Sobre padres e hijos.

El Profesor Rául Pascual es un buen amigo mío. Aunque nacido y criado en Vallecas, en la actualidad vive en una localidad de la periferia de Madrid. Compañero también en alguna ocasión del espectáculo futbolero de mi equipo en Tres Cantos. Le agradezco muy mucho el comprometerse a escribir semanalmente en este blog. He añadido una Etiqueta con todos sus artículos ¡Qué valiente!.

“Ser padre y ser madre, -escribe R. Yepes-, es el modo natural más normal de prolongar el ser varón y mujer. Ambas cosas conllevan una dignificación de quienes lo son, les hace ser más dignos porque supone haber sido origen de otros seres humanos. La única superioridad natural y permanente que se da entre los hombres es ésta: la que un padre y una madre tienen respecto de sus hijos. Aunque a partir de la juventud sea sólo una autoridad moral y ya no una tutela física, se conserva siempre: los hijos veneran a los padres siguiendo una inclinación natural, que lleva a reconocer el don de la vida y que todo lo necesario para llegar a ser personas maduras lo han recibido de ellos. A este sentimiento los clásicos lo llamaban “piedad” y significa reconocer la dignidad de aquéllos que son mi origen, honrarles y tratar de colmar una deuda impagable: la propia existencia”. (Fundamentos de antropología).

El hecho de destacar este fragmento es consecuencia de la impresión que me produjo leer un artículo acerca de la violencia en los adolescentes. El artículo hacía hincapié en la escalofriante cifra de que ocho de cada cien jóvenes internados en centros de menores han ejercido maltrato sobre sus padres. A esta realidad hay que añadir el incremento de la intolerancia y la violencia entre los más jóvenes en todos los ámbitos.

Ha llegado la hora de preguntarnos acerca de lo que se está haciendo mal. No es posible que los adolescentes tengan la primera exigencia de obediencia en la escuela. Hacer que los niños aprendan ejes de actitud y comportamiento supone dotar a los niños de la formación necesaria para que luego sepan luchar por sus derechos y libertades. Es parte de la protección que los padres deben otorgar a sus hijos. La escuela debe seguir amparando ese aprendizaje activado por los padres existiendo una complementariedad y complicidad entre ambos. El niño no debe escuchar el primer “no” en la escuela, ya que facilita el nacimiento de la conflictividad y el problema de la adaptación social.

Desde luego, la evolución creciente en las rupturas matrimoniales no contribuye a mejorar la situación. El hombre y la mujer presentan una mutua y admirable complementariedad: son distintos entre sí, pero mutuamente necesitados desde las profundidades del cuerpo hasta las cimas del alma. Para que esa unión sea positiva, ambos han de aceptar la obligación de contrato protector de la familia, entre otras cosas porque los hijos necesitan el tiempo, el dinero, los conocimientos y las energías de sus padres.

No tengamos miedo de educar a nuestros hijos en el respeto, la disciplina y la obediencia. No es una cuestión de ser liberal o conservador. Es la obligación ética y moral de todos los padres que no quieren que en el futuro sus hijos se acuerden de la educación laxa o insuficiente en valores y virtudes que han podido recibir.

RAÚL PASCUAL.
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