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Gracias. Es lo mejor que podía recibir. A ver si cunde el ejemplo.

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¿Qué es el plan de vida? ¿Cuánto reza uno del Opus Dei?

Los fieles del Opus Dei viven a diario las siguientes Normas de piedad (también llamado Plan de vida):

Lectura del Evangelio y de algún libro de cuestiones morales, doctrinales, etc. (15 minutos).
Oración (30 minutos, por la tarde, en una iglesia o en algún lugar tranquilo como puede ser la habitación, el despacho, etc.).
Visita al Santísimo: consiste en rezar 3 padrenuestros, 3 avemarías y 3 glorias (2 minutos).
El Rosario (15 minutos).

Estas prácticas de piedad las hace cada uno por su cuenta, y a la hora que cada uno prefiera.

 


Comentario:

 

Oración (30 minutos, por la tarde), debería añadir “y 30 minutos por la mañana”. Y también mencionar la Misa.

 

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¿Qué se reza en el Opus Dei?

Dicen que el arma del Opus Dei es la oración. ¿Qué se reza en el Opus Dei? ¿Todos rezan lo mismo? ¿es obligatorio? Las meditaciones ¿son meditación trascendental? ¿Por qué a los ejercicios espirituales los llaman Cursos de Retiro?

La oración es lo único que tenemos. El Opus Dei tienes fines exclusivamente espirituales, y por eso, sin oración, no conseguiríamos nada.

Para exponer en concreto las prácticas de piedad que se viven en el Opus Dei, cito unos párrafos:

Un plan de vida espiritual exigente y adaptado a las circunstancias personales de cada miembro, lo cual les conduce progresivamente, "como por un plano inclinado", a encontrar a Dios en su trabajo profesional y en sus demás ocupaciones corrientes.

Ese plan de vida comporta una intensa vida sacramental que se apoya, como en un eje, en la Misa y Comunión diarias y la confesión sacramental semanal; la práctica habitual de la oración mental (hasta una hora diaria); la lectura del Nuevo Testamento y de un libro espiritual; el rezo del Santo Rosario; el examen de conciencia; un retiro mensual y un curso de retiro espiritual una vez al año; la búsqueda constante de la presencia de Dios; la filiación divina, como fundamento de la vida interior; la repetición frecuente de comuniones espirituales, actos de desagravio, oraciones jaculatorias, etc. (Dominique Le Tourneau, "El Opus Dei")

El nombre de "curso de retiro" es poco importante. Al principio se llamaban también ejercicios. Esos días de oración han tenido y tienen variedad de nombres, según la época, el país, etc., en la Iglesia.

Y sobre lo que preguntas acerca de la "meditación trascendental", la respuesta es que no: la meditación cristiana tiene unos elementos propios, que la distinguen perfectamente de otros métodos más o menos populares de "reflexión" o de "instrospección". Recomiendo la lectura de este documento, interesantísimo, de la Congregación para la Doctrina de la fe:

  • Carta sobre algunos aspectos de la meditación cristiana
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    Benedicto XVI habla de la Cuaresma: confesión y conversión

    Copio 3 discursos recientes de Benedicto XVI hablando de la Cuaresma: 

    – La confesión, sacramento del amor misericordioso de Dios

    – Caridad, oración y ayuno, armas espirituales para combatir el mal

    – La Cuaresma, 40 días de conversión al amor de Cristo

    La confesión, sacramento del amor misericordioso de Dios

    Febrero 19, 2007

    Discurso que dirigió este lunes Benedicto XVI al recibir en audiencia al cardenal James F. Stafford, penitenciario mayor de la Penitenciaría Apostólica, con los prelados y oficiales de este tribunal, así como a los padres penitenciarios de las basílicas papales de Roma.

    * * *

    Queridos hermanos:

    Con alegría os doy la bienvenida y os saludo con afecto, comenzando por el cardenal James Francis Stafford, penitenciario mayor, a quien doy las gracias por las corteses palabras que me acaba de dirigir. Saludo además al regente, monseñor Gianfranco Girotti, y a los miembros de la Penitenciaría Apostólica.

    Este encuentro me ofrece la oportunidad de expresar mi profundo aprecio sobre todo a vosotros, queridos padres penitenciarios de las basílicas papales de la Urbe, por el precioso ministerio pastoral que desempeñáis con entrega. Al mismo tiempo, quiero extender mi cordial saludo a todos los sacerdotes del mundo que se dedican con empeño al ministerio del confesionario.

    El sacramento de la penitencia, que tanta importancia tiene para la vida del cristiano, hace actual la eficacia redentora del misterio pascual de Cristo. En el gesto de la absolución, pronunciada en nombre y por cuenta de la Iglesia, el confesor se convierte en el medio consciente de un maravilloso acontecimiento de gracia. Al adherir con docilidad al Magisterio de la Iglesia, se convierte en ministro de la consoladora misericordia de Dios, pone de manifiesto la realidad del pecado y al mismo tiempo la desmesurada potencia renovadora del amor divino, amor que vuelve a dar la vida. La confesión se convierte, por tanto, en un renacimiento espiritual, que transforma al penitente en una nueva criatura. Este milagro de gracia sólo puede realizarlo Dios, y lo cumple a través de las palabras y de los gestos del sacerdote. Al experimentar la ternura y el perdón del Señor, el penitente reconoce más fácilmente la gravedad del pecado, y refuerza su decisión para evitarlo y para permanecer y crecer en la reanudada amistad con Él.

    En este misterioso proceso de renovación interior, el confesor ya no es espectador pasivo, sino «persona dramatis», es decir, instrumento activo de la misericordia divina. Por tanto, es necesario que junto a una buena sensibilidad espiritual y pastoral tenga una seria preparación teológica, moral y pedagógica que le permita comprender lo que vive la persona. Le es sumamente útil, además, conocer los ambientes sociales, culturales y profesionales de quienes se acercan al confesionario para poder ofrecer consejos adecuados y orientaciones tanto espirituales como prácticas. No hay que olvidar que el sacerdote, en este sacramento, está llamado a desempeñar el papel de padre, juez espiritual, maestro y educador. Esto exige una actualización constante, a la que pretenden contribuir también los cursos sobre el «foro interno» promovidos por la Penitenciaría Apostólica. 
     
    Queridos sacerdotes, vuestro ministerio tiene sobre todo un carácter espiritual. Por tanto, es necesario unir a la sabiduría humana y a la preparación teológica, una profunda espiritualidad, alimentada por el contacto orante con Cristo, Maestro y Redentor. En virtud de la ordenación presbiteral, de hecho, el confesor desempeña un peculiar servicio «in persona Christi», con una plenitud de dotes humanas que son reforzadas por la Gracia. Su modelo es Jesús, el enviado del Padre, el manantial abundante al que acude es el soplo vivificante del Espíritu Santo. Ante una responsabilidad tan elevada las fuerzas humanas son sin duda inadecuadas, pero la humilde y fiel adhesión a los designios salvíficos de Cristo nos hace, queridos hermanos, testigos de la redención universal que Él actúa, aplicando la admonición de san Pablo, quien dice: «En Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo…, poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación» (2 Corintios 5, 19).

    Para cumplir con esta tarea tenemos que hacer que penetre en nosotros mismos este mensaje de salvación y dejar que nos transforme profundamente. No podemos predicar el perdón y la reconciliación a los demás, sino no estamos personalmente penetrados por él. Si bien es verdad que en nuestro ministerio hay varias maneras y medios de comunicar a los hermanos el amor misericordioso de Dios, en la celebración de este Sacramento podemos hacerlo de la forma más completa y eminente. Cristo nos ha escogido, queridos sacerdotes, para ser los únicos que pueden perdonar los pecados en su nombre: se trata, por tanto, de un servicio eclesial específico al que tenemos que dar prioridad.

    ¡Cuántas personas en dificultad buscan el apoyo y el consuelo de Cristo! ¡Cuántos penitentes encuentran en la confesión la paz y la alegría que perseguían desde hace tiempo! ¿Cómo no reconocer que también en nuestra época, marcada por tantos desafíos religiosos y sociales, hay que redescubrir y reproponer este sacramento?

    Queridos hermanos, sigamos el ejemplo de los santos, en particular de quienes, como vosotros, se dedicaban casi exclusivamente al ministerio del confesionario. Entre otros, san Juan María Vianney, san Leopoldo Mandic, y más recientemente, san Pío de Pietrelcina. Que ellos nos ayuden desde el cielo para que sepáis dispensar con abundancia la misericordia y el perdón de Cristo Que María, refugio de los pecadores, os alcance la fuerza, el aliento y la esperanza para continuar generosamente con vuestra indispensable misión. Os aseguro de corazón mi oración, mientras os bendigo con afecto a todos.


    Caridad, oración y ayuno, armas espirituales para combatir el mal

    Febrero 21, 2007

    Homilía que pronunció Benedicto XVI durante la misa que presidió en la basílica de San Sabina en Roma, en la tarde del Miércoles de Ceniza, 21 de febrero. 

    * * *

    Queridos hermanos y hermanas:

    Con la procesión penitencial hemos entrado en el austero clima de la Cuaresma y, al introducirnos en la celebración eucarística, acabamos de orar para que el Señor ayude al pueblo cristiano a “iniciar un camino de auténtica conversión para afrontar victoriosamente, con las armas de la penitencia, el combate contra el espíritu del mal” (oración Colecta).

    Dentro de poco, al recibir la ceniza en nuestra cabeza, volveremos a escuchar una clara invitación a la conversión, que puede expresarse con dos fórmulas distintas: “Convertíos y creed el Evangelio” o “Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás”. Precisamente por la riqueza de los símbolos y de los textos bíblicos y litúrgicos, el miércoles de Ceniza se considera la “puerta” de la Cuaresma. En efecto, esta liturgia y los gestos que la caracterizan forman un conjunto que anticipa de modo sintético la fisonomía misma de todo el período cuaresmal. En su tradición, la Iglesia no se limita a ofrecernos la temática litúrgica y espiritual del itinerario cuaresmal; además, nos indica los instrumentos ascéticos y prácticos para recorrerlo fructuosamente.

    “Convertíos a mí de todo corazón, con ayuno, con llanto, con luto”. Con estas palabras comienza la primera lectura, tomada del libro del profeta Joel (Jl 2, 12). Los sufrimientos, las calamidades que afligían en ese período a la tierra de Judá impulsan al autor sagrado a invitar al pueblo elegido a la conversión, es decir, a volver con confianza filial al Señor, rasgando el corazón, no las vestiduras. En efecto, Dios —recuerda el profeta— “es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad, y se arrepiente de las amenazas” (Jl 2, 13).

    La invitación que el profeta Joel dirige a sus oyentes vale también para nosotros, queridos hermanos y hermanas. No dudemos en volver a la amistad de Dios perdida al pecar; al encontrarnos con el Señor, experimentamos la alegría de su perdón. Así, respondiendo de alguna manera a las palabras del profeta, hemos hecho nuestra la invocación del estribillo del Salmo responsorial: “Misericordia, Señor: hemos pecado”. Proclamando el salmo 50, el gran salmo penitencial, hemos apelado a la misericordia divina; hemos pedido al Señor que la fuerza de su amor nos devuelva la alegría de su salvación.

    Con este espíritu, iniciamos el tiempo favorable de la Cuaresma, como nos recordó san Pablo en la segunda lectura, para reconciliarnos con Dios en Cristo Jesús. El Apóstol se presenta como embajador de Cristo y muestra claramente cómo, en virtud de él, se ofrece al pecador, es decir, a cada uno de nosotros, la posibilidad de una auténtica reconciliación. “Al que no había pecado, Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que nosotros, unidos a él, recibamos la justificación de Dios” (2 Co 5, 21). Sólo Cristo puede transformar cualquier situación de pecado en novedad de gracia.

    Precisamente por eso asume un fuerte impacto espiritual la exhortación que san Pablo dirige a los cristianos de Corinto: “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios” (2 Co 5, 20) y también: “Mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es el día de la salvación” (2 Co 6, 2).

    Mientras que el profeta Joel hablaba del futuro día del Señor como de un día de juicio terrible, san Pablo, refiriéndose a la palabra del profeta Isaías, habla de “momento favorable”, de “día de la salvación”. El futuro día del Señor se ha convertido en el “hoy”. El día terrible se ha transformado en la cruz y en la resurrección de Cristo, en el día de la salvación. Y hoy es ese día, como hemos escuchado en la aclamación antes del Evangelio: “Escuchad hoy la voz del Señor, no endurezcáis vuestro corazón”. La invitación a la conversión, a la penitencia, resuena hoy con toda su fuerza, para que su eco nos acompañe en todos los momentos de nuestra vida.

    De este modo, la liturgia del miércoles de Ceniza indica que la conversión del corazón a Dios es la dimensión fundamental del tiempo cuaresmal. Esta es la sugestiva enseñanza que nos brinda el tradicional rito de la imposición de la ceniza, que dentro de poco renovaremos. Este rito reviste un doble significado: el primero alude al cambio interior, a la conversión y la penitencia; el segundo, a la precariedad de la condición humana, como se puede deducir fácilmente de las dos fórmulas que acompañan el gesto. Aquí, en Roma, la procesión penitencial del miércoles de Ceniza parte de san Anselmo y se concluye en esta basílica de Santa Sabina, donde tiene lugar la primera estación cuaresmal. 
     
    A este propósito, es interesante recordar que la antigua liturgia romana, a través de las estaciones cuaresmales, había elaborado una singular geografía de la fe, partiendo de la idea de que, con la llegada de los apóstoles san Pedro y san Pablo y con la destrucción del templo, Jerusalén se había trasladado a Roma. La Roma cristiana se entendía como una reconstrucción de la Jerusalén del tiempo de Jesús dentro de los muros de la Urbe. Esta nueva geografía interior y espiritual, ínsita en la tradición de las iglesias “estacionales” de la Cuaresma, no es un simple recuerdo del pasado, ni una anticipación vacía del futuro; al contrario, quiere ayudar a los fieles a recorrer un itinerario interior, el camino de la conversión y la reconciliación, para llegar a la gloria de la Jerusalén celestial, donde habita Dios.

    Queridos hermanos y hermanas, tenemos cuarenta días para profundizar en esta extraordinaria experiencia ascética y espiritual. En el pasaje evangélico que se ha proclamado Jesús indica cuáles son los instrumentos útiles para realizar la auténtica renovación interior y comunitaria: las obras de caridad (limosna), la oración y la penitencia (el ayuno). Son las tres prácticas fundamentales, también propias de la tradición judía, porque contribuyen a purificar al hombre ante Dios (cf. Mt 6, 1-6. 16-18).

    Esos gestos exteriores, que se deben realizar para agradar a Dios y no para lograr la aprobación y el consenso de los hombres, son gratos a Dios si expresan la disposición del corazón para servirle sólo a él, con sencillez y generosidad. Nos lo recuerda uno de los Prefacios cuaresmales, en el que, a propósito del ayuno, leemos esta singular afirmación: “ieiunio… mentem elevas”, “con el ayuno…, elevas nuestro espíritu” (Prefacio IV de Cuaresma). 
     
    Ciertamente, el ayuno al que la Iglesia nos invita en este tiempo fuerte no brota de motivaciones de orden físico o estético, sino de la necesidad de purificación interior que tiene el hombre, para desintoxicarse de la contaminación del pecado y del mal; para formarse en las saludables renuncias que libran al creyente de la esclavitud de su propio yo; y para estar más atento y disponible a la escucha de Dios y al servicio de los hermanos. Por esta razón, la tradición cristiana considera el ayuno y las demás prácticas cuaresmales como “armas” espirituales para luchar contra el mal, contra las malas pasiones y los vicios.

    Al respecto, me complace volver a escuchar, juntamente con vosotros, un breve comentario de san Juan Crisóstomo: “Del mismo modo que, al final del invierno –escribe-, cuando vuelve la primavera, el navegante arrastra hasta el mar su nave, el soldado limpia sus armas y entrena su caballo para el combate, el agricultor afila la hoz, el peregrino fortalecido se dispone al largo viaje y el atleta se despoja de sus vestiduras y se prepara para la competición; así también nosotros, al inicio de este ayuno, casi al volver una primavera espiritual, limpiamos las armas como los soldados; afilamos la hoz como los agricultores; como los marineros disponemos la nave de nuestro espíritu para afrontar las olas de las pasiones absurdas; como peregrinos reanudamos el viaje hacia el cielo; y como atletas nos preparamos para la competición despojándonos de todo” (Homilías al pueblo de Antioquía, 3).

    En el mensaje para la Cuaresma invité a vivir estos cuarenta días de gracia especial como un tiempo “eucarístico”. Recurriendo a la fuente inagotable de amor que es la Eucaristía, en la que Cristo renueva el sacrificio redentor de la cruz, cada cristiano puede perseverar en el itinerario que hoy solemnemente iniciamos.

    Las obras de caridad (limosna), la oración, el ayuno, juntamente con cualquier otro esfuerzo sincero de conversión, encuentran su más profundo significado y valor en la Eucaristía, centro y cumbre de la vida de la Iglesia y de la historia de la salvación.

    “Señor, estos sacramentos que hemos recibido -así rezaremos al final de la santa misa- nos sostengan en el camino cuaresmal, hagan nuestros ayunos agradables a tus ojos y obren como remedio saludable de todos nuestros males”.

    Pidamos a María que nos acompañe para que, al concluir la Cuaresma, podamos contemplar al Señor resucitado, interiormente renovados y reconciliados con Dios y con los hermanos. Amén.


    La Cuaresma, 40 días de conversión al amor de Cristo

    Febrero 21, 2007

    Intervención de Benedicto XVI en la audiencia general de este miércoles dedicada al Miércoles de Ceniza.

    * * *

    Queridos hermanos y hermanas:

    El Miércoles de Ceniza que hoy celebramos, es para nosotros, cristianos, un día particular, caracterizado por el intenso espíritu de recogimiento y reflexión. Emprendemos, de hecho, el camino de la Cuaresma, tiempo de escucha de la Palabra de Dios, de oración y de penitencia. Son cuarenta días en los que la liturgia nos ayudará a revivir las fases destacadas del misterio de la salvación.

    Como sabemos, el hombre ha sido creado para ser amigo de Dios, pero el pecado de los primeros padres quebró esta relación de confianza y de amor y, como consecuencia, la humanidad es incapaz de realizar su vocación originaria.

    Gracias, sin embargo, al sacrificio redentor de Cristo, hemos sido rescatados por el poder del mal: Cristo, de hecho, escribe el apóstol Juan, ha sido víctima de expiación por nuestros pecados (Cf. 1 Juan 2, 2); y san Pedro añade: Él ha muerto una vez para siempre por los pecados (Cf. 1 Pedro 3,18).

    Al morir con Cristo al pecado, el bautizado también renace a una vida nueva y es restablecido gratuitamente en su dignidad de hijo de Dios. Por este motivo, en la primitiva comunidad cristiana, el Bautismo era considerado como la «primera resurrección» (Cf. Apocalipsis 20,5; Romanos 6,1–11; Juan 5,25–28).

    Desde los orígenes, por tanto, la Cuaresma se vive como ese tiempo de la inmediata preparación al Bautismo, que se administra solemnemente durante la Vigilia Pascual. Toda la Cuaresma era un camino hacia este gran encuentro con Cristo, hacia la inmersión en Cristo y la renovación de la vida.

    Estamos ya bautizados, pero con frecuencia el Bautismo es muy eficaz en nuestra vida cotidiana. Por este motivo, también para nosotros la Cuaresma es un «catecumenado» renovado en el que salimos de nuevo al encuentro de nuestro Bautismo para redescubrirlo y revivirlo en profundidad, para ser de nuevo realmente cristianos.

    Por tanto, la Cuaresma es una oportunidad para «volver a ser» cristianos, a través de un proceso constante de cambio interior y de avance en el conocimiento y en el amor de Cristo. La conversión no tiene lugar nunca una vez para siempre, sino que es un proceso, un camino interior de toda nuestra vida. Ciertamente este itinerario de conversión evangélica no puede limitarse a un período particular del año: es un camino de todos los días, que tiene que abarcar toda la existencia, cada día de nuestra vida.

    Desde este punto de vista, para cada cristiano y para todas las comunidades eclesiales, la Cuaresma es la estación espiritual propicia para entrenarse con mayor tenacidad en la búsqueda de Dios, abriendo el corazón a Cristo.

    San Agustín dijo en una ocasión que nuestra vida es un ejercicio único del deseo de acercarnos a Dios, de ser capaces de dejar entrar a Dios en nuestro ser. «Toda la vida del cristiano fervoroso –dice– es un santo deseo». Si esto es así, en Cuaresma se nos invita aún más a arrancar «de nuestros deseos las raíces de la vanidad» para educar el corazón en el deseo, es decir, en el amor de Dios. «Dios –dice san Agustín– es todo lo que deseamos» (Cf. «Tract. in Iohn.», 4). Y esperamos que realmente comencemos a desear a Dios, y de este modo desear la verdadera vida, el amor mismo y la verdad.

    Es particularmente oportuna la exhortación de Jesús, referida por el evangelista Marcos: «Convertíos y creed en la Buena Nueva» (Cf. Marcos 1, 15). El deseo sincero de Dios nos lleva a rechazar el mal y a realizar el bien. Esta conversión del corazón es ante todo un don gratuito de Dios, que nos ha creado para sí y en Jesucristo nos ha redimido: nuestra felicidad consiste en permanecer en Él (Cf. Juan 15, 3). Por este motivo, Él mismo previene con su gracia nuestro deseo y acompaña nuestros esfuerzos de conversión.

    Pero, ¿qué es en realidad convertirse? Convertirse quiere decir buscar a Dios, caminar con Dios, seguir dócilmente las enseñanzas de su Hijo, Jesucristo; convertirse no es un esfuerzo para realizarse uno mismo, porque el ser humano no es el arquitecto del propio destino. Nosotros no nos hemos hecho a nosotros mismos. Por ello, la autorrealización es una contradicción y es demasiado poco para nosotros. Tenemos un destino más alto. Podríamos decir que la conversión consiste precisamente en no considerarse en «creadores» de sí mismos, descubriendo de este modo la verdad, porque no somos autores de nosotros mismos.

    Conversión consiste en aceptar libremente y con amor que dependemos totalmente de Dios, nuestro verdadero Creador, que dependemos del amor. Esto no es dependencia, sino libertad. Convertirse significa, por tanto, no perseguir el éxito personal, que es algo que pasa, sino, abandonando toda seguridad humana, seguir con sencillez y confianza al Señor para que Jesús se convierta para cada uno, como le gustaba decir a la beata Teresa de Calcuta, en «mi todo en todo». Quien se deja conquistar por él no tiene miedo de perder la propia vida, porque en la Cruz Él nos amó y se entregó por nosotros. Y precisamente, al perder por amor nuestra vida, la volvemos a encontrar.

    He querido subrayar el inmenso amor que Dios tiene por nosotros en el mensaje con motivo de la Cuaresma publicado hace unos días para que los cristianos de toda comunidad puedan detenerse espiritualmente durante el tiempo de la Cuaresma, junto a María y Juan, el discípulo predilecto, ante Aquel que en la Cruz consumó por la humanidad el sacrificio de su vida (Cf. Juan 19, 25).

    Sí, queridos hermanos y hermanas, la Cruz también es para nosotros, hombres y mujeres de nuestra época que con demasiada frecuencia estamos distraídos por las preocupaciones y los intereses terrenos y momentáneos, la revelación definitiva del amor y de la misericordia divina. Dios es amor y su amor es el secreto de nuestra felicidad. Ahora bien, para entrar en este misterio de amor no hay otro camino que el de perdernos, entregarnos, el camino de la Cruz. «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Marcos 8, 34). Por este motivo, la liturgia cuaresmal, al invitarnos a reflexionar y rezar, nos estimula a valorar más la penitencia y el sacrificio para rechazar el pecado y el mal y vencer el egoísmo y la indiferencia. La oración, el ayuno y la penitencia, las obras de caridad hacia los hermanos se convierten de este modo en sendas espirituales que hay que recorrer para regresar a Dios en respuesta a los repetidos llamamientos a la conversión que hoy hace la liturgia (Cf. Gálatas 2,12-13; Mateo 6,16-18).

    Queridos hermanos y hermanas, que el período cuaresmal, que hoy emprendemos con el austero y significativo rito de la imposición de las Cenizas, sea para todos una renovada experiencia del amor misericordioso de Cristo, quien en la Cruz derramó su sangre por nosotros. 
     
    Pongámonos dócilmente a su escucha para aprender a «volver a dar» su amor al prójimo, especialmente a los que sufren y atraviesan dificultades. Esta es la misión de todo discípulo de Cristo, pero para realizarla es necesario permanecer a la escucha de su Palabra y alimentarse asiduamente de su Cuerpo y de su Sangre. Que el itinerario cuaresmal, que en la Iglesia antigua es itinerario hacia la iniciación cristiana, hacia el Bautismo y la Eucaristía, sea para nosotros, los bautizados, un tiempo «eucarístico» en el que participemos con mayor fervor en el sacrificio de la Eucaristía.

    Que la Virgen María, tras haber compartido la pasión dolorosa de su hijo divino, experimentó la alegría de la resurrección, nos acompañe en esta Cuaresma hacia el misterio de la Pascua, revelación suprema del amor de Dios.

    ¡Buena Cuaresma a todos!

    [Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. Estas fueron sus palabras en español:]

    Queridos hermanos y hermanas:

    Hoy, Miércoles de Ceniza, es un día particular para nosotros cristianos. Emprendemos el camino Cuaresmal. Cuarenta días caracterizados por un intenso espíritu de oración y penitencia durante los cuales la liturgia nos ayudará a revivir el misterio de la salvación. Una ocasión providencial para convertirnos, para buscar con más tesón a Dios y volver a Él, abriendo el corazón a Cristo.

    Cuán oportuna resuena la exhortación de Jesús, que leemos en el evangelista san Marcos: “Convertíos y creed en el Evangelio”. Convertirse significa buscar a Cristo, seguir dócilmente sus enseñanzas, amarlo, con sencillez y confianza.

    Para entrar en este misterio de amor no hay otro camino que el de la Cruz. La Cruz es la revelación definitiva del amor y de la misericordia divina. La oración, el ayuno, la penitencia y las obras de caridad para con los hermanos son los caminos espirituales para retornar a Dios.

    Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, especialmente a las Siervas del Sagrado Corazón de Jesús, que celebran el Capítulo General; a los fieles de Albacete, Tenerife y Toledo; a los estudiantes de Cáceres y San Sebastián, así como a los peregrinos de Argentina, Chile y México. El período cuaresmal, que hoy comenzamos con el austero y significativo rito de la imposición de la Ceniza, sea para todos una experiencia renovada del amor misericordioso de Cristo. Aprendamos de Él a amar al prójimo, especialmente a cuántos sufren. Que la Virgen María nos acompañe en esta Cuaresma para prepararnos a revivir el misterio de la Pascua, revelación suprema del amor de Dios. ¡Buena Cuaresma a todos!

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