En el aniversario de la muerte del fundador de la Obra

Cardenal Paul Poupard, Presidente del Consejo Pontificio de Cultura
Artículo publicado en IL MESSAGGERO
Roma, 26-VI–9O

¡Qué profundidad evangélica tiene el «apostolado de la inteli­gencia»! Cuando el joven sacerdote Josemaría Escrivá escribía esta frase en el punto 978 de su libro Camino (la primera edición es de 1934) trazaba un programa al que se atiene toda su vida: pre­cisamente porque el Opus Dei quiere llevar a todos los hombres, de todas las clases sociales, el mensaje de la llamada a la santidad cristiana mediante el trabajo profesional. El fundador ha dedicado siempre la máxima atención a los intelectuales, a aquellos que tra­bajan con las ideas y las transmiten, porque hoy corno nunca el problema de los problemas es la relación del Evangelio con las cul­turas, es decir, la «inculturación de la cultura» del Evangelio.

Me han contado que una vez, todavía en los años 30, Monseñor Escrivá, al contemplar un paisaje de cumbres nevadas comento con un amigo: «¿Ves esas cumbres brillantes bajo el sol? Parecen dis­tantes, ajenas, sólo decorativas. Y por el contrario, de ellas depende la reserva hidráulica que hará fecunda toda la llanura. Lo mismo sucede con los intelectuales».

Esta afición por las ideas se manifiesta en la promoción de ini­ciativas culturales de reconocido prestigio, como la Universidad de Navarra, en Pamplona, la Universidad de Piura, en Perú, y la Universidad La Sabana, en Colombia; hay dispersos por todo el mundo centros culturales y escuelas de todas clases y condiciones que los miembros del Opus Dei han creado para responder a las exigencias locales; y para los estudios específicamente eclesiásticos existe la Universidad Romana de la Santa Cruz, con las Facultades de Filosofía y Teología. Esto es mucho, pero no es todo: de hecho, el apos­tolado personal de los miembros del Opus Dei, como decía siempre el fundador, es «apostolado de la doctrina», es decir, de las ideas y de la cultura a todos los niveles y para todo el mundo, porque «a los hombres -como a los peces– se les coge por la cabeza», y Cristo ha querido que sus discípulos, es decir, todos los cristianos, fueran «pescadores de hombres».

Este mensaje, perenne como el Evangelio, es de extrema actua­lidad en nuestra época, porque, como dice el historiador inglés Christopher Dawson, «la ruptura de la comunión entre el orden espiritual y el orden racional es el problema más serio al que el mun­do moderno debe enfrentarse». El tema lo ha enfocado el Concilio Vaticano II y los Sumos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II lo han situado en el centro de su acción pastoral: la Iglesia está cada vez más comprometida en el diálogo con las distintas culturas, para res­ponder a las esperanzas secretas de las culturas mismas.

El diálogo tiene una dinámica propia que se desarrolla normal­mente en tres fases: la primera es la del respeto, que no separa ni confunde el Evangelio y las culturas, sino que respeta los distintos planos, al abrigo de injerencias indebidas; la segunda fase es la ele­vación de lo que es humanamente válido en toda cultura, para llegar a la tercera fase, la de la integración.

El diálogo también es confrontación y, algunas veces, desafio, porque algunas culturas deben purificarse de todo aquello que humilla y ofende al hombre. La Iglesia, hoy en día, está llamada a defender al hombre de sí mismo, y de la tentación de la «cultura de muerte». Y lo hace cuando, por ejemplo, pro dama que la ciencia debe aliarse con la conciencia e inspirarse en la ética, porque no todo lo que es posible técnicamente es lícito moralmente.

Es una tarea difícil, pero no eludible. Monseñor Escrivá, a quien el Papa ha proclamado «Venerable» el pasado día 9 de abril, ha podido escribir: «No nos podemos cruzar de brazos, cuando una sutil persecución condena a la Iglesia a morir de inedia, relegándola fuera de la vida pública y, sobre todo, impidiéndole intervenir en la educación, en la cultura y en la vida familiar. No son nuestros derechos: son los de Dios, y a nosotros, los católicos, nos los ha confiado Él… para que los ejerzamos». El Opus Dei que, en cuanto a prelatura personal se refiere, es una institución al servicio directo del Papa y de la Iglesia, desarrolla precisamente en el campo de la cultura su peculiar función eclesial

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