Un hombre de fe

Mons. Laureano Castán Lacoma. Obispo de Sigüenza (Guadalajara)
Artículo publicado en LA PROVINCIA
Las Palmas de Gran Canaria, 1–X–78
Cuando se cumplen los cincuenta años de la fundación del Opus Dei querido evocar por escrito algunos de mis recuerdos sobre Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer.

Le conocí hacia 1926, cuando era un joven sacerdote recién ordenado, y yo cursaba los primeros años del seminario. Solía acu­dir con su familia, durante el verano –hasta l934, a Fonz, mi pueblo natal, en la provincia de Huesca, para realizar algunas cortas visitas a su tío don Teodoro Escrivá, beneficiado de la capellanía de la Casa Moner.

En varias ocasiones pude ayudarle a celebrar la Santa Misa en la capilla de los señores de Otal barón de Valdeolivos–, con quie­nes me unía una gran amistad. Desde entonces, guardo la viva impresión que me produjeron la piedad y el extraordinario fervor con los que celebraba el Santo Sacrificio. Ya entonces vivía lo que más tarde habría de enseñar: «La misa es acción divina, trinitaria, no humana. El sacerdote que celebra sirve al designio del Señor, prestando su cuerpo y su voz; pero no obra en nombre propio, sino in persona et in nomine Christi, en la persona de Cristo, y en el nom­bre de Cristo» (1).

En alguna de aquellas ocasiones, entre los años 1929 y 1932 dimos vanos paseos, a solas, conversando largamente. Recuerdo una de aquellas conversaciones en la que, con gran fuerza, me habló de lo improcedente que resultaba la injerencia de los gobiernos en los asuntos internos de la Iglesia. En otra, paseando por la era Ferragut, cerca de la casa de su tío don Teodoro, me habló de la fundación que el Señor le pedía llamándola la Obra de Dios. Aunque decía que estaba trabajando para realizarla, me hablaba de todo como si fuese una cosa ya hecha: tal era la claridad con la que ayudado por la gracia de Dios– la veía proyectada en el futuro. La llamaba Obra de Dios, porque decía que no era suya, afirmaba: yo no quería fundar nada. El tiempo ha demostrado de modo impalpable que Dios escogió, para fundar el Opus Dei, un instrumento bueno y fiel

Me pidió entonces que rezara por la Obra de Dios, y lo he seguido haciendo, a diario, con intensidad y fervor. Reflexionando ahora desde la perspectiva de mi larga vida dedicada al servicio de la Igle­sia Santa y tantos años pastor en mi diócesis, no encuentro más explicación a mi perseverancia en rezar a diario por el Opus Dei que la profunda impresión que me causó la fe con la que hablaba Monseñor Escrivá de Balaguer y la santidad que se traslucía de su persona.

Su fe en Dios patente y fuera de lo común: de ahí su convencimiento de que los hombres somos sólo instrumentos, libres y responsables, en las manos de nuestro Padre Dios. Por eso –me insis­tía– en el apostolado lo primero es la oración; después, el espíritu de mortificación y de penitencia; sólo en tercer lugar, muy en tercer lugar como más tarde escribiría en Camino la acción (2).

Recuerdo también de aquella primera conversación sobre el espíritu de la obra, cómo me hizo ver que no estaría circunscrita a España, ni a una clase social determinada. Dios la quena universal, católica: abierta a los hombres de todas las condiciones sociales, de todas las razas, de los cinco continentes.

LA HORA DE LA INCOMPRENSIÓN
El primer desarrollo del Opus Dei en España estuvo acompa­ñado de graves incomprensiones, de una campaña de falsedades y calumnias, que Monseñor Escrivá de Balaguer supo sufrir con un profundo sentido sobrenatural y grandeza de corazón, sin guar­dar rencor a nadie.

En una ocasión –siendo yo obispo auxiliar de Tarragona– me refirió don Leopoldo Eijo y Garay, entonces obispo-patriarca de Madrid–Alcalá, que unas personas católicas fueron a hablar con él para sugerirle que interviniera contra la Obra y su fundador, como algo herético. Monseñor Eijo y Garay, después de escucharles, les explicó que él había actuado directamente y con pleno conocimien­to de causa en su aprobación. «Esa criatura –les dijo refiriéndose al Opus Dei– ha nacido en estas manos». Con esta expresión quería hacerles entender que conocía bien lo que había aprobado, lo que había hecho a ciencia y a conciencia.

En aquellos años no se hablaba de la llamada universal a la san­tidad. Esto puede explicar –humanamente– el recelo que en algunos provocó la predicación del fundador del Opus Dei a la par que hace destacar la unión íntima con Dios y la fortaleza heroica con la que –siempre con una sonrisa en los labios– continuó su labor. Escrivá de Balaguer, verdadero pionero del Concilio Vaticano II, que años más tarde vendría a promulgar solemnemente el contenido de su predicación.

Nunca guardó la menor animosidad contra nadie: al contrario, su gran corazón se agrandaba ante esos ataques injustos. Cuando tuvo que defender la Obra como era su deber– lo hizo siempre sin acritud, evitando referirse por su nombre a los que le habían calumniado. Y cuando era atacado personalmente, nunca se defen­dió, imitando de forma admirable el ejemplo del Divino Maestro: Jesús autem tacebat, pero Jesús permanecía en silencio (3). Como norma de conducta, que mantuvo siempre, trató tan sólo –son pala­bras suyas– de ahogar el mal en abundancia de bien.

DESPRENDIMIENTO
Junto con un gran respeto por la autoridad legítima que le llevaba a apreciar como es debida las muestras de honor y de dis­tinción que la acompaña– en Monseñor Escrivá de Balaguer noté siempre una absoluta carencia de afán de cargos o distinciones honoríficas.

Esta actitud de desprendimiento fue constante, a lo largo de su vida; cuando, al paso de los años, recibió merecidas distinciones pontificias y condecoraciones civiles; cuando rehabilitó un viejo título de nobleza de nuestra tierra aragonesa –le correspondía hacerlo al ser el primogénito– por considerarlo como un deber de estricta justicia hacia su familia. Paradójicamente, esta decisión constituyó una muestra de la humildad de don Josemaría, a quien no se le ocultaba que con seguridad, podría dar lugar a interpre­taciones torcidas que –para los que le conocíamos bien– resultaban ridículas.

AMOR A LA IGLESIA Y AL PAPA
Mi última conversación con el fundador del Opus Dei tuvo lugar en Roma en enero de 1974, durante cerca de hora y media. Fue una charla muy afectuosa, extraordinariamente espiritual y, a la vez, enormemente optimista: se mostró firmemente confiado en la Pro­videncia, aunque la Iglesia estaba pasando momentos difíciles. Me insistió mucho en que rezara –convencido de la eficacia de la ora­ción– por la Iglesia y por el Papa.

Manifestándose con gran realismo en la apreciación de las difi­cultades por las que atravesaba –y atraviesa– la Iglesia, me llamó la atención verlo profundamente esperanzado y optimista; más que en motivos humanos, fundamentaba su esperanza en la Providencia de Dios sobre su Iglesia: «Tu optimismo será necesaria consecuen­cia de tu fe» (4).

Se quedó grabado su amor por el Romano Pontífice. Al comen­tar la noticia de la audiencia que acababa de concederle el Santo Padre Pablo VI, me dijo que había procurado hablarle de las mara­villas que Nuestro Señor llevaba a cabo en tantas labores apostólicas de todo el mundo. Me comentó que el Papa ya tenía bastantes preo­cupaciones, y que había querido darle sólo alegrías. Me confió que a diario ofrecía la Santa Misa por la Iglesia y por el Papa; sólo en tercer lugar la ofrecía por el Opus Dei. Salí de aquella conversación con Monseñor Escrivá de Balaguer contento y esperanzado: confortado por el gran sentido sobrenatural que pude apreciar en este gran amigo. Indudablemente, en armónico desarrollo con las demás virtudes, el amor a la Iglesia y al Papa que ya había notado en esa alma egregia en los años lejanos de nuestra juventud, se había hecho grande, más intenso, mas profundo. Sé que, con frecuencia, repetía a sus hijos lo que en esa ocasión me dijo a mí: que con alegría muy grande daría su vida, y mil vidas que tuviera, por el Romano Pon­tífice, sea quien sea; siempre–subrayaba– con la gracia de Dios, porque sin ella no podría hacer nada.

Si tuviera que realizar un resumen –muy limitado, como todos los resúmenes– sobre la persona del fundador del Opus Dei, diría que este extraordinario pionero de la espiritualidad laical, que tantos y tan altos servicios ha prestado a la Iglesia, se caracterizaba por una profunda vida interior, que le llevaba a conducir a Dios todas sus acciones y conversaciones, de manera que cuantos le tratábamos nos sentíamos arrastrados por ese amor de Dios que con­tagiaba; vida interior unida a una profunda alegría y sentido del humor, que llevaba a sentirse feliz a su lado. Y energía de carácter, que se compaginaba perfectamente con la exquisita delicadeza en el trato, con una gran serenidad y ponderación en sus acciones.

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