El secreto de una vida santa

Manuel Garrido Bonaño, O. S. B.
Profesor de Liturgia en la Facultad de Teología del Norte de España

Artículo publicado en HOJA DEL LUNES
Las Palmas de Gran Canaria, 2–X–78
Mis primeros recuerdos sobre el Opus Dei datan de los años cuarenta. Fue entonces cuando leí por vez primera Camino, en una edición voluminosa que, creo, fue la primera con este titulo. El ejem­plar no me pertenecía y estaba dedicado por su mismo autor. Desde entonces lo be leído multitud de veces y lo considero como un libro clásico en la vida espiritual. He repartido docenas de ejemplares entre los estudiantes y he podido comprobar el bien inmenso que les ha proporcionado su lectura. Un amigo mío me los enviaba gene­rosamente junto con muchos ejemplares del Nuevo Testamento para ser distribuidos. Le sugerí que eso era una forma excelente de hacer apostolado. Mi amigo no pertenecía ni pertenece a la Obra, aunque la conoce bien y la aprecia.

Desde el primer momento comprendí la verdadera fisonomía del Opus Dei y simpaticé con esa Asociación. La he visto siempre como un gran movimiento apostólico con el fin de conducir a todos los hombres a vivir la vida cristiana lo más perfectamente posible, cada uno dentro de su propio estado, «camino de satisfacción en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano». Leía la hoja informativa del proceso de beatificación de Isidoro Zorzano, socio del Opus Dei, y me edificaba mucho lo que allí se decía. Por eso, cuando fui a fundar a Leyre, en 1954, siempre que iba a Pamplona visitaba la Cámara de Comptos Reales, donde funcionaba la Facultad de Derecho que allí tenía el Opus Dei. No hablaba con nadie. Iba allí sólo por simpatía. Y, sin embar­go, nunca me sentí llamado a pertenecer a la Obra, por la sencilla razón de que tenía y tengo vocación a la vida monástica benedictina.

Del fundador del Opus Dei yo conocía poca cosa. Pero por los frutos que producía, yo deducía que el árbol era bueno. Luego, sí; luego he leído mucho sobre el Opus Dei desde que tuve noticia del mismo.

Luego he tenido ocasión de seguir más de cerca la obra apos­tólica del Opus Dei como tal, o la que realizan algunos de sus socios, tanto los sacerdotes como los laicos y los sacerdotes diocesanos que pertenecen a la Obra. Todo ello me ha hecho ver que el Opus Dei es hoy en la Iglesia una fuerza espiritual.

Resulta difícil encontrar en la historia de la Iglesia una institución que a los cincuenta años de su fundación pueda presentar un panorama tan fructífero como el que presenta el Opus Dei en toda la tierra. Se vio esto en gran parte con motivo de la muerte de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, en que, de todos los rincones del mundo, se elevó una gran ola de gratitud por los bene­ficios recibidos. Se comprende mejor esto cuando se han visto las películas de sus magníficas catequesis. ¡Qué acierto tuvieron los que las filmaron! Así somos muchos los que ahora hemos podido aprovecharnos de su doctrina y de su propio estilo de catequizar, en el que de una forma tan simpática, tan digna, tan espiritual y tan humana expone las cuestiones más intrincadas del dogma y de la moral. Las he visto varias veces y siempre me han edificado enor­memente. Sus homilías se leen ahora con verdadera fruición, como libro de oración, de meditación, como manual de pastoral y de consulta.

El secreto de todo esto está en su intensa vida espiritual. El Con­cilio Vaticano II ha sido para el Opus Dei una lluvia beneficiosa por eso mismo. Ha confirmado en no pocos puntos su misma fina­lidad y sus medios, pero también lo que es la base firme de todo el Concilio: la vida espiritual, aunque no siempre se tiene presente. La renovación principal que quiere el Concilio es la vida espiritual, las otras en tanto en cuanto se consigue o para facilitar el conse­guirlo. Paulo VI lo ha recordado multitud de veces en sus extraor­dinarias alocuciones o catequesis de los miércoles. Me parece que son el mejor comentario al Concilio y la más luminosa clave de su recta interpretación. Esto explica por qué el Opus Dei ha hecho y hace una labor tan excelente en la Iglesia y en el mundo, en con­sonancia con el Concilio.

Después de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer se han hecho manifestaciones que revelan el secreto de su rica espiritua­lidad. No obstante su apariencia brillante, fue hasta el último ins­tante de su vida el grano de trigo que, enterrado, muere para dar lugar a una mies copiosa. Para algunos parecerá paradoja incom­prensible lo que afirman los testigos de la primera hora de la Obra: «El Opus Dei nació en los hospitales y barrios pobres de Madrid», acredita José Manuel Domenech de Ibarra (cfr Apuntes sobre la vida del fundador del Opus Dei» Madrid 1977 pag 167). El día de San José de 1975 lo confiaba el fundador a los socios de la Obra «Fui a buscar fortaleza en los barrios mas pobres de Madrid- de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables que no tenían nada de nada…, fui a buscar los medios para hacer las obras de Dios en todos esos sitios. Mientras tanto, trabajaba y formaba a los primeros que tenía alrededor… Fueron unos años intensos, en los que el Opus Dei «crecía para adentro sin darnos cuenta». Pero he querido deciros que la fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas» (Apun­tes, pág. 168). Antes lo había insinuado en el Colegio Tabancura de Santiago de Chile, el 2 de julio de 1974. Y en Lisboa en 1972, donde tuvo la feliz idea de manifestar el origen del núm. 208 de Camino. Sus palabras son de un valor grande y las transcribo íntegras: «Te encontrarás también con el dolor físico y feliz con ese sufrimiento. Me has hablado de Camino No me lo se de memoria pero hay una frase que dice bendito sea el dolor, amado sea el dolor, santificado sea el dolor. ¿Te acuerdas? Eso lo escribí en un hospital a la cabecera de una moribunda a quien acababa de administrar la Extremaunción. ¡Me daba una envidia loca Aquella mujer había tenido una gran posición económica y social en la vida, y estaba allí, en un camastro de un hospital moribunda y sola sin mas compañía que la que podía hacerle yo en aquel momento hasta que murió. Y ella repetía, paladeando: bendito sea el dolor tenía todos lo dolores morales y todos los dolores físicos–, amado sea el dolor, santificado sea el dolor; ¡glorificado sea el dolor! El sufri­miento es una prueba de que se sabe amar, de que hay corazón» (Apuntes, pág. 169). ¡Qué lástima que no haya dejado también el origen de los otros 998 números de Camino! Adivinamos que tal vez cada uno de ellos fue fruto de un hecho similar. No puede leer uno esos pasajes sin emoción. El Opus Dei ha nacido y se ha desarro­llado a golpes de azada. La incomprensión, la difamación, la calum­nia acompañó toda la vida del fundador del Opus Dei. Si el Opus Dei hubiera sido una obra meramente humana hace mucho tiempo que lo hubieran aniquilado, pero lo sostiene la gracia de Dios con la que tan fielmente colabora. Se comprende así el gran fruto espi­ritual que ha hecho y hace en las almas. Los datos hablan por si mismos: más de ochenta mil socios repartidos por todos los con­tinentes, con multitud de obras apostólicas en el campo de las letras, de la promoción social, en la pastoral, etcétera, etcétera. Oí decir no hace mucho a un arzobispo: si todos mis sacerdotes fuesen del Opus Dei no tendría conflictos en mi diócesis. Se nota hoy en la Iglesia donde actúan los socios del Opus Dei por el gran fruto espi­ritual que allí se da. Un misionero de África me indicó que la espe­ranza de la Iglesia está hoy en el Opus Dei.

Refiriéndose al fundador de la Obra, no hace mucho me recor­daba un destacado monseñor de la Curia Romana: «sufrió mucho». Resulta impresionante conocer que dos horas antes de morir decía en Castelgandolfo, el 26 de junio de 1975, a un grupo de asociadas del Opus Dei: «Hemos de amar mucho a la Iglesia, y al Papa, cual­quiera que sea. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio para su Iglesia y para el Santo Padre» (Apuntes, pág. 238).

Como el grano de trigo… El lo recuerda en el núm. 199 de Cami­no: «Si el grano de trigo muere queda infecundo. – ¿No quieres ser grano de trigo, morir por la mortificación, y dar espigas bien gra­nadas?– ¡Que Jesús bendiga tu trigal!».

Una de las grandes características de Monseñor Escrivá de Bala­guer es su intenso amor a la Iglesia. Amaba a la Iglesia en su tota­lidad y en sus diferentes manifestaciones particulares. Podríamos llenar páginas evocando doctrina y hechos en que manifiesta ese amor intenso por la Iglesia de Jesucristo. Habla del escapulario del Carmen como si fuera un fervoroso carmelita: «Lleva sobre tu pecho el santo escapulario del Carmen. Pocas devociones –hay muchas y muy buenas devociones marianas– tienen tanto arraigo entre los fieles y tantas bendiciones de los Pontífices. Además, ¡es tan maternal ese privilegio sabatino!» (Camino núm. 500). Incorpora a su Obra los hechos de la Iglesia más dispares y los propone como modelo. He aquí algunos ejemplos: «Por defender su pureza San Francisco de Asís se revolcó en la nieve, San Benito se arrojó a un zarzal, San Bernardo se zambulló en un estanque helado… –Tu, ¿qué has hecho?» (Camino, núm. 143). «Pero… ¿y los medios'? –Son los mismos de Pedro y de Pablo, de Domingo y Francisco, de Ignacio y Javier: el Crucifijo y el Evangelio…

– ¿A caso te parecen pequeños ?» (Camino, num 470) Y así multitud de veces, con respecto al sacerdocio a las ordenes religiosas a la liturgia, a las devociones a la pastoral No extraña que la revista milanesa Studi Cattolici al informar sobre la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer titulase esa información «Una vida para la Iglesia», como queriendo compendiar que el amor a la Iglesia dio sentido a toda la vida del fundador del Opus Dei. Se ha dicho que desde hace tiempo Monseñor Escrivá de Balaguer «con una pro­gresiva intensidad, ofrecía al Señor su vida y mil vidas que tuviera por la Iglesia Santa y por el Papa, sea quien sea. Este ofrecimiento era intención diaria de su Misa, era fervor continuo de su alma, era dolor de su corazón, era desvelo de su vida». « ¡Qué alegría–ex­cribió– poder decir con todas las veras de mi alma: amo a mi Madre la Iglesia Santa!» (Camino num. 518). Por eso recetaba pausadamente, saboreándolo, las palabras del Credo, «creo en la Iglesia. Una, Santa, Católica y Apostólica» (Camino, núm. 517).

Analizar los puntos principales de su rica espiritualidad supone una extensión ajena a este trabajo Algo se ha hecho ya, especial mente por don Pedro Rodríguez Monseñor Escrivá de Balaguer es por antonomasia el apóstol de la llamada universal a la santidad A él le dolía que en los calendarios litúrgicos casi todos los santos fuesen sólo clérigos o religiosos fuera de los mártires cuando en realidad ha habido muchos santos laicos aunque no hayan entrado en el calendario universal de la Iglesia En la oración de San Bredan monje irlandés del siglo VI que se divulgo mucho en el medievo se evocan diversas categorías de santos mártires, confesores, vírgenes, anacoretas, monjes y «sanctí clericí sancti laicí, sanctae uxores, sancti domini, sancti servi, sancti divites, sancti pauperes, sancti doctores, sancti fauctores». Siempre que he leído esa plegaria litánica he recordado a Monseñor Escrivá de Balaguer y a su Obra. Él expuso con todo el ardor de su corazón grande de apóstol la vocación universal a la santidad en todos los aspectos, fijándose principalmente en la grandeza de la vocación cristiana, en la filia­ción divina del cristianismo, en la afirmación cristiana del mundo, en la santificación del trabajo ordinario, en la proyección apostólica de todo discípulo de Cristo y en su unidad de vida, no compar­timentos estancos: ahora cristiano y luego profesor o tornero. A ello ha contribuido con su palabra y con sus escritos, pero de un modo especial con su obra más característica: Camino. Se ha pre­tendido querer rectificar algunas de sus consideraciones espirituales insertadas en ese magnífico libro que tanto bien ha hecho y hace a las almas. Pero la espiritualidad genuina del fundador del Opus Dei la da ese libro que se ha convertido en un clásico de la vida espiritual cristiana. Uno de los libros de espiritualidad más leídos en el siglo XX. Así lo muestra la multitud de traducciones y de edi­ciones desde que aparece en redacción reducida en Cuenca, en 1934, y en la edición definitiva de 1939 hasta nuestros días. No es un libro de gabinete, fruto de especulaciones teóricas. Refleja siempre una experiencia apostólica del autor. Por eso, pretender marginar ese libro precioso y eclipsarlo con las homilías y «con­versaciones» de Monseñor Escrivá de Balaguer me parece una gran temeridad, sin quitar nada de su valor a esas homilías ni a las «con­versaciones», que en realidad no completan ni perfeccionan a Cami­no. Son otra cosa y como tales hay que juzgarlas y no enfrentarías ni contraponerlas. Todas las consideraciones espirituales de Camino tienen un gran valor actual y siempre lo tendrán, incluso aquellas que parecen reflejo de unas circunstancias muy concretas y deter­minadas. Son Evangelio vivido en todos los momentos de la jornada.

No sólo he repartido docenas de ejemplares de Camino como antes he dicho, sino que no podía tener un ejemplar para mi uso, pues también ése repetidas veces he tenido que darlo porque me lo han pedido y yo veía que debía desprenderme de él para que hiciese un bien espiritual a otras personas. Para no estar sin él recurrí a la estratagema de que un gran amigo me regalase uno muy sencillo y dedicado. La dedicatoria me impediría darlo. Él me envió un ejemplar que había usado mucho en sus conferencias y en su lectura personal. Es el que tengo y con el uso no está ciertamente para regalarlo a nadie: una edición muy pequeña de bolsillo que me acompaña siempre.

Cuando después de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer he leído u oído muchas «gracias» atribuidas a su intercesión -de algunas diría milagro, pero no quiero adelantarme al juicio de la Iglesia– no me extraña nada. Son los signos con los que Dios rubrica su gran santidad. Todos los días pido a Dios que esa santidad se proclame oficialmente lo más pronto posible.

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Capítulo: Santos y pillos. El Opus Dei y sus paradojas (Joan Estruch)

Joan Estruch, director del Departamento de Investigaciones en Sociolocía de la Religión de la Universidad Autónoma de Barcelona, publicó en 1993 un libro titulado L'Opus Dei i les seves paradoxes: un estudi sociològic; al aparecer en 1994 la versión castellana el título original ha pasado a subtítulo y la obra -sin duda por razones comerciales- ha recibido un nuevo título, menos científico que el primitivo.

Según cuenta Estruch en el prólogo, al preparar en 1984 la edición catalana de La ética protestante y el espíritu del capitalismo, de Max Weber, apuntó el interés de que alguien estudiara la posible relación entre el espíritu del Opus Dei y el estilo del capitalismo español de los años posteriores a 1956. Algo después un sociólogo amigo suyo le sugirió que fuera él mismo quien realizara ese estudio. La idea permaneció en el estadio de mero proyecto hasta que el Institute for the Study of Economic Culture de la Universidad de Boston, con el que Estruch está en relación, aceptó incluir esa investigación en sus programas, financiándola. Ese fue el origen del presente libro, si bien, como el propio Estruch declara, la idea primitiva fue quedando en un segundo plano, ya que su trabajo, y por tanto la obra finalmente redactada, se orientaron en otra dirección.

De hecho en el libro efectivamente publicado el estudio sociológico sobre la mentalidad de los empresarios españoles de los años sesenta y el influjo que al respecto pueda haber tenido el espíritu (la ética, según la terminología weberiana) del Opus De¡, queda reducido a la segunda parte, menos trabajada y más breve que la primera: no llega a las cien páginas (pp. 361 a 456). El cuerpo del libro está constituido por la primera parte, de más de trescientas páginas de extensión (pp. 13 a 357), con un contenido y un enfoque totalmente diversos: lo que Estruch ofrece a lo largo de esas trescientas y pico páginas no es un análisis del espíritu del Opus Dei y su posible influjo social en España o en otros países sino más bien un recorrido panorámico a través del proceso de fundación y desarrollo del Opus Dei.

Después de una introducción y una explicación de la metodología que piensa seguir (pp. 13-56), los hitos históricos que considera son los siguientes la figura de Josemaría Escrivá como fundador (pp. 57-122); los años transcurridos desde la fecha oficial de fundación del Opus Dei, 2 de octubre de 1928, hasta el comienzo de la guerra civil española (pp. 123-149); el periodo de la guerra civil (pp. 150-157); la publicación de Camino (pp. 158-184); los años de la implantación del Opus Dei en España, es decir, el periodo que va desde 1939 a 1946 (pp. 185-228); la marcha de Josemaría Escrivá a Roma (p. 229-246); la expansión internacional del Instituto Secular del Opus Dei (pp. 147-284); el proceso de abandono de la configuración jurídica como Instituto Secular (pp. 285-312); la consolidación definitiva del Opus Dei (pp. 313-357).

Como puede colegirse de la descripción realizada -que refleja los títulos de los diversos capítulos-, el libro quiere mantener, en conformidad con lo declarado en la introducción, un tono sociológico, situando el desarrollo del Opus Dei en relación con los diversos contextos sociales que ha atravesado a lo largo de su historia. En realidad, toda esta primera parte -y, en consecuencia, según la extensión e importancia que el autor le concede, el libro en su conjunto-, aunque incluya de cuando en cuando observaciones o análisis de carácter sociológico, no es una obra de sociología. Tampoco es un libro de historia, ya que, propiamente hablando, no aspira -o al menos no aspira como objetivo principal- a una reconstrucción de los hechos. El objetivo o finalidad de esas trescientas y pico páginas es, en realidad, un análisis crítico de las fuentes historiográficas que permiten el acceso a la historia del Opus Dei; más exactamente, un análisis de las fuentes historiográficas ofrecidas hasta ahora por el Opus Dei -es decir, los escritos de sus miembros o, según la terminología que emplea Estruch, la "literatura oficial"- con vistas a ponderar su credibilidad, o, por mejor decir -ya que ésta es realmente la intención que rige todo el esfuerzo de investigación realizado-, a ponerla en entredicho.

La "literatura oficial", es decir, los textos escritos por miembros del Opus Dei, no han ofrecido nunca -afirma Estruch- la verdad completa, sino sólo retazos, que al mismo tiempo desvelan y ocultan la realidad de la institución a la que se refieren, por lo que la imagen que trasmiten de los orígenes y de la historia del Opus Dei no resulta fidedigna. Este juicio negativo sobre los escritos realizados por miembros del Opus Dei es resumido por Estruch acudiendo a dos metáforas: la del iceberg, según la cual lo manifestado por la "literatura oficial" sería sólo la punta de una realidad mucho más honda que permanece oculta; y, sobre todo, la del rompecabezas, pues lo trasmitido por la "literatura oficial" serían sólo aspectos inconexos de una verdad, respecto a la cual se ocultan piezas e incluso, en ocasiones, se ponen sobre la mesa piezas que pertenecen a otro juego, de manera que, fiándose de ellas, resulta imposible componer una verdadera imágen. La labor del investigador que aspire a estudiar la realidad del Opus Dei -ésta es la posición que Estruch se atribuye- reclama, pues, una actitud de radical desconfianza ante lo ofrecido por esa "literatura oficial", y un recurso constante a otras fuentes -también a la literatura adversa-, pues sólo así estará en condiciones de percibir los huecos y de detectar las piezas sobrantes y, en consecuencia, de resolver el rompecabezas.

Estas ideas, expuestas en la introducción, reaparecen continua y reiteradamente a lo largo de todo el texto, concretamente de toda la primera parte del libro, que viene a ser, como ya dijimos, un prolongado intento de confirmar y dar verosimilitud a esa afirmación inicial. Desde el principio hasta el fin de la obra Estruch no sólo practica una "metodología de la sospecha" que, dudando de lo que los textos dicen, aspira a buscar la verdad leyendo entre líneas, analizando contextos y confrontando entre sí textos de proveniencias diversas -lo cual en un historiador resulta legítimo; más aún, obligado-, sino que -y esto ya no lo es tanto- presupone y da por sentada en todo momento una tesis básica -la no credibilidad de la "literatura oficial"-, sobre la que vuelve constantemente intentando darle verosimilitud. Los miembros del Opus Dei -reconoce Estruch- pueden decir y dicen de hecho cosas verdaderas. La "literatura oficial" debe pues ser leída y escuchada, pero añade enseguida- sin prestarle fe, sino, al contrario, dudando de su veracidad y sometiéndola, por tanto, a un fuerte análisis crítico. El reconocimiento de una veracidad, en ocasiones, de la "literatura oficial" no excluye, pues -tal y como Estruch presenta las cosas-, la metodología de la sospecha, antes al contrario, al ser una veracidad restringida, la reclama de modo perentorio. En este sentido puede decirse, como ya antes lo hacíamos, que el objetivo o finalidad primordial del presente libro es sembrar la desconfianza -y no una desconfianza cualquiera, sino una desconfianza radical- ante todos los escritos sobre el Opus Dei realizados por sus propios miembros.

La práctica del método de la sospecha es, como ya señalamos más arriba, perfectamente legítima, y en cierto modo necesaria en orden a la labor historiográfica: la confrontación de fuentes es, sin duda alguna, una vía hacia la certeza. Sólo que ese método debe ser practicado con honradez científica: si no es así se transforma en prejuicio que induce a deformar los hechos que los documentos certifican a fin de presentar como conclusiones lo que en realidad no son sino proyecciones de un prejuicio inicial. Por desgracia esto es lo que ocurre a lo largo de toda la obra de Estruch: aunque está escrito con tono científico, y aunque el autor reitere en repetidas ocasiones su pretensión de objetividad, el libro no es, en modo alguno, el fruto de una investigación serena.

Estruch no se manifiesta, en efecto, en esta obra como un autor que, al estudiar las fuentes, va valorando fría y objetivamente los datos y, eventualmente, entra en duda sobre la fiabilidad de algún testimonio o documento, sino como alguien que, desde el principio, actúa movido por prejuicios y actitudes preconcebidas, y ello hasta el extremo de orientar todo su trabajo con vistas a un resultado decidido de antemano: poner en entredicho la credibilidad de los textos publicados por miembros del Opus Dei. A fin de alcanzar ese objetivo procede a realizar una lectura de esos escritos ciertamente detenida, pero no objetiva: va buscando todo y sólo lo que pueda contribuir a dar fuerza y verosimilitud a su tesis. Aprovecha para ese fin las lagunas que, en ocasiones, encuentra en esos textos, pero en otros momentos no vacila en forzar el sentido de las expresiones o incluso en tergiversar radicalmente su significado hasta hacerles decir lo contrario de lo que obvia y evidentemente indican. El Opus Dei y sus paradojas -citémoslo por su título original- aunque se presente como un libro que declara aspirar a la neutralidad propia de un trabajo científico, es, en realidad, una obra fuertemente unilateral, más aún, sesgada.

Junto a la tesis fundamental ya descrita -la no fiabilidad de la "literatura oficial"-, Estruch propugna otra, íntimamente relacionada con la anterior, aunque se sitúa en un nivel distinto, ya que hace referencia no a la crítica de las fuentes y a la metodología, sino al contenido, es decir, a los hechos considerados en sí mismos; concretamente, a la fundación del Opus Dei y, por tanto, a la totalidad de su historia. Mons. Escrivá de Balaguer y, siguiendo sus huellas, los diversos fieles de la Prelatura que han escrito sobre el tema, han declarado que el Opus Dei fue fundado en esa fecha decisiva que fue el 2 de octubre de 1928, en la que quedaron asentados los fundamentos de toda su actividad, de manera que los sucesivos desarrollos que la institución lógicamente ha conocido no son sino el despliegue y la profundización en la luz o carisma originarios. Estruch pone en duda ese hecho, e intenta una interpretación de la historia del Opus Dei a partir de las consideraciones weberianas -válidas, ciertamente, en relación con algunos procesos, aunque no siempre y en todo caso- sobre la existencia de desarrollos históricos que son fruto de consecuencias imprevistas, e incluso contradictorias con las intenciones originarias, de una acción o de un conjunto de acciones.

En otras palabras, a su juicio -y en contra, afirma expresamente, de lo que sostiene la "literatura oficial" al tratar sobre el 2 de octubre-, el desarrollo del Opus Dei sería el resultado de una evolución no homogénea, sino heterogénea. Sea lo que fuera de lo ocurrido el 2 de octubre de 1928, el verdadero inicio del Opus Dei -afirma- no debe situarse en 1928, sino en los años 1938-39, momento en el que José María Escrivá -en el ambiente de la guerra civil española- pensó en una institución de intelectuales con vistas a la penetración en los ámbitos y estructuras sociales a fin de cristianizarlos, según el modelo -continúa Estruch- de instituciones análogas promovidas por algunos jesuitas. Este planteamiento -prosigue- se mantuvo durante varios años hasta transformarse posteriormente, ya casi en los años sesenta, cuando, como consecuencia del crecimiento del número de miembros, se advirtió la necesidad de dar a la labor un enfoque más amplio, llegando a la idea de una institución cuyo fin fuera la santificación del trabajo en las diversas profesiones y en las condiciones sociales.

No es éste el momento de seguir paso por paso la reconstrucción -mejor, construcción ya que su tarea no es fruto del análisis de los datos, sino de la imaginación- que Estruch realiza de la génesis y desarrollo del Opus Dei, ni tampoco de desmontar sus interpretaciones, ingeniosas a veces, más bien desmañadas otras, pero, salvo muy contadas excepciones, apriorísticas y arbitrarias. Quisiera sólo referirme a un punto, clave en orden a la comprensión del Opus Dei: la afirmación según la cual la invitación a la santificación del trabajo no pertenecería al núcleo original del Opus Dei sino que sería fruto de una evolución posterior. El único argumento que Estruch alega a ese respecto es que la palabra "trabajo" apenas aparece en Camino (pp. 182-183, 405), olvidando que la primera versión de esta obra, que data de 1932-1934, está dirigida a universitarios, por lo que el amplio capítulo dedicado a "estudio" apunta en esa dirección, y poniendo entre paréntesis el hecho de que, en textos del fundador del Opus Dei contemporáneos a Camino, las referencias al trabajo son numerosas. Esos textos no le son desconocidos, pues están reproducidos en obras que maneja, y uno de ellos, de 1934, lo menciona expresamente (p. 406); bien es verdad que lo hace para poner en duda su autenticidad -como todo lo que proviene de la "literatura oficial"- y poder proceder en consecuencia como si no existiera.

Es sólo un ejemplo, entre los numerosísimos que podrían citarse, de la ligereza histórico-crítica con que Estruch procede, así como de la arbitrariedad y carencia de fundamentos de la casi totalidad de sus interpretaciones históricas. Se trata además de un ejemplo, y esta es la razón por la que lo hemos escogido, que nos permite dar un paso más en el análisis del libro: nos orienta, en efecto, de algún modo, hacia la consideración de la segunda parte del libro, en la que, según ya dijimos, Estruch aspira a analizar el influjo que el espíritu del Opus Dei, y más concretamente su modo de entender el trabajo, haya podido tener en la conformación de la mentalidad y las actitudes de los economistas y empresarios que protagonizaron los cambios económico-sociales de la España de los años cincuenta y sesenta.

A lo largo de toda esta segunda parte se advierte muy claramente que Estruch se debate entre el reconocimiento de la real aportación que algunos miembros del Opus Dei realizaron, a través de su trabajo, a la modernización de España, y la reticencia a atribuir una verdadera modernidad al espíritu del Opus Dei. Su conclusión final será que la espiritualidad y la ética difundidas por el Opus Dei implican una mezcla confusa entre un empirismo y un pragmatismo por lo que se refiere a las cuestiones técnicas, de una parte, y un tradicionalismo y un conservadurismo a nivel de los valores, de otra; en suma, y como conclusión última, que el Opus Dei es ajeno a toda modernidad de fondo, y refleja, a través de esa mezcla confusa de actitudes, la dificultad que el catolicismo, o, al menos, muchas instituciones católicas, encuentran para insertarse auténtica y verdaderamente en la sociedad occidental contemporánea.

Por lo demás el hecho es, como ya apuntamos, que, aunque la reflexión sobre el espíritu del Opus Dei y su influjo en el modo de vivir el trabajo y la economía, corresponda al objetivo inicial del libro, la investigación al respecto está de hecho poco trabajada, e incluso ni siquiera intentada. Max Weber, al preparar su ensayo de 1904 sobre La ética protestante y el espíritu del capitalismo, tuvo que proceder en dos direcciones, a fin de describir, primero, el espíritu del capitalismo y, después, presupuesto ya lo anterior, analizar de qué modo podían haber influido en la génesis o en la consolidación de ese espíritu las actitudes existenciales propias de la ética protestante y, más concretamente, calvinista. Para retomar ese empeño en relación con la España de 1950 y 1960 hubiera sido necesario analizar, ante todo, los cambios sociales y de mentalidad que en esa época se produjeron, particularmente en los ambientes económicos y empresariales, para luego, en un segundo momento, estudiar el espíritu del Opus Dei a fin de detectar eventuales puntos de contacto entre ese espíritu y la nueva mentalidad entonces surgida, lo que permitiría, dando un paso adelante, llegar a la determinación de nexos causales y de influencias.

Tal vez fuera la magnitud del empeño que implica un proyecto de ese tipo, lo que llevó a Estruch a abandonarlo, para refugiarse en una tarea más libresca y, por tanto, más sencilla, dedicando a la idea inicial sólo una segunda parte más breve que la primera, y en la que, a fin de cuentas, tampoco se decide a enfrentarse del todo con la cuestión inicial. Habiendo prescindido de todo análisis detenido sea de la sociedad española de las décadas de los cincuenta y los sesenta, sea del espíritu del Opus Dei, el camino que Estruch tiene frente a sí, y el que recorre de hecho, consiste en tomar como punto de referencia el análisis que Weber realizara de la ética puritana para buscar, a continuación, paralelismos entre esa ética y el espíritu del Opus Dei. Un itinerario de ese tipo puede ser legítimo si quien lo emprende está dispuesto a admitir, a medida que lo recorre, que junto a las semejanzas hay diferencias e incluso que estas diferencias pueden ser mayores que las semejanzas, rompiendo por tanto el paralelismo. Está expuesto, no obstante, a dejarse dominar por la tendencia al concordismo hasta caer en ese olvido de las diferencias que cierra el paso a la comprensión de las peculiaridades de unos y otros planteamientos. Así ocurre en este caso, como consecuencia, también, de esa actitud preconcebida a la que ya nos hemos referido y que lastra el libro hasta el final.

Lo que, según Weber, caracteriza la ética puritana -más concretamente, los rasgos de la ética puritana que han contribuido, a su juicio, a consolidar el espíritu del capitalismo- son, de una parte, la fuerte exigencia moral y, de otra, la valoración del éxito o resultado positivo del trabajo. La trascendencia radical de la predestinación divina de que hablara Calvino, fruto del puro querer de Dios al margen de toda obra humana, hace que el puritano, para superar la angustia que una predestinación así entendida implica, aspire a encontrar signos de la benevolencia de Dios, es decir, de la propia y personal predestinación a la salvación eterna. El hecho de perseverar en la práctica de un trabajo exigente, ordenado y metódico, junto con el éxito o resultado positivo de esa dedicación intensa a la propia tarea en el mundo, fueron, en diversos círculos calvinistas, incluidos entre esos signos de predestinación. De ahí una ética del trabajo -un ascetismo intramundano- y una valoración religiosa del éxito en los negocios que no sólo caracterizan a la tradición puritana, sino que, a través de diversas incidencias, habrían contribuido poderosamente -Weber completa así su tesis- a la conformación de la actitud vital que facilitó el auge y consolidación del capitalismo.

No todos los estudiosos de la historia de las ideas económicas están de acuerdo con las tesis weberianas, ni todos los teólogos, calvinistas o no, aceptan la caracterización de la ética puritana que propugna Weber. Sea de ello lo que fuere, digamos que, en todo caso, el espíritu del Opus Dei, aunque diga referencia al trabajo y la vida ordinaria en medio del mundo, obedece a registros muy diversos del ascetismo intramundano y la ética del éxito de los que Weber habla y a los que se refiere. Dejando de lado otros aspectos, anotemos sólo uno, aunque fundamental y cargado de consecuencias: una ética del éxito pone el acento, como resulta obvio, en el fruto del trabajo, en el resultado al que conduce la acción de trabajar y no tanto a esta acción en si misma; el espíritu del Opus Dei invita, en cambio, a una santificación del trabajo en cuanto tal, es decir, a una vivencia con espíritu cristiano, con conciencia de la cercanía de Dios, de la acción de trabajar, que resulta así valorada por sí misma, como ocasión de encuentro con Dios, con independencia de sus eventuales resultados positivos o negativos, es decir, del hecho de que desemboque en un éxito temporal o en un fracaso. Ni que decir tiene que la conciencia de cercanía de Dios reclama la atención al trabajo, también en sus aspectos materiales, profesionales y técnicos y, en ese sentido, un empeño profesional y una ascesis; pero el acento no está puesto ni en los resultados ni en la ascesis, sino en la dimensión teologal o conciencia de cercanía de Dios, considerada como la actitud fundante o substantiva.

Ética del éxito y santificación del trabajo se nos presentan, en suma, como actitudes espirituales diversas, de las que cabe esperar, si inciden en la historia, que den lugar a fenómenos sociales distintos. ¿Ha ocurrido así en el caso del Opus Dei?, ¿ha influido su espíritu en la conformación de la mentalidad española contemporánea, y más concretamente en la actitud española respecto al trabajo en general y los negocios y la economía en particular? Esta es la pregunta a la que Estruch, según su propósito inicial, aspiraba a contestar, pero a la que no responde en modo alguno, ya que su reflexión acerca de la evolución de la mentalidad española es muy aproximativa y su análisis del espíritu y la realidad del Opus Dei: verdades, críticas y secretos)

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La intercesión de los santos

Si Dios es Onipotetnte, Omnipresente y Omnisitente, puede otro ser creado por el tener estas  caracteristicas?

Respuesta: No. Si algún otro fuese omnipotente, ninguno de los dos lo sería.

Nueva pregunta: Gracias por contestarme. Sabes mi pregunta anterior, la cual me contestastes con mucha honestidad, y cuya contestación yo sabia, responde a una segunda inquietud.  Si esto es así, entonces  como es posible que por ejemplo yo en Puerto Rico y miles co yo en Puerto Rico a la misma hora que tu en España y otros en diversas partes del mundo, pueden pedir a los santos y a la virgen si estos no son omnipotentes, ni onmipresentes ni omnisientes, atributos que solo le pertenecen a Dios, Nuestro Creador?  Te agradeceré me des tu opinion al rerspecto pues quisiera comprender alguna razon logica del punto de vista teologico si esposible  para ello.  Te adelanto que creo esta teologia de intersección de los
santos, pertenece a una mentalidad antigua y medieval. Te agradeceré me des tu opinion al respecto desde tu perspectiva.

Y nueva respuesta:

Los santos no son omnipotentes, sino que interceden ante Dios, que sí lo es, para que nos ayude.
Tampoco son omniscientes: no hace falta saberlo todo para interceder ante Dios por otro. Tú mismo puedes interceder por algún amigo tuyo y no eres omnisciente.
Tampoco son omnipresentes. Aunque habría que matizar que entiendes tú por “omnisciente”. Los santos se han liberado del cuerpo y están ya en el cielo gozando de Dios. Como ninguno de nosotros ha tenido la experiencia de estar sin cuerpo, no sabemos lo que esto significa. Pero, una vez que no tenemos cuerpo, dejamos de estar limitados por el espacio y el tiempo, que son limitaciones propias de los seres corporeos.
Todo esto no me parece algo antiguo ni medieval. Sino que me parece la fe de la Iglesia: siempre jóven y actual. Perdona que te diga, pero lo que es antiguo y medieval son estas pegas que me cuentas, que ya fueron resueltas en la Edad Media por Santo Tomás de Aquino y otros teólogos.
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