Un maestro de la libertad cristiana

Cornelio Fabro, Profesor Ordinario de Filosofia en la Pontificia Universidad Lateranense y en la Universidad de Perugia
Artículo publicado en L'OSSERVATORE ROMANO
Ciudad del Vaticano, 2–VII–77
En el ámbito existencial, que es el campo de la acción y, por tanto, de la formación del yo y de la persona, el primer principio es la voluntad, cuyo centro dinámico es la libertad. En la energía primaria de la voluntad está el mismo destino de los individuos de los pueblos, y el sentido último de la historia.

La voluntad mueve, ordena o desordena, exalta o deprime todas las fuerzas del hombre: no sólo los sentidos y las pasiones, sino también la inteligencia y las facultades superiores. Y esto por­que la voluntad se mueve a sí misma; quiere porque quiere querer y, por tanto, se resuelve en libertad.

El pensamiento moderno ha exaltado la libertad como funda­mento de sí misma y como constitutivo último del hombre. Por este camino, la libertad se ha identificado con la espontaneidad de la razón, o del sentimiento, o de la voluntad de poder. Y, con tensión alternante, ha sometido al mundo occidental a regímenes totalita­rios o al caos de movimientos anarcoides. Faltándole un fundamen­to trascendente, la libertad se ha constituido en objeto y fin de sí misma: una libertad vacía, una libertad de la libertad. Convertida en ley para sí misma, se desnaturaliza en libertad de los instintos o en tiranía de la razón absoluta, que se manifiesta después en el capricho del tirano.

Con audacia que trasciende la unilateralidad tanto del anarquismo como del totalitarismo, Tomás de Aquino pudo afirmar que el hombre es causa de sí mismo, porque en el orden moral llega a ser aquello que quiere ser, aquello que con su libertad elige ser. Sin detenerse en la bondad exterior –y ésta es la conclusión exis­tencial decisiva en la formación de la persona– ve en la bondad moral interior, que depende de la libertad, la perfección del hombre como sujeto.

La paradoja radica en que el hombre, creado libre para vivir en armonía con Dios por el amor y la obediencia, ha usado –abu­sado– de su libertad para desobedecer al Creador. Entonces la liber­tad separada de Dios es insidiada desde arriba por la soberbia, y desde abajo por las pasiones De este modo, el hombre, aunque permanece formalmente libre en el plazo existencial es «esclavo del pecado» y su esperanza de libertad se encuentra en el dominio de las pasiones y en la victoria sobre el orgullo. «La verdad os hará libres», promete Jesús Solo es verdadera y completamente libre el cristiano que es totalmente dócil a la acción de la gracia. Así, somos libres cuando nos hacemos «siervos de Cristo». Es una paradoja a: la más profunda de la existencia; pero en el cristianismo todo es paradójico. La verdadera libertad del hombre está en la verda­dera obediencia a Dios.

Este mensaje evangélico es percibido particularmente por los fundadores en la Iglesia de Dios, y brilla con luz especial en la ense­ñanza de Josemaría Escrivá de Balaguer, como enseguida veremos.

Antes de Cristo y fuera del Cristianismo, la libertad auténtica era desconocida, como reconoce el mismo Hegel. Pero el gran filó­sofo yerra profundamente cuando sitúa la libertad cristiana al nivel de la razón humana absoluta, y ve su realización en el cumplimiento de la historia universal suficiente a sí misma. Frente a él se alzó la voz de Kierkegaard, con su proyecto de recuperar la libertad cristiana, que tiene a Dios por fundamento. Ciertamente, Hegel no preveía el advenimiento, a un siglo de distancia, de Adolfo Hitler; pero no fue una casualidad que el nacional socialismo se remitiera al pensamiento hegeliano.

Hombre nuevo para los tiempos nuevos de la Iglesia del futuro Josemaría Escrivá de Balaguer ha aferrado por connaturalidad –y también por luz sobrenatural– la noción originaria de la libertad cristiana. Inmerso en el anuncio evangélico de la libertad entendida como liberación del pecado, confía en el creyente en Cristo y, des­pués de siglos de espiritualidades cristianas que se apoyaban en la prioridad de la obediencia, invierte la situación y hace de la obe­diencia una actitud y consecuencia de la libertad. Como un fruto de su flor, o más profundamente, de su raíz.

Sus enseñanzas se intensifican y se hacen cada vez más claras con el peso de los años: «Soy muy amigo de la libertad, y preci­samente por esto quiero tanto esa virtud cristiana (la obediencia). Debemos sentirnos hijos de Dios, y vivir con la ilusión de cumplir la vountad de nuestro Padre. Realizar las cosas según el querer de Dios, porque nos da la gana, que es la razón más sobrenatural». Y, como haciendo un balance de su vida, confiesa con ánimo franco:

«El espíritu del Opus Dei, que he procurado practicar y enseñar desde hace más de treinta y cinco años, me ha hecho comprender y amar la libertad personal». Vemos aquí una plena consonancia con aquella afirmación de Tomás de Aquino: «Cuanto mayor cari­dad se posee, de mayor libertad se dispone».

Desde el interior de esta experiencia vivida – la primacía exis­tencial de la libertad del cristiano como presupuesto para su participación en la salvación mediante la gracia de Cristo, Josemaría Escrivá de Balaguer, como divisa de un estilo nuevo pero antiguo como el primer presentarse del cristianismo al mundo, afirma «Dios no quiere esclavos, sino hijos y respeta nuestra libertad La salvación continúa y nosotros participamos en ella. Es voluntad de Cristo que –según las palabras fuertes de San Pablo – cumplamos en nuestra carne, en nuestra vi da, aquello que falta a su pasión, pro corpore eius, quod est Ecclesia, en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia».

En plena sintonía con el Concilio Vaticano II –es más, se podría decir que superándolo en audacia– Monseñor Escrivá de Balaguer propone como primer bien para respetar y estimular el empeño temporal del cristiano, precisamente la libertad personal. «Sólo si defiende la libertad individual de los demás con la consiguiente per­sonal responsabilidad, podrá, con honradez humana y cristiana, defender de la misma manera la suya».

Esta actitud –nueva en la espiritualidad cristiana– de la prioridad fundante de la libertad, nace en Monseñor Escrivá de Bala­guer, no por pretensión de originalidad o de adaptarse al espíritu del tiempo, sino de una humilde y profunda aspiración a vivir el Evangelio. En una inspirada homilía del sugestivo título La Liber­tad, don de Dios, del 10 de abril de 1958, en la plenitud de su madurez espiritual, confiesa con osadía digna de los primeros Padres Apologistas, que su misión es la defensa de la libertad personal: «Du­rante mis años de sacerdocio, no diré que predico, sino que grito mi amor a la libertad personal»; y se sorprende de que algunos teman que esto sea un peligro para la fe.

Y anticipándose de nuevo con espíritu profético al mensaje del Vaticano II, pero evitando los recientes compromisos equívocos del indiferentismo religioso, proclama: «Yo defiendo con todas mis fuerzas la libertad de las conciencias, que denota que a nadie le es lícito impedir que la criatura tribute culto a Dios» y, más adelante, «Nuestra Santa Madre la Iglesia se ha pronunciado siempre por la libertad y ha rechazado todos los fatalismos, antiguos y menos antiguos. Ha señalado que cada alma es dueña de su destino, para bien o para mal».

La homilía de Monseñor Escrivá de Balaguer del 25 de marzo de 1967 tiene en este contexto una expresión entre las más valientes de la literatura cristiana de cualquier tiempo. «En esa tarea que va realizando en el mundo, Dios ha querido que seamos cooperadores suyos, ha querido correr el riesgo de nuestra libertad. Me llega a lo hondo del alma contemplar la figura de Jesús recién nacido en Belén. Un niño indefenso, inerme, incapaz de ofrecer resistencia. Dios se entrega en manos de los hombres, se acerca y se abaja hasta nosotros».

Intrepidez de presencia cristiana en los tiempos nuevos, para una fidelidad dinámica a la verdad divina: éste es el mensaje de Josemaría Escrivá de Balaguer. El segundo aniversario de su falle­cimiento constituye, por tanto, una ocasión de renovado encuentro con su enseñanza para el bien supremo del hombre, liberado del pecado y de la muerte.

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El cristiano en el mundo

Gustave Thibon, Filósofo
Artículo publicado en LE FIGARO
París, 25–VI–76 Hace ahora un año que Monseñor Escrivá de Balaguer, fun­dador y animador espiritual del Opus Dei, nos ha dejado. Yo par­ticipaba en un coloquio en un centro de la Obra en el momento en que nos llegaba la noticia de su muerte, y en la calidad de la emoción de los asistentes -hay actitudes, palabras y miradas que no engañan, a través de las cuales el cuerpo traduce el secreto del alma-, yo adiviné como en un relámpago la profunda influencia ejercida por este hombre en sus discípulos.

No se puede albergar ninguna duda por lo que se refiere a la influencia del fundador del Opus Dei. Yo no pertenezco al Opus Dei y, por tanto, no «barro para casa». Sin embargo, testigo impar­cial de una obra de la que he oído decir lo peor y lo mejor, puedo afirmar que en todos los contactos que he tenido con sus socios jamás he sentido esa atmósfera de encerramiento y esa dificultad indefinible en la respiración que caracteriza a una secta o a un par­tido. He encontrado por todas partes el mismo clima en el que el orden hace brotar la convergencia de las libertades. en el que la unidad de fin respeta la diversidad de caminos. en el que la disciplina se inspira desde dentro, más que se impone desde fuera. En resu­men, en el límite ideal, una sociedad en la que, según la fórmula admirable de Bosuet, «todo el mundo obedece sin que nadie mande».

El principio que domina la espiritualidad de Monseñor Escrivá de Balaguer se resume en esto: presencia del cristiano en el mundo temporal, santificación del trabajo y, por encima de todo, del tra­bajo profesional. Lo que implica el rechazo de la dicotomía tra­dicional entre la acción y la oración, lo profano y lo sagrado. La frontera entre estos dos mundos no está en el objeto de nuestros sentimientos y de nuestros actos: pasa por el interior de nuestras almas. Se pueden santificar las cosas llamadas profanas, aplicán­dose a ellas con amor; se pueden también, ¡desgraciadamente!, profanar las cosas sagradas, mezclándolas con nuestra mediocridad y con nuestra bajeza, como hacen tantos «devotos» separados del mundo pero encerrados en sí mismos. Todo es puro para los puros; todo es impuro para los impuros.

Sería escandaloso que las actividades que ocupan la tercera par­te de la vida de los hombres escaparan al mandamiento que nos empuja a «ser perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto». El trabajo profesional es nuestro camino privilegiado hacia la per­fección: no podemos convertirlo en callejón sin salida.

Así se llena el vacío que existe entre lo eterno y lo ordinario. a una mujer que se quejaba de que, «agobiada por las tareas tem­porales», no tenía tiempo para ocuparse de las cosas divinas, Santa Catalina de Siena respondía: «Somos nosotros quienes las hacemos temporales, porque todo procede de la bondad divina». Todo se condensa en esta palabra del apóstol: redimere tempus, rescatar el tiempo. No hay un tiempo para la acción y otro para la oración. Monseñor Escrivá de Balaguer, apóstol de la unidad de vida, nos invita, no a diluir a Dios en el mundo, sino a impregnar el mundo de Dios.

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¿Por qué ese afán de combatir al Opus y colocarlo como un grupo fundamentalista cristiano?

Sí, por qué ese afán de combatir al Opus y colocarlo como un grupo fundamentalista cristiano?
Esa actitud tiene su lógica, viniendo de donde viene. Si alguien es coherente con su fe y no cede en el respeto a la dignidad humana, entonces se convierte en alguien incómodo. Eso le pasa al Opus Dei, y a mucha otra gente dentro de la Iglesia Católica.

Algunos nos quieren hacer creer que hay dos "Iglesias Católicas": una, suave y blandita, con rostro amable, que está a favor del aborto, etc. Otra, más "rígida", que está en contra del aborto, etc.

Pero es mentira: hay una sola Iglesia Católica, cuya doctrina está muy clara. Y que no tiene nada de "fundamentalista", ya que todas sus tesis en materia moral están avaladas por muchísimas razones éticas: a esas razones deberían oponerse los críticos, sin descalificar a la Iglesia: dialogando.

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