El sacerdocio en el Opus Dei

Hay un tema que me parece muy interesante, y me gustaría, si puedes, que expliques: aparte de sentir la llamada de Dios, algo esencial, ¿cómo son las formas para llegar a ser sacerdote de la Obra?

entre algunas cosas me refiero a cómo una persona puede ir a estudiar a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, etc. Creo que comprendes, pues se habla mucho de todas las formas de vivir la Obra pero poco como sacerdote. Es obvio, porque la institución es eminentemente laical, pero los sacerdotes están. Te agrdecería mucho que lo comentes.Un abrazo.

Dentro de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, asociación de clérigos intrínseca e inseparable de la Prelatura del Opus Dei, hay sacerdotes en dos situaciones bien diversas: unos están incardinados en la Prelatura (su ordinario es el Prelado del Opus Dei) y otros están incardinados en sus diócesis (su ordinario es el obispo diocesano).

Están incardinados en la Prelatura los miembros Numerarios y Agregados del Opus Dei que reciben la ordenación sacerdotal. Estos fieles de la Obra se ordenan para servir a la toda la Iglesia cumpliendo su misión específica, que normalmente les lleva a dedicarse a la atención de los apostolados del esta página, donde hay varias preguntas sobre el asunto.

La Obra es eminentemente laical, pero también es esencialmente sacerdotal, como parte de la Iglesia que es. El sacerdocio es absolutamente necesario en el Opus Dei. Cuando la Obra fue fundada, en el alma sellada por el carácter sacramental de San Josemaría, sacerdote joven, ya estaba esta dimensión imprescindible.

Sin embargo, en la Obra los sacerdotes no forman clase aparte, ni el hecho de recibir la llamada al sacerdocio se ve como una “coronación” de la vocación al Opus Dei: es otro modo de servir, que asumen con alegría.

Vota esta noticia
 

¿De donde sacan el dinero los sacerdotes?

De los ingresos que tiene el Opus Dei, ya que es el Opus dei el que se compromete a mantener a todos los sacerdotes. A pesar de que el Opus Dei como tal asuma gastos directos por este concepto, no es necesario distribuir cantidades fijas a todos los sacerdotes, porque sus necesidades y circunstancias son distintas.
Actualmente el Opus Dei se hace cargo directamente de los gastos de formación, de asistencia médica (hospitalización, intervenciones quirúrgicas, etc.), y de sostenimiento ordinario de los sacerdotes de su presbiterio que carezcan de ingresos propios suficientes (muchos sacerdotes trabajan en colegios, etc. y reciben un sueldo por el trabajo que desarrollan, que les permite cubrir holgadamente, estos gastos.

Vota esta noticia
 

Sacerdotes: una inversión productiva

Sacerdotes: una inversión productiva Opus Dei László Gömöri trabaja en un banco suizo. Está casado y tiene un hijo. Me atrae especialmente la actividad de formación de sacerdotes. Como soy economista, pienso que hay que invertir allí donde el rendimiento es más alto. Mi opinión es que nuestro mundo necesita más sacerdotes santos, por eso apoyo este tipo de labor que hace el Opus Dei.

Vota esta noticia
 

Sobre la pregunta acerca de los sacerdotes de la Obra

Sobre la pregunta acerca de los sacerdotes de la Obra, te doy las gracias, quedó perfectamente explicado. Adhiero con oración por la Obra, por ti y tu página, y por nuestros hermanos del mundo (de cualquier Credo, ateos, etc.) para que se hagan "Amigos de Dios". Adelante.

Gracias a ti por preguntar.

Vota esta noticia
 

Han llegado a mi parroquia curas de la Obra.

Ultimamente, en mi parroquia, han llegado curas nuevos pertenecientes a la obra. Podrías explicarme la diferencia entre un cura "normal" por así decirlo, entiendeme lo que quiero decir,no es que vosotros no lo seais, y uno de la obra?? Es que no entiendo si sientes la llamada de Dios, porque diferenciarse entre unos y otros, al fin y al cabo, la finalidad es la misma, no?? Enhorabuena y adelante con tu página.
Son sacerdotes diocesanos, que no se distinguen en nada de los demás sacerdotes de la diócesis. Procuran ejercer su ministerio en completa unidad con el obispo y tratan de santificarse en su vida sacerdotal siguiendo las enseñanzas de san Josemaría, una de las cuales es la veneración y obediencia al propio obispo y la fraternidad con todos sus hermanos en el sacerdocio. No forman "un grupo" aparte dentro de la diócesis.

En este enlace puedes encontrar más información sobre la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Vota esta noticia
 

¿Por qué no todos los sacerdotes son afines a él?

SOY FELIGRES DE LA PARROQUÌA DE NN. EN NN.,TENGO ENTENDIDO QUE NUESTRO PARROCO NN. SALIO DEL OPUS DEI. SI EL OPUS SUPUESTAMENTE ES TAN "BUENO".PORQUE NO TODOS LOS SACERDOTES NO SON AFINES A EL.MUCHAS GRACIAS,Y SI ESTOY EQUIVOCADO RUEGO DISCULPAS.UN SALUDO.

He omitido los datos personales, por respeto.

Perdóname, pero creo que estás equivocado sólo en una cosa: que el Opus Dei es bueno en cuanto que es de Dios, pero sus miembros somos tan “malos” o tan “buenos” como los demás.

Los sacerdotes no pertenecen todos a las mismas asociaciones o instituciones, ni una asociación es mejor o peor porque un sacerdote determinado entre o salga de ella.

Vota esta noticia
 

Un viraje de espiritualidad

Cardenal Sebastiano Baggio Prefecto de la S. congregación para los Obispos
Artículo publicado en AVVENIRE
Roma, 1976
El 26 de junio moría en Roma el fundador del Opus Dei, Mon­señor Josemaría Escrivá de Balaguer, a los setenta y tres años de edad. En Roma vivía desde 1946, y en Roma ha sido enterrado, en la cripta del oratorio de Santa María de la Paz, en la sede central de la Asociación, calle Bruno Buozzi, 75. Había hecho de Roma el centro del Opus Dei porque quería subrayar el carácter univer­sal, católico y romano de esta Asociación católica internacional, y el sentido de responsable y amorosa fidelidad a la Cátedra de Pedro. En menos de medio siglo, el Opus Dei se encuentra en plena vitalidad y expansión y aparece definitivamente marcado con el carácter que Monseñor Escrivá de Balaguer quiso y supo imprimirle.

Precisamente en aquel año de 1946 tuve la fortuna de conocer a Monseñor Escrivá de Balaguer y de trabar con él una permanente amistad, respetuosa y discreta, pero no por esto menos afectuosa y profunda. Me había impresionado que la sede de la ya entonces importante Asociación no tuviese nada en común con las construcciones eclesiásticas del tipo convencional: eran habitaciones y ofi­cinas comunicados entre si, distintos unos de otros, como cualquier apartamento o casa del barrio del Parioli, sin placas ni símbolos vistosos, con plantas y flores, decorados con buen gusto y con algu­na exuberancia debida a la proveniencia familiar de sus ocupantes y al amoroso esfuerzo de arquitectos y artistas, socios del Opus Dei, que habían volcado allí su talento.

El amabilísimo anfitrión me explicaba que también aquel estilo, para mi insólito, formaba parte de la espiritualidad laical del Opus Dei: la santificación de la vida ordinaria y de la propia condición social, llevada hasta el heroísmo, pero sin alterar para nada sus tra­zos comunes y, sobre todo, sin alimentar la veleidad de salirse de ese ambiente o el sentimiento de querer ser otra cosa distinta de la que se es. En una homilía dirigida a los universitarios, Monseñor Escrivá de Balaguer desenmascaró esta tentación a la que llamó mística ojalatera, la mística del «ojalá».

A pesar de lo mucho que se ha escrito sobre el Opus Dei y sobre su fundador –o quizá por eso mismo–, prevalentemente en clave polémica por no decir fantástica, nosotros, sus contemporáneos, no tenemos la necesaria perspectiva para valorar el alcance histó­rico de la enseñanza (en tantos aspectos auténticamente revolucio­naria y anticipadora) y de la acción pastoral (de una eficacia y una irradiación sin equivalentes) de este insigne hombre de Iglesia. Pero es evidente desde ahora que la vida, la obra y el mensaje del fun­dador del Opus Dei constituyen un viraje o, más exactamente, un capítulo nuevo y original en la historia de la espiritualidad cristiana, si la consideramos –y así debe ser–– como un camino rectilíneo bajo la guía del Espíritu Santo.

Monseñor Escrivá de Balaguer era hombre sencillo y modesto que rehuía la publicidad y los gestos clamorosos; no iba de un lado para otro para dar conferencias, aunque era generalísimo e incan­sable en el ministerio sacerdotal y paterno de la palabra; sólo concedía entrevistas a la prensa cuando ya no era posible evitarías. En su elogio fúnebre fueron recordadas oportunamente las palabras que escribió a los socios del Opus Dei en una ocasión tan clásica como sus bodas de oro sacerdotales: «No quiero que se prepare ninguna solemnidad, porque deseo pasar este jubileo de acuerdo con la norma ordinaria de mi conducta de siempre: ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca».

Sin embargo, era conocidísimo. El Opus Dei, la Asociación internacional fundada por él en 1928, cuenta hoy con unos sesenta mil socios de todas las naciones del mundo, de todas las profesiones y clases sociales. Hay que tener en cuenta, además, que millones de personas han encontrado una guía para la oración y para la san­tificación del trabajo cotidiano en los escritos espirituales y pastorales de Monseñor Escrivá de Balaguer. De uno de ellos, Camino que alguien ha llamado «la imitación de Cristo de los tiempos modernos» y que otros tendían a minusvalorar, no entendiendo el valor de la extrema sobriedad de su escritura–, han sido publicadas hasta ahora 120 ediciones en 30 idiomas, con una tirada total que roza los dos millones y medio de ejemplares. Su obra más reciente, Es Cristo que pasa, recoge 18 homilías sobre los principales momen­tos del año litúrgico.

SANTIDAD PARA EL HOMBRE DE LA CALLE
Desde los comienzos del Opus Dei su fundador proclamó que la santidad no es un ideal para privilegiados, sino para todos aque­llos que se esfuerzan en vivir el Evangelio hasta sus últimas con­secuencias, cualquiera que sea su situación en la vida, y siempre atentos al Magisterio de la Iglesia. A muchos parecía eso una herejía (aunque hubiese bastado recordar la Introducción a la vida devota de San Francisco de Sales); después del Concilio Ecuménico Vati­cano II esta tesis se ha convertido en un principio indiscutible. Pero lo que continúa siendo revolucionario en el mensaje espiritual de Monseñor Escrivá de Balaguer es la manera práctica de orientar hacia la santidad cristiana a hombres y mujeres de toda condición, en una palabra: al hombre de la calle.

El modo de concretar, en la práctica, este mensaje se basa en tres novedades características de la espiritualidad del Opus Dei:

1) Ante todo, los seglares no deben abandonar ni despreciar el mun­do, sino quedarse dentro, amando y compartiendo la vida de sus conciudadanos; 2) quedándose en el mundo, los seglares deben saber descubrir el valor sobrenatural de todas las normales circuns­tancias de su vida, incluidas las más prosaicas y materiales; 3) en consecuencia, el trabajo cotidiano es decir, el que ocupa la mayor parte del tiempo y caracteriza la personalidad de la mayoría de las personas– es lo primero que hay que santificar y el primer instru­mento de apostolado.

Para ilustrar estas tres ideas fundamentales, nada más breve y eficaz que las palabras del mismo fundador del Opus Dei. Las toma­ré de una de sus homilías, pronunciada en 1967, y que ha sido luego publicada con el significativo título de Amar al mundo apasiona­damente, en el volumen Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer.

LIBERTAD Y RESPONSABILIDAD DE LOS LAICOS
Respecto al primer concepto –que teológicamente puede desig­narse como carácter laical y secular–, Monseñor Escrivá de Bala­guer ha enseñado siempre a situarse idealmente junto a los primeros cristianos, en aquella época en la que los fieles se esforzaban por vivir el Evangelio quedándose en el mundo y participando plena­mente en todas las actividades honestas de la sociedad en que vivían. Y así como los primeros cristianos hombres y mujeres, jóvenes y viejos, patricios, plebeyos y esclavos– se santificaron en la vida corriente y consiguieron convertir el mundo pagano, igualmente los cristianos de hoy, si no tienen una vocación al estado religioso, están llamados a santificar el mundo desde dentro. «Tendré que volver a afirmar –decía en aquella ocasión– que los hombres y mujeres que quieren servir a Jesucristo en la Obra de Dios son sen­cillamente ciudadanos iguales a los demás, que se esfuerzan por vivir con seria responsabilidad –hasta las últimas consecuencias– su vocación cristiana. Nada distingue a mis hijos de sus conciu­dadanos».

No escapaban a Monseñor Escrivá de Balaguer las consecuen­cias prácticas de una espiritualidad verdaderamente laical. «Son muchos los aspectos del ambiente secular, en el que os movéis, que se iluminan a partir de estas verdades. Pensad, por ejemplo, en vues­tra actuación como ciudadanos en la vida civil. Un hombre sabedor de que el mundo –y no sólo el templo es el lugar de su encuentro con Cristo, ama ese mundo, procura adquirir una buena prepara­ción intelectual y profesional, va formando –con plena libertad–sus propios criterios sobre los problemas del medio en que se desen­vuelve, y toma, en consecuencia, sus propias decisiones que, por ser decisiones de un cristiano, proceden además de una reflexión personal, que intenta humildemente captar la voluntad de Dios en esos detalles pequeños y grandes de la vida». Y he aquí, en este punto, la característica aversión de Monseñor Escrivá de Balaguer por todo tipo de clericalismo: «Pero a ese cristiano jamás se le ocurre creer o decir que él baja del templo al mundo para repre­sentar a la Iglesia, y que sus soluciones son las soluciones católicas a aquellos problemas. Esto no puede ser, hijos míos. Esto sería cle­ricalismo, catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier caso, es hacer violencia a la naturaleza de las cosas».

Esta pasión por la libertad que brotaba en él por su vital inser­ción en la unidad orgánica del Cuerpo místico de Cristo, la Iglesia, y que se proyectaba en la madurez de los seglares formados en su escuela, es una herencia rica y fecunda que el fundador del Opus Dei deja confiada a los socios y a todos los cristianos conscientes; de ese modo puede darse vida a un legítimo y prudente pluralismo, tal como lo ha deseado el Concilio Ecuménico. Escribía a los socios:

«Tenéis que difundir por todas partes una verdadera mentalidad laica que ha de llevar a tres conclusiones: a ser lo suficientemente honrados, para pechar con la propia responsabilidad personal; a ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en la fe, que proponen en materias opinables– soluciones diversas a la que cada uno de nosotros sostiene, y a ser lo suficientemente católicos, para no servirse de Nuestra Madre la Iglesia, mezclándola en banderías humanas».

Estas ideas explican el por qué los hijos y alumnos espirituales de Monseñor Escrivá de Balaguer son unánimes y solidarios en los ideales de santidad y apostolado, mientras adoptan las más diversas posiciones en el campo político e ideológico, manifestando así por tanto un amplio pluralismo de opciones humanas. El secreto está en que, como dice el fundador, en las cosas temporales «están de acuerdo en no estar de acuerdo», coincidiendo solamente en la común fe cristiana y en la búsqueda de la santidad en medio del mundo.

EL «MATERIALISMO» CRISTIANO
El segundo concepto –el valor cristiano de la vida ordinaria es expresado así en la homilía programática de 1967: «Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mi por los años treinta (observemos aquí que faltaban otros tantos años y más para la Constitución pastoral Gaudium et Spes) que tenían que saber materializar la vida espiritual. Quería apartarlos así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas».

« ¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésta es la que tiene que ser –en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios: a ese Dios invisible lo encontramos en las cosas más visibles y materiales.»

E insistía, consciente de la novedad de ese planteamiento: «El auténtico sentido cristiano –que profesa la resurrección de toda carne– se enfrentó siempre, como es lógico, con la desencarnación, sin temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los mate­rialismos cerrados al espíritu».

Con la originalidad y la ortodoxia de este programa de profesión cristiana y de santidad, Monseñor Escrivá de Balaguer neutralizaba con anticipación las diversas teologías reductoras de las realidades temporales que han pululado como parásitos en torno del árbol frondoso de la Gaudium et Spes.

SANTIFICACIÓN DEL TRABAJO
La tercera novedad espiritual a la que antes aludía es la impor­tancia teológica que se da al trabajo profesional, a las ocupaciones cotidianas de los cristianos que viven en medio del mundo. El tra­bajo, en la enseñanza del fundador del Opus Dei, es la materia prima que hay que santificar, el instrumento de la santificación propia y de la santificación de los demás. Así la vida del cristiano no se hace con idealismos descarnados, sino que es un esfuerzo concreto de colaboración en la construcción de una sociedad más justa, un esfuerzo que ennoblece todas las actividades humanas, desde las más vistosas a las más humildes e inadvertidas. Después de haber citado párrafos de las epístolas de San Pablo («Todas las cosas son vuestras; vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios», «Ya comáis, ya bebáis, hacedlo todo para la gloria de Dios».) Monseñor Escrivá decía: «Esta doctrina de la Sagrada Escritura, que se encuentra –como sabéis– en el núcleo mismo del espíritu del Opus Dei, os ha de llevar a realizar vuestro trabajo con perfección, a amar a Dios y a los hombres al poner amor en las cosas pequeñas de vuestra jornada habitual, descubriendo ese algo divino que en los detalles se encierra».

En otra de las conversaciones espirituales del fundador con los socios del Opus Dei, una homilía que lleva por título Hacia la santidad, escribe: «Cuando la fe vibra en el alma, se descubre, en cam­bio, que los pasos del cristiano no se separan de la misma vida huma­na corriente y habitual. Y que esta santidad grande, que Dios nos reclama, se encierra aquí y ahora, en las cosas pequeñas de cada jornada».

«Me gusta hablar de camino, porque somos viadores, nos diri­gimos a la casa del Cielo, a nuestra Patria. Pero mirad que un cami­no, aunque puede presentar trechos de especiales dificultades, aun­que nos haga vadear alguna vez un río cruzar un pequeño bosque casi impenetrable, habitualmente es algo corriente, sin sorpresas. El peligro es la rutina: imaginar que en esto, en lo de cada instante, no está Dios, porque es tan sencillo, tan ordinario».

SANTA CRUZ Y OPUS DEI
¿Quiénes son, por tanto, los socios del Opus Dei, esos que encar­nan este mensaje nuevo –y sin embargo, tan sencillo y natural – de la santificación del trabajo ordinario? Encontramos la respuesta en otra homilía: «Quienes han seguido a Jesucristo conmigo pobre pecador– son: un pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una profesión o un oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo… y la gran muchedumbre formada por hombres y mujeres de diversas nacio­nes, de diversas lenguas, de diversas razas– que viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más huma­na y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal responsabilidad –repito–, experimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fundidos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que reverberan en las reali­dades más vulgares».

Entre tantos millares de personas que han seguido el ejemplo y la enseñanza de Monseñor Escrivá de Balaguer, dos están en cami­no de ser elevados a los altares: se trata de un ingeniero argentino, Isidoro Zorzano, y de una joven española, Montserrat Grases, de los cuales se me ha dicho que se encuentra en fase avanzada el proceso de beatificación.

Vota esta noticia
 

En México, con los reclusos

Yo tengo una experiencia personal que platicar. Un sacerdote me invitó a que lo acompañara a celebrar la Misa al reclusorio de Santa Marta, donde están los condenados, en Navidad, el 25. Llevó unas “roscas de Reyes” a los presos; para mí fue una experiencia muy fuerte.

Recuerdo que cuando llegamos al penal de Santa Marta y nos tuvimos que inscribir para pasar lo que llaman “aduana”, había ahí dos sacerdotes. Les pregunté de qué congregación venían y me dijeron que del Opus Dei y que iban cotidianamente a la pastoral penitenciaria. Entonces… ¡Había dos sacerdotes del Opus Dei trabajando con los presos!, lo que es muy difícil.

Monseñor: ¿qué es ésto?, ¿en qué consiste la santificación en el trabajo, por el trabajo y para el trabajo?

-Hace unos días me contaron que a un chofer de minibus aquí en México, que pertenece al Opus Dei, le hicieron la misma pregunta y él contestó: “Yo procuro santificar mi trabajo, primero, manejando lo mejor posible. Segundo, tratando de vivir la paciencia en esta actividad que exige mucha para atender a los que van subiendo con el problema del “cambio”. Pues me tengo que ejercitar y lucho por ser paciente, porque creo que es lo que me pide Dios. Y procuro mantenerme en contacto con Dios mientras conduzco: le ofrezco mi trabajo y procuro rezar por la gente que sube al autobús conforme lo va haciendo, para ayudarles a través de la oración". En eso, así de sencillo, consiste santificar el trabajo o santificarse en el trabajo.

Entrevista de Roberto O´Farrill a Mons. Francisco Ugarte, Vicario Regional del Opus Dei en México. México D. F.; TV Canal 40, 13 de septiembre de 2004.

Vota esta noticia
 

Sacerdotes casados.

¿No cree que sería bueno que los sacerdotes se pudieran casar? Yo, desde luego, prefería que contrajeran matrimonio a tener que leer en los periódicos titulares como "curas pederastas" o "absusos sexuales por parte de sacerdotes". Sé que serán los menos, sin embargo… Un saludo Esta cuestión no es dogmática, sino disciplinar. Es decir, que se mantiene en la Iglesia de rito latino por su gran conveniencia, pero no por algo dogmático.

Fíjate que Jesús no se casó. El Papa Juan XXIII no se casó. Juan Pablo II no se casó. Y qué fecundidad la suya… No me imagino la vida del Papa Juan Pablo, ni la del Beato Papa Juan XXIII, compartiendo su misión y su corazón en exclusiva con otra persona que no sea Jesucristo.

Ah y no pinta nada en este contexto el escándalo USA de los abusos a menores: esa cuestión es, fundamentalmente, un problema de homosexualidad activa del clero, no estrictamente de pederastia ("Más que abusos a niños, son casos de sexo homosexual con adolescentes"). Por tanto, los que han promovido la homosexualidad activa del clero y han apostado por la rebaja de la edad del consentimiento para las relaciones sexuales quizá tengan algo que decir, y no el Papa ni la doctrina de la Iglesia, que es totalmente contraria a todos esos abusos.

Vota esta noticia
 

El celibato sacerdotal.

Hola, me gusta su página porque veo sinceridad en sus palabras y bondad en sus modos, aunque a veces es lógica la ofuscación ante algún despropósito de algunos que hay por ahí. Aunque no comparta muchas cosas con usted, respeto e, incluso, admiro su amor por la vida. Quisiera hacerle un comentario, que quizá es más personalista, pero como esto no es una página oficial, sino el blog de un buen hombre, me permito hacerla, mas no se sienta obligado a responderme. Quisiera saber qué opina de aquellas religiones que permiten el matrimonio a los sacerdotes, frente al catolicismo que impide que a los representantes de Dios en la Tierra tener mujer e hijos. Por ejemplo, los pastores anglicanos hacen magnas obras en comunidades estadounidenses y su familia colabora haciendo un mundo más bello si cabe. También ha empezado a tener auge en otras religiones el sacerdocio femenino, pues aunque los apóstoles de Jesucristo fueron varones, no se puede prescindir del papel de María Magdalena o la Virgen María.

Entiendo la postura por preservar la tradición y no quebrar el continuismo de las Sagradas Escrituras. Pero no ha mucho tiempo, los sacerdotes daban la misa de espaldas y en latín. ¿Hasta qué punto puede llegar la evolución sin extralimitarse?

Gracias por todo 😉

Y ármase de paciencia porque su trabajo es magistral y perdónenos a todos los que robamos su tiempo. Un saludo.

Casi me sonrojo leyendo tus elogios… apúntate tres puntos buenos.

Comparto totalmente la preocupación por facilitar el acceso de la gente al sacerdote, que me imagino que es la idea que está detrás de la propuesta de eliminar el celibato como requisito imprescindible en la Iglesia Católica de rito latino (como sabrás, hay variedad sobre este punto, según las tradiciones).

En todo caso, quede claro que, al contrario que el sacerdocio femenino, el caso del celibato es una cuestión disciplinar… pero no sólo. Me explico: puede haber sacerdotes casados, de hecho hay sacerdotes que se han ordenado después de enviudar, los hay en las iglesias orientales, etc. Pero la Iglesia no quiere perder el tesoro del celibato de sus sacerdotes: es una muestra más de identificación con Jesucristo, un testimonio muy necesario y más en esta época, y ayuda mucho.

Para quien le interese el tema, aquí dejo un par de enlaces:

  • Sacerdotalis Caelibatus (Encíclica de Pablo VI, 24 de junio de 1967)
  • Exhortación Apostólica Postsinodal Pastores Dabo Vobis (Juan Pablo II, 25 de marzo de 1992)
  • Vota esta noticia