Una amistad de 43 años

Mons. Pedro Altabella Canónigo de San Pedro de Roma
Doctor en Teología y Derecho Canónico
Artículo publicado en EL NOTICIERO
Zaragoza, 29–VII–76
El día 26 de junio de 1975, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer pasaba a mejor vida. En aquellos momentos nos fue dado estar junto a su cadáver –parecía que estaba dormido más que muerto, celebrar la Santa Misa de corpore insepulto y dar rienda suelta a nuestro afecto de amigo.

Hoy quisiera evocar siquiera algún rasgo de su rica personalidad sacerdotal. Creo que un trato frecuente que tuve con el a lo largo de 43 años me autoriza a intentarlo.

Conocí a Josemaría Escrivá de Balaguer apenas llegué al Semi­nario Conciliar de la Plaza de la Seo, el año 1925, en Zaragoza. Josemaría, que residía en el Seminario de San Carlos, venía como Superior del Seminario de San Francisco de Paula a acompañar a los seminaristas que venían a clase al Conciliar. Le veíamos vestido con man­teo –no llevaba beca porque era Superior- y con porte distinguido. Creo que en aquellas fechas había recibido sólo las Ordenes Menores.

Luego, circulaba por el Seminario nuestro la noticia de que Jose­maría estaba en Madrid. Allí terminaba sus estudios de Derecho Civil, y trabajaba en el apostolado entre universitarios. No sabía yo entonces más de él.

El año 1934, en enero, fui llamado por don Angel Herrera que pidió el permiso al señor arzobispo Domenech– a la casa del Con­siliario, en Madrid. Morábamos en la calle Villanueva, 15.

Fue precisamente en esa casa y en ese tiempo donde me saludó por primera vez don Josemaría Escrivá. Me lo presentó don Emilio Bellón, nuestro director, diciéndome: «Ven acá; vas a conocer a un paisano tuyo, gran sacerdote y apóstol». Bromeó don Emilio sobre mi persona al presentarme a don Josemaría y, en un fuerte abrazo que nos dimos, quedó fundida una amistad que nunca ya vino a menos.

Hablamos de nuestros ideales sacerdotales y apostólicos. Me invitó a visitar su academia DYA, que tenía en la calle Ferraz. Me impresionó en aquel momento el garbo y la alegría con que trataba a aquellos chicos y el gran afecto que le tenían. Pero, sobre todo, quedó grabado en mi alma el gran aprecio que ponía Josemaría Escrivá en la oración, y que supo transfundir en los espíritus de aquellos universitarios. La capilla estaba llena de jóvenes recogidos en oración. Eso, entonces, no era corriente.

Es ésta de la oración una nota fundamental de la personalidad de Escrivá de Balaguer. Diría yo que era para él la oración su fuerza, su refugio, su mejor quehacer, su hora de luz y de amor. Allí supo escuchar a su Dios y Señor, y prometió y cumplió seguirle fielmente hasta morir. ¡Cuántas veces le he oído que todo lo hablaba en la oración! Recuerdo que en los momentos más graves de su vida, que yo conocí o que le oí contarme, sea en las horas brillantes, sea en las amargas y oscuras, con fe intrépida, con gran decisión, con enorme poder de convicción, me decía: «Verás que todo lo resolverá el Señor de la mejor manera. Recemos sin desmayo».

Sugiero destacar, asimismo, otra nota para mi característica de su persona y de su acción. Se ha escrito y dicho reiteradamente que la idea central de su espiritualidad era y es que el cristiano común puede y debe santificar el trabajo y santificarse en el trabajo. Sea así. Pero creo que los diálogos de amistad que tuve con Jose­maría Escrivá me han dado a ver otra idea fuerte que quizá nos haga ver claro, y bajo la luz especial, el alcance de su vida y de su acción. En nuestras conversaciones, siempre destacaba con fuer­za la acción de Dios, de su gracia divina. La acción preponderante de Dios en nuestra santificación –sine me nihil–, pero, a su vez, la acción del hombre con toda su alma, con su entrega total, sin términos medios, con audacia moral. ¿No puso a su academia como lema Dios y Audacia? Pues bien, para mi quedó clara esta su postura espiritual un día en el que con entusiasmo inaudito me decía: «Me saca de quicio, Pedro, ese Cristo verus Deus et verus homo Cristo verdadero Dios y verdadero hombre–. La fuerza omnipotente de Dios, amasándose con el hombre al cual ha destinado a su Gloria».

Ahí está toda la luz de la teología aplicada a la vida nuestra: Cristo es el modelo. Las acciones de Cristo son tan divinas como humanas, tan humanas como divinas, theandricas dicen los teólogos. Nos parece que para comprender la ascética, la vida y los idea les apostólicos de Josemaría Escrivá, se debe partir de aquí. Sobre todo para conocer su Obra, el Opus Dei. Por eso Escrivá de Bala­guer quería a sus hijos muy santos y muy hombres. ¿No arranca de ahí la luz que ha transformado tantas conciencias en el mundo por medio del Opus Dei?

La claridad de esa idea le llevó a potenciar todo lo humano como don de Dios en un momento en que predominaba en los rasgos cristianos un «angelismo» deshumanizado. Pero esa misma luz nos puede aclarar hoy por qué no ha caído el Opus Dei en ese huma­nismo híbrido que ahora se predica desde tantos púlpitos y en el que Cristo –y, como consecuencia, el cristiano ya no tiene o no debe tener nada de divino. Hemos mutilado a Cristo: antes, por negar o no afirmar su humanidad benditísima; hoy, por reducirlo a un hombre, quizá un «superman», que nada hace ni dice de Dios.

Creo que aquí radicaba el arrastre de Josemaría Escrivá sobre las gentes. Su fuerza era de Dios, pero su humanidad se derramaba envuelta en lo divino.

Quizá a Josemaría Escrivá se le ha conocido en algunos ambien­tes a través de quienes lo presentaban como desencarnado, como «beatificado». Nada más contrario a la verdad. Era humano como pocos. Con un corazón que no se cansaba de amar: a su Dios y a sus hermanos. Para nosotros, el perfil sacerdotal y humano de Escrivá de Balaguer lo podríamos encontrar en aquellas palabras de San Pablo que Josemaría meditaba tantas veces: «Omnis pontifex ex hominibus assumptus, pro hominibus constituitur in iis quae sunt ad Deum»: Todo pontífice escogido de entre los hombres es cons­tituido para los hombres en las cosas que miran a Dios. No es apología fácil y gloriosa la nuestra. Josemaría Escrivá era todo un hom­bre, pero de Dios. Cuarenta y tres años de amistad nos autentizan a afirmar en conciencia que, como hombre, era un superdotado, pero que su fuerza la traía de Dios. Tenía para él y para sus hijos como gran exigencia el ser muy humanos. Pero enraizados en Dios. ¡Cuánto se podría hablar de este tema!

Pero, a su vez, para los hombres –pro hominibus constiluitur–. ¡Cómo le brillaban los ojos ante los hijos de Dios!– ¡Cómo era su verbo cálido, incisivo, directo, sacerdotal! Había yo sostenido muchas veces el bien que hacía al ponerse en contacto con aquellas muchedumbres que le escuchaban. Le oí más de una vez sus impre­siones sacerdotales después de un extenuante viaje apostólico. No se saciaba nunca. Y eso, a pesar de que nunca, en la historia de la Iglesia, Dios concedió a un Fundador, durante su estancia terre­na, ver tantas y tales multitudes de cristianos que le seguían en su aspiración a la santidad.

En las cosas que miran a Dios – in iis quae sunt ad Deum–. No quería saber otra cosa. El día que se escriba su vida, se verá cuán errados andaban quienes vieron en él aspiraciones terrenas, contar con poderes del mundo… Cada día se interiorizaba más y gemía por su amor al cielo. Escribimos de lo que hemos visto y oído, no por impresiones. Y decimos en conciencia lo que creemos era vida de su vida. La salvación de las almas. ¡De todas las almas! Ese era su ideal.

Hemos querido, a vuela pluma, evocar algunos de los recuerdos de nuestro trato con Josemaría Escrivá de Balaguer. Séame per­mitido terminar recordando dos cosas. La primera, que en el terre­no de la amistad conmigo fue siempre él el primero y más fiel. Quizá más de una vez hubiera tenido motivos para dejarme u olvidarse de mí. Todo lo contrario. Tengo mil testimonios profundamente indicativos de su lealtad de amigo. Y era quien era; y yo… ¿qué contaba ni cuento?

Quiero añadir una segunda cosa. Nunca vino de él una palabra directa o indirecta en que me invitara o siquiera me sugiriera per­tenecer a su Obra. No ya de sus íntimos, pero ni siquiera de entre los sacerdotes diocesanos. Y sabe muy bien el Señor que este tema de la santidad sacerdotal nos llevó muchos ratos de conversación. Quiero que se sepa porque ha habido quienes me han colocado en los rangos del Opus Dei. Era Josemaría Escrivá muy comprensivo. Sabía muy bien que la amistad es una cosa y que la llamada de Dios a una vida específicamente dedicada a Dios dentro de unas coor­denadas como las de su Obra es otra cosa muy distinta. Por eso, entre otras cosas, nos quisimos. Creo que su amistad fue un don de Dios para mí. Y seguimos cada uno el camino que nos trazó el Señor.

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¿Es cierto que se instrumentaliza la amistad en el Opus Dei?

Es cierto que se instrumentaliza la amistad en el Opus Dei? He oido que hay listas y se fijan objetivos numéricos y esto hace que sus miembros estén un poquito presionados en este aspecto y – a veces, no siempre – no permite que su apostolado sea una cosa "natural", fruto de la amistad y el amor a Dios. Enhorabuena por la página. No nos interesan para nada los números. Dios sólo sabe contar hasta uno.

En las labores apostólicas los que las dirigen deben estar atentos a la marcha general del apostolado. Cuando en el trato apostólico se llega a menos gente de la que se podría, hay que examinar las causas. Pero con paz y tranquilidad, sin ponerse nerviosos: lo importante es que cada uno sea santo. Y una señal de que puede faltar afán de santidad, es a veces la ausencia de espíritu evangelizador.

Pero nada más: no hay un campeonato para conseguir números. El Opus Dei no publica habitualmente estadísticas ni cifras: precisamente por esa razón.

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Una amistad que nos unió para siempre

Cardenal Miguel Darío Miranda, Arzobispo Primado Emérito de México
Artículo publicado en EL IMPARCIAL
Hermosillo, 16–6–79
Han pasado poco más de cincuenta años desde que Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer fundó el Opus Dei; nos acercamos al también áureo jubileo de la fundación de su Sección Femenina, y los frutos con que el Señor ha bendecido a esta querida asociación de fieles son un motivo más para agradecer a Dios esta nueva mues­tra de su misericordia.

Desde el primer encuentro que a principios de 1959 tuvimos con Monseñor Escrivá de Balaguer –se encontraba acompañado por el Dr. Alvaro del Portillo, actual presidente general de la aso­ciación, y siempre lo vimos a su lado–, fuimos conscientes de que el Señor nos brindaba con ello una venturosa oportunidad para nuestra vida espiritual. Las visitas que en cumplimiento de nuestro ministerio episcopal debíamos gustosamente hacer al Romano Pontífice nos brindaron igualmente la oportunidad de visitar con frecuencia al fundador del Opus Dei, quien desde 1946 había esta­blecido en esa ciudad su residencia, y de profundizar en nuestra amistad.

En nuestras conversaciones, rebosantes de un gran cariño sobrenatural y humano y en las que Monseñor Escrivá nos atendía sin prisas produciéndonos la impresión de que no había cosa más importante para él que nuestra persona, pudimos descubrir en el fundador del Opus Dei un alma especialmente favorecida por Dios con gracias singularísimas, y cuyo ministerio sacerdotal trascendía a todo el mundo a través de la Obra a él encomendada por voluntad divina.

Esa amistad que nos unió para siempre propició el descubri­miento de campos nuevos para nuestra actividad, todos ellos movi­dos por un genuino espíritu apostólico; y al mismo tiempo, nos pro­porcionó una confirmación alentadora de nuestros trabajos pasto­rales. Especial importancia supuso para nosotros el concepto que de la formación cristiana, plena e integral, tenía Monseñor Escrivá de Balaguer, y que vino a resolver una de nuestras grandes inquie­tudes en el campo del apostolado con los seglares, presente ya desde nuestra ordenación sacerdotal en 1919, y cuya importancia con­firmamos primero en nuestra pequeña Diócesis de Tulancingo en 1937, y posteriormente, en nuestra enorme Archidiócesis de Méxi­co a partir de 1955. Para el fundador del Opus Dei la formación doctrinal significa «el suficiente conocimiento que cada fiel debe tener de la misión total de la Iglesia y de la peculiar participación y consiguiente responsabilidad específica que a él le corresponde en esa misión única». (Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer. Ed. Rialp, Madrid, 976, núm. 2).

A nadie sorprende que estas relaciones inspiradas por Dios y mantenidas con lealtad y fidelidad entre dos sacerdotes pudiesen ser –como de hecho han sido – fuente de inspiración para ulteriores trabajos en nuestras vidas. La visión que los ojos de Cristo tienen del mundo en toda su integridad es la misma que tienen los ojos sacerdotales que procuran mirar con las pupilas del Señor.

Anterior a nuestro encuentro con él había sido el conocimiento de su Obra en México: un horizonte nuevo, alumbrado por la luz de Cristo, se abría ante nosotros como una expansión del mismo campo pastoral en que hemos vivido consagrados; un horizonte dis­tinto, pero indeleblemente marcado con el sello inconfundible de lo divino, que aparecía hasta en el nombre propio: Opus Dei. Ahora que ha cumplido sus primeros cincuenta años de existencia sobre la tierra, podemos sin dificultad comprobar que la Obra es nueva y antigua a la vez: antigua porque es de Cristo; y nueva porque Cristo es de hoy y propende al futuro, y en él se expande con naturalidad; porque Cristo es de siempre.

Desde el comienzo de la labor de la Obra en México con no poca complacencia contemplamos que se ha mantenido una estre­cha y amistosa relación con el Arzobispo Primado. Fue en junio de 1948 cuando mi predecesor, de gratísima memoria, el Excmo. y Rvmo. Sr. Dr. D. Luis Mª Martínez, concedió amabilísimamente la oportuna autorización para que se estableciera en la Archidió­cesis el primer Centro del Opus Dei en México y de América. Y fue el mismo Sr. Martínez, el 19 de marzo de 1949, atendiendo a la invitación que le hiciera el Consiliario en este país, quien celebró por primera vez la Santa Misa en el oratorio de ese centro y dejó el Santísimo Sacramento en el Sagrario. Una prueba más de esa amistad, entre muchas que se podrían señalar, está en el hecho de haber tenido entre los invitados a la Misa que con motivo de nues­tras Bodas de Plata Episcopales celebramos, sin solemnidad alguna pero con profunda piedad, en el Altar de la Confesión de la Basílica Vaticana, a un sacerdote del Opus Dei.

De todas nuestras fraternas conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, así como de la meditada lectura de sus escritos, que tanto bien han hecho y hacen a las almas, podemos atestiguar lo que siempre hemos visto en sus hijos en estos treinta años de labor de la Obra en nuestro país: su acendrado amor al Romano Pontífice y a la Iglesia toda: su preocupación siempre presente por el bien de las almas, y su fidelidad inconmovible a la doctrina de Cristo y al Magisterio eclesiástico. Pudimos comprobarlo una vez más en esta misma Archidiócesis cuando en 1970, aun antes de ver a sus hijos, vino a pedirnos las licencias necesarias para desempeñar su ministerio durante su estancia entre nosotros.

Con su natural buen humor nos comentaba en esa misma oca­sión: «Antes de ver a las ovejas, quise ver al Pastor». Se cumplía así lo que con tanta insistencia le encarecíamos siempre que le visi­tábamos en Roma: que viniera a México y visitara a esos hijos suyos que con fidelidad ejemplar estaban sirviendo a la Iglesia. Fue sin embargo su profundo amor a la Virgen de Guadalupe lo que le hizo venir a nuestro país, y se cumplió a la letra lo que con anterioridad había dicho: «Cuando vaya a la Villa, tendrán que sacarme de allí con grúa». A lo que recordamos haberle contestado de inmediato: «No seré yo quien la ponga».

Bastan estas ideas para comprender lo que significó para noso­tros recibir, el mes de junio de 1975, de forma súbita e imprevista, la noticia de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer, nuestro amadísimo hermano. Aunque mirando este hecho a la luz de la fe, ¿qué podríamos sentir sino que el amor de Dios se lo llevó para tenerlo cerca de Sí y recompensarlo por la vida que él consagró totalmente a la gloria del mismo Señor y al servicio de todas las almas? Al fin y al cabo todos somos peregrinos y transeúntes, y nuestra vida es corta en comparación con la eternidad.

¡Qué bello resultaba descubrir en Monseñor Escrivá una real madurez humana y sobrenatural, puesta al servicio de las almas, con medidas y aspiraciones inspiradas por el Corazón Misericor­dioso de Cristo, que vivió y murió por todos y cada uno de nosotros!

Sabemos que el 50 aniversario de la fundación del Opus Dei, celebrado con el peso de la Cruz por el dolor que supuso la ines­perada muerte de S.S. Juan Pablo I, estuvo impregnado en todos sus hijos del recuerdo de su fundador y del propósito firme de man­tener una estricta fidelidad al espíritu por él predicado y vivido. Serán el ejemplo de su alma sacerdotal, y el recuerdo de su vida y afán apostólico, el alimento vigoroso que dé a su Obra el ímpetu necesario para difundirse con las mismas medidas generosas que su fundador le imprimió.

Tenernos la seguridad de que ese ejemplo de apostolado grabado en todos sus hijos contribuirá a que ese mismo espíritu suscite en el mundo y en todos los cristianos una actividad concorde para cum­plir la voluntad de Dios, que amó a todos los hombres y que a todos los quiere salvos y estrechados entre sus brazos misericordiosos.

Es grande el servicio que el Opus Dei ha prestado y presta a toda la Iglesia; son muchas las almas que al conocer el espíritu del Opus Dei mejoran notablemente la forma de vivir su vida cristiana, y por ello agradecemos muy especialmente al Señor que haya sido nuestra querida Archidiócesis de México la primera en la que se comenzó en América esta verdadera Obra de Dios.

No nos resulta fácil expresar en pocas palabras la profundidad del mensaje del Opus Dei, ni el perfil de la riquísima personalidad de su fundador. Pero para quienes tuvimos la gracia de conocer a Monseñor Escrivá de Balaguer y de tratarlo en múltiples ocasio­nes, sintiendo el calor de su sincera amistad, su entrega ejemplar por la Iglesia hasta el instante en que – en olor de santidad– Dios lo llamó a su presencia, y la fecundidad de esta Obra de Dios que ha superado cualquier previsión humana, no podemos menos que agradecer al Señor esta palpable muestra de su amor por la Iglesia: el Opus Dei.

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