Monseñor Escrivá de Balaguer y el Opus Dei

Mons. Antonio Quarracino, Obispo de Avellaneda. Secretario General del Celam
Artículo publicado en EL MUNDO
Medellín, 5–XI–81

No tuve oportunidad de conocer personalmente a Monseñor Escrivá de Balaguer, ni me he detenido en profundizar sus escritos. Hace muchos años leí Camino, y no hace tanto algunas de sus plá­ticas y homilías. Debo decir ante todo que me llamó la atención su facilidad de presentar como «a la mano» -encarnado, dicen hoy– el llamado universal a la santidad.

Tampoco mis contactos con el Opus Dei han sido tales que jus­tifiquen una exposición detallada de su espíritu y apostolado. He tratado a algunos de sus miembros; y debo decir que me han pare­cido todos excelentes. Me han atendido afectuosamente en sus cen­tros e informado de sus labores en los diversos ambientes del pueblo de Dios.

Afirmaría que mi conocimiento de esta Obra y de su fundador es un conocimiento «al revés», esto es por sus detractores, los cuales a la verdad, me causan una sensación extraña, mezcla de pena y de gracia. Algunos ataques y testimonios muchas veces son una expresión de mal gusto, por decir lo menos… es una institución de la Iglesia que ha recibido golpes muy furibundos, que recuerdan la desfachatez diabólica. Y por cierto que no todos vienen de afuera…

Pienso entonces en aquello de que las obras de Dios son pro­badas por la adversidad y la persecución… Recuerdo lo que San Lucas relata en el capítulo 5 de «Los Hechos» acerca del prudente Gamaliel: «Si este asunto es cosa de los hombres… pero si es cosa de Dios… no se vayan a encontrar luchando contra Dios». Como creo que estas palabras conservan su validez, por una parte me asal­ta cierta especie de pena porque, naturalmente, no me agrada que se golpee a una institución de la Iglesia; y también cierta gracia entre socarrona y lastimera porque me parece ver a los que golpean, in contrario sensu, como instrumentos de la comprobación de que una obra es de Dios. Algo parecido a los «abogados del diablo». Considero muy útil y necesario el papel que deben desempeñar esos abogados; ¡pero me parece tan antipático!

No sé si Monseñor Escrivá será canonizado. ¡Qué extensa es la lista de grandes figuras de la Iglesia que no lo han sido! Pero cuando personas serias, ponderadas y prudentes, que conocen el sentido de las palabras, tanto lo exaltan y de santo lo califican, me digo que por algo debe ser. Es un hecho sin precedentes contar con la petición de 69 cardenales y 1.300 obispos -entre ellas la mía– dirigidas al Santo Padre solicitando la apertura del proceso. Y como me quedo pensando que si me pidieran el nombre de un pastor -obispo o sacerdote– que yo hubiera conocido personal­mente en mi vida, y a quien considerara digno de que su causa fuera introducida, daría el de uno solo, y con algunas advertencias pre­vias, se me ocurre que tampoco tantas personas piensen y hablen apresuradamente.

Por otra parte, hay algunos hechos que muchos podrán juzgar irrelevantes, pero que yo considero significativos si se los mira desapasionadamente.

El caso de Camino, por ejemplo, que ese libro tan sencillo, algu­nos de cuyos pensamientos han sido criticados con ridícula ligereza, haya tenido tiradas millonarias y traducciones en más de treinta lenguas, ¿no llama la atención? Ya escucho a algunos: «es que la institución…», «Sí, ya sé, interrumpo yo: ¡los de la Obra son tan geniales que lo editan y luego queman los ejemplares, o los venden como papel viejo!, pese a la pequeñez de su tamaño. ¡Muy inte­resante su explicación!».

Otro hecho; cuando murió Monseñor Escrivá, el Opus Dei, así tengo entendido, contaba con mil sacerdotes, más o menos. Estimo que ningún fundador dejó al morir una heredad semejante a la Iglesia.

El tercero: es conocida la amplísima gama de profesionales y estudiosos que pertenecen a la Obra. Se trata, pues, de gente que naturalmente no dejó enmohecer su materia gris. Soy lógico si pien­so que se trata de personas cuya asociación al Opus Dei no ha sido hecha a tontas y a locas, o como llevada por la nariz, o engañadas como niños, o por medio de un espeluznante lavado de cerebro, o después de pasar una temporada en un hospital psiquiátrico del Este…

«¿Ladran, Sancho? Señal es que cabalgamos». (De un libro vie­jo, pero siempre actual.)

Vota esta noticia
 

¿Cómo pudo ser la canonización de E. de Balaguer fuera en unos pocos años después de su muerte?

como pudo ser la canonización de E. de Balaguer fuera en unos pocos años después de su muerte, si ha habido santos que han tardado siglos con evidencias claras de sus milagros y su devoción hacia Dios
Como hay otra pregunta casi igual, vuelvo a escribir la misma respuesta:

Quizá te falten datos. ¿Serías tan amable de leer, por ejemplo, este artículo:

  • LA CAUSA DE CANONIZACIÓN DE MONS. ESCRIVÁ DE BALAGUER (por FLAVIO CAPUCCI, Postulador General del Opus Dei)
    y luego, si quieres, lo comentamos?

    También te recomiendo este otro:

  • EL "BEATO" ESCRIVÁ DE BALAGUER, ¿SIGNO DE CONTRADICCIÓN? (Vida Nueva, 11-18.IV.92, Madrid, España, "VIDA NUEVA, abogado del diablo", ENTREVISTA a Flavio Capucci, postulador de la causa de beatificación).
  • Vota esta noticia
     

    El “siervo de Dios” tan delicadamente padre

    Cesare Cavalleri, Director de la revista «Studi Cattolici» y crítico literario
    Articulo publicado en AVVENIRE
    Roma, 1O–IV–91

    El año pasado, por estas fechas –exactamente, el 9 de abril–, Juan Pablo II aprobaba el decreto de la Congregación de las Causas de los Santos en el que se exponía que existen pruebas de que el siervo de Dios Josemaría Escrivá ha vivido en grado heroico todas las virtudes cristianas. El fundador del Opus Dei era por lo tanto proclamado Venerable, título que no significa que se le pueda tri­butar culto público, pero que abre la fase inmediatamente previa a la beatificación, en la cual se probará, desde el punto de vista médico y teológico, un milagro atribuido a su intercesión.

    He escrito estas líneas –y quizá se nota– con cierta oficialidad. El tema es delicado, las palabras se miden de forma exacta, no es necesario anticipar el dictamen de la Iglesia y, por otra parte, sería absurdo no subrayar el inmenso alcance espiritual, teológico y eclesial del suceso. El decreto, de hecho, sitúa a Monseñor Escri­vá en una escala muy elevada: después de haber afirmado, con Pablo VI, que la proclamación de la vocación de todos los bautizados a la santidad es «el elemento más característico de todo el Magisterio conciliar y, por así decirlo, su fin último», el decreto sitúa a Monseñor Escrivá –que de ese mensaje ha hecho el centro de la espiritualidad y de la función eclesial del Opus Dei– en «coin­cidencia profética» con el Concilio Vaticano II, reconociendo la perenne ejemplaridad de su contribución a la promoción del laicado eclesial llamado a la «cristianización ab intra (desde dentro) del mundo.

    Y se podrían seguir –y debidamente– enunciando los méritos de la figura extraordinaria de Monseñor Escrivá, la fama de santo que tuvo durante su vida, su arrebatador carisma de fundador, de siervo devoto y esforzado de la Iglesia, su éxito de autor de libros publicados en todo el mundo, Camino, Surco, Forja, Es Cristo que pasa, Amigos de Dios y Conversaciones, que ya hacen que se le con­sidere un clásico de la espiritualidad de nuestro siglo, etcétera, etcé­tera. Todo esto es verdad, en parte ya se ha probado, y sólo falta un trabajo sublime y desmedido de biógrafos e historiadores.

    No obstante, personalmente, no me encuentro en condiciones, al menos por ahora, de coordinar un discurso sistemático sobre cl Venerable Josemaría Escrivá, porque yo he conocido al fundador del Opus Dei hace treinta años y, hasta que murió, es decir, hasta el 26 de junio de 1975, he tenido con él –yo, como miles de miem­bros del Opus Dei en todo el mundo– relaciones filiales no basadas en la asiduidad de una visita humanamente imposible, sino llenas de noticias, oraciones, ideales y trabajo apostólico compartidos, hasta el punto de considerar absolutamente natural el título de padre con el que nos dirigíamos al fundador: no padre en sentido religioso, sino en el sentido de padre de familia.

    No es que no nos diésemos cuenta del valor y de la santidad del padre, todo lo contrario: pero su modo de actuar, y de tratarnos, hacía que lo sintiéramos ante todo nuestro; tanto es así que mientras estoy evidentemente contento del avance de su proceso de beati­ficación –porque Monseñor Escrivá no pertenece al Opus Dei, sino a toda la Iglesia–, al mismo tiempo siento la sensación de que se hacen públicos documentos de familia, cosas íntimas, procedimien­tos a mi parecer legítimos y benéficos, pero que de alguna manera son también un desposeimiento.

    Si yo tuviese que probar en qué cosa he adivinado sobre todo la santidad de Monseñor Escrivá, diría que ha sido en su manera tan humana de vivir la caridad, es decir, en su extraordinaria capa­cidad de afecto. Y me acuerdo de un episodio sin importancia, pero para mí muy significativo.

    Sucedió en 1961. Me trasladé con un grupito de estudiantes a casa del padre, a la sede central del Opus Dei en Roma. Finalizado el cordialísimo encuentro el padre nos invitó a asistir a la Santa Misa que iba a celebrar en breves momentos Nos fuimos al oratorio –artístico y recogido– que el fundador utilizaba habitualmente y que, por sus reducidas dimensiones carece de reclinatorios Cuando sonó la campanilla del Sanctus nos arrodillamos sobre el suelo de mármol. El padre hizo una señal al acólito que era don Javier Echevarría, el actual Vicario general del Opus Dei y le susurro algo al oído. Don Javier vino hacia nosotros y nos dilo «El padre dice que no os arrodilléis, porque el suelo esta frío». Así era el padre incluso en los momentos mas solemnes y precisamente por su ininterrumpida relación con Dios pensaba concretamente en quienes estaban a su lado, se preocupaba hasta de las rodillas de estudiantes de veinte años que, entre otras cosas, no notaban molestia alguna al estar en contacto con el mármol. Con la conciencia segura invito a recurrir a la intercesión de un siervo de Dios que en vida tenía estas delicadezas.

    Vota esta noticia