Selección de palabras de Benedicto XVI esta Semana Santa

Selección de palabras de Benedicto XVI esta Semana Santa Opus DeiUn amigo que ha estado esta Semana Santa en Roma, junto al Papa, me manda una selección de palabras que ha escuchado a Benedicto XVI estos días. Os las copio:

“La Iglesia, cordada del ascenso hacia Dios”, Homilía en la Misa de Ramos, 28 de marzo de 2010.

(…) Ser cristiano significa considerar el camino de Jesucristo como el camino correcto para el ser humano -como ese camino que conduce a la meta, a una humanidad plenamente realizada y auténtica. De manera particular, quiero repetir a todos los jóvenes, en esta XXV Jornada Mundial de la Juventud, que ser cristiano es un camino, o mejor: una peregrinación, un caminar junto a Jesucristo. Un caminar en esa dirección que Él nos ha indicado y nos indica.

(…) La persona puede escoger un camino cómodo y evitar todo cansancio. Puede también descender hacia lo bajo, lo vulgar. Puede hundirse en el lodo de la mentira y la deshonestidad. Jesús camina delante de nosotros, y va hacia lo alto. Él nos conduce a lo que es grande, puro, nos conduce al aire saludable de las alturas: a la vida según verdad; al coraje que no se deja intimidar por el cotilleo de las opiniones dominantes; a la paciencia que soporta y sostiene al otro. Él conduce a la disponibilidad para los que sufren, los abandonados; a la fidelidad que está de parte del otro también cuando la situación se hace difícil. Conduce a la disponibilidad para proporcionar ayuda; a la bondad que no se deja desarmar ni por la ingratitud. Él nos conduce al amor -nos conduce a Dios.

(…) Pero el camino a la vida verdadera, a un ser personas conforme al modelo del Hijo de Dios Jesucristo supera nuestras propias fuerzas, este caminar es siempre también un ser llevados. Nos encontramos, por así decirlo, en una cordada con Jesucristo -junto a Él en la ascensión a las alturas de Dios. El nos empuja y nos sostiene. Forma parte del seguimiento de Cristo que nos dejemos integrar en esa cordada; que aceptemos no poder hacerlo solos. Forma parte de él este acto de humildad, entrar en el “nosotros” de la Iglesia; agruparse en la cordada, la responsabilidad de la comunión -no romper la cuerda con la obstinación y la arrogancia. El humilde creer con la Iglesia, como estar soldados en la cordada del ascenso hacia Dios, es una condición esencial del seguimiento. De este estar en el conjunto de la cordada forma parte también el no comportarse como patrones de la Palabra de Dios, el no correr tras una idea equivocada de emancipación. La humildad del “ser-con” es esencial para el ascenso. Forma también parte de él que en los Sacramentos nos dejemos siempre de nuevo tomar de la mano por el Señor; que por Él nos dejemos purificar y vigorizar; que aceptemos la disciplina del ascenso, aunque estemos cansados.

Finalmente, debemos todavía decir: del ascenso a la altura de Jesucristo, del ascenso a la altura de Dios mismo forma parte la Cruz. Como en los asuntos de este mundo no se pueden lograr grandes resultados sin renuncia y duro ejercicio, como la alegría por un gran descubrimiento del conocimiento o por una verdadera capacidad operativa está ligada a la disciplina, de hecho, a la fatiga del aprendizaje, así también el camino a la vida misma, a la realización de la propia humanidad está ligado a la comunión con Aquel que ha subido a la altura de Dios a través de la Cruz. En última instancia, la Cruz es expresión de lo que significa el amor: sólo quien se pierde a sí mismo, se encuentra.

(…) La Iglesia, antes de la consagración eucarística, canta la palabra del Salmo con el que Jesús es saludado antes de su entrada en la Ciudad Santa: ésta saluda a Jesús como el Rey que, viniendo de Dios, en nombre de Dios entra en medio de nosotros. También hoy este saludo gozoso es siempre súplica y esperanza. Roguemos al Señor para que nos traiga el cielo: la gloria de Dios y la paz de los hombres. Entendamos ese saludo en el espíritu de la petición del Padre Nuestro: “¡Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo!”. Sabemos que el cielo es cielo, lugar de la gloria y de la p  az, porque en él reina totalmente la voluntad de Dios. Y sabemos que la tierra no es cielo hasta que en ella no se realiza la voluntad de Dios. Demos la bienvenida por tanto a Jesús que viene del cielo y roguémosle que nos ayude a conocer y a cumplir la voluntad de Dios. Que el reino de Dios entre en el mundo y así éste sea colmado con el esplendor de la paz. Amén.

Homilía en la Misa de aniversario de la muerte de Juan Pablo II, 29 de marzo de 2010

(…) Lo que el profeta inspirado dice del Siervo, lo podemos aplicar al amado Juan Pablo II: el Señor le llamó a su servicio y, al confiarle tareas de cada vez mayor responsabilidad, le acompañó también con su gracia y con su asistencia continua. Durante su largo pontificado, él se prodigó en proclamar el derecho con firmeza, sin debilidades ni vacilaciones, sobre todo cuando debía medirse con resistencias, hostilidades y rechazos. Sabía que estaba tomado de la mano por el Señor, y esto le permitió ejercer un ministerio muy fecundo, por el cual, una vez más, damos fervientes gracias a Dios.

El Evangelio proclamado hace un momento nos lleva a Betania, donde, como escribe el Evangelista, Lázaro, Marta y María ofrecieron una cena al Maestro (Jn 12,1). (…) En este relato evangélico, hay un gesto sobre el que quisiera llamar la atención: María de Betania “tomó trescientos gramos de perfume de nardo puro, muy precioso, ungió los pies de Jesús, después los secó con sus cabellos” (12,3). El gesto de María es la expresión de una fe y de un amor grande hacia el Señor: para ella no es suficiente lavar los pies del Maestro con el agua, sino que los unge con una gran cantidad de perfume precioso, que como protestará Judas se habría podido vender por trescientos denarios; no unge, además, la cabeza, como era costumbre, sino los pies: María ofrece a Jesús cuanto tiene de más precioso y con un gesto de devoción profunda. El amor no calcula, no mide, no lleva cuentas, no pone barreras, sino que sabe donar con alegría, busca solo el bien del otro, vence la mezquindad, la roñería, los resentimientos, las cerrazones que el hombre lleva a veces en su corazón.

(…) al acto de María se contraponen la actitud y las palabras de Judas que, bajo el pretexto del auxilio que llevar a los pobres, esconde el egoísmo y la falsedad del hombre cerrado en sí mismo, encadenado por la avidez de poseer, que no se deja envolver por el buen perfume del amor divino. Judas calcula allí donde no se puede calcular, entra con ánimo mezquino donde el espacio es el del amor, del don, de la dedicación total. Y Jesús, que hasta aquel momento había permanecido en silencio, interviene a favor del gesto de María: “Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura” (Jn 12,7). Jesús comprende que María ha intuido el amor de Dios e indica que ya su “hora” se acerca, la “hora” en la que el Amor encontrará su expresión suprema en el leño de la Cruz: el Hijo de Dios se dona a sí mismo para que el hombre tenga la vida, baja a los abismos de la muerte para llevar al hombre a las alturas de Dios, no tiene miedo “obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Fl 2,8).  

(…) ¡Queridos hermanos y hermanas! Toda la vida del Venerable Juan Pablo II se desarrolló en el signo de esta caridad, de la capacidad de donarse de forma generosa, sin reservas, sin medidas, sin cálculo. Lo que lo movía era el amor hacia Cristo, al que había consagrado su vida, un amor sobreabundante e incondicionado. Y precisamente porque se acercó cada vez más a Dios en el amor, pudo hacerse compañero de viaje para el hombre de hoy, dispersando en el mundo el perfume del Amor de Dios.  

(…) En la Homilía por el XXV aniversario de su Pontificado, él confió haber sentido fuerte en su corazón, en el momento de la elección, la pregunta de Jesús a Pedro: “¿Me amas? ¿Me amas más que estos? (Jn 21,15-16); y añadió: “Cada día tiene lugar dentro de mi corazón el mismo diálogo entre Jesús y Pedro. En el espíritu, fijo en la mirada benévola de Cristo resucitado. Él, aun consciente de mi fragilidad humana, me anima a responder con confianza, como Pedro; “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero” (Jn 21,17). Y después me invita a asumir las responsabilidades que él mismo me ha confiado” (16 octubre 2003). ¡Son palabras llenas de fe y de amor, el amor de Dios, que lo vence todo!

“El Triduo Santo, núcleo esencial de la fe”, Audiencia general, 31 de marzo de 2010.

(…) Os exhorto por tanto a vivir intensamente estos días para que orienten decididamente la vida de cada uno a la adhesión generosa y convencida a Cristo, muerto y resucitado por nosotros.

(…) Con un rito sugestivo recordaremos, también, el gesto de Jesús que lava los pies a los Apóstoles (cfr Jn 13,1-25). Este acto se convierte, para el evangelista, en la representación de toda la vida de Jesús y revela su amor hasta el final, un amor infinito, capaz de capacitar al hombre para la comunión con Dios y hacerle libre.  

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, de modo particular a los numerosos jóvenes que participan en el encuentro universitario internacional UNIV dos mil diez, (…). Os invito a todos a que tengáis muy presentes en vuestras oraciones a los sacerdotes que mañana, en la Misa Crismal, renovarán sus promesas sacerdotales junto a sus Obispos. Pidamos para que creciendo cada día más en fidelidad y amor a Cristo, sean en medio de sus hermanos mensajeros de esperanza, reconciliación y paz. A todos os deseo una santa y feliz Pascua de Resurrección. Muchas gracias por vuestra visita.

[En italiano dijo] Al dirigir una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua italiana, saludo a los universitarios, procedentes de diversos países, que participan en el Congreso internacional promovido por la Prelatura del Opus Dei. Queridos amigos, habéis venido a Roma con ocasión de la Semana Santa para una experiencia de fe, de amistad y de enriquecimiento espiritual. Os invito a reflexionar sobre la importancia de los estudios universitarios para formar esa “mentalidad católica universal” que san Josemaría describía así: “amplitud de horizontes y profundización vigorosa de lo que está permanentemente vivo en la ortodoxia católica”. Que crezca en cada uno el deseo de encontrar personalmente a Jesucristo, para dar testimonio de él con alegría en cada ambiente.

Homilía de Benedicto XVI en la Vigilia Pascual, Cristo, “hierba medicinal contra la muerte”, 3 de abril de 2010.

(…) Esta renuncia – sin tantos gestos externos – sigue siendo también hoy una parte esencial del Bautismo. En él, quitamos las “viejas vestiduras” con las que no se puede estar ante Dios. Dicho mejor aún, empezamos a despojarnos de ellas. En efecto, esta renuncia es una promesa en la cual damos la mano a Cristo, para que Él nos guíe y nos revista. Lo que son estas “vestiduras” que dejamos y la promesa que hacemos, lo vemos claramente cuando leemos, en el quinto capítulo de la Carta a los Gálatas, lo que Pablo llama “obras de la carne”, término que significa precisamente las viejas vestiduras que se han de abandonar. Pablo las llama así: “fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, celos, rencores, rivalidades, partidismo, sectarismo, envidias, borracheras, orgías y cosas por el estilo” (Ga 5,19ss.). Estas son las vestiduras que dejamos; son vestiduras de la muerte.

(…) Sí, la hierba medicinal contra la muerte existe. Cristo es el árbol de la vida hecho de nuevo accesible. Si nos atenemos a Él, entonces estamos en la vida. Por eso cantaremos en esta noche de la resurrección, de todo corazón, el aleluya, el canto de la alegría que no precisa palabras. Por eso, Pablo puede decir a los Filipenses: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres” (Flp 4,4). No se puede ordenar la alegría. Sólo se la puede dar. El Señor resucitado nos da la alegría: la verdadera vida. Estamos ya cobijados para siempre en el amor de Aquel a quien ha sido dado todo poder en el cielo y sobre la tierra (cf. Mt 28,18). Por eso pedimos, seguros de ser escuchados, con la oración sobre las ofrendas que la Iglesia eleva en esta noche: Escucha, Señor, la oración de tu pueblo y acepta sus ofrendas, para que aquello que ha comenzado con los misterios pascuales nos ayude, por obra tuya, como medicina para la eternidad. Amén.

Mensaje de Pascua de Benedicto XVI “La Pascua es la verdadera salvación de la humanidad”, 4 de abril de 2010.

(…) Queridos hermanos y hermanas. La Pascua no consiste en magia alguna. De la misma manera que el pueblo judío se encontró con el desierto, más allá del Mar Rojo, así también la Iglesia, después de la Resurrección, se encuentra con los gozos y esperanzas, los dolores y angustias de la historia. Y, sin embargo, esta historia ha cambiado, ha sido marcada por una alianza nueva y eterna, está realmente abierta al futuro. Por eso, salvados en esperanza, proseguimos nuestra peregrinación llevando en el corazón el canto antiguo y siempre nuevo: “Cantaré al Señor, sublime es su victoria”.

 

 

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2 ideas sobre “Selección de palabras de Benedicto XVI esta Semana Santa

  1. Palabras bellas e inspiradora para el futuro de nuestra juventud…, que Dios siga iluminando y llenando de bendiciones al Papa Benedicto XVI, como fue nuestro querido y nunca olvidado Juan Pablo II…
    Bendiciones.
    L La Villa.

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