¿Alguien conce alguna secta cuyo fundador sea santo?

Con todo el respeto, conozco el opusdei, y creo que es una secta… (sobre esto ya hablé en ¿El Opus Dei es una secta?)

Con todo respeto, no sabía que hubiese sectas dentro de la Iglesia Católica. Ni que existiesen sectas con sacerdotes y obispos de la Iglesia Católica.

Tampoco conozco ninguna secta cuyo fundador haya sido puesto como modelo para todos los cristianos (canonizado) . Ni que el Papa haya asegurado que está en el cielo el fundador de esa misma secta.

En fin, creo que el problema no está en la Obra, sino en el concepto que tienes de secta.

¿Alguien conce alguna secta cuyo fundador sea santo?
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Un santo de nuestro tiempo

Félix Carmona Moreno, O. S. A.
Artículo publicado en LA BUENA ESPERANZA
Ecuador, mayo-junio 76
El 26 de junio, para quienes conocimos a Monseñor Escrivá de Balaguer y para los cientos de miles de personas que se han acer­cado más a Dios mediante su ejemplo y su doctrina, ya no será nunca un día más. Se cumple un aniversario del tránsito al cielo de este hombre de Dios y, a la par que su fama de santidad se extien­de por los cinco continentes, el recuerdo de su presencia física en la tierra remueve en esta fecha singular una deuda de gratitud.

Conocí al padre Escrivá en cl mes de septiembre de 1944, en el Monasterio de El Escorial. Era yo un joven de diecinueve años y estudiaba el segundo curso de Filosofía, como profeso Agustino. Nuestro padre provincial, el padre Carlos Vicuña, que conocía y apreciaba al fundador del Opus Dei, consiguió que nos diera ocho días de ejercicios espirituales, especialmente dirigidos a los profe­sos: sesenta, entre teólogos y filósofos.

Fue una suerte y una gracia muy grande. Creo que conocí a un «santo de altar», a un «santo canonizable». Como él –con tanta firmeza– nos decía que habíamos de ser. El impacto de su extraor­dinaria espiritualidad no se ha borrado con los años. Hice mis apun­tes de cada una de las meditaciones y los he repasado algunas veces. Aún los conservo a lápiz, como los escribí entonces. Lamentable­mente son únicamente un resumen de las ideas acompañado de algunas expresiones suyas. Las anécdotas y ejemplos tremendamen­te gráficos con que ilustraba su exposición doctrinal quedan mas en mi recuerdo que en mis apuntes. Empleaba un estilo directo, muy bíblico, y con interpretación muy práctica de la Palabra de Dios. Solía hablar en singular y ayudaba a fijar la atención con el reclamo al planteamiento personal o el recurso a la anécdota.

Según mis apuntes, nos dedicó tres meditaciones a la santidad. Las anoté con los siguientes títulos: «Necesidad de la santidad»; «La santidad nos la inculca el Espíritu Santo»; «Otro paso hacia la santidad».

Nos hablaba de una santidad recia, viril (como se veía la suya), de un hombre, pero de un hombre lleno de Dios. Nos repetía: «tie­nes que ser santo de altar»; «santo canonizable»; «no para que bus­ques un nicho en el templo…»; «tu vida ha de ser como la de un santo canonizable».

No le gustaban esos libros de espiritualidad sensiblera, ni las vidas de los santos que sólo cuentan maravillas, de tal forma que casi los deshumanizan; muchas veces hechas por autores piadosos, bien intencionados, que escribían en su celda, mirando a las cuatro paredes, sin buscar informes… «También los santos tenían defectos y tenían que luchar…». «A veces nos cuentan algunas fábulas y extra­vagancias de ciertos santos, las cuales suelen ser buenas mentirotas». «No les hace falta a esos santos tales casos como no mamar los viernes por penitencia, cuando eran niños de pecho…».

Destacaba la importancia de las cosas pequeñas, o mejor, de la virtud en las cosas pequeñas. «Se nos pide ser santos; pero no hacer milagros ni cosas extraordinarias…, basta saber sobrenatu­ralizar los actos ordinarios y, si lo los haces bien, no es poco».

Cuando la Santa Iglesia Católica se ve removida por la acción del Espíritu Santo y surgen, a impulsos del Concilio Vaticano II, iniciativas por doquier que alimentan la santidad de los cristianos, estos recuerdos, para mí inmensamente satisfactorios, me hacen sentir la fuerza de aquella personalidad espiritual, cristiana y sacer­dotal de Monseñor Escrivá de Balaguer y me provocan un santo orgullo por haberle conocido.

No se me borra la figura –alto, sereno, espiritual, alegre, que tenía un no sé qué– de aquel sacerdote de virtud atrayente por auténtica.

Sé que su tumba, en este año transcurrido, ha sido visitada por millares de católicos de todo el mundo. No me sorprende que cada vez se recurra más a su intercesión en busca de alivio para las pena­lidades espirituales o físicas. Es –desde el cielo la misma labor que ocupó su vida entera: hablar a todos de que hemos de ser «santos canonizables», «santos de altar», cada uno en su sitio y sin hacer cosas extraordinarias. O mejor buen ejemplo es su vida haciendo extraordinario, al llenarlo de Amor de Dios, lo que muchos con­sideran sin valor: la ocupación «ordinaria» de cada día.

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Quiero hacer bien mi trabajo y santificarme

Apreciado Antonio, y digo apreciado porqué aún sin conocerte, a través de tus escritos he llegado a hacerlo. Te diré que tengo 46 años y  una vida hasta  hoy un poco conflictiva, pero gracias a paginas como la tuya y libros católicos ha crecido en mi algo que me empuja hacia Dios. He cambiado muchas cosas, pero solo estoy empezando mi camino. El caso y el motivo de mi correo es que quiero hacer bien mi trabajo y, como dice San José, santificarme a través de el. Nunca he disfruté de mis obligaciones laborales, y no cumplía con ellas. Quiero cambiar eso, por este motivo me gustaría que me aconsejaras algún libro inspirador al respecto.

También me gustaría acercarme al Opus Dei, ya que después de diversas lecturas comparto la manera de enfocar vuestra  vida  .Vivo en la provincia de Barcelona y aunque dispongo de poco tiempo mi primer compromiso será acercarme a alguna parroquia y buscar un director espiritual para avanzar en este camino y ser una persona digna a los ojos de Dios y de la gente. Quiero recuperar mi vida, o mejor dicho, quiero empezarla.
No te voy a entretener más,  solo felicitarte por tu página. Deséame suerte y reza por mi. Un saludo.
 
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Me alegro de todo lo que me cuentas.
 
También rezo por ti, para que esa conversión que estás teniendo sea efectiva y duradera.
 
Como sabes, el Opus Dei es un camino de santificación en el trabajo ordinario y en las cosas de cada día. Es decir, que viene a recordar que todos podemos ser buenos cristianos -ser santos- haciendo bien el trabajo y cumpliendo con nuestras obligaciones.
 
Pero no sólo eso, sino que podemos encontrarnos con Dios en la vida corrente de cada día. Esto es algo sorprendente y muy estimulante.
 
Para profundizar más en el tema, te recomiendo algunos libros de San Josemaría, el fundador del Opus Dei:
Amigos de Dios: tiene una homilía sobre el trabajo en la que explica muy bien el tema.
Camino: uno de sus capítulos trata sobre el trabajo.
 
Si quieres conocer algún director espiritual del Opus Dei, creo que lo mejor es que vayas a alguna casa del Opus Dei en Barcelona y preguntes allí. En mi antiguo blog (http://soydelopusdei.blogspot.com/ ) hay unos cuantos enlaces en la columna derecha. Varios son de casas de la Obra en Barcelona.
 
Espero haberte ayudado.
 
Antonio.

 

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La fórmula para ser santo

¿No es un poco pretencioso intentar ser santo y creer "tener la fórmula" para conseguirlo? Lo digo porque a veces "algunos" parecen mirar por encima del hombro a los que hacemos lo que podemos…
Sí, es un poco pretencioso inventarse fórmulas humanas para ser santo: por eso el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, se hizo hombre, para llevar a plenitud la revelación divina del Antiguo Testamento y para darnos ejemplo de vida. Para indicarnos el camino del cielo y dejarnos en la Iglesia los sacramentos, canales de la gracia.

Por eso, pretender caminos de santidad fuera de la doctrina de Jesucristo es… cuanto menos arriesgado.

En el Opus Dei se pide a sus miembros una firme adhesión a la doctrina de Jesucristo, cuya depositaria, por voluntad del mismo Cristo, es la Iglesia.

Pero no se creen por ello mejores que los demás: al contrario. Lo consideran un don inmerecido de Dios y tratan por todos los medios de compartirlo con familiares y amigos. Y eso se llama "apostolado". Y lo hacen todos los cristianos, no sólo los del Opus Dei.

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Jacques Philippe

Autor de:

   En la escuela del Espíritu Santo

   Tiempo para Dios

   La paz interior

   La libertad interior

Copio varios comentarios que me han llegado últimamente sobre este autor.

 


El libro “La paz interior” está muy bien, es un libro que me ayuda mucho y que me ha enseñado una cosa clave, no se puede ser perfecto, pero se encuentra la paz cuando sabes vivir con tus errores y los intentas erradicar, pese a que no lo consigamos siempre…

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hola antonio: quería preguntarte si me podrías decir un poco más sobre este autor, su autobiografía, si es 100%unido a la iglesia católica. de esta manera puedo mencionarlo en mis trabajos. muchas gracias.

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Lo siento, pero desconozco su biografía.

Sí que conozco sus libros y son 100% fieles a la Iglesia. Eso hace que estén ayudando a muchos cristiano a acercarse más a Dios.

Pienso que a los árboles se les conoce por sus frutos, por eso, supongo que esta persona debe ser un cristiano ejemplar.

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Felicitaciones por la pagina me ha gustado mucho.

Estuve averiguando y logre lo siguiente:Philippe, Jacques –
Biografía:
Es miembro de la Comunidad de las Beatitudes. En su seno ha asumido importantes responsabilidades (consejo general, responsable de los sacerdotes y los seminaristas, responsable de la formación de los pastores). Ordenado sacerdote en 1985, predica retiros en Francia y en el extranjero

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Actualidad del mensaje de Josemaría Escrivá

P. Ambrogio Eszer, O. P.
Relator General de la Congregación para las Causas de los Santos

Articulo publicado en EL NORTE DE CASTILLA
Valladolid, 9–I-l992
La figura de Josemaría Escrivá de Balaguer, polifacética y, al mismo tiempo, extraordinariamente compacta, suscita un conside­rable interés tanto en el pueblo de Dios como entre los teólogos. El estudio de sus escritos y de su servicio eclesial parece demostrar que la personalidad del fundador del Opus Dei marca una nueva etapa en el panorama de la espiritualidad y de la vida de la Iglesia.

La actualidad de su mensaje y de su obra están a la vista de todos; es la «viva expresión de la perenne juventud de la Iglesia», como escribió el Papa Pablo VI. El Santo Padre Pío XII afirmó de él que era «un verdadero santo, un hombre mandado por Dios para nuestra época». El cardenal Höffner declaró que su obra «es providencial en la historia de la Iglesia, y presenta tal fuerza salvífica que es imposible exagerar su valor».

Si el teólogo debe reconocer en el carisma del fundador del Opus Dei la libre iniciativa de Dios, que traspasa con una luz inesperada el espíritu de la criatura escogida y le asigna una tarea a la que ésta no sabe ni quiere resistirse, el historiador ha de buscar los para­digmas objetivos que permitan valorar ese carisma y la correspon­dencia del hombre. La inspiración de Monseñor Escrivá de Bala­guer se proyecta sobre un horizonte que transciende las vicisitudes de su tiempo, pero de ellas obtiene fuerza y vigor. Son dos los ele­mentos que deben considerarse para formular una valoración adecuada de su personalidad y su apostolado. Por un lado, la expe­riencia personal del siervo de Dios: el itinerario de su vocación y de su misión. Por otro, las circunstancias externas en las que esta misión se desarrolló. O, si se prefiere, por una parte la gracia, y por otra, la forma concreta e histórica en la que la ha encarnado.

Pues bien, su acción eclesial toma forma en un contexto que, desde un punto de vista social y cultural, aparece fuertemente mar­cado por un laicismo rabioso. Estamos en los primeros anos treinta, cuando tiene lugar una consolidación de las fuerzas laicistas que se proponen una radical descristianización de las masas: de hecho, este designio no se consuma solamente en los ámbitos restringidos donde se crea la cultura, sino que quiere involucrar a la sociedad entera. De esta cultura laicista se derivó la expansión del odio anti­clerical, la persecución violenta contra la Iglesia, la revuelta anar­quista. En los anos sucesivos, hasta llegar a nuestros días, el extre­mismo en la lucha contra la fe religiosa ha sido superado, pero aquel proyecto de «laicización» de la vida conoce una expansión casi imparable: la secularización como proceso de pensamiento, incluso teológico, y como realidad generalizada.

La respuesta de Escrivá de Balaguer, al principio y al final, es la misma, perentoria y esencial; «estas crisis mundiales son crisis de santos». Advirtiendo la necesidad de que los cristianos superen toda división entre la fe y el actuar diario, proclama la vocación universal a la santidad y anuncia con vigor que el trabajo humano es el instrumento a través del cual Dios llama al hombre a cooperar en el plan de la Creación y de la Redención. El trabajo, que era el lugar de conflicto y de aplastamiento del hombre por aquellos que deseaban plasmar los «nuevos tiempos» de una humanidad finalmente liberada y dueña de sí, se convierte para el fundador del Opus Dei en el ámbito de santificación. Cristo es colocado «en la cumbre de todas las actividades humanas»; la vida de los hombres y la entera sociedad se impregnan de una tensión hacia Dios a la que nada resulta ya extraño. Y es en los cristianos corrientes, de todos los ambientes y condiciones sociales, en quienes Escrivá rea­viva la conciencia de la necesidad de recapitular, desde dentro, el mundo en Cristo.

En ese espíritu se reconocen las huellas de sus primeras expe­riencias sacerdotales entre los campesinos de Perdiguera, los uni­versitarios de Zaragoza y de Madrid, los obreros y los abandonados de las barriadas extremas de la capital. Un espíritu que parece mos­trar sus inagotables virtualidades, sobre todo hoy, cuando vemos que el «humanismo» moderno acaba por desembocar en el indi­ferentismo y en el sinsentido. De ahí que no sea casualidad que en el texto del decreto sobre la heroicidad de sus virtudes se lea:

«Este mensaje de santificación en y de las realidades terrenas resulta providencialmente actual para la situación espiritual de nuestra época. En efecto, en los tiempos presentes, a la vez que se exaltan los valores humanos, también se advierte una fuerte inclinación hacia una visión inmanente del mundo, entendido como algo separado de Dios. Y este mensaje invita a los cristianos a buscar la unión con Dios a través del trabajo diario, que constituye una obligación y una fuente perenne de la dignidad del hombre la tierra. Por lo que resulta patente la adecuación de este mensaje con las cir­cunstancias de nuestro tiempo, y parece además destinado a per­durar de modo inalterable, por encima de las vicisitudes históricas, como fuente inagotable de luz espiritual».

Desde el punto de vista eclesial, Josemaría Escrivá comienza a actuar en una situación en la que las respuestas pastorales tra­dicionales comenzaban a dar los primeros signos de inadecuación ante el gran desafío de este humanismo ateo o agnóstico. Y en los últimos años asiste a la crisis de las ilusiones de quienes habían inten­tado superar ese ¡mpasse preconizando la adaptación de la Iglesia al mundo. Tampoco aquí su respuesta cambia con el tiempo y, con su estilo directo característico, aparece perfectamente adecuada a las nuevas exigencias. Es el regreso a un cristianismo radical, cris­tocéntrico y teocéntrico, centrado en la afirmación del primado de la gracia, de la comunión de vida con Cristo mediante la oración y los sacramentos, que generan el hombre nuevo y lo transforman en testigo de Cristo en su propio ambiente profesional.

Se lee en estas tesis un eco ante litterarn del mensaje central del Concilio Vaticano II, en el que el fundador del Opus Dei tuvo la alegría de ver aprobadas las propias inspiraciones fundamentales; y, al mismo tiempo, se percibe un salto de siglos, que conecta direc­tamente con la genuina fuente de la espiritualidad cristiana: el Evan­gelio sine glossa y la experiencia de la primitiva comunidad cristiana. Escrivá vive y transmite a todos los cristianos la experiencia del encuentro transformador con Cristo. No hay en él ninguna pre­sunción intelectual, ni la preocupación por resolver complicadas cuestiones teológicas, sino el anhelo pastoral de hablar a todos, cultos y sencillos, ricos y pobres, mentes eximias y hombres poco ins­truidos, para entregar a todos un mensaje nuevo y antiguo. Es el mensaje de Cristo, en cuyo misterio salvífico todos los bautizados se encuentran vivíficamente injertados. Por esto, Camino –su libro más importante y difundido– no es una exposición sistemática, sino una guía hacia el encuentro con el Señor: incluso en su forma lite­raria, aparentemente tan asistemática como la vida misma, se refleja el sabor de los Ápophthegmata de los primeros maestros del Cris­tianismo. Pero Escrivá está bien lejos de cualquier «primitivismo», y en este sentido, la lectura de su obra tanto publicada como inédita –así como de dictámenes elaborados a lo largo de la causa de canonización por parte de los teólogos censores designados por el Tribunal del Vicariato de Roma– es suficiente para disipar cual­quier duda. El suyo es un trabajo de catequesis, de pastoral experta, de dirección de almas. Hay una mente atenta y perspicaz, que sin ligarse a ninguna escuela teológica determinada, bebe de la teología escolástica y, sobre todo, de Santo Tomás, las tesis fundamentales.

Su enseñanza consigue ser siempre eminentemente apostólica. Y también lo es su obra. La incidencia que ha tenido en la auténtica promoción del laicado es aún difícilmente evaluable en sus dimen­siones reales que, ciertamente, son vastísimas; lo mismo se podría decir de los frutos que suscita en sacerdotes y religiosos. Josemaría Escrivá de Balaguer ha llevado a tantos cristianos, de cualquier esta­do y condición, a la unión total e íntima con el Salvador, trasmi­tiéndoles un vigoroso impulso apostólico, que les ha hecho cons­cientes de la llamada a ganar a otros para Cristo; « estos otros» son cristianos que se han entibiado y aquellos que se han dejado absor­ber por el secularismo. Detrás de esta fecundidad, que no conoce especializaciones, se palpa un profundo sentido de la Iglesia y un amor que podemos definir sin titubeos, encendido hacia todos sus representantes, comenzando por el vicario de Cristo.

La amplitud de las realizaciones apostólicas promovidas por Josemaría Escrivá en los cinco continentes, y su adecuación a las exigencias de una pastoral en sintonía con las necesidades de los tiempos, pueden hacer pensar que fuera, sobre todo, un hombre de acción. Los estudios elaborados con motivo de la causa de cano­nización nos revelan, en cambio, que la verdadera clave de su per­sonalidad está en su vida interior, donde se toca el misterio de la elección divina, de la que la criatura queda marcada hasta las libras más profundas de su ser. Si se puede dar de él una definición, es la de siervo fiel: fidelidad ejemplar en la respuesta diaria a la intensa acción de la gracia en su alma y, consiguientemente, en el cum­plimiento del encargo recibido. Sólo dejándose moldear interna y enteramente por el amor de Dios podría convertirse en un humilde heraldo del mensaje radical de santidad que constituye el núcleo del Opus Dei. El carisma que le guió aparece constitutivamente diri­gido a la edificación de la Iglesia. Su experiencia unitiva personal fue el sustrato necesario y el alimento natural de su mensaje espi­ritual. La teología ha analizado esta experiencia conoce bajo el nombre de «carisma del fundador», y ha puesto de relieve que sus inmediatas consecuencias apostólicas no se limitan al valor del testimonio o de la ejemplaridad que enriquece su trasunto interior, sino a una paternidad misteriosa y real, cauce activo del fluir de la gracia de Cristo a sus miembros.

Esta me parece la clave de la personalidad espiritual de Mon­señor Escrivá, enteramente marcada por la voluntad de ser fiel a la misión recibida. Fue en primer lugar un alma profundamente contemplativa. Desde joven el Señor le condujo a través de expe­riencias místicas que le llevaron a alcanzar las cumbres de la unión transformante: locuciones interiores, purificaciones y consolaciones que le hacían «sentir», en toda su humildad, la acción impetuosa de la gracia, y que, como todos los verdaderos místicos, acompañaba con un rigurosísimo esfuerzo ascético y con una extenuante actividad apostólica, identificándose plenamente con la voluntad divina. Simultáneamente, el Señor le hizo un maestro de vida inte­rior; a los veintiséis años tan sólo, con la fundación del Opus Dei, le llamó a abrir un nuevo camino de santidad en la Iglesia. También las purificaciones pasivas, elemento presente en todo proceso de la santificación, asemejan al siervo de Dios a los grandes funda­dores: no sólo la experiencia vivida de la bajeza de la propia nada ante el amor divino, sino, sobre todo, la conciencia de la indignidad para una tarea sin limites, y la dolorosa sucesión de las incompren­siones sufridas, de las adversidades que de todos lados amenazaron la vida de la criatura que acaba de ver la luz… Como si Dios mismo pidiese una cosa humanamente «imposible» y, al mismo tiempo, pareciese que impedía su realización.

En la extraordinaria fecundidad de esta paternidad suya se des­cubre no sólo la fecundidad de la gracia, sino también un don par­ticularmente atractivo. La vida espiritual de Josemaría Escrivá se desenvuelve en todos sus aspectos como una expansión de la filia­ción divina en Cristo: todo es confianza, acogida cordial, transpa­rencia. También el dolor es abandono sereno en el Padre, que bendice con la cruz. Y todo sucede bajo el signo de la alegría, de un optimismo contagioso, de un maduro entusiasmo que hace singu­larmente atractiva su figura

Agradezco al Señor haberme concedido ocuparme, en calidad de relator, de la de canonización de Josemaría Escrivá. Las investigaciones se han llevado a cabo en el más riguroso respeto de los criterios jurídicos y de la metodología científica exigidos por la Iglesia en tan deseada materia: los procedimientos procesales, la recogida y el análisis de las fuentes documental es, y los sucesivos estudios histórico-documentales son también otro modelo de escru­pulosa exactitud, con un sólido aparato crítico, y de profundización sabia y segura. Aparece así una figura que pertenece ya al tesoro de toda la Iglesia: su próxima beatificación nos presenta un hombre en el que Dios ha querido dejar una huella deslumbrante de su gra­cia. En ella, cualquier cristiano puede descubrir los destellos de la luz que sólo la imagen de Cristo refleja en toda su plenitud y cuyo resplandor relumbra en los santos.

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Un santo de la vida corriente

Cardenal Ugo Poletti, Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana. Vicario General del Papa para la diócesis de Roma
Artículo publicado en LA STAMPA
Turín, 28–VI–90 Recientemente el Papa ha ordenado la publicación del Decreto sobre la heroicidad de las virtudes del venerable Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei. Muchos saben que la doctrina de Mon­señor Escrivá se centra en la necesidad y la posibilidad de vivir con plenitud de amor todas las circunstancias normales de la vida cotidiana, y de manera especial el trabajo profesional con el que el cristiano, además de santificarse personalmente, contribuye a ordenar con rectitud las realidades temporales. Y también es sabi­do que, desde 1928, el mensaje del fundador del Opus Dei ha sido de tal eficacia práctica en la vida de miles de mujeres y hombres de todo el mundo, que llegará a ser un punto de referencia preciso para aquellos que quieran inspirarse en una espiritualidad cristiana «secular».

Es preciso añadir que esta realidad eclesial (doctrina y vida: una explica la otra) ha entrado a formar parte del magisterio solemne de la Iglesia, ya que el Concilio ha enseñado explícitamente en la Lumen gentium que todos los cristianos, sin distinción de clase u otro género, son llamados por Dios a ser «santos» (es decir, per­fectos en el amor y en todas las demás virtudes). Hay que destacar que no existía una doctrina orgánica de ¡a «vocación universal a la santidad en la Iglesia» en los primeros siglos del cristianismo. Existía, eso sí, una praxis significativa sobre todo en los siglos iniciales (y por este motivo Escrivá decía que el Opus Dei está unido a la vida de los primeros cristianos).

La eficacia del mensaje de Josemaría Escrivá fue enseguida extraordinaria. Cuando muere en Roma, donde había vivido desde 1946, había ya 60.000 personas, mujeres y hombres, vinculadas al Opus Dei, es decir, comprometidas a santificar la vida familiar, la profesión y la inserción de su ambiente y su época en los azares sociales. Cuando años más tarde se abre el proceso de canonización del fundador del Opus Dei fui precisamente yo, como vicario del Papa en la diócesis de Roma, el encargado de dirigir el proceso canónico. Ahora la Santa Sede ha finalizado una fase importante de este proceso: la Iglesia declara oficialmente que Josemaría Escrivá ha practicado heroicamente todas las virtudes cristianas (el amor ante todo, y luego la fe y la esperanza…).

Evidentemente esto es de la máxima importancia. Monseñor Escrivá había dicho que el Opus Dei iba a abrir a todos, sin excluir a nadie, «los caminos divinos de la tierra». Ahora tenemos una nueva confirmación de que esos «caminos de la tierra» son verdade­ramente «divinos» y santificables en sí mismos. Él había enseñado que se puede y se debe ser santos, perfectamente fieles a Dios, sien­do fieles a la propia vocación humana de ser padres o madres de familia, obreros o profesionales y personas totalmente comprome­tidas en las vicisitudes terrenas, corriendo el riesgo de la libertad y de la responsabilidad; ahora, la santidad de su vida de sacerdote secular manifestada a través de la práctica heroica de las virtudes en circunstancias ordinarias, se confirma como fuente de inspira­ción para todos los cristianos necesitados de ejemplos actuales e incisivos que les guíen para transformar la propia existencia en un –fecundo servicio a Dios y a los hombres.

La opinión pública de nuestro mundo occidental secularizado también ha señalado la importancia cada vez más evidente que tiene la «secularidad» en la vida de la Iglesia. Existen signos inequívocos de la misma, entre otros, citemos el interés activo y fecundo de la Iglesia por los problemas sociales y políticos: desde la célebre «cues­tión obrera», que motivó la Encíclica Rerum novarum de León XIII, hasta la Encíclica de Juan Pablo II Sollicitudo rei soc¡alis, pasando por la Encíclica Pacem in terris de Juan XXIII, que marcó una época. Hablaba de interés activo y fecundo, porque no se trata sólo del magisterio (éste es ya un precioso servicio de verdad y de moti­vaciones ideales), sino también de una clara actividad a todos los niveles y de innumerables formas de solidaridad y promoción huma­nas: la asistencia sanitaria, la escuela, la recuperación de los tóxi­co co-dependientes, la acogida a los inmigrantes…

La Iglesia está constituida sobre todo por gente que vive en el mundo (que los antiguos llamaban saeculum: de ahí el adjetivo «se­cular»), por eso mismo el aprecio por los valores seculares y laicos se advierte sobre todo en la vida cristiana de los fieles que se mueven dentro de las estructuras profesionales y civiles. El Papa y los obis­pos están al servicio de esta gente, están para ellos. Es precisamente por esta responsabilidad pastoral por lo que actualmente la Iglesia presenta con esperanza al mundo la ejemplaridad de la espiritua­lidad y la vida de este sacerdote que el Señor llamó a su seno hace quince años.

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¿Cómo se puede ser santo y colérico a la vez?

Según dicen, el fundador del Opus Dei tenía muy mal carácter. ¿Cómo se puede ser santo y colérico a la vez?

Hay que ver quién dice cada cosa y por qué lo dice. Son cuatro o cinco las personas que han difundido esta visión de Josemaría Escrivá. Luego, otros, en su afán por ser "ecuánimes" les han seguido citando, ya de segunda o tercera mano, sin haber sido testigos directos.

Quizá un ejemplo baste para arrojar un poco de luz sobre este misterio.

En un escenario auténtico –el soggiorno della Villa Vecchia, en la sede central de la Obra en Roma–, sitúan a Josemaría Escrivá «abroncando destempladamente a unas jóvenes de la Obra porque, al limpiar, levantaban una nube de polvo». Parten de unos hechos ciertos: en aquel lugar, unas cuantas mujeres de la Obra hicieron una limpieza extraordinaria, al terminarse las obras de la Villa Vecchia. Como cierto es también que, por no tener la precaución de echar un poco de agua en el suelo, antes de limpiar, aventaron gran cantidad de polvo de cal. El Padre, al pasar por allí, les llamó la atención con energía.

Hasta aquí todo es verdad. Pero ¿por qué, justo ahí, interrumpen el relato? Queda falseada la verdad total, al omitir que Escrivá les hizo ver que se había ensuciado una grande y complicada lámpara, que estaba ya instalada, y para cuya limpieza hubieron de emplearse medios extraordinarios; además, el polvo se estaba incrustando en la bóveda de aquella sala, recién pintada al temple y todavía fresca.

Pero toda la escena transcurrió en un clima tan natural que el Padre, allí mismo y en aquel momento, se entretuvo en hacer de cicerone, explicándoles el significado de las ocho escenas representadas en los medallones de la bóveda: unas, relativas a la historia de José, hijo de Jacob, y otras, del libro de Tobías. Incluso bromeó con ellas a causa del pez del joven Tobías, a quien con humor llamó «Tobías júnior».

Y, en fin, esa misma noche, a la hora de la tertulia, sacaron unas copas y una botella de licor de malvasía, una uva dulce y fragante, con una nota de puño y letra del Padre: «Para esas hijas, que han tragado tanto polvo».

(Testimonio de Helena Serrano, Archivo General de la Prelatura, Registro Histórico del Fundador, T-04641, citado en pág. 14, El hombre de Villa Tevere, Pilar Urbano, Plaza & Janés, 1995)

A partir de aquí, que cada cual decida a quién dar crédito.

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