Imitando a moseñor Escrivá he aprendido de nuevo a creer

Peter Berglar Profesor Ordinario de Historia Moderna De la Universidad de Colonia
Artículo publicado en AVVENIRE
Roma. 26–VI–85
Mientras aún vivía Monseñor Josemaría Escrivá, nunca le vi ni le escuché, y tampoco mantuve correspondencia con él. No obs­tante no tengo dificultad alguna para hablar de «encuentro», y de un encuentro que (dejando a un lado por una vez el matrimonio) considero el más importante de mi vida. En 1962 alguien me regaló Camino. Esas «máximas de vida de un sacerdote español, que tam­bién ha fundado no sé qué institución», como me dijo quien me regaló el libro, fueron a llenarse de polvo, después de echarles un vistazo superficial, al lado de las Reflexiones y máximas, de Goethe, en un estante de mi biblioteca.

En el invierno de 1973–74 vino a mi despacho de la universidad un estudiante que quería consultarme sobre diversos asuntos rela­cionados con mis clases. Finalmente –yo ya me había puesto de pie– me interpeló con una pregunta que me dejó desconcertado: «profesor, ¿usted cree que Dios es el Señor de la historia?». Por la tarde, cuando regresé a casa, le refería a mi esposa la «pregunta poco convencional» de un estudiante. No imaginaba que hubiera tenido un primer contacto con el espíritu de Josemaría Escrivá. A través de aquel alumno mío que (como supe más tarde) era un «hi­jo» suyo, un miembro del Opus Dei.

Unos meses después, ese estudiante me pidió que continuara la conversación, y les invité a mi casa a él y a un amigo suyo. Debo decir que no dejé escapar la anhelada ocasión de exponer amplia­mente mis ideas a aquellas «simpáticas personas, que irradian una alegría que no sé explicar», como luego le dije a mi mujer. Y, añado ahora, con la certeza de que ese día hablé demasiado, «personas pacientes», que me habían enseñado una silenciosa lección sobre el fundamento humano de cualquier apostolado cristiano.

En octubre de 1974 acepté la invitación para participar en un simposio que iba a tener lugar en Roma. Cuando observé, hablando con unos amigos, que se trataba de una actividad inspirada por sacerdotes del Opus Dei, constaté que la mayoría de ellos no sabían nada o casi nada del Opus Dei (como yo, por otra parte), pero que todavía algunos tenían ciertos «prejuicios». Ese tono vago me dejó perplejo, pero confieso que mi mujer y yo al volver de Roma par­timos con el propósito de «vivir con el que vive». Durante esos días, en Roma, conocí a algunas personas que habían vivido mucho tiempo cerca del fundador; pero, en contra de mi manera de ser, no acosé a nadie con preguntas sobre el Opus Dei, y nadie, por otra parte, intentó llevar artificiosamente la conversación a este tema.

Ahora me doy cuenta de que se trató de una nueva etapa de mi «encuentro sin encuentro» con Josemaría Escrivá. Le iba conociendo poco a poco, a través de sus hijos, sin saber la «teoría» de su mensaje. Si rememoro aquellos momentos, veo en ellos una ópti­ma ejemplificación de una reiterada frase suya: «Ocultarme y desa­parecer, para que brille sólo Jesús».

Pienso que dicha ocultación ha sido providencial en mi caso: de hecho, como historiador y escritor de profesión, estoy acostum­brado a buscar siempre un «objeto» preciso para analizarlo. Ha sido, para hacer una comparación, como que se hubiese hecho un gran favor a alguien que esta durmiendo y soñando -un favor que probablemente al despertar no habría aceptado porque su yo cobarde o perezoso habría cerrado la puerta- y este poco a poco al abrir los ojos, empezase a darse cuenta del regalo valorándolo v sopesándolo en sus manos, y también empezase a reconocer a su benefactor. Acerca de esta parte «nocturna» de mi encuentro poco puedo decir: sólo que me impresionó, tiempo después, cuando me enteré de que Josemaría Escrivá había rezado por mí desde el momento mismo en que uno de los participantes en el simposio le había hablado de mí. La parte «diurna» y consciente sólo había anotado que en aquellos días habla ganado algunos amigos sinceros, y que volvía a Alemania cambiado.

Desde que me había convertido al catolicismo, hacía ya tres decenios, la fe y la Iglesia se habían arraigado en lo más hondo de mi ser, aunque las veía a ambas aún como un depósito de fondos espirituales a disposición de mi arbitraria autonomía. A mis cin­cuenta y cinco años, con una esposa paciente, hijos ya mayores, un rosario de nietos y una casa en el campo, mi brújula iba en la dirección de la Fantasía vespertina de Hölderlin: «La vejez está llena de paz y tranquilidad…». En mis sueños anhelaba la «obra maestra», mi apogeo intelectual. Pero, a mi alrededor, tanta gente, tantos «obstáculos» para una paz merecida…

Cuando regresé de Roma, me di cuenta de todo. Recuerdo entonces que, en las conferencias que di en tres ciudades, pocos días después de mi regreso, veía a mis oyentes «de otra manera»: quizá era el deseo de hacer partícipe a quien se acercaba a mí de la afectuosa atención de la que yo mismo había sido objeto.

El 30 de junio de 1975 (Josemaría Escrivá había muerto cuatro días antes), mi esposa y yo le vimos y le escuchamos por primera vez, en la proyección de un encuentro suyo con un grupo de fami­lias. A partir de ese momento, mi «entendimiento», que se había detenido con respecto al corazón, volvió a recuperar el tiempo perdido.

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