poder concebir una institución que no sea una especie de partido único. A ello indudablemente se refiere cuando habla del «prejuicio sub­consciente de personas que tienen mentalidad de partido único, en lo político o en lo espiritual»: Un prejuicio que hace que los afectados por él «atribuyan así a la obra el carácter monolítico que tie­nen sus propios grupos» (Conversaciones, núm. 50.)

Monseñor Escrivá de Balaguer amó realmente la libertad per­sonal: la amó humana y cristianamente, con la pasión y el brío de su generoso corazón. Y por eso el mensaje, tan amablemente huma­no y evangélico, de su amor a la libertad, sigue llegando al corazón de tantos hombres y seguirá obteniendo en el futuro, con la ayuda divina, incesantes cosechas de generosidad.

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