Mi experiencia

José Luis Olaizola, Escritor
Artículo publicado en PUEBLO
Madrid 2–X–78 Al cumplirse los cincuenta años del nacimiento del Opus Dei me parece de justicia confesar que su espiritualidad me ha ayudado enormemente a remodelar mi vida. Supongo que mis amigos pen­sarán que, de momento, esa remodelación ha resultado insuficiente, pero uno confia en que Dios le dará aún tiempo para terminar bien el trabajo.

Recuerdo que cuando estudié el bachillerato nunca conseguí que me admitieran en las Congregaciones Marianas ni tan siquiera como aspirante. Los congregantes y los aspirantes tenían derecho a comulgar los jueves y ese día entraban tarde en la primera clase de la mañana, de modo ostensible, porque los profesores sabían de dónde venían. Eran tiempos -en España– en que se insistía mucho en la moralidad oficial y el ser congregante daba enorme prestigio. Por eso yo tenia un cierto complejo de inferioridad, por­que formulaba la solicitud cada año y era rechazada. Un profesor muy bondadoso me consolaba: «Otro año será, hijo mío». Pero ese año no llegó. Terminé el bachiller y entré en la universidad, hacién­dome un poco el agnóstico y jugador de rugby. La relación entre lo uno y lo otro es que los jugadores de rugby hablábamos siste­máticamente mal, aunque sin especial intención. Jugué cinco años la liga nacional en ese deporte, participé en los Campeonatos de España de Bateles, fui campeón juvenil de 800 m. lisos y subcam­peón universitario de 3.000. También fui internacional de balon­mano a 11 y boxeador en la categoría de aficionados. Evidentemente, no me quedaba tiempo para estudiar. Pero repentinamente me enamoré, y como en España entonces no se podía vivir del deporte, me puse a estudiar y terminé la carrera de Derecho. Yo ya entonces escribía e incluso quedé finalista en un premio de novela en 1957, pero como era mucho más rentable la literatura jurídica, me tuve que dedicar a los pleitos, porque ya me había casado y tenía hijos con sorprendente regularidad. Eran tiempos en los que aun a los no piadosos no se nos ocurría hacer cosas raras para no tener hijos.

Soy el menor de una familia de nueve hermanos, y como ya he dicho, mi práctica religiosa era bien escasa, si es que era. No obstante, uno de mis hermanos mayores conoció el Opus Dei, y por su mediación fui a un curso de retiro espiritual en Molinoviejo, provincia de Segovia, calculo que en el año 1958. Comenzó enton­ces un cambio profundo en mi vida. Me llamó especialmente la aten­ción el hecho de que mi trabajo –entonces ejercía la abogacía con entusiasmo relativo– fuera, precisamente, el medio de mi santifi­cación. Me sorprendió que en aquel curso de retiro se hablara con tanta naturalidad de santidad, como algo al alcance de cualquier cristiano. Me quedó muy claro que en la Iglesia no podía haber cristianos en situación de clases pasivas y que los que nos pasábamos el día lamentándonos de que hubiera ricos y pobres éramos una rémora. Entendí bastante bien la pobreza de espíritu, el despren­dimiento de los bienes terrenos y, conexo con lo anterior, que los demás valen la pena. Quizá no entendí todo esto de golpe, pero empecé a mirar las cosas de otro modo.

Fue en 1960 cuando conocí personalmente al fundador de la Obra. Ocurrió en la basílica de San Miguel, en Madrid, en una misa en la que –me figuro– casi todos los asistentes serían socios de la Obra. Tenían gran emoción porque la mayoría de ellos iban a ver por primera vez en su vida al padre. La iglesia estaba abarrotada, todo el mundo hubiera querido estar muy cerca del altar para verle mejor y, sin embargo, aceptaron las indicaciones del que hacía de maestro de ceremonias, mi paisano don Jesús Urteaga. Las mujeres, sentadas en los bancos o en lugares de preferencia; los hombres, detrás, y los que éramos más altos, al fondo del todo. Si alguno llegaba tarde no se cerraban filas, sino que se hacia un esfuerzo para que cupiera; una tontería si se quiere, pero aquella gente sabía estar en una iglesia.

Recuerdo la breve homilía de Monseñor Escrivá de Balaguer corta, pues pienso que no le gustaba distraer la esencia del sacrificio del altar con peroratas, en que nos habló de vida interior, de nuestra lucha para conseguirla, de modo que a veces cuando las cosas hay que hacerlas aunque cuesten– podíamos tener la impresión de que estábamos haciendo «comedia» delante de Dios: pues ¡bendita comedia, con Dios, la Virgen y los ángeles como espectadores!; des­de entonces yo siempre he pensado que en la comedia de nuestra vida tenemos un Espectador benévolo, Dios, deseoso de que nues­tro papel nos salga bien.

En abril de 1965 tuve que ir a Roma a un Congreso de Prensa; entonces trabajaba como directivo en una empresa periodística. Me llevé a mi mujer –Marisa–, que estaba entonces en estado de ges­tación –su estado habitual a la sazón–, esperando a nuestro séptimo hijo. Me la llevé por muchas razones, pero la principal, porque tenía­mos esperanzas de que nos recibiera el padre. Como así fue. Le visitamos en 15 de abril de 1965, a las once de la mañana. Nos recibió en Bruno Buozzi, 73, su residencia.

Aquel día, el padre llevaba una sotana limpia, no demasiado nueva, y una chaqueta de punto, negra, de confección casera. Le recuerdo guapo, con el pelo negro, fino, no demasiado tupido, pei­nado con raya a un lado, el cutis terso, bien afeitado, con aire deli­cado, no de salud, sino de un cierto desprendimiento de su ser, pero muy vigoroso en el hablar. Él habló bastante, nosotros muy poco. Era una catequesis deliciosa, porque, por vía de ejemplo, a mí me dijo que teníamos que vivir mejor, que teníamos que viajar, dis­traernos y, principalmente, distraer a mi mujer. Marisa le interrum­pió: «Pero, padre, entonces dirán que los del Opus Dei nos damos la gran vida». Y el padre le replicó: «Que digan lo que quieran». Lo dijo, porque nunca tuvo respetos humanos ni quería que noso­tros los tuviéramos y, además, aquel consejo era de un excelente ascesis para mí, que era un ejecutivo, un tanto creído, de treinta y tantos años, dispuesto a hacer méritos a todo trance, y que con­sideraba como un día fracasado aquel que no hubiera conseguido trabajar diez horas, por lo menos.

También nos aclaró que lo que en otros tiempos podía ser lujo ahora podía ser necesidad. Se refería a la necesidad de distraerse, de cambiar en ocasiones de ambiente, porque la vida moderna nos imponía ritmos y tensiones que había que aliviar. Aprovechó para explicarnos el modo de vivir la pobreza, que era vivirla en todo, hasta en recoser una sotana antigua para que siguiese durando. Mostró mucho interés en este punto y hurgó en las costuras hasta que encontró una muy deteriorada. «Aquí tengo un roto», dijo. Se puso de pie y buscó una posición favorable de luz para que nosotros también lo viéramos. Pero nos tranquilizó, añadiendo que se la vol­vería a coser para que siguiera sirviendo. Era un cura muy elegante, aunque vistiera una sotana vieja y una chaqueta de punto grueso. Era un hombre santo que, cuando terminó la entrevista, nos acom­pañó a visitar al Señor al oratorio. Se arrodilló muy bien, mirando muy fijo al Sagrario, y me invitó a mí a hacer lo mismo, pero a mi mujer no se lo consintió, por su embarazo. Luego nos acercamos a una imagen sedente de la Virgen y la besó con tanto amor que a mi me imponía respeto hacerlo a continuación. Termino estas líneas y veo que son todo detalles personales, nimios, que yo recuer­do de aquel hombre santo que consumió su vida en servicio de la Iglesia. Ahora, rondando los cincuenta años, sigo tan necio como cuando corría 800 m., pero -por lo menos– he aprendido del fun­dador de la Obra a aceptar como la cosa más natural de mundo lo sobrenatural, de modo que las cosas que son imposibles, huma­namente hablando, las acometo con la paz que él nos enseñó.

Hoy, cuando los críticos tienen la gentileza de ocuparse de algu­nas de mis novelas, me califican como un narrador que les dejo ser a mis personajes y me acerco a ellos de un modo amable. No puedo dejar de pensar que así trató siempre el padre a la gente: les dejó ser y les amó con sus defectos o, precisamente, por sus defectos.

Todo esto lo aprendí de él. Aprendí tanto que, antes de cono­cerle, tengo la impresión de que sabía muy poco.

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