Marquesado de Peralta

Al final de su vida, Mons. Escrivá pidió para él un título nobiliario, para manifestar su reconocimiento a su familia En 1968, Josemaría Escrivá decidió pedir la rehabilitación del título nobiliario del marquesado de Peralta, perteneciente a sus antepasados, en línea directa, desde el siglo XVIII. Se lo había sugerido, sin más móvil que su afecto filial, don Alvaro del Portillo. Aceptó hacer esta petición con la exclusiva finalidad de transmitir el título a su hermano menor, Santiago, y a sus descendientes. Quería agradecer, de este modo todo lo que su madre y sus hermanos habían hecho -también económicamente, a costa del pequeño patrimonio familiar que hubiese correspondido a Santiago y a sus hijos- por el Opus Dei.

Él no pensó nunca hacer uso de ese blasón. Por lo demás, preveía que sería criticado por quienes se empeñarían en ver detrás de tal decisión una actitud de vanidad mundana o de altivez aristocrática.

A pesar de ello, elevó esta petición a los órganos competentes del Estado español, después de haber pedido consejo a bastantes personalidades eclesiásticas, sobre todo en el Vaticano, acerca de la oportunidad de esta gestión. Todos, también en la Secretaría de Estado, opinaron que convenía que el fundador el Opus Dei pidiera la reviviscencia de ese título nobiliario.

La decisión no fue fácil de tomar. Después, como lo había previsto, se publicaron comentarios poco amenos en la prensa, que le hicieron sufrir.

Cuando le fue posible, en 1972, transmitió el título de marqués de Peralta a su hermano Santiago, como había planeado desde el principio.

MOTIVO DE LA PETICIÓN
En los años sesenta enviamos las noticias y datos de primera mano recogidos a un conocido genealogista de Aragón, quien comprobó que algunos títulos nobiliarios correspondían, en línea directa, a la familia de nuestro Fundador. En mi calidad de Secretario General del Opus Dei decidí encargar al genalogista un estudio detenido. Después, sugerí al Padre la posibilidad de solicitar la rehabilitación de esos títulos. Teníamos muy presente cuánto había trabajado y sufrido por la Obra la familia de nuestro Fundador. Al principio el Padre eludió el problema. Después se dio cuenta de que no se trataba de una cuestión meramente personal, suya, sino que afectaba a su hermano y a los descendientes de sus padres. Lo meditó detenidamente en la presencia de Dios.

Además de querer compensar de algún modo los sacrificios y sufrimientos que la fundación y desarrollo del Opus Dei habían supuesto para su familia de sangre, comprendió que no podía hacerles pagar de nuevo las consecuencias de su desprendimiento personal de los honores humanos: de hecho, como primogénito, de acuerdo con la legislación española vigente, sólo él podía recuperar los derechos nobiliarios. Repito que los honores no le importaban nada. La solución fue reclamar aquellos derechos para transmitirlos después a su hermano. Consideró, insisto, que -por una falsa humildad, y aún menos por miedo a las críticas y difamaciones-, no podía privar a su hermano y a sus sobrinos de algo que les pertenecía.

Pero sabía muy bien que este gesto podía ser mal interpretado, y por eso, antes de tomar una decisión definitiva, pidió consejo a diversas personas, también fuera de la Obra. Entre otros, se dirigió al Cardenal Dell'Acqua, al cardenal Marella, al Cardenal Larraona, al Cardenal Antoniutti, al Cardenal Bueno Monreal, Arzobispo de Sevilla y buen amigo suyo desde hacía muchos años, y a Mons. Casimiro Morcillo, Arzobispo de Madrid, también viejo amigo del Padre.

Todos le dieron su parecer favorable y le animaron a llevar adelante el proyecto. El Cardenal Larraona, que era un insigne canonista, le precisó que no sólo tenía derecho a reclamar los títulos nobiliarios, sino que, como Fundador de la Obra, tenía obligación de hacerlo: "Usted ha enseñado a sus hijos a cumplir los propios deberes civiles y a ejercitar todos sus derechos de ciudadanos. Por tanto, si no lo hiciera, les daría mal ejemplo". El Cardenal pensaba que, si el Fundador renunciaba a este derecho tan cierto, sus hijos del Opus Dei y muchos otros buenos católicos probablemente seguirían ese ejemplo de humildad, renunciando, quizá, a derechos irrenunciables.

Nuestro Fundador informó también a la Secretaría de Estado Vaticana. Todos estuvieron de acuerdo. También contaba con el parecer favorable de las autoridades civiles competentes. Pero nuestro Fundador preveía claramente lo que iba a suceder: sabía que sería criticado por personas poco informadas, por algunos quizá envidiosos y malévolos, y por otros de lengua suelta, azuzados por el demonio. Veía con toda claridad que era como presentarles en bandeja de plata un pretexto para insultarle.

El 24 de julio de 1968 fue rehabilitado oficialmente el título de marqués de Peralta. Desde ese día arreciaron las polémicas y duraron tiempo. Hubo también personas amigas que le pidieron aclaraciones o que le hicieron llegar su solidaridad. Nuestro Padre afrontó siempre el asunto con claridad y, más de una vez, con sentido del humor.

PETICION DE UN DERECHO, CIUDADANÍA
Si abrimos la vieja guía oficial de "Grandezas y Títulos del Reino" podemos leer: -"Marqués de Peralta. Concesión: 4 de marzo de 1718, confirmada por Real Provisión de Fernando VI de 4 de diciembre de 1758.

Concesionario: Don Tomás de Peralta, Secretario de Estado, de Guerra y Justicia del Reino de Nápoles.

Don Santiago Escrivá de Balaguer y Albás. Consorte: Doña Gloria García-Herrero Ruiz.
Expedida carta en 17 de noviembre de 1972".
Vázquez 1, 348-350.

(tomado de Opus Dei: verdades, críticas y secretos)

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Un trabajador de Dios

Juan de Contreras y López de Ayala, Marqués de Lozoya
Artículo publicado en PUEBLO
Madrid, 26-VI–76
Con la juventud de su alma, ya para siempre enamorada de Dios, Monseñor Escrivá de Balaguer vive ahora en la Casa del Cie­lo. Y en su tumba romana, la ciudad que amó con ternura por ser la sede de Pedro, se abren a diario rosas rojas como un canto de fe, de amor y de esperanza cierta. Hoy hace un año, al filo del medio­día, el Señor quiso acariciar su corazón. Fue la última de las lla­madas divinas –la definitiva– en aquel diálogo de fidelidad a la gracia que fue la vida toda de Monseñor Escrivá de Balaguer. Se marchó, pero no se ha ido, porque así es la paradoja de los que duermen en el Señor. Desde el corazón de Dios, la luz, el amor y la mirada de los santos están más presentes que nunca en nuestras almas de caminantes.

Dios quiso elegir al fundador del Opus Dei para hacer con proyección de siglos– una siembra de santidad, de paz y de alegría en medio del mundo. Le envió como un juglar de Dios– para gritar a los hombres que la santidad no es cosa de privilegiados, sino la vocación y el destino común de todos los cristianos. En la oficina o en la fábrica; en la universidad o en el campo; todos –sanos o enfermos, pobres y ricos, jóvenes y personas maduras–, sin aban­donar el mundo, ni todo lo humano noble y limpio, han de luchar por ser santos. Y este querer de Dios se ha hecho realidad con sen­cillez, sin espectáculo, en todos los rincones de la tierra, por la entrega sin condiciones, por el heroísmo cristiano de Monseñor Escrivá de Balaguer, que –lo escribo con emoción porque mi mote pre­ferido es serviam– sólo vivió para servir.

Una de sus fundamentales enseñanzas es que todo trabajo humano honesto, la obra bien hecha, a la que nunca faltan ni el esfuerzo ni el cansancio ni la fatiga, puede convertirse en oración, en una posibilidad de encuentro con Dios, es un medio de santi­ficación y de apostolado en todos los ambientes. Tanto da en este punto que el trabajo sea intelectual o manual. Para Monseñor Escrivá de Balaguer no tiene sentido dividir a los hombres en diversas categorías según los tipos de trabajo, considerando unas tareas más nobles que otras. Delante de Dios –y este era el plano sobrenatural en el que siempre se movía– no hay nunca oficios de poca categoría. Cualquier tarea –por humilde que pueda parecernos-, si se hace bien y por un motivo sobrenatural se llena de la trascendencia divi­na. « En el mensaje espiritual de Monseñor Escrivá de Balaguer ––re­cordaba hace unos días en la Universidad de Navarra don Alvaro del portillo, actual presidente general del Opus Dei– el trabajo humano–esa noble actividad que el materialismo trata de convertir en barro que ciega a los hombres y les impide mirar al Cielo– se ha hecho colirio para mirar a Dios, para hablar y amar al Señor en todas las circunstancias de la vida, en todas las cosas».

Movido por la fuerza del Espíritu Santo, que había grabado en su alma la convicción del valor divino del trabajo, Monseñor Escrivá de Balaguer quemó su vida trabajando, sin conocer un descanso. Confesaba con sencillez que no sabía estar sin hacer nada. Traba­jaba y trabajaba, exprimía los minutos y los segundos no por una quemazón de activismo, sino persuadido de que el tiempo de amar a Dios en esta vida es siempre breve. «Los que andan en negocios humanos dicen –escribió en Camino– que el tiempo es oro. Me parece poco: para los que andamos en negocios de almas el tiempo es gloria». Entiendo muy bien –porque lo he vivido– que este modo de hablar apareciera –en los comienzos de su predicación, en torno a los años treinta– – como una novedad imponente. Lo que abundaba en esos momentos era pensar –por un arrastre de siglos– que el trabajo, sobre todo el manual, era algo vil, un castigo inherente al pecado o un estorbo para la santificación de los hombres. Y entien­do también que en aquellas tertulias con miles de personas, que

Monseñor Escrivá de Balaguer tenía en todo el mundo y con todo el mundo, hiciera con frecuencia la señal de la cruz en la frente de tantos estudiantes o intelectuales o dejara en las manos enca­llecidas de los trabajadores manuales un par de besos, esos besos que suelen quedar reservados para las manos consagradas de los sacerdotes.

El ser y sentirse trabajador, la experiencia del valor redentor del trabajo, daba a Monseñor Escrivá de Balaguer aquel señorío propio de las almas grandes. Trataba de igual modo, con el mismo corazón, con idéntico cariño y delicadeza, a un eminente hombre de ciencia que a una mujer de la limpieza o a un campesino de cortas letras. Su mirada amabilísima para todas las profesiones honestas estuvo siempre unida al fuego que nacía de su alma sacer­dotal. Le gustaba repetir que un sacerdote ha de tener, como Cristo, los brazos abiertos para que en ellos tengan cobijo todos los hom­bres, sin discriminación alguna. Y Monseñor Escrivá de Balaguer fue fuego que encendió en la paz, en la alegría interior, a millares de personas, con la humildad y el trabajo de un borrico de noria.

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