¿Qué te dejan hacer?

Como miembro del Opus Dei, te esta permitido visitar las paginas No Oficiales de la Institucion (no tu Blog, sino otros portales que, en fin, no dejan titere con cabeza -y que para encanto vuestro, son promovidos por ex-miembros)? Gracias. Y prefiero una respuesta cerrada: SI O NO te dejan visitar esos portales. El Porque ya veras tu si me lo cuentas. Pero no relativices. Espero tu respuesta entonces, vale?

Déjame que me divierta un poco, y no te conteste tan brevemente como tú ordenas. Haces una pregunta infantil, y los lectores de esta página ya pasaron esa etapa. Como bien sabes, en los países libres (fundamentalmente, qué casualidad, los de tradición cristiana) cada uno lee lo que le da la gana. Otra cosa sucede en China, en Cuba, en países islamistas, en los paraísos comunistas o populistas de América y África. Y en ciertas páginas web donde se admiten "todas las opiniones menos las equivocadas" (sic).

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¿A quién molesta el Opus Dei?

¿A quién molesta el Opus Dei? “La realidad es que el Opus Dei ha molestado mucho a algunos poderes consolidados. Porque un recién llegado a la sociedad civil, a la que se dirige con su capacidad de atraer talentos profesionales y de estar presente con su mensaje de excelencia en algunos nudos influyentes, molesta no poco a quien pretende controlarla, ya sean ambientes laicistas o clericales, que desde hace tiempo han encontrado sobre el terreno un modus vivendi con una sustancial división de esferas de influencia.

Pocas veces se ha captado, por ejemplo, hasta qué punto el espíritu y el estilo del Opus Dei no tienen nada de clerical. Hay afirmaciones muy netas de Escrivá contra la misma idea de un partido único de los católicos, contra las ‘soluciones católicas’, contra la clericalización de los ámbitos de la sociedad civil, contra los triunfalismos, contra la intromisión de clérigos con la pretensión de ser guías en las esferas propias de los laicos creyentes y, por supuesto, contra la pretensión de orientar el voto”.

“Coherentemente, en toda la historia del Opus Dei jamás ha habido un pronunciamiento colectivo a favor o en contra de determinada política. Por la sencilla razón de que no tiene ninguna ni puede tenerla. Y, en el caso de Italia, es indiscutible que de todas las organizaciones católicas que aquí operan es seguramente la que más se ha mantenido alejada de la Democracia Cristiana”.

Fuente: El fantasma de la Obra. El periodista Rodolfo Brancoli describe el cambio en el modo de percibir el Opus Dei en Italia (resumen en castellano). Il fantasma dell'opera (original italiano en la revista "Liberal", junio-julio 2002).

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¿Por qué han de ir acompañados los miembros de la Obra a comprar ropa?

¿Por qué han de ir acompañados los miembros de la Obra a comprar ropa¿
No es una obligación: es algo de sentido común.

Si no nos acompañásemos, entonces dirías que somos muy malos, porque lo normal es que la gente vaya de compras con alguien que le ayude, un amigo o un familiar.

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Una web en contra

He visitado *** y la verdad me han imprecionado los testimonios que ahi se encuentran, pero más los que han sido directores o convivieron con San Josemaría. ¿Es cierto que las tertulias eran planeadas?. Podría hacerte miles de preguntas, tengo muchas inquietudes,dudas, sobre la Obra. Realmente si no estuviera canonizado el fundador no creeria en su santidad. Pues no te impresiones tanto… que no merece la pena.

Repiten las mismas críticas que se decían contra el Opus Dei en los años 1930 y 1940.

Ya los boletines de la Falange, en plena Dictadura Franquista, acusaban al Opus Dei de ser una secta y otras lindezas.

Nunca nos hemos llevado bien con los partidos únicos. Y date cuenta de que en esa página web a veces no hay posibilidad efectiva de llevar la contraria, ya que "admiten todas las opiniones menos las equivocadas". Te aconsejo la lectura de lo que nos contó Evaristo.

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Amigo de la libertad

Manuel Aznar Periodista
Artículo publicado en LA VANGUARDIA
Barcelona. 6-VII–75
Hace ya tantos años! Apenas alboreaba la Segunda República cuando conocí a don Josemaría Escrivá de Balaguer. Él iría a cum­plir entonces los treinta años de edad. El Opus Dei era algo así como una criatura en la cuna. Acababa de ser fundado. Mi amistad con el fundador vino a través de la familia del Portillo, emparentada con la de un amigo burgalés de mucha distinción Luis García Lozano, ¡larga vida le dé Dios! y con la del inolvidable doctor José María Pardo Urdapilleta. Los Portillo que yo conocí fueron tres: un médico, un capitán de la Legión y un ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Este último se llama Alvaro. Es, desde hace muchos años, sacerdote, doctor en Derecho Canónico, doctor en Filosofía y Letras, agudo y penetrante en sabidurías eclesiásticas, secretario general del Opus Dei, colaborador de Monseñor Escrivá de Balaguer, desde el primer día.

Ya en aquel tiempo que ahora rememoro, el joven sacerdote aragonés no soñaba sino con el apasionado servicio de Dios y con el cuidado de las almas. Andando los años, esos dos anhelos supre­mos, Dios como última razón de nuestro ser, de nuestro existir, y la limpia dignidad del alma humana como ideal que todos debía­mos servir íntegramente a lo largo de nuestra vida, fueron, sin un minuto de interrupción, su porte, su fe, su esperanza y su caridad.

Un día le dije: «Aun en las fundaciones religiosas más egregias suelen correr los fundadores el peligro de caer en pecado de sober­bia. Y en las hagiografías leemos que tienen que librar luchas enco­nadas contra esa tentación. Tú pareces libre de tan airado sentimiento ».

Me contestó: « ¿Yo? ¿Cómo quieres que me tiente el orgullo? ¿Por qué? Soy un pobre cura; casi un cura de pueblo; un sacerdote de la Iglesia de Dios, siervo de todos los demás; y mi refugio de salvación, mi deber más inmediato, debe ser la humildad. No quiero sino ayudar por los caminos del espíritu a la libertad y a la dignidad del hombre. Ese es mi sueño».

Pasaron varios lustros. Fuimos un día Ramón Matoses y yo a verle y a escucharle en su residencia romana de la Vía Bruno Buozzi, 73 y 75. Ramón Matoses, nuestro gran agregado comercial en Roma, le trataba y le quena como a un hermano.

–Ha pasado mucho tiempo –le comenté yo– desde que comen­tábamos en mi casa de Madrid tu entonces reciente fundación del Opus Dei. ¿Te acuerdas de lo que dijimos apropósito del pecado de soberbia que acecha a los fundadores? Ahora que tu obra es una realidad poderosa, y hablas desde Roma a miles y miles de dis­cípulos, ¿sigues viéndote a ti mismo como un cura de pueblo, como un pobre sacerdote que no quiere sino trabajar fraternalmente por la libertad y la dignidad del hombre al servicio de Dios?

Me dijo: «Dios es tan generoso conmigo que me libra constan­temente de la terrible tentación de la soberbia. Mira todo lo que ves alrededor de nosotros: fotografías de mis padres, algún recuerdo familiar, ecos primarios de mi niñez y de mi juventud, intimidad sin ningún propósito de resplandor, memorias de algunos colabo­radores de las horas iniciales; ya ves, nada; infancia; imágenes de mi tierra natal. Nada más. Este es el mundo de mi pequeñez per­sonal. Y sobre este no ser nada, sino una fuerte voluntad, levanto cada día mis esfuerzos, mis esperanzadas empresas espirituales, mi lucha por un mundo de hombres libres en la libertad de Dios».

Ramón Matoses y yo le escuchábamos con atención sostenida. Una sentencia latina subrayó la explicación: «In superbia initium sumpsit omnis perditio». («En la soberbia tiene su comienzo toda perdición»).

Jamás, en nuestro largo trato de amigos, me pidió, ni siquiera me indicó, ni aun me sugirió con alguna alusión lejana, que me incorporase a la Obra. Hablábamos de todo, menos de eso y de política. En los años de la República, no recuerdo que sacase a cola­ción en nuestros diálogos el tema de las muchas conturbaciones que se abatían sobre el país, para aflicción incluso y para duelo de muchos republicanos. Si yo me refería en algún instante a los azares y sobresaltos de la vida nacional, él escuchaba; pero, tan pronto como le era posible, tornaba a sus preocupaciones, y recaíamos nue­vamente en esclarecimientos del orden espiritual.

Sólo una vez –lo recuerdo muy bien– quiso saber mi opinión acerca del interés que pudiese tener la creación de determinados órganos de expresión periodística. ¿Valía la pena lanzarse a ello? ¿Era aconsejable? ¿No serían mayores los dañosos inconvenientes que los posibles provechos?

No tuve más remedio que responderle: «Mi contestación y mi consejo –si consejo solicitares de mí– carecerían de sentido mien­tras no me expliques seriamente qué es lo que quieres decirle al pueblo español, cuál es el contenido real de tu mensaje…»

Me interrumpió sin tardanza: «No se trata del pueblo español, únicamente. No he fundado una Obra española y para españoles, sino una asociación internacional, o si prefieres, universal, que se difundirá mundo adelante y dará sus frutos en todos los Con­tinentes…».

Yo insistí: –Mi observación es válida para lo español y para lo universal. ¿Fundar revistas? ¿Diarios? Y ¿para qué? ¿Qué te pro pones hacer con éstos y con aquéllas? ¿Qué voz deseas hacer llegar, y qué doctrina, a los posibles lectores? Contar con órganos de infor­mación por el mero gusto de poseerlos, o por externas razones de vanidad, o por afán de conquistar pequeñas posiciones triviales e interesadas, según acontece con la generalidad de los politicantes profesionales, no tiene la menor importancia; no cumple ninguna finalidad seria, no es cosa de monta suficiente como para que te entregues a ello; no pasaría de ser una triste frivolidad. Esforzarse en las tareas de un periodismo muy acendrado, hondo, alto, limpio, sacrificado, para servir un pensamiento libertador, para apoyar una misión trascendente, según dices que es tu propósito esencial, puede equivaler a un designio interesante. Pero avanza con tiento. El periodismo puede ser, y de hecho es, algo así como un campo de minas.

–No quiero nada –comentó- que no ayude a proclamar como ideal primero la libertad de la persona humana en las tres virtudes teologales.

–Entonces –terminé– date a ti mismo la segundad de lo que deseas hacer; y cuando lo hayas definido sin vacilación posible, cuando tengas la certidumbre de lo que quieres decir, piensa en la aventura, siempre rodeada de peligros y de equívocos, del periodismo como instrumento de comunicación.

El apostilló: Sé lo que quiero decir y hacer. Y todos lo sabrán pronto igual que yo». (Era en los años iniciales de la fundación.)

* * *

Otra vez (también se hallaba presente el querido Ramón Matoses en esta conversación) como me invitara a decirle mi leal parecer sobre las actividades del Opus Dei, me permití exponerle:

-Creo que eres un personaje casi desconocido. Probablemente hay discípulos tuyos que no han llegado todavía a interpretar bien tu pensamiento y tu voluntad. Según declaras, no debe el hombre evadir ninguna de las honestas realidades diarias, porque en medio de las actividades vulgares de cada día y de cada hora se puede cumplir la voluntad de Dios. Algo de esto sostenía Santa Teresa de Jesús, y luego se quejaba de que no todas sus monjas la habían entendido bien. Se trataba de criaturas sujetas a soledad, cilicio y disciplina clausural… Imagina los problemas que a tu obrase le han de presentar tratándose de discípulos que viven en el Centro de las pasiones del mundo, y son como arboladuras sacudidas por la tor­menta. ¡La santidad, o el anhelo de santidad en el libre juego y rejue­go de las tempestuosas luchas humanas…! ¡Es extraordinario lo que propones a quienes te siguen!

–Pues así ha de ser; y no de otro modo.

–Por eso corres el riesgo de parecer ahora mismo, y continuar pareciendo durante mucho tiempo, una personalidad desconocida, un ignorado por deformación ajena, un enigma, un ser un poco misterioso.

–Eso no importa, mientras avancemos en la promoción de la libertad humana y en la buena concertación de lo natural y lo sobrenatural.

* * *

Así solía hablar don Josemaría Escrivá de Balaguer. Ese era su ámbito de vida, de amor y de esperanza. ¡Esperanza! Creo que he dado con una de las palabras clave para comprender al fundador del Opus Dei. No se sabe por qué, de las tres virtudes teologales

–Fe, Esperanza y Caridad o Amor– suele insistir se habitualmente en la Fe y en la Caridad. Olvidamos, en cierto modo, la Esperanza. Se toma muy al pie de la letra la inmortal admonición paulina a los Corintios acerca de la caridad: «Si hablase las lenguas de los hombres y de los ángeles, mas no tuviese caridad, no soy sino un bronce resonante o un címbalo estruendoso. Y si poseyere el don de profecía y conociere todos los misterios y toda la ciencia; y si tuviere toda la fe y trasladare montañas, mas no tuviese caridad, nada soy». En la propia maravilla de las cartas de San Pablo consta que la salvación llega por los caminos de la esperanza. Este pen­samiento aparecía y sobresalía en casi todas las conversaciones con el padre Escrivá. No sé qué don carismático poseía que le permitía promover esperanza, ensanchar horizontes, vencer pesimismos, comunicar la seguridad de un futuro resplandeciente, calmar desa­sosiegos, iluminar dudas, sentirse, ante todo y sobre todo, sacerdote de Dios, y en calidad de tal, predicar y pedir una viva permanencia en la fe, una ardorosa caridad, pero también una luminosa espe­ranza. Supongo que era un gran meditativo de San Pablo. Sin duda por su condición de hombre esperanzador.

Acabó nuestra última conversación en Vía Bruno Buozzi decla­rándole Ramón Matoses, su amigo y mi amigo fraterno, y decla­rándole yo:

–Padre Escrivá: Aquí tienes a dos personas que, probablemen­te, no se sienten con la fuerza necesaria para seguirte, para obe­decerte, para rendirse a tu disciplina; pero los dos quisiéramos tenerte a nuestro lado a la hora de la muerte; porque tú nos enseñas que «no debemos sentir miedo de la muerte; que importa aceptarla generosamente; cuando Dios lo disponga; como Dios quiera, donde Dios desee. Vendrá –no lo dudéis– en la hora, en el lugar y en la circunstancia oportuna; como un envío de Dios, el Padre. ¡Sea bienvenida nuestra hermana la muerte!».

Entre bromas y veras nos despedimos. Ramón Matoses no pudo ver cumplidos sus sueños de tener a don Josemaría junto a su lecho en el último trance. Yo no lo tendré, tampoco, porque a él le ha llegado la «hermana» de pronto, sin anunciarse, igual que un rayo del cielo.

* * *

No recuerdo a nadie que, con tanta espontaneidad, con natu­ralidad tan admirable, uniera en un solo haz lo natural y lo sobre­natural; Dios y el hombre; el hombre y Dios. Esa dificilísima empre­sa de tener presentes las inspiraciones sobrenaturales en medio de las más menguadas trivialidades de la humana existencia, se cumplía en el fundador del Opus Dei sin la menor apariencia de esfuerzo, sin rechinamientos a la hora de ajustar las inquietudes del más allá con las realidades del más acá. Ignoro cuáles fueron los caminos que le llevaron a una tan perfecta unión de los dos mundos. Entien­do que para él no había tales «dos mundos», sino uno sólo. A mí me recordaba influencias teresianas en el servicio de Dios; con la particularidad de que al padre Escrivá le gustaba llevar su ensueño religioso a la «hermosa mitad de la calle», según palabras suyas. La empresa estaba y está erizada de obstáculos y corre los peligros que «la mitad de la calle» supone.

Unicamente a un hombre de excepción se le podría ocurrir, como la cosa más natural, que el fracaso de cualquiera de nuestros empeños no es sino espuela de la voluntad, y que, en resumen, hasta puede haber cierto gozo en el fracasar, porque así aprendemos a reiterar los bríos de la obra iniciada, y nos aleccionamos con la humildad necesaria para alzarnos hacia lo sobrenatural en pos de nuevas fuerzas.

Sigo pensando que don Josemaría Escrivá de Balaguer fue siem­pre, y aún es, un gran desconocido. Como descendió a la calle en busca de santidad, la calle ha sido, más de una vez, implacable con él y con su ardoroso desafío. Los suyos le conocieron; pero no todos. Hay discípulos que, sencillamente, le adivinaron. «Yo no quiero ser más que un buen sacerdote. ¿Sabéis lo que eso supone? ¡Un buen sacerdote de Dios! Lo demás me importa poco. Y en todo caso, se me dará por añadidura», nos decía, al despedirnos, en puerta de su despacho íntimo; de aquel despacho en que las nos­talgias infantiles de su Barbastro natal, su iniciación en la carrera del sacerdocio, la sonrisa de su madre, la emoción de las primeras oraciones. Las dudas y también las fortalezas de los días de su fun­dación, componían un ámbito de por sí muy especial, mitad evo­cación, mitad reflejo de una celda. Y siempre, celda u hogar, obser­vatorio de la lucha por la santidad en medio de los rumores y de las embestidas de la calle.

¡Et lux perpetua luceat ei!

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Un maestro de la libertad cristiana

Cornelio Fabro, Profesor Ordinario de Filosofia en la Pontificia Universidad Lateranense y en la Universidad de Perugia
Artículo publicado en L'OSSERVATORE ROMANO
Ciudad del Vaticano, 2–VII–77
En el ámbito existencial, que es el campo de la acción y, por tanto, de la formación del yo y de la persona, el primer principio es la voluntad, cuyo centro dinámico es la libertad. En la energía primaria de la voluntad está el mismo destino de los individuos de los pueblos, y el sentido último de la historia.

La voluntad mueve, ordena o desordena, exalta o deprime todas las fuerzas del hombre: no sólo los sentidos y las pasiones, sino también la inteligencia y las facultades superiores. Y esto por­que la voluntad se mueve a sí misma; quiere porque quiere querer y, por tanto, se resuelve en libertad.

El pensamiento moderno ha exaltado la libertad como funda­mento de sí misma y como constitutivo último del hombre. Por este camino, la libertad se ha identificado con la espontaneidad de la razón, o del sentimiento, o de la voluntad de poder. Y, con tensión alternante, ha sometido al mundo occidental a regímenes totalita­rios o al caos de movimientos anarcoides. Faltándole un fundamen­to trascendente, la libertad se ha constituido en objeto y fin de sí misma: una libertad vacía, una libertad de la libertad. Convertida en ley para sí misma, se desnaturaliza en libertad de los instintos o en tiranía de la razón absoluta, que se manifiesta después en el capricho del tirano.

Con audacia que trasciende la unilateralidad tanto del anarquismo como del totalitarismo, Tomás de Aquino pudo afirmar que el hombre es causa de sí mismo, porque en el orden moral llega a ser aquello que quiere ser, aquello que con su libertad elige ser. Sin detenerse en la bondad exterior –y ésta es la conclusión exis­tencial decisiva en la formación de la persona– ve en la bondad moral interior, que depende de la libertad, la perfección del hombre como sujeto.

La paradoja radica en que el hombre, creado libre para vivir en armonía con Dios por el amor y la obediencia, ha usado –abu­sado– de su libertad para desobedecer al Creador. Entonces la liber­tad separada de Dios es insidiada desde arriba por la soberbia, y desde abajo por las pasiones De este modo, el hombre, aunque permanece formalmente libre en el plazo existencial es «esclavo del pecado» y su esperanza de libertad se encuentra en el dominio de las pasiones y en la victoria sobre el orgullo. «La verdad os hará libres», promete Jesús Solo es verdadera y completamente libre el cristiano que es totalmente dócil a la acción de la gracia. Así, somos libres cuando nos hacemos «siervos de Cristo». Es una paradoja a: la más profunda de la existencia; pero en el cristianismo todo es paradójico. La verdadera libertad del hombre está en la verda­dera obediencia a Dios.

Este mensaje evangélico es percibido particularmente por los fundadores en la Iglesia de Dios, y brilla con luz especial en la ense­ñanza de Josemaría Escrivá de Balaguer, como enseguida veremos.

Antes de Cristo y fuera del Cristianismo, la libertad auténtica era desconocida, como reconoce el mismo Hegel. Pero el gran filó­sofo yerra profundamente cuando sitúa la libertad cristiana al nivel de la razón humana absoluta, y ve su realización en el cumplimiento de la historia universal suficiente a sí misma. Frente a él se alzó la voz de Kierkegaard, con su proyecto de recuperar la libertad cristiana, que tiene a Dios por fundamento. Ciertamente, Hegel no preveía el advenimiento, a un siglo de distancia, de Adolfo Hitler; pero no fue una casualidad que el nacional socialismo se remitiera al pensamiento hegeliano.

Hombre nuevo para los tiempos nuevos de la Iglesia del futuro Josemaría Escrivá de Balaguer ha aferrado por connaturalidad –y también por luz sobrenatural– la noción originaria de la libertad cristiana. Inmerso en el anuncio evangélico de la libertad entendida como liberación del pecado, confía en el creyente en Cristo y, des­pués de siglos de espiritualidades cristianas que se apoyaban en la prioridad de la obediencia, invierte la situación y hace de la obe­diencia una actitud y consecuencia de la libertad. Como un fruto de su flor, o más profundamente, de su raíz.

Sus enseñanzas se intensifican y se hacen cada vez más claras con el peso de los años: «Soy muy amigo de la libertad, y preci­samente por esto quiero tanto esa virtud cristiana (la obediencia). Debemos sentirnos hijos de Dios, y vivir con la ilusión de cumplir la vountad de nuestro Padre. Realizar las cosas según el querer de Dios, porque nos da la gana, que es la razón más sobrenatural». Y, como haciendo un balance de su vida, confiesa con ánimo franco:

«El espíritu del Opus Dei, que he procurado practicar y enseñar desde hace más de treinta y cinco años, me ha hecho comprender y amar la libertad personal». Vemos aquí una plena consonancia con aquella afirmación de Tomás de Aquino: «Cuanto mayor cari­dad se posee, de mayor libertad se dispone».

Desde el interior de esta experiencia vivida – la primacía exis­tencial de la libertad del cristiano como presupuesto para su participación en la salvación mediante la gracia de Cristo, Josemaría Escrivá de Balaguer, como divisa de un estilo nuevo pero antiguo como el primer presentarse del cristianismo al mundo, afirma «Dios no quiere esclavos, sino hijos y respeta nuestra libertad La salvación continúa y nosotros participamos en ella. Es voluntad de Cristo que –según las palabras fuertes de San Pablo – cumplamos en nuestra carne, en nuestra vi da, aquello que falta a su pasión, pro corpore eius, quod est Ecclesia, en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia».

En plena sintonía con el Concilio Vaticano II –es más, se podría decir que superándolo en audacia– Monseñor Escrivá de Balaguer propone como primer bien para respetar y estimular el empeño temporal del cristiano, precisamente la libertad personal. «Sólo si defiende la libertad individual de los demás con la consiguiente per­sonal responsabilidad, podrá, con honradez humana y cristiana, defender de la misma manera la suya».

Esta actitud –nueva en la espiritualidad cristiana– de la prioridad fundante de la libertad, nace en Monseñor Escrivá de Bala­guer, no por pretensión de originalidad o de adaptarse al espíritu del tiempo, sino de una humilde y profunda aspiración a vivir el Evangelio. En una inspirada homilía del sugestivo título La Liber­tad, don de Dios, del 10 de abril de 1958, en la plenitud de su madurez espiritual, confiesa con osadía digna de los primeros Padres Apologistas, que su misión es la defensa de la libertad personal: «Du­rante mis años de sacerdocio, no diré que predico, sino que grito mi amor a la libertad personal»; y se sorprende de que algunos teman que esto sea un peligro para la fe.

Y anticipándose de nuevo con espíritu profético al mensaje del Vaticano II, pero evitando los recientes compromisos equívocos del indiferentismo religioso, proclama: «Yo defiendo con todas mis fuerzas la libertad de las conciencias, que denota que a nadie le es lícito impedir que la criatura tribute culto a Dios» y, más adelante, «Nuestra Santa Madre la Iglesia se ha pronunciado siempre por la libertad y ha rechazado todos los fatalismos, antiguos y menos antiguos. Ha señalado que cada alma es dueña de su destino, para bien o para mal».

La homilía de Monseñor Escrivá de Balaguer del 25 de marzo de 1967 tiene en este contexto una expresión entre las más valientes de la literatura cristiana de cualquier tiempo. «En esa tarea que va realizando en el mundo, Dios ha querido que seamos cooperadores suyos, ha querido correr el riesgo de nuestra libertad. Me llega a lo hondo del alma contemplar la figura de Jesús recién nacido en Belén. Un niño indefenso, inerme, incapaz de ofrecer resistencia. Dios se entrega en manos de los hombres, se acerca y se abaja hasta nosotros».

Intrepidez de presencia cristiana en los tiempos nuevos, para una fidelidad dinámica a la verdad divina: éste es el mensaje de Josemaría Escrivá de Balaguer. El segundo aniversario de su falle­cimiento constituye, por tanto, una ocasión de renovado encuentro con su enseñanza para el bien supremo del hombre, liberado del pecado y de la muerte.

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Gente que no le interesa la religión

¿Por qué ese afán en hacer proselitismo aun con gente que no le interesa la religión ni Dios?

Porque lo agradecen mucho: el Evangelio les cambia la vida y son más felices con Dios que sin Él.

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¿Voy a ir al infierno?

no tengo fe ni la kiero! kiero vivir en paz sin religion ni nadie k me obligue ni me dicte normas ESTOY YO MISMO HACIENDO LAS COSAS PERFECTAMENTE Y CORRECTAS voy al infierno? Sin religión es como menos paz hay. Véanse el holocausto nazi y los millones de muertos del comunismo.

De todos modos, como sabes, la religión católica no es obligatoria en ninguna parte del mundo.

El materialismo ateo sí lo es, por desgracia, todavía, en bastantes países. Si de verdad te preocupa la libertad religiosa, deberías escribir a Fidel Castro o al presidente chino, y no a mí. Por no hablar de los países musulmanes. ¿No te da miedo el infierno en la tierra y prefieres temer el de la eternidad?

Si te empeñas en sembrar la paz y la libertad aquí, quizá tengas menos "problemas" después. Creo que en materia de libertad es necesario el compromiso personal: defender la libertad de los demás, como premisa para defender la propia. Y ojalá, aunque dices que no la deseas, Dios te haga el regalo de una fe que te haga muy feliz: aquí y en el cielo.

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Que yo sepa nadie me ha clonado.

Andrés, … soy tambien Numerario, y se también se algo de informática, con lo cual me identifico un poco contigo… dan ganas de entrar en el baile a contestar a preguntas, pero no hay mucho tiempo que digamos… con lo que si no me quedo callado es con lo de clones… que yo sepa nadie me ha clonado… las expresiones planón y planín no tengo ni idea (aquí en mi país no se usan). Pero para no quedarnos en lo negativo, quizá alguien que visite este blog le puedes dirigir a ver la carta que le envió el Papa al Prelado del Opus Dei, que está bien bonita y le anima a uno a seguir adelante. Un abrazo a todos, Tito. Gracias, Tito. Yo creo que los clones están por otros sitios, en otras páginas, como aquellos que siguen repitiendo como clones las mismas sandeces (animo a leer los informes secretos de la Falange sobre el Opus Dei, que recuerdan mucho a ciertas páginas actuales). Los amantes del "partido único" nunca han tolerado nuestra libertad. Allá ellos. ¡Y qué mal lo pasan: todo el día están rabiando e insultando! Si por lo menos se lo pasasen bien…

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¿Por qué no todos los sacerdotes son afines a él?

SOY FELIGRES DE LA PARROQUÌA DE NN. EN NN.,TENGO ENTENDIDO QUE NUESTRO PARROCO NN. SALIO DEL OPUS DEI. SI EL OPUS SUPUESTAMENTE ES TAN "BUENO".PORQUE NO TODOS LOS SACERDOTES NO SON AFINES A EL.MUCHAS GRACIAS,Y SI ESTOY EQUIVOCADO RUEGO DISCULPAS.UN SALUDO.

He omitido los datos personales, por respeto.

Perdóname, pero creo que estás equivocado sólo en una cosa: que el Opus Dei es bueno en cuanto que es de Dios, pero sus miembros somos tan “malos” o tan “buenos” como los demás.

Los sacerdotes no pertenecen todos a las mismas asociaciones o instituciones, ni una asociación es mejor o peor porque un sacerdote determinado entre o salga de ella.

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