El cristiano en el mundo

Gustave Thibon, Filósofo
Artículo publicado en LE FIGARO
París, 25–VI–76 Hace ahora un año que Monseñor Escrivá de Balaguer, fun­dador y animador espiritual del Opus Dei, nos ha dejado. Yo par­ticipaba en un coloquio en un centro de la Obra en el momento en que nos llegaba la noticia de su muerte, y en la calidad de la emoción de los asistentes -hay actitudes, palabras y miradas que no engañan, a través de las cuales el cuerpo traduce el secreto del alma-, yo adiviné como en un relámpago la profunda influencia ejercida por este hombre en sus discípulos.

No se puede albergar ninguna duda por lo que se refiere a la influencia del fundador del Opus Dei. Yo no pertenezco al Opus Dei y, por tanto, no «barro para casa». Sin embargo, testigo impar­cial de una obra de la que he oído decir lo peor y lo mejor, puedo afirmar que en todos los contactos que he tenido con sus socios jamás he sentido esa atmósfera de encerramiento y esa dificultad indefinible en la respiración que caracteriza a una secta o a un par­tido. He encontrado por todas partes el mismo clima en el que el orden hace brotar la convergencia de las libertades. en el que la unidad de fin respeta la diversidad de caminos. en el que la disciplina se inspira desde dentro, más que se impone desde fuera. En resu­men, en el límite ideal, una sociedad en la que, según la fórmula admirable de Bosuet, «todo el mundo obedece sin que nadie mande».

El principio que domina la espiritualidad de Monseñor Escrivá de Balaguer se resume en esto: presencia del cristiano en el mundo temporal, santificación del trabajo y, por encima de todo, del tra­bajo profesional. Lo que implica el rechazo de la dicotomía tra­dicional entre la acción y la oración, lo profano y lo sagrado. La frontera entre estos dos mundos no está en el objeto de nuestros sentimientos y de nuestros actos: pasa por el interior de nuestras almas. Se pueden santificar las cosas llamadas profanas, aplicán­dose a ellas con amor; se pueden también, ¡desgraciadamente!, profanar las cosas sagradas, mezclándolas con nuestra mediocridad y con nuestra bajeza, como hacen tantos «devotos» separados del mundo pero encerrados en sí mismos. Todo es puro para los puros; todo es impuro para los impuros.

Sería escandaloso que las actividades que ocupan la tercera par­te de la vida de los hombres escaparan al mandamiento que nos empuja a «ser perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto». El trabajo profesional es nuestro camino privilegiado hacia la per­fección: no podemos convertirlo en callejón sin salida.

Así se llena el vacío que existe entre lo eterno y lo ordinario. a una mujer que se quejaba de que, «agobiada por las tareas tem­porales», no tenía tiempo para ocuparse de las cosas divinas, Santa Catalina de Siena respondía: «Somos nosotros quienes las hacemos temporales, porque todo procede de la bondad divina». Todo se condensa en esta palabra del apóstol: redimere tempus, rescatar el tiempo. No hay un tiempo para la acción y otro para la oración. Monseñor Escrivá de Balaguer, apóstol de la unidad de vida, nos invita, no a diluir a Dios en el mundo, sino a impregnar el mundo de Dios.

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