La novedad histórica de un mensaje (John F. Coverdale)

La clave para entender la historia del Opus Dei, y particularmente sus primeros pasos, se encuentra en la visión fundacional. En términos generales, está claro que, el 2 de octubre de 1928, Josemaría Escrivá recibió un mensaje sobre la llamada universal a la santidad, y la misión de promover en la Iglesia la institución que después llamaría Opus Dei. El núcleo del mensaje consistía en comprender que el mandato de Jesucristo «sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto» (Mateo. 5,48) no se dirige a unos escogidos, sino a todos los cristianos. Escrivá vio, y no como una simple posibilidad teórica, sino como una realidad práctica, que todo hombre y toda mujer pueden y deben aspirar a amar a Dios con todo su corazón y amar a su prójimo como a sí mismo. En términos más técnicos, que Dios llama a todos los bautizados a la plenitud de la santidad.
Josemaría Escrivá era entonces un sacerdote muy joven y recién llegado a Madrid. Conocía a pocas personas en la ciudad y no tenía una posición que le facilitara la tarea fundacional. Tampoco tenía dinero. Pero la novedad del mensaje era un obstáculo mucho más importante que la falta de recursos. Cierto que, como diría más adelante, el mensaje era «viejo como el Evangelio». El mismo Cristo había dicho a sus seguidores «sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mat. 5:48) y san Pablo había dicho a los primeros cristianos de Tesalónica: «Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación» (1 Tes. 4.3). Al menos desde la publicación de la «Introducción a la vida devota», de San Francisco de Sales, la teología católica había reconocido que, en teoría, los laicos, hombres y mujeres, pueden tener una intensa vida espiritual que les lleve a la plenitud del amor de Dios y del prójimo que es la santidad. Y sin embargo el mensaje era, también en palabras de Escrivá, «como el Evangelio nuevo». Que un joven o una joven tuviera una vida espiritual más intensa, o incluso el deseo de servir a Dios seriamente, se solía considerar como señal inequívoca de vocación al sacerdocio o a la vida religiosa. La santidad en medio del mundo podría ser un tema interesante para la especulación teológica, pero raramente era propuesto como una meta alcanzable. Tuvieron que pasar varias décadas para que, en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia «Lumen Gentium», el Concilio Vaticano II proclamara la doctrina sobre la llamada universal a la santidad.

Vota esta noticia