¿Realmente es necesario ser tan radical para seguir a Jesucristo?

Si un chico o una chica se hace del Opus Dei, automáticamente queda aislado de su familia y emprende un camino que le separa cada vez más de ella. ¿Realmente es necesario ser tan radical para seguir a Jesucristo? ¿Alguien se ocupa de recordarles que no están exentos de cumplir el cuarto mandamiento?
San Josemaría denominaba al cuarto mandamiento el "dulcísimo precepto", queriendo expresar con ese adjetivo que –aun siendo un mandato divino de obligada aceptación– resulta fácil y hasta produce dulzura su cumplimiento.
Lo enseñó a sus hijos constantemente. Hay cientos de narraciones –en primera persona– del afán diario del fundador para que los miembros de la Obra estuviesen al tanto de las necesidades de sus familiares, escribiesen a sus padres con frecuencia y procurasen darles muchas alegrías.

Esta manera de actuar constituye una experiencia vivida con inmenso gozo por miles de fieles del Opus Dei y por sus familias.

No son pocos los casos en los que la vocación al Opus Dei se "transmite" con gran naturalidad dentro de una familia: se "contagia" de padres a hijos e incluso a nietos.

Otras veces ha sucedido al revés: el ejemplo de los hijos que se entregan a Dios remueve a los padres y les hace acercarse a la Obra y –si tienen vocación– responder a la llamada de Dios.
Como en muchas otras realidades de carácter vocacional en la Iglesia, Dios pide a algunas personas –pocas– una disponibilidad total, que implica dedicarse con todas las energías a una determinada tarea apostólica.

El ejemplo de esto no hay que buscarlo muy lejos y lo vemos plasmado en la vida del mismo Jesucristo.

Si hasta aquí se entiende lo que va dicho, entonces la pregunta se da por contestada y se puede pasar a la siguiente.

Si alguien no entiende que una persona se pueda dedicar con todas sus fuerzas a Dios, podría pensar que hay bastante gente que se dedica con todas sus fuerzas a las cosas más variopintas: una carrera profesional plagada de éxitos, una buena posición económica, una afición, un deporte, una ciencia, una mujer, un hombre, un sistema operativo, una causa justa, etc.

Si todas esas cosas merecen la pena –no hemos citado adrede las innumerables cosas menos nobles a las que algunos y algunas dedican sus vidas– habrá que deducir que Dios, que es el sumo Bien y la suma Belleza, quizá merece poder elegir a un puñado de hombres y mujeres, llamarlos y hacerlos "suyos" con el resello de una peculiar vocación en la Iglesia.

Esto, lejos de ser un desastre, es como recibir en casa el "gordo de la lotería". Es un honor inmenso para el que recibe esa llamada y también para los padres y familiares de esa persona.
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