Rigideces (II)

Hola, soy Julio otra vez. Gracias por responder tan rápido a mi comentario. En todo caso, me parece que te has quedado en la anécdota de lo que yo hablaba, o quizá es que no me he explicado bien. Entiendo que el Fundador de la Obram en sus escritos, dejó claro que él amaba la libertad. Pues bien, lo que intento decirte es que, en la práctica (quizá porque es imposible que una institución funcione de otra manera), hay muchos encorsetamientos. Y, evidentemente, los que más "sufren" eso son los numerarios/as. Pero los demás, a su nivel también. La cuestión es saber respetar la libertad, ayudando a ejercerla con responsabilidad. Ese debería ser el objetivo. Pero se corre el riesgo de que mucha gente, a base de ejercitar esa libertad, pueda enfrentarse con realidades o situaciones que le lleven a optar por otras posibilidades. Y lo cómodo, para la institución, es eliminar esas opciones. Es decir, sustituir la voluntad de esas personas (amparándose en la idea de la obediencia), convenciéndolas de antemano que esto o aquello no les conviene. Los ejemplos van desde los libros que uno debería o no leer (las menares de decirlo son muy diversas en función de personas y edadas), hasta los tipos de actitudes que uno debe tener con personas del otro sexo, hasta cortar determinadas escenas de películas en centros donde la persona más joven tiene 45 años. Eso significa no confiar, no fiarse de la madurez de las personas. Y si esas personas no son maduras, ¿de qué me sirven? ¿Es mejor que seamos más, aunque muchos no sepan muy bien por qué están aquí, o que seamos menos, pero responsables? Es un dilema muy difícil de resolver para cualquier institución. Pero yo prefiero optar por la libertad, aun a riesgo de quedarme con menos gente. Durante mucho tiempo, cuando en la Obra planteaba estas cuestiones, se me dijo que yo era parte de la solución a esos problemas, por mi manera de enfocarlos y de ver la vida cristiana. Te habla una persona que ha ocupado cargos de responsabilidad durante quince años, y que se ha mostrado siempre dispiesta a hacer lo que se le pedía. A lo mejor es un problema de entrega, como dices tú. Yo creo que no. Quizá aspiraba a un ideal, a cambiar algo que me parecía mejorable, y me sentí defraudado por mucha gente que decía que confiaba en mí, y que luego, desde sus puestos de responsabilidad, no demostraban esa confianza con sus actitudes. En fin, no quiero aburrirte ni aburrir a los lectores de este blog. Ni siquiera sé si estoy actuando correctamente ahora, pero lo que más valoro de la gente es que sepa hablar sin tapujos, con sinceridad y valentía, de las cosas de la vida. Y creo que, en tu caso, no se puede negar que, al menos, lo intentas, como lo intento hacer yo. Un abrazo, Julio

Julio: te agradezco que vuelvas a escribir y el tono de tu mensaje.

No quiero polemizar, igual que tú. Y me parece bien.

Sólo una idea, que quizá ilumina la cuestión: la flexibilidad, la jugosidad de una vida de amor, nace de un trato muy íntimo con Jesucristo. He puesto adrede "muy", porque sin ser contemplativo no se puede perseverar en el Opus Dei. Sin una vida de oración, de locura de amor por Cristo, todo lo demás es una careta inerte, un conjunto de comportamientos externos, con hedor de muerte y de aburrimiento. Y eso es todo lo contrario del espíritu del Opus Dei y de cualquier vida cristiana.

Por eso dije ya aquí algunas veces que los "rígidos" acaban fuera, si no se corrigen. Se hacen daño a sí mismos y a los demás. Lo que no es de recibo, desde mi punto de vista, es que encima se quejen.

Rigideces (II)
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