¿Qué es la santidad?

Ser santos significa parecerse a Jesucristo en todo: pensamientos, sentimientos, palabras y acciones. El rasgo más característico de la santidad es la caridad (amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo), que informa todas las virtudes: humildad, justicia, laboriosidad, castidad, obediencia, alegría… Es una meta a la que están llamados todos los bautizados, y que se alcanza sólo en el Cielo, después de luchar toda la vida, contando con la ayuda de Dios.

Vota esta noticia
 

El secreto de una vida santa

Manuel Garrido Bonaño, O. S. B.
Profesor de Liturgia en la Facultad de Teología del Norte de España

Artículo publicado en HOJA DEL LUNES
Las Palmas de Gran Canaria, 2–X–78
Mis primeros recuerdos sobre el Opus Dei datan de los años cuarenta. Fue entonces cuando leí por vez primera Camino, en una edición voluminosa que, creo, fue la primera con este titulo. El ejem­plar no me pertenecía y estaba dedicado por su mismo autor. Desde entonces lo be leído multitud de veces y lo considero como un libro clásico en la vida espiritual. He repartido docenas de ejemplares entre los estudiantes y he podido comprobar el bien inmenso que les ha proporcionado su lectura. Un amigo mío me los enviaba gene­rosamente junto con muchos ejemplares del Nuevo Testamento para ser distribuidos. Le sugerí que eso era una forma excelente de hacer apostolado. Mi amigo no pertenecía ni pertenece a la Obra, aunque la conoce bien y la aprecia.

Desde el primer momento comprendí la verdadera fisonomía del Opus Dei y simpaticé con esa Asociación. La he visto siempre como un gran movimiento apostólico con el fin de conducir a todos los hombres a vivir la vida cristiana lo más perfectamente posible, cada uno dentro de su propio estado, «camino de satisfacción en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano». Leía la hoja informativa del proceso de beatificación de Isidoro Zorzano, socio del Opus Dei, y me edificaba mucho lo que allí se decía. Por eso, cuando fui a fundar a Leyre, en 1954, siempre que iba a Pamplona visitaba la Cámara de Comptos Reales, donde funcionaba la Facultad de Derecho que allí tenía el Opus Dei. No hablaba con nadie. Iba allí sólo por simpatía. Y, sin embar­go, nunca me sentí llamado a pertenecer a la Obra, por la sencilla razón de que tenía y tengo vocación a la vida monástica benedictina.

Del fundador del Opus Dei yo conocía poca cosa. Pero por los frutos que producía, yo deducía que el árbol era bueno. Luego, sí; luego he leído mucho sobre el Opus Dei desde que tuve noticia del mismo.

Luego he tenido ocasión de seguir más de cerca la obra apos­tólica del Opus Dei como tal, o la que realizan algunos de sus socios, tanto los sacerdotes como los laicos y los sacerdotes diocesanos que pertenecen a la Obra. Todo ello me ha hecho ver que el Opus Dei es hoy en la Iglesia una fuerza espiritual.

Resulta difícil encontrar en la historia de la Iglesia una institución que a los cincuenta años de su fundación pueda presentar un panorama tan fructífero como el que presenta el Opus Dei en toda la tierra. Se vio esto en gran parte con motivo de la muerte de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, en que, de todos los rincones del mundo, se elevó una gran ola de gratitud por los bene­ficios recibidos. Se comprende mejor esto cuando se han visto las películas de sus magníficas catequesis. ¡Qué acierto tuvieron los que las filmaron! Así somos muchos los que ahora hemos podido aprovecharnos de su doctrina y de su propio estilo de catequizar, en el que de una forma tan simpática, tan digna, tan espiritual y tan humana expone las cuestiones más intrincadas del dogma y de la moral. Las he visto varias veces y siempre me han edificado enor­memente. Sus homilías se leen ahora con verdadera fruición, como libro de oración, de meditación, como manual de pastoral y de consulta.

El secreto de todo esto está en su intensa vida espiritual. El Con­cilio Vaticano II ha sido para el Opus Dei una lluvia beneficiosa por eso mismo. Ha confirmado en no pocos puntos su misma fina­lidad y sus medios, pero también lo que es la base firme de todo el Concilio: la vida espiritual, aunque no siempre se tiene presente. La renovación principal que quiere el Concilio es la vida espiritual, las otras en tanto en cuanto se consigue o para facilitar el conse­guirlo. Paulo VI lo ha recordado multitud de veces en sus extraor­dinarias alocuciones o catequesis de los miércoles. Me parece que son el mejor comentario al Concilio y la más luminosa clave de su recta interpretación. Esto explica por qué el Opus Dei ha hecho y hace una labor tan excelente en la Iglesia y en el mundo, en con­sonancia con el Concilio.

Después de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer se han hecho manifestaciones que revelan el secreto de su rica espiritua­lidad. No obstante su apariencia brillante, fue hasta el último ins­tante de su vida el grano de trigo que, enterrado, muere para dar lugar a una mies copiosa. Para algunos parecerá paradoja incom­prensible lo que afirman los testigos de la primera hora de la Obra: «El Opus Dei nació en los hospitales y barrios pobres de Madrid», acredita José Manuel Domenech de Ibarra (cfr Apuntes sobre la vida del fundador del Opus Dei» Madrid 1977 pag 167). El día de San José de 1975 lo confiaba el fundador a los socios de la Obra «Fui a buscar fortaleza en los barrios mas pobres de Madrid- de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables que no tenían nada de nada…, fui a buscar los medios para hacer las obras de Dios en todos esos sitios. Mientras tanto, trabajaba y formaba a los primeros que tenía alrededor… Fueron unos años intensos, en los que el Opus Dei «crecía para adentro sin darnos cuenta». Pero he querido deciros que la fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas» (Apun­tes, pág. 168). Antes lo había insinuado en el Colegio Tabancura de Santiago de Chile, el 2 de julio de 1974. Y en Lisboa en 1972, donde tuvo la feliz idea de manifestar el origen del núm. 208 de Camino. Sus palabras son de un valor grande y las transcribo íntegras: «Te encontrarás también con el dolor físico y feliz con ese sufrimiento. Me has hablado de Camino No me lo se de memoria pero hay una frase que dice bendito sea el dolor, amado sea el dolor, santificado sea el dolor. ¿Te acuerdas? Eso lo escribí en un hospital a la cabecera de una moribunda a quien acababa de administrar la Extremaunción. ¡Me daba una envidia loca Aquella mujer había tenido una gran posición económica y social en la vida, y estaba allí, en un camastro de un hospital moribunda y sola sin mas compañía que la que podía hacerle yo en aquel momento hasta que murió. Y ella repetía, paladeando: bendito sea el dolor tenía todos lo dolores morales y todos los dolores físicos–, amado sea el dolor, santificado sea el dolor; ¡glorificado sea el dolor! El sufri­miento es una prueba de que se sabe amar, de que hay corazón» (Apuntes, pág. 169). ¡Qué lástima que no haya dejado también el origen de los otros 998 números de Camino! Adivinamos que tal vez cada uno de ellos fue fruto de un hecho similar. No puede leer uno esos pasajes sin emoción. El Opus Dei ha nacido y se ha desarro­llado a golpes de azada. La incomprensión, la difamación, la calum­nia acompañó toda la vida del fundador del Opus Dei. Si el Opus Dei hubiera sido una obra meramente humana hace mucho tiempo que lo hubieran aniquilado, pero lo sostiene la gracia de Dios con la que tan fielmente colabora. Se comprende así el gran fruto espi­ritual que ha hecho y hace en las almas. Los datos hablan por si mismos: más de ochenta mil socios repartidos por todos los con­tinentes, con multitud de obras apostólicas en el campo de las letras, de la promoción social, en la pastoral, etcétera, etcétera. Oí decir no hace mucho a un arzobispo: si todos mis sacerdotes fuesen del Opus Dei no tendría conflictos en mi diócesis. Se nota hoy en la Iglesia donde actúan los socios del Opus Dei por el gran fruto espi­ritual que allí se da. Un misionero de África me indicó que la espe­ranza de la Iglesia está hoy en el Opus Dei.

Refiriéndose al fundador de la Obra, no hace mucho me recor­daba un destacado monseñor de la Curia Romana: «sufrió mucho». Resulta impresionante conocer que dos horas antes de morir decía en Castelgandolfo, el 26 de junio de 1975, a un grupo de asociadas del Opus Dei: «Hemos de amar mucho a la Iglesia, y al Papa, cual­quiera que sea. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio para su Iglesia y para el Santo Padre» (Apuntes, pág. 238).

Como el grano de trigo… El lo recuerda en el núm. 199 de Cami­no: «Si el grano de trigo muere queda infecundo. – ¿No quieres ser grano de trigo, morir por la mortificación, y dar espigas bien gra­nadas?– ¡Que Jesús bendiga tu trigal!».

Una de las grandes características de Monseñor Escrivá de Bala­guer es su intenso amor a la Iglesia. Amaba a la Iglesia en su tota­lidad y en sus diferentes manifestaciones particulares. Podríamos llenar páginas evocando doctrina y hechos en que manifiesta ese amor intenso por la Iglesia de Jesucristo. Habla del escapulario del Carmen como si fuera un fervoroso carmelita: «Lleva sobre tu pecho el santo escapulario del Carmen. Pocas devociones –hay muchas y muy buenas devociones marianas– tienen tanto arraigo entre los fieles y tantas bendiciones de los Pontífices. Además, ¡es tan maternal ese privilegio sabatino!» (Camino núm. 500). Incorpora a su Obra los hechos de la Iglesia más dispares y los propone como modelo. He aquí algunos ejemplos: «Por defender su pureza San Francisco de Asís se revolcó en la nieve, San Benito se arrojó a un zarzal, San Bernardo se zambulló en un estanque helado… –Tu, ¿qué has hecho?» (Camino, núm. 143). «Pero… ¿y los medios'? –Son los mismos de Pedro y de Pablo, de Domingo y Francisco, de Ignacio y Javier: el Crucifijo y el Evangelio…

– ¿A caso te parecen pequeños ?» (Camino, num 470) Y así multitud de veces, con respecto al sacerdocio a las ordenes religiosas a la liturgia, a las devociones a la pastoral No extraña que la revista milanesa Studi Cattolici al informar sobre la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer titulase esa información «Una vida para la Iglesia», como queriendo compendiar que el amor a la Iglesia dio sentido a toda la vida del fundador del Opus Dei. Se ha dicho que desde hace tiempo Monseñor Escrivá de Balaguer «con una pro­gresiva intensidad, ofrecía al Señor su vida y mil vidas que tuviera por la Iglesia Santa y por el Papa, sea quien sea. Este ofrecimiento era intención diaria de su Misa, era fervor continuo de su alma, era dolor de su corazón, era desvelo de su vida». « ¡Qué alegría–ex­cribió– poder decir con todas las veras de mi alma: amo a mi Madre la Iglesia Santa!» (Camino num. 518). Por eso recetaba pausadamente, saboreándolo, las palabras del Credo, «creo en la Iglesia. Una, Santa, Católica y Apostólica» (Camino, núm. 517).

Analizar los puntos principales de su rica espiritualidad supone una extensión ajena a este trabajo Algo se ha hecho ya, especial mente por don Pedro Rodríguez Monseñor Escrivá de Balaguer es por antonomasia el apóstol de la llamada universal a la santidad A él le dolía que en los calendarios litúrgicos casi todos los santos fuesen sólo clérigos o religiosos fuera de los mártires cuando en realidad ha habido muchos santos laicos aunque no hayan entrado en el calendario universal de la Iglesia En la oración de San Bredan monje irlandés del siglo VI que se divulgo mucho en el medievo se evocan diversas categorías de santos mártires, confesores, vírgenes, anacoretas, monjes y «sanctí clericí sancti laicí, sanctae uxores, sancti domini, sancti servi, sancti divites, sancti pauperes, sancti doctores, sancti fauctores». Siempre que he leído esa plegaria litánica he recordado a Monseñor Escrivá de Balaguer y a su Obra. Él expuso con todo el ardor de su corazón grande de apóstol la vocación universal a la santidad en todos los aspectos, fijándose principalmente en la grandeza de la vocación cristiana, en la filia­ción divina del cristianismo, en la afirmación cristiana del mundo, en la santificación del trabajo ordinario, en la proyección apostólica de todo discípulo de Cristo y en su unidad de vida, no compar­timentos estancos: ahora cristiano y luego profesor o tornero. A ello ha contribuido con su palabra y con sus escritos, pero de un modo especial con su obra más característica: Camino. Se ha pre­tendido querer rectificar algunas de sus consideraciones espirituales insertadas en ese magnífico libro que tanto bien ha hecho y hace a las almas. Pero la espiritualidad genuina del fundador del Opus Dei la da ese libro que se ha convertido en un clásico de la vida espiritual cristiana. Uno de los libros de espiritualidad más leídos en el siglo XX. Así lo muestra la multitud de traducciones y de edi­ciones desde que aparece en redacción reducida en Cuenca, en 1934, y en la edición definitiva de 1939 hasta nuestros días. No es un libro de gabinete, fruto de especulaciones teóricas. Refleja siempre una experiencia apostólica del autor. Por eso, pretender marginar ese libro precioso y eclipsarlo con las homilías y «con­versaciones» de Monseñor Escrivá de Balaguer me parece una gran temeridad, sin quitar nada de su valor a esas homilías ni a las «con­versaciones», que en realidad no completan ni perfeccionan a Cami­no. Son otra cosa y como tales hay que juzgarlas y no enfrentarías ni contraponerlas. Todas las consideraciones espirituales de Camino tienen un gran valor actual y siempre lo tendrán, incluso aquellas que parecen reflejo de unas circunstancias muy concretas y deter­minadas. Son Evangelio vivido en todos los momentos de la jornada.

No sólo he repartido docenas de ejemplares de Camino como antes he dicho, sino que no podía tener un ejemplar para mi uso, pues también ése repetidas veces he tenido que darlo porque me lo han pedido y yo veía que debía desprenderme de él para que hiciese un bien espiritual a otras personas. Para no estar sin él recurrí a la estratagema de que un gran amigo me regalase uno muy sencillo y dedicado. La dedicatoria me impediría darlo. Él me envió un ejemplar que había usado mucho en sus conferencias y en su lectura personal. Es el que tengo y con el uso no está ciertamente para regalarlo a nadie: una edición muy pequeña de bolsillo que me acompaña siempre.

Cuando después de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer he leído u oído muchas «gracias» atribuidas a su intercesión -de algunas diría milagro, pero no quiero adelantarme al juicio de la Iglesia– no me extraña nada. Son los signos con los que Dios rubrica su gran santidad. Todos los días pido a Dios que esa santidad se proclame oficialmente lo más pronto posible.

Vota esta noticia
 

¿Qué personas del Opus Dei están en proceso de canonización?

¿Qué personas del Opus Dei están en proceso de canonización? Te respondo de memoria (en el sitio oficial del Opus Dei están todos los datos): D. Alvaro del Portillo, Montserrat Grases, Isidoro Zorzano, D. José María Hernández de Garnica, Eduardo Ortiz de Landázuru, su hermana Guadalupe, y varios más en otros países.

Vota esta noticia
 

Llamada universal a la santidad

Antonio Fontán, Catedrático de Filosofía Latina de la Universidad Complutense
Artículo publicado en EL PAIS
Madrid, 26-VI–76
En estos días se cumple el primer aniversario de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer. Miles de cristianos –laicos y ecle­siásticos, españoles y de todo el mundo están firmemente persua­didos de que el ilustre sacerdote fue uno de esos espíritus privi­legiados en los que la tradición cristiana reconoce los signos de la santidad. Pero no sería propio de las páginas de un diario, ni corres­ponde a mi intención componer un panegírico.

Hay tres hechos que justifican este artículo, aparte de la fecha aniversaria. A la muerte de Monseñor Escrivá, el 26 de junio de 1975, numerosísimos testimonios de admiración y respeto, inmersos en el caudal informativo que arrastraba la noticia, pusieron de relieve que con su desaparición de este mundo se producía una gran ausencia. Además, ahora, al año de su falta, su figura se despega del entorno inmediato de una biografía privada para ocupar el destacado lugar que le corresponde en la historia de la Iglesia y de la espiritualidad cristiana. Sin dejar de ser legítima herencia de los suyos, los hombres y mujeres del Opus Dei, entre los que tengo el honor de contarme, Monseñor Escrivá ha entrado a formar parte del patrimonio común de los cristianos. Finalmente, los españoles y toda nuestra cultura nacional, que fueron su ambiente originario y el marco de la forma­ción e inicial despliegue de su personalidad, le deben el reconocimien­to que merecen los grandes hombres de proyección universal.

La más adecuada perspectiva para comprender a Monseñor Escrivá sería la que se alcanza desde una actitud de fe, análoga a la que inspiró su vida. Y cuanto más viva y operativa, humilde y sacrificada cuatro adjetivos que él aplicaba a la primera de las virtudes teologales, como quien formula una aspiración o una exigencia– sea esa fe, mejor se le podrá entender.

Entre los hombres de esta clase, hay unos que dejan tras de sí el rastro vistoso y fugaz de una estela, y otros que marcan una impronta. Monseñor Escrivá ha sido de los últimos. Su huella per­manece en la historia de la Iglesia y de la espiritualidad cristiana.

Con medio siglo de sacerdocio a sus espaldas, miles de discí­pulos e hijos de su espíritu en todo el mundo, una predicación incan­sable de palabra y por escrito, una copiosa obra literaria, que se enriquece y continuará enriqueciéndose con la progresiva publica­ción de sus inéditos, Escrivá de Balaguer ha aportado a la Iglesia y a la experiencia religiosa y espiritual de los cristianos, ideas y rea­lidades llamadas a ejercer una influencia duradera. La fundación del Opus Dei es, ciertamente, la principal empresa de su vida. Pero no soy yo la persona más indicada para glosaría, ni éste el lugar ni la ocasión de hacerlo.

Un interés más general tiene señalar el principio básico que ani­maba el sacerdocio de Monseñor Escrivá y, por supuesto, también su labor fundacional, así como el estilo de la espiritualidad con que ha contribuido a ¡a vida cristiana del siglo XX.

Más que una invención original -que no sería estrictamente concebible en la Iglesia Católica–, lo que Monseñor Escrivá hizo fue extraer las consecuencias de una resuelta actitud de vuelta a las fuentes. En la más íntima esencia del mensaje evangélico, Mon­señor Escrivá descubre una llamada divina, universal e igualitaria a la realización del ideal cristiano en la vida de cada hombre, sin distinción de clases ni personas, modos de vida ni estados sociales. En el lenguaje tradicional de la Iglesia, desde la era apostólica, a eso se le llama vocación ala santidad. Escrivá de Balaguer dijo algo que después repetiría la voz oficial de la Iglesia: Que esa llamada de Dios no era el privilegiado destino de unos pocos, sino una invi­tación general y común para todos los cristianos. Consciente de su filiación divina, el hombre es llamado a realizarse plena y simul­táneamente en los dos órdenes, natural y sobrenatural, mientras vive su existencia terrena: en el trabajo, igual que en el culto y en la oración, en el ambiente familiar, en el cumplimiento de sus debe­res personales y sociales, en todos los aspectos y ocasiones de su vida.

El estilo de espiritualidad que caracteriza a las tareas de apos­tolado cristiano y catequesis promovidas por Monseñor Escrivá, ya su propia labor personal, es coherente con esa concepción. Impli­ca una positiva valoración cristiana de las realidades terrenas y una concepción unitaria de la vida humana, que no se deja separar en compartimentos estancos.

Al servicio de estos ideales dedicó Monseñor Escrivá de Bala­guer más de cincuenta años de labor sacerdotal, de trabajo incesante y de oración, sin otra mira que cumplir fielmente lo que sentía que Dios pedía de él y con ejemplar lealtad a la Iglesia Católica Romana.

Vota esta noticia