¿Quién puede pertenecer al Opus Dei?

Pueden pertenecer al Opus Dei las personas que han recibido esa vocación divina; una llamada de Dios a buscar la santidad en el trabajo, y a promover en otros ese encuentro con el Señor en la vida ordinaria.

¿Quién puede pertenecer al Opus Dei?
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Numeraria auxiliar: María Emperatriz Cantalejo

Numeraria auxiliar: María Emperatriz Cantalejo Opus DeiMaría Emperatriz tiene 37 años y es numeraria auxiliar del Opus Dei (quienes se encargan de las tareas domésticas y administrativas en los centros y residencias de la organización). Da clases en la Escuela Fuenllana de hostelería, en Madrid, que es una obra corporativa del Opus Dei. Conocí el Opus Dei en los años 80, exactamente cuando dejé mi ciudad natal, Talavera de la Reina, y vine a Madrid.
En Madrid estuve trabajando en un colegio mayor [residencia asociada a una universidad, en las que a veces funcionan centros del Opus Dei], donde yo conocí a gente que pertenecía a la “Obra”.
En esa época supe realmente cuál era la espiritualidad del Opus Dei. Conocí a mucha gente que trabajaba en la administración de los centros de la “Obra”, a unas cocineras muy profesionales que me ayudaron a decidir, sobre todo observando su trabajo, que podía estudiar hostelería.
Me puse luego a trabajar y a estudiar, y pedí la admisión como numeraria auxiliar.
El tema de decidir ser numeraria auxiliar es una cosa que va cuajando por dentro. Es una llamada de Dios, una vocación sobrenatural. Esto supone entrega, sacrificio. Por ejemplo, renuncias a casarte y tener hijos.
Actualmente doy clases teórico-prácticas en la escuela en la que estudié, la Escuela Fuenllana de hostelería, que es conocida en España y es una obra corporativa del Opus Dei. Enseño cocina y repostería, atención al cliente en el restaurante donde las alumnas hacen prácticas, y ayudo a las alumnas a que aprendan a planchar y coser.
Ellas van a ir trabajando luego en distintos sitios de la sociedad. Por supuesto, también pueden trabajar en centros del Opus Dei.
En un día común me levanto, hago media hora de oración y voy a misa. En ese momento le ofrezco a Dios ese día de trabajo, porque luego durante la labor sinceramente no te puedes poner a rezar. Si hay una pequeña contrariedad pongo buena cara, no pasa nada, adelante. Eso forma parte de la santificación del trabajo.
En el Opus Dei se dice que las numerarias auxiliares son como la columna vertebral. Hacen todos los trabajos tanto en los centros donde viven hombres como en los que viven mujeres; atienden colegios mayores, residencias en las que la gente va a lo mejor a pasar unos días de ejercicios espirituales o cursos de retiro, o a estar una semana en unas conferencias, unas convivencias.
Son las que se encargan de que el desayuno esté preparado, de que la mesa esté bien puesta, de que haya unas flores en un sitio determinado, de que la ropa esté muy limpia, de que la puerta y el teléfono estén atendidos. Las compras también. O sea, lo que haría una madre de familia en su casa.
Es cierto que los hombres no tienen que estar cuando entran las mujeres a su centro a hacer las tareas. A lo mejor lo que se hace es dividir la casa en dos zonas y se limpia primero una y después otra, de forma que los hombres puedan seguir trabajando en la biblioteca de la casa o en su habitación.
¿Por qué? Pues porque si una persona, que puedo ser yo misma, le he entregado mi vida a Dios y he decidido vivir en celibato apostólico, puedo estar tentando al trabajar cuando por medio puede haber hombres.
En la práctica, la mayoría de las tareas las desarrollan las mujeres. No porque los hombres no puedan hacerlas, sino porque si ellos tienen su trabajo profesional el centro puede convertirse en una especie de casa sin control (…) Ellos llegarían a su casa y aquello estaría destartalado, un poco descuidado si no hubiera administración.
Y luego también porque la mujer tiene ese carisma especial del detalle, de la intuición. Hay hombres a los que también se les dan mejor los trabajos de la casa, pero la mayoría de las mujeres pueden hacer ese trabajo quizás con esa mano femenina que deja cada cosa en su sitio, con orden, atención, esmero.

Numeraria auxiliar: María Emperatriz Cantalejo
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Las Preces del Opus Dei

Es la oración oficial del Opus Dei.
Se reza todos los días, en latín.
¿Qué son las Preces?
Es una oración de adoración y de acción de gracias (a la Santísima Trinidad, a Jesucristo, etc.), de petición (por el Papa, por los Obispos de todo el mundo, por el Prelado del Opus Dei, por los padres de los fieles del Opus Dei, etc.), de invocación de ayuda para ser santo(a la Virgen, a San José, etc.), que compuso el Fundador del Opus Dei a los pocos años de su fundación.

Dura aproximadamente tres minutos. Es una oración que no está impresa en libros de venta al público, ya que es una oración privada sólo para los miembros del Opus Dei. Esto no quiere decir que sea secreta, sino que sólo la rezan las personas que son del Opus Dei. No obstante hay muchos trozos de las Preces que están recogidas en la Biografía del Fundador del Opus Dei de Andrés Vázquez de Prada por si alguno tiene interés en consultarlas. Por otro lado, las preces tienen el reconocimiento eclesial pertinente.

Aquí tienes las preces traducidas en español.

Las Preces del Opus Dei
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¿Promovió el fundador del Opus Dei que sus miembros se incorporaran a la división azul?

Francisco Ponz, Mi encuentro con el Fundador del Opus Dei (Madrid, 1939-1944), pág. 80-81, 1ª ed., junio de 2000:

"Por ese tiempo, se acusaba al Opus Dei ante algunas embajadas de Madrid de que sus miembros eran aliadófilos, mientras se decía en otras que eran germanófilos. En los ambientes políticos y universitarios de Madrid se fomentó, sobre todo entre los oficiales provisionales de la guerra civil, la inscripción voluntaria en al División Azul. Algunos del Opus Dei se inscribieron y otros no. Yo, que no había pasado de soldado, no me inscribí. El Padre, a pesar de que esa inscripción podía entorpecer la labor de la Obra, respetó la libertad de sus hijos. Como hubo bastantes más voluntarios inscritos que plazas disponibles, se eligió por sorteo a los que se podrían incorporar a la División Azul . La oración resultó eficaz y ninguno del Opus Dei resultó elegido." (pág. 81)

Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei, Vida de Josemaría Escrivá de Balaguer, II Tomo, pág. 237-238.
No había aún acabado la guerra civil española, cuando la Alemania de Hitler estaba empeñada en una política de reivindicaciones y anexiones territoriales que llevarían a una guerra europea, luego mundial. Y los españoles vieron con estupor cómo las fuerzas soviéticas y nazis, que pocos meses antes se habían enfrentado en suelo español, pactaban cínicamente el reparto de Polonia. Invadida Polonia en septiembre de 1939, vino después la invasión de otros países. En mayo de 1940 las tropas alemanas ocuparon Bélgica y Holanda para lanzarse sobre Francia, que atravesaron de norte a sur, hasta alcanzar en el mes de junio la frontera española por Hendaya.
El gobierno español adoptó inicialmente una política de neutralidad. En junio de 1940, modificó su postura inicial y pasó a la de "no beligerancia" que, con bandazos, mantuvo hasta 1943, en los años de los espectaculares avances y victorias alemanas. Durante ese periodo, hubo de negociar con sus antiguos aliados del Eje (entrevista de Franco con Hitler en Hendaya: 23 de octubre de 1940; y con Mussolini en Bordighera: 12 de febrero de 1941) y pasó el país por muy serias amenazas, reflejadas en su política exterior. A partir de la primavera de 1943, el gobierno español cambió nuevamente de rumbo y tomó la posición de una estricta neutralidad, deslizándose cada vez más en favor de los Aliados. España, finalmente, no entró en la guerra .
Gran parte de la Falange, partidaria del totalitarismo nazi, y con varios Ministros en el Gobierno, pretendió desde el primer momento favorecer la causa alemana y arrastrar al país al lado del presumible vencedor. De modo que en los primeros años de guerra Franco hubo de hacer inverosímiles equilibrios sobre la cuerda floja. Después de la ocupación de Francia, las presiones alemanas para cruzar España, tomar Gibraltar y pasar a África fueron tan fuertes que parecía muy difícil resistirlas (y lo mismo volvería a ocurrir a finales de 1942 con motivo del desembarco Aliado en el norte de África). En vista de la gravedad del momento, don Josemaría pensaba en sus hijos, que estaban casi todos en edad militar. Los veía desparramados otra vez por los frentes, y paralizado de nuevo el desarrollo de la Obra. Así, unas semanas antes de la entrevista de Franco con Hitler, el 1 de octubre de 1940, a aquellos de sus hijos que se habían reunido en Madrid en la víspera del décimo segundo aniversario de la fundación de la Obra, les replanteó la pregunta ya hecha antes de la guerra civil: Si yo me muero, ¿continuarás con la Obra? .
En 1936 la guerra española había truncado la esperanza de comenzar en París. Ahora, en 1940, la guerra mundial cortaba los planes de salida al extranjero de los jóvenes del Opus Dei, que deseaban estudiar en las Universidades europeas. Con espíritu abierto, católico, ponían como primera patria a España; y, como segunda, al mundo. Y esta generosa apertura, cuyas raíces estaban en el espíritu de la Obra y en el ejemplo de su Fundador, se traducía en una mentalidad de comprensión hacia quienes sostenían opiniones contrarias en cuestiones políticas.
Mientras tanto, la ideología nazi inficionaba rápidamente a la juventud universitaria, que, falta de experiencia y sobrada de ardor juvenil, caía en la intolerancia. Por eso, no entendían algunos que los miembros del Opus Dei se negaran a secundar, colectivamente, las órdenes y consignas emanadas del sector falangista que entonces prevalecía en el poder.

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¿Qué significa santificar el trabajo?

Significa trabajar según el espíritu de Jesucristo: trabajar bien, con calidad, de acuerdo con la justicia y respetando las leyes, con el fin de amar a Dios y servir a los demás. De ese modo se contribuye a santificar el mundo desde dentro y a hacer presente el Evangelio en todas las actividades, tanto las que parecen brillantes como las más humildes y escondidas, porque delante de Dios lo importante no es el éxito humano, sino el amor que se pone en el trabajo.

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¿Hay fieles del Opus Dei que viven el celibato?

Además de los sacerdotes, algunos laicos —hombres y mujeres— viven el celibato, como un don de Dios y por motivos apostólicos. Esto les permite una mayor dedicación a tareas formativas, sin modificar en nada su condición laical, su situación profesional, su posición en la Iglesia y en la sociedad.

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Monseñor Escrivá de Balaguer y el Opus Dei

Mons. Antonio Quarracino, Obispo de Avellaneda. Secretario General del Celam
Artículo publicado en EL MUNDO
Medellín, 5–XI–81

No tuve oportunidad de conocer personalmente a Monseñor Escrivá de Balaguer, ni me he detenido en profundizar sus escritos. Hace muchos años leí Camino, y no hace tanto algunas de sus plá­ticas y homilías. Debo decir ante todo que me llamó la atención su facilidad de presentar como «a la mano» -encarnado, dicen hoy– el llamado universal a la santidad.

Tampoco mis contactos con el Opus Dei han sido tales que jus­tifiquen una exposición detallada de su espíritu y apostolado. He tratado a algunos de sus miembros; y debo decir que me han pare­cido todos excelentes. Me han atendido afectuosamente en sus cen­tros e informado de sus labores en los diversos ambientes del pueblo de Dios.

Afirmaría que mi conocimiento de esta Obra y de su fundador es un conocimiento «al revés», esto es por sus detractores, los cuales a la verdad, me causan una sensación extraña, mezcla de pena y de gracia. Algunos ataques y testimonios muchas veces son una expresión de mal gusto, por decir lo menos… es una institución de la Iglesia que ha recibido golpes muy furibundos, que recuerdan la desfachatez diabólica. Y por cierto que no todos vienen de afuera…

Pienso entonces en aquello de que las obras de Dios son pro­badas por la adversidad y la persecución… Recuerdo lo que San Lucas relata en el capítulo 5 de «Los Hechos» acerca del prudente Gamaliel: «Si este asunto es cosa de los hombres… pero si es cosa de Dios… no se vayan a encontrar luchando contra Dios». Como creo que estas palabras conservan su validez, por una parte me asal­ta cierta especie de pena porque, naturalmente, no me agrada que se golpee a una institución de la Iglesia; y también cierta gracia entre socarrona y lastimera porque me parece ver a los que golpean, in contrario sensu, como instrumentos de la comprobación de que una obra es de Dios. Algo parecido a los «abogados del diablo». Considero muy útil y necesario el papel que deben desempeñar esos abogados; ¡pero me parece tan antipático!

No sé si Monseñor Escrivá será canonizado. ¡Qué extensa es la lista de grandes figuras de la Iglesia que no lo han sido! Pero cuando personas serias, ponderadas y prudentes, que conocen el sentido de las palabras, tanto lo exaltan y de santo lo califican, me digo que por algo debe ser. Es un hecho sin precedentes contar con la petición de 69 cardenales y 1.300 obispos -entre ellas la mía– dirigidas al Santo Padre solicitando la apertura del proceso. Y como me quedo pensando que si me pidieran el nombre de un pastor -obispo o sacerdote– que yo hubiera conocido personal­mente en mi vida, y a quien considerara digno de que su causa fuera introducida, daría el de uno solo, y con algunas advertencias pre­vias, se me ocurre que tampoco tantas personas piensen y hablen apresuradamente.

Por otra parte, hay algunos hechos que muchos podrán juzgar irrelevantes, pero que yo considero significativos si se los mira desapasionadamente.

El caso de Camino, por ejemplo, que ese libro tan sencillo, algu­nos de cuyos pensamientos han sido criticados con ridícula ligereza, haya tenido tiradas millonarias y traducciones en más de treinta lenguas, ¿no llama la atención? Ya escucho a algunos: «es que la institución…», «Sí, ya sé, interrumpo yo: ¡los de la Obra son tan geniales que lo editan y luego queman los ejemplares, o los venden como papel viejo!, pese a la pequeñez de su tamaño. ¡Muy inte­resante su explicación!».

Otro hecho; cuando murió Monseñor Escrivá, el Opus Dei, así tengo entendido, contaba con mil sacerdotes, más o menos. Estimo que ningún fundador dejó al morir una heredad semejante a la Iglesia.

El tercero: es conocida la amplísima gama de profesionales y estudiosos que pertenecen a la Obra. Se trata, pues, de gente que naturalmente no dejó enmohecer su materia gris. Soy lógico si pien­so que se trata de personas cuya asociación al Opus Dei no ha sido hecha a tontas y a locas, o como llevada por la nariz, o engañadas como niños, o por medio de un espeluznante lavado de cerebro, o después de pasar una temporada en un hospital psiquiátrico del Este…

«¿Ladran, Sancho? Señal es que cabalgamos». (De un libro vie­jo, pero siempre actual.)

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¿Qué son las prelaturas personales?

Las prelaturas personales son circunscripciones eclesiásticas, previstas por el Concilio Vaticano II y por el Código de Derecho Canónico, que se constituyen para llevar a cabo, con gran flexibilidad, determinadas tareas pastorales. Los fieles de las prelaturas personales siguen perteneciendo a las iglesias locales o diócesis donde tienen su domicilio.

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Matesa y el Opus Dei

El caso MATESA (Maquinaria Textil del Norte de España) sólo se entiende -y con dificultad- si se conoce el ambiente en que se producían las maniobras políticas del tardofranquismo. En síntesis, sucedió que un sector trató de eliminar a otras personas, por considerarlas obstáculos cara al futuro, es decir, cuando Franco muriera. A la vez el caso fue jaleado por la oposición, por considerar que contribuía a desacreditar al propio franquismo. MATESA fue un lance monetario-fiscal de importancia, que alcanzó máxima publicidad cuando fue utilizado por Fraga, Solís y la "prensa del Movimiento", en contra de Carrero Blanco y López Rodó y de quienes aquéllos -los azules- consideraban compañeros políticos de López Rodó, y los asimilaban -a falta de mejor simplificación- a los tecnócratas del Opus.
José Vilá Reyes, empresario textil catalán hasta entonces prestigioso y popular, es denunciado en 1969 por la Dirección General de Aduanas, dependiente del Ministerio de Hacienda, en asunto relativo al comercio exterior y a los créditos oficiales para la exportación. El fraude del que se le acusa puede suponer varios miles de millones de pesetas. Coincide que los Ministros de Hacienda y Comercio, Espinosa y García Moncó, son miembros del Opus Dei, como también el anterior Ministro de Hacienda, Navarro Rubio. Su relativa tardanza en tomar medidas para investigar el problema, permite la utilización política del affaire por sus enemigos políticos: en contra de la opinión de Franco, siempre partidario de silenciar estos asuntos, lo lanzan a la opinión pública con cierto sensacionalismo. Cuando todo parecía dar a entender que los tecnócratas habían recibido un golpe mortal, Franco decide sacar del Gobierno a Fraga y Solís, así como a Espinosa y García Moncó, pero nombra Ministros a diversas personalidades más bien en la línea de Carrero y López Rodó, que continúan, respectivamente, como Vicepresidente y Ministro de Planificación.
Los perdedores en la crisis conservan, sin embargo, una fuerte cuota de poder en el ámbito de los medios de comunicación oficiales (muy importantes entonces, cuando la libertad de prensa apenas existía aún en España). Y montan una gran campaña, basada en datos falsos, pero tan enormes que se hacen verosímiles:
– se presenta a Vilá Reyes como miembro del Opus Dei: la realidad es que nunca lo había sido ni lo será (así lo ha dicho el interesado en infinidad de ocasiones); su única relación, como cientos de empresarios por aquellos años, había sido asistir a cursos organizados por el IESE, centro de estudios empresariales con sede en Barcelona, dependiente de la Universidad de Navarra;
– se presenta el interés del Opus Dei en tapar el asunto, porque MATESA habría entregado a la Obra miles de millones de pesetas procedentes de créditos oficiales (para conseguir verosimilitud se inventa una cifra exacta: 2.490 millones de ptas.). De poco sirven los desmentidos del interesado y de la Oficina de Información del Opus Dei. Vilá Reyes, en unos diez años, había donado a la Universidad de Navarra millón y medio de pesetas;
– además, se dijo que el Opus Dei tendría interés en tapar el escándalo, porque varios miembros de la Obra ocupaban cargos directivos en MATESA, y habían conseguido un trato de favor por parte de las personas de la Obra que entonces estaban en el Gobierno. Ante el desmentido fulminante del Opus Dei, nadie insistió ya en este punto, fácilmente demostrable, pues, efectivamente, nadie del Opus Dei ocupaba cargos ejecutivos en MATESA.
Pero el caso siguió adelante, en los medios de comunicación, así como en una Comisión especial de las Cortes Españoles (el parlamento del régimen de Franco, en el que lógicamente predominaban los azules), en el Juzgado Especial de Delitos Monetarios, y finalmente en la Audiencia provincial de Madrid y en el Tribunal Supremo. En estas diversas instancias, ningún miembro del Opus Dei, de los implicados en el asunto, fueron acusados ni condenados por dolo. Su honorabilidad sería reconocida públicamente, incluso, por Gil Robles, abogado de Vilá Reyes, a pesar de la escasa simpatía que tenía por el Opus Dei. También lo reconoció así el propio Franco, aunque bien a su modo: cuando los tres ex-ministros fueron encausados por el Tribunal Supremo, y para evitar que el affaire siguiera adelante, con desprestigio del Régimen, les indultó antes de que hubiera sentencia. Sólo Mariano Navarro Rubio consideró que debía dejar clara su inocencia, y escribió un extenso y detenido libro, El caso Matesa, Madrid, 1978.
Lo que nunca tuvieron interés en divulgar quienes montaron el caso MATESA fue que puso en marcha todo, consecuencia de un trabajo realizado también con profundo sentido ético y social, un miembro del Opus Dei, Víctor Castro, de profesión militar, que había sido nombrado tiempo atrás Director General de Aduanas.

A causa de esto, en vez de averiguar lo que pasaba, se apresuró a desbancar a los "azules" y a confirmar en sus puestos a los elementos del Opus, de los cuales he de decir que, en conciencia, aunque esa entidad no me sea simpática, no cometió ninguna irregularidad, y menos inmoralidad".
Gil Robles, en "El Correo de Andalucía", 17-IX-1978.

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Una amistad de 43 años

Mons. Pedro Altabella Canónigo de San Pedro de Roma
Doctor en Teología y Derecho Canónico
Artículo publicado en EL NOTICIERO
Zaragoza, 29–VII–76
El día 26 de junio de 1975, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer pasaba a mejor vida. En aquellos momentos nos fue dado estar junto a su cadáver –parecía que estaba dormido más que muerto, celebrar la Santa Misa de corpore insepulto y dar rienda suelta a nuestro afecto de amigo.

Hoy quisiera evocar siquiera algún rasgo de su rica personalidad sacerdotal. Creo que un trato frecuente que tuve con el a lo largo de 43 años me autoriza a intentarlo.

Conocí a Josemaría Escrivá de Balaguer apenas llegué al Semi­nario Conciliar de la Plaza de la Seo, el año 1925, en Zaragoza. Josemaría, que residía en el Seminario de San Carlos, venía como Superior del Seminario de San Francisco de Paula a acompañar a los seminaristas que venían a clase al Conciliar. Le veíamos vestido con man­teo –no llevaba beca porque era Superior- y con porte distinguido. Creo que en aquellas fechas había recibido sólo las Ordenes Menores.

Luego, circulaba por el Seminario nuestro la noticia de que Jose­maría estaba en Madrid. Allí terminaba sus estudios de Derecho Civil, y trabajaba en el apostolado entre universitarios. No sabía yo entonces más de él.

El año 1934, en enero, fui llamado por don Angel Herrera que pidió el permiso al señor arzobispo Domenech– a la casa del Con­siliario, en Madrid. Morábamos en la calle Villanueva, 15.

Fue precisamente en esa casa y en ese tiempo donde me saludó por primera vez don Josemaría Escrivá. Me lo presentó don Emilio Bellón, nuestro director, diciéndome: «Ven acá; vas a conocer a un paisano tuyo, gran sacerdote y apóstol». Bromeó don Emilio sobre mi persona al presentarme a don Josemaría y, en un fuerte abrazo que nos dimos, quedó fundida una amistad que nunca ya vino a menos.

Hablamos de nuestros ideales sacerdotales y apostólicos. Me invitó a visitar su academia DYA, que tenía en la calle Ferraz. Me impresionó en aquel momento el garbo y la alegría con que trataba a aquellos chicos y el gran afecto que le tenían. Pero, sobre todo, quedó grabado en mi alma el gran aprecio que ponía Josemaría Escrivá en la oración, y que supo transfundir en los espíritus de aquellos universitarios. La capilla estaba llena de jóvenes recogidos en oración. Eso, entonces, no era corriente.

Es ésta de la oración una nota fundamental de la personalidad de Escrivá de Balaguer. Diría yo que era para él la oración su fuerza, su refugio, su mejor quehacer, su hora de luz y de amor. Allí supo escuchar a su Dios y Señor, y prometió y cumplió seguirle fielmente hasta morir. ¡Cuántas veces le he oído que todo lo hablaba en la oración! Recuerdo que en los momentos más graves de su vida, que yo conocí o que le oí contarme, sea en las horas brillantes, sea en las amargas y oscuras, con fe intrépida, con gran decisión, con enorme poder de convicción, me decía: «Verás que todo lo resolverá el Señor de la mejor manera. Recemos sin desmayo».

Sugiero destacar, asimismo, otra nota para mi característica de su persona y de su acción. Se ha escrito y dicho reiteradamente que la idea central de su espiritualidad era y es que el cristiano común puede y debe santificar el trabajo y santificarse en el trabajo. Sea así. Pero creo que los diálogos de amistad que tuve con Jose­maría Escrivá me han dado a ver otra idea fuerte que quizá nos haga ver claro, y bajo la luz especial, el alcance de su vida y de su acción. En nuestras conversaciones, siempre destacaba con fuer­za la acción de Dios, de su gracia divina. La acción preponderante de Dios en nuestra santificación –sine me nihil–, pero, a su vez, la acción del hombre con toda su alma, con su entrega total, sin términos medios, con audacia moral. ¿No puso a su academia como lema Dios y Audacia? Pues bien, para mi quedó clara esta su postura espiritual un día en el que con entusiasmo inaudito me decía: «Me saca de quicio, Pedro, ese Cristo verus Deus et verus homo Cristo verdadero Dios y verdadero hombre–. La fuerza omnipotente de Dios, amasándose con el hombre al cual ha destinado a su Gloria».

Ahí está toda la luz de la teología aplicada a la vida nuestra: Cristo es el modelo. Las acciones de Cristo son tan divinas como humanas, tan humanas como divinas, theandricas dicen los teólogos. Nos parece que para comprender la ascética, la vida y los idea les apostólicos de Josemaría Escrivá, se debe partir de aquí. Sobre todo para conocer su Obra, el Opus Dei. Por eso Escrivá de Bala­guer quería a sus hijos muy santos y muy hombres. ¿No arranca de ahí la luz que ha transformado tantas conciencias en el mundo por medio del Opus Dei?

La claridad de esa idea le llevó a potenciar todo lo humano como don de Dios en un momento en que predominaba en los rasgos cristianos un «angelismo» deshumanizado. Pero esa misma luz nos puede aclarar hoy por qué no ha caído el Opus Dei en ese huma­nismo híbrido que ahora se predica desde tantos púlpitos y en el que Cristo –y, como consecuencia, el cristiano ya no tiene o no debe tener nada de divino. Hemos mutilado a Cristo: antes, por negar o no afirmar su humanidad benditísima; hoy, por reducirlo a un hombre, quizá un «superman», que nada hace ni dice de Dios.

Creo que aquí radicaba el arrastre de Josemaría Escrivá sobre las gentes. Su fuerza era de Dios, pero su humanidad se derramaba envuelta en lo divino.

Quizá a Josemaría Escrivá se le ha conocido en algunos ambien­tes a través de quienes lo presentaban como desencarnado, como «beatificado». Nada más contrario a la verdad. Era humano como pocos. Con un corazón que no se cansaba de amar: a su Dios y a sus hermanos. Para nosotros, el perfil sacerdotal y humano de Escrivá de Balaguer lo podríamos encontrar en aquellas palabras de San Pablo que Josemaría meditaba tantas veces: «Omnis pontifex ex hominibus assumptus, pro hominibus constituitur in iis quae sunt ad Deum»: Todo pontífice escogido de entre los hombres es cons­tituido para los hombres en las cosas que miran a Dios. No es apología fácil y gloriosa la nuestra. Josemaría Escrivá era todo un hom­bre, pero de Dios. Cuarenta y tres años de amistad nos autentizan a afirmar en conciencia que, como hombre, era un superdotado, pero que su fuerza la traía de Dios. Tenía para él y para sus hijos como gran exigencia el ser muy humanos. Pero enraizados en Dios. ¡Cuánto se podría hablar de este tema!

Pero, a su vez, para los hombres –pro hominibus constiluitur–. ¡Cómo le brillaban los ojos ante los hijos de Dios!– ¡Cómo era su verbo cálido, incisivo, directo, sacerdotal! Había yo sostenido muchas veces el bien que hacía al ponerse en contacto con aquellas muchedumbres que le escuchaban. Le oí más de una vez sus impre­siones sacerdotales después de un extenuante viaje apostólico. No se saciaba nunca. Y eso, a pesar de que nunca, en la historia de la Iglesia, Dios concedió a un Fundador, durante su estancia terre­na, ver tantas y tales multitudes de cristianos que le seguían en su aspiración a la santidad.

En las cosas que miran a Dios – in iis quae sunt ad Deum–. No quería saber otra cosa. El día que se escriba su vida, se verá cuán errados andaban quienes vieron en él aspiraciones terrenas, contar con poderes del mundo… Cada día se interiorizaba más y gemía por su amor al cielo. Escribimos de lo que hemos visto y oído, no por impresiones. Y decimos en conciencia lo que creemos era vida de su vida. La salvación de las almas. ¡De todas las almas! Ese era su ideal.

Hemos querido, a vuela pluma, evocar algunos de los recuerdos de nuestro trato con Josemaría Escrivá de Balaguer. Séame per­mitido terminar recordando dos cosas. La primera, que en el terre­no de la amistad conmigo fue siempre él el primero y más fiel. Quizá más de una vez hubiera tenido motivos para dejarme u olvidarse de mí. Todo lo contrario. Tengo mil testimonios profundamente indicativos de su lealtad de amigo. Y era quien era; y yo… ¿qué contaba ni cuento?

Quiero añadir una segunda cosa. Nunca vino de él una palabra directa o indirecta en que me invitara o siquiera me sugiriera per­tenecer a su Obra. No ya de sus íntimos, pero ni siquiera de entre los sacerdotes diocesanos. Y sabe muy bien el Señor que este tema de la santidad sacerdotal nos llevó muchos ratos de conversación. Quiero que se sepa porque ha habido quienes me han colocado en los rangos del Opus Dei. Era Josemaría Escrivá muy comprensivo. Sabía muy bien que la amistad es una cosa y que la llamada de Dios a una vida específicamente dedicada a Dios dentro de unas coor­denadas como las de su Obra es otra cosa muy distinta. Por eso, entre otras cosas, nos quisimos. Creo que su amistad fue un don de Dios para mí. Y seguimos cada uno el camino que nos trazó el Señor.

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