Evangelio y Vaticano II en el espíritu de Josemaría Escrivá de Balaguer

Cardenal Ángel Suquía, Arzobispo de Madrid. Presidente de la Conferencia Episcopal Española
Artículo publicado en ABC. Madrid, 9–I–92

El próximo 17 de mayo, el Santo Padre Juan Pablo II beatificará en San Pedro del Vaticano a Josemaría Escrivá de Balaguer, que nació un día como el de hoy, hace noventa años. Con este acto, la Iglesia habrá propuesto solemnemente a los fieles un nuevo ejem­plo de santidad, y un eficaz intercesor ante Dios. Tras la alegría por la llegada a los altares de este sacerdote español –particular­mente para nuestra diócesis de Madrid, en la que residió durante casi veinte años–, viene el momento de la reflexión sobre el sentido del reconocimiento público de una vida santa en la Iglesia de hoy.

Como ha sucedido a lo largo de toda la historia, también ahora el Espíritu Santo suscita hombres de Dios que tienen como misión abrir camino, hacerlo andadero para los que vengan detrás. Esos hombres de Dios se adelantan a su tiempo y lo acercan al querer de Dios. Uno de esos hombres de Dios fue precisamente Josemaría Escrivá de Balaguer, que recibió aquí, en la diócesis de Madrid, la llamada clara del Señor para encarnar y difundir un mensaje de alcance universal.

Es Jesucristo quien alienta cada uno de los pasos de la Iglesia y guía todos sus caminos, bajo el impulso vivificante del Espíritu. Y ha sido el Espíritu Santo quien -como recordaba el Santo Padre– «ha hablado a la Iglesia de hoy y su Voz ha resonado en el Concilio Ecuménico». La Iglesia, por sus legítimos pastores – los romanos pontífices y los obispos-, ha reconocido el carisma del Opus Dei y alienta la labor apostólica de los miembros de la Prelatura, cons­ciente de que su dinamismo apostólico, junto al de tantas otras rea­lidades de la Iglesia, es expresión de la vitalidad espiritual del pueblo de Dios y responde plenamente al espíritu del Concilio para nuestro tiempo. Un tiempo necesitado de respuestas sólidas y coherentes, que requieren en el fiel cristiano, junto con la asidua recepción de los Sacramentos, una profunda formación ascética y teológica, pre­supuesto ineludible para la honda tarea de evangelización a la que nos convoca Juan Pablo II en los albores del tercer milenio cristiano.

También ahora los sacerdotes y los laicos, cooperando orgáni­camente en la tarea evangelizadora, cada uno desde su peculiar misión, deben afrontar los retos que plantea una sociedad descris­tianizada y deben dar una respuesta coherente con su fe bautismal: la respuesta comprometida y responsable de hombres que viven su fe las veinticuatro horas del día como cristianos consecuentes. Este es uno de los puntos en donde se manifiesta la profunda trascen­dencia del carisma que Nuestro Señor dio a Josemaría Escrivá en aquel 2 de octubre de 1928, cuando fundó el Opus Dei «por ins­piración divina», como destaca Juan Pablo II en la Constitución Apostólica «Ut Sit».

Ya se ha señalado la sintonía que existe entre el mensaje de Mon­señor Escrivá y el Vaticano II: la llamada universal a la santidad de todos los hombres y el valor santificador de todas las realidades humanas rectas. Urgencia de santidad, de vida divina, de unión con Dios por medio de la Iglesia, que ha sido el nervio de la tarea reno­vadora suscitada por el Espíritu al acercarnos al tercer milenio de la Iglesia. Así quedó patente en el Sínodo Extraordinario de los Obispos, de 1985, al hacer balance de los frutos que ha traído a su Iglesia aquel gran Concilio Ecuménico.

Quiero señalar, por mi parte, que no se trata sólo de una sintonía de carácter estrictamente teórico. El deseo de Monseñor Escrivá se ha convertido en realidad en la vida de muchísimas almas: su predicación ha dado frutos vivos de santidad en la Iglesia; sus pala­bras han prendido su luz y su calor en la vida de tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo. Ahora se aprecian los frutos de esa gran labor catequizadora, que hacía recordar a Monseñor Escrivá de Balaguer la autenticidad, la fidelidad y la sencillez de los primeros cristianos, aquellos hombres que navegaron a contracorriente en medio de un mundo paganizado, para transformarlo como el fer­mento en la masa y llevarlo a Cristo.

En efecto: sólo una profunda formación cristiana puede servir a los hombres de esta sociedad nuestra para que vivan con el señorío de los hijos de Dios, sin dejarse arrastrar por las ideologías de huma­nismos sin Dios, materialistas o cegados por actitudes permisivas. Se comprueba ahora con especial agudeza que los criterios autén­ticamente cristianos facilitan el convivir y amar -que es mucho más que respetar o tolerar- a todos, sin excluir a nadie, pero abarcando particularmente a los más menesterosos: los pobres, los enfermos, los marginados, los ancianos, los sin trabajo.

Sé que Monseñor Escrivá soñaba con que los catecismos hicie­ran mucho más hincapié en las obligaciones sociales que comporta la fe católica: deberes cívicos, profesionales y de justicia social. Nosotros podemos y debemos convertir en hermosa realidad su sueño.

En el pensamiento de Monseñor Escrivá, la formación laical significa luchar por resolver esas rupturas en la vida de los hombres que tan certeramente señala el Concilio Vaticano II: la fractura entre la fe y la conducta personal; entre la fe y la cultura; entre lo sobrenatural y lo auténticamente humano. Se encamina a res­tablecer latinidad de vida del cristiano, superando esa múltiple esci­sión dislocadora de una efectiva vida cristiana.

Para soldar esas fracturas se necesitan muchos cristianos seria­mente formados que acojan con alegría y plenitud la doctrina católica, tal como es propuesta por el Magisterio; que se unan con espon­taneidad a los obispos y se integren en la pastoral diocesana; que compartan, en sincera comunión con sus hermanos, el mismo Pan Eucarístico. Es necesario que los cristianos sepan poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, con libertad y res­ponsabilidad personales, como hicieron aquellos primeros cristia­nos que se santificaron en el mundo pagano.

Y aquí radica en parte, al menos a mi entender. el atractivo del mensaje profundamente evangélico del fundador del Opus Dei: enseñaba que la fe no debía llevar a un espiritualismo raquítico. a una «teoría espiritual» desgajada de la existencia real, sino que debía impregnar hasta los más recónditos entresijos de la vida cotidiana.

Es necesario recordar de nuevo, como enseña el Concilio Vati­cano II, que los laicos deben santificarse en medio del mundo, en medio de este mundo nuestro que se aleja de Dios. El hombre de la calle debe aprender a santificarse en su trabajo realizado con amor de Dios y con pericia profesional. Porque la credibilidad del testimonio de los cristianos dependerá -cada vez más- del pres­tigio profesional que posean, y la eficacia de su contribución a la evangelización estará condicionada por una sólida preparación en el trabajo. Esta gran catequesis que impulsó el fundador del Opus Dei está dando abundantes frutos de servicio y representa una ayu­da muy significativa en esa gigantesca obra de evangelización del mundo moderno en la que está comprometida toda la Iglesia.

Mi buen amigo Álvaro del Portillo, obispo prelado del Opus Dei, recordaba que el «anhelo del fundador del Opus Dei se plasmó en un lema de resonancias heráldicas: “para servir, servir”. Esto es, para ser útiles hace falta tener espíritu de servicio y demostrarlo con obras. El único honor que siempre deseó fue el de servir a la Iglesia una, santa, católica y apostólica; y el derecho de renunciar a todo derecho que no fuera ofrecerse en un continuo holocausto de oración y de trabajo».

Escribió Pablo VI que la Obra promovida por Monseñor Escri­vá de Balaguer era una «expresión de la perenne juventud de la Iglesia». De esa Iglesia que ahora peregrina en un mundo pluralista en el que desea construir la civilización del amor y contribuir a una auténtica cultura de vida. La noticia de la próxima beatificación de Josemaría Escrivá de Balaguer nos lleva a un canto de acción de gracias al Espíritu Santo Vivificador.

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