El “siervo de Dios” tan delicadamente padre

Cesare Cavalleri, Director de la revista «Studi Cattolici» y crítico literario
Articulo publicado en AVVENIRE
Roma, 1O–IV–91

El año pasado, por estas fechas –exactamente, el 9 de abril–, Juan Pablo II aprobaba el decreto de la Congregación de las Causas de los Santos en el que se exponía que existen pruebas de que el siervo de Dios Josemaría Escrivá ha vivido en grado heroico todas las virtudes cristianas. El fundador del Opus Dei era por lo tanto proclamado Venerable, título que no significa que se le pueda tri­butar culto público, pero que abre la fase inmediatamente previa a la beatificación, en la cual se probará, desde el punto de vista médico y teológico, un milagro atribuido a su intercesión.

He escrito estas líneas –y quizá se nota– con cierta oficialidad. El tema es delicado, las palabras se miden de forma exacta, no es necesario anticipar el dictamen de la Iglesia y, por otra parte, sería absurdo no subrayar el inmenso alcance espiritual, teológico y eclesial del suceso. El decreto, de hecho, sitúa a Monseñor Escri­vá en una escala muy elevada: después de haber afirmado, con Pablo VI, que la proclamación de la vocación de todos los bautizados a la santidad es «el elemento más característico de todo el Magisterio conciliar y, por así decirlo, su fin último», el decreto sitúa a Monseñor Escrivá –que de ese mensaje ha hecho el centro de la espiritualidad y de la función eclesial del Opus Dei– en «coin­cidencia profética» con el Concilio Vaticano II, reconociendo la perenne ejemplaridad de su contribución a la promoción del laicado eclesial llamado a la «cristianización ab intra (desde dentro) del mundo.

Y se podrían seguir –y debidamente– enunciando los méritos de la figura extraordinaria de Monseñor Escrivá, la fama de santo que tuvo durante su vida, su arrebatador carisma de fundador, de siervo devoto y esforzado de la Iglesia, su éxito de autor de libros publicados en todo el mundo, Camino, Surco, Forja, Es Cristo que pasa, Amigos de Dios y Conversaciones, que ya hacen que se le con­sidere un clásico de la espiritualidad de nuestro siglo, etcétera, etcé­tera. Todo esto es verdad, en parte ya se ha probado, y sólo falta un trabajo sublime y desmedido de biógrafos e historiadores.

No obstante, personalmente, no me encuentro en condiciones, al menos por ahora, de coordinar un discurso sistemático sobre cl Venerable Josemaría Escrivá, porque yo he conocido al fundador del Opus Dei hace treinta años y, hasta que murió, es decir, hasta el 26 de junio de 1975, he tenido con él –yo, como miles de miem­bros del Opus Dei en todo el mundo– relaciones filiales no basadas en la asiduidad de una visita humanamente imposible, sino llenas de noticias, oraciones, ideales y trabajo apostólico compartidos, hasta el punto de considerar absolutamente natural el título de padre con el que nos dirigíamos al fundador: no padre en sentido religioso, sino en el sentido de padre de familia.

No es que no nos diésemos cuenta del valor y de la santidad del padre, todo lo contrario: pero su modo de actuar, y de tratarnos, hacía que lo sintiéramos ante todo nuestro; tanto es así que mientras estoy evidentemente contento del avance de su proceso de beati­ficación –porque Monseñor Escrivá no pertenece al Opus Dei, sino a toda la Iglesia–, al mismo tiempo siento la sensación de que se hacen públicos documentos de familia, cosas íntimas, procedimien­tos a mi parecer legítimos y benéficos, pero que de alguna manera son también un desposeimiento.

Si yo tuviese que probar en qué cosa he adivinado sobre todo la santidad de Monseñor Escrivá, diría que ha sido en su manera tan humana de vivir la caridad, es decir, en su extraordinaria capa­cidad de afecto. Y me acuerdo de un episodio sin importancia, pero para mí muy significativo.

Sucedió en 1961. Me trasladé con un grupito de estudiantes a casa del padre, a la sede central del Opus Dei en Roma. Finalizado el cordialísimo encuentro el padre nos invitó a asistir a la Santa Misa que iba a celebrar en breves momentos Nos fuimos al oratorio –artístico y recogido– que el fundador utilizaba habitualmente y que, por sus reducidas dimensiones carece de reclinatorios Cuando sonó la campanilla del Sanctus nos arrodillamos sobre el suelo de mármol. El padre hizo una señal al acólito que era don Javier Echevarría, el actual Vicario general del Opus Dei y le susurro algo al oído. Don Javier vino hacia nosotros y nos dilo «El padre dice que no os arrodilléis, porque el suelo esta frío». Así era el padre incluso en los momentos mas solemnes y precisamente por su ininterrumpida relación con Dios pensaba concretamente en quienes estaban a su lado, se preocupaba hasta de las rodillas de estudiantes de veinte años que, entre otras cosas, no notaban molestia alguna al estar en contacto con el mármol. Con la conciencia segura invito a recurrir a la intercesión de un siervo de Dios que en vida tenía estas delicadezas.

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