Recuerdos de un corresponsal

Eugenio Montes, De la Real Academia Española
Articulo publicado en ABC Madrid, 27–VI–78
El 26 de junio de 1975 el cielo estaba azul y yo estaba en mi casa del Pincio viendo desde el balcón, en la lejanía, la cúpula de San Pedro sobre el Monte Vaticano, el Monte de los Vaticinios.

Sonó el teléfono. Me dieron la noticia escuetamente: «Ha muer­to Monseñor Escrivá de Balaguer». Ni una sílaba más, tal vez por­que ante lo decisivo sólo el silencio es grande; el resto, debilidad.

Pero salí a preguntarles a sus amigos. No se encontraba enfermo. En cualquier caso no le había comunicado a nadie inquietudes acer­ca de su salud.

El 26 de junio había madrugado, como siempre. La del alba sería cuando salió a tener una plática con unas hijas suyas en Cas­telgandolfo. Como Santa Teresa de Jesús, este hombre de virtudes heroicas podía decir: «Hijas, cosas son éstas para entretener la espera».

Una vez exclamó: «Debemos acoger la muerte con sereno gozo. Cuando el Señor quiera y donde quiera».

El Señor quiso que a este hombre pirenaico la muerte le acon­teciese en Roma, su lugar predilecto. Entre las siete colinas, donde se asienta «la reliquia universal del suelo», porque «no hay parte en ti que no sirva de ejemplo/de santidad, así como trazada/de la ciudad de Dios al gran modelo». (Cervantes).

Yendo al funeral encuentro a Lozoya. Me dice: «Hay pocos españoles universales: algunos exploradores de Indias, un pequeño acervo de escritores y artistas, algunos fundadores religiosos». Monseñor Escrivá era de éstos. Su Obra se extiende por 80 países y cuenta con más de 70.000 adeptos fervorosos.

Se ha señalado que la Cristiandad aprendió de los españoles a rezar: el Credo es creación del cordobés Osío tanto como de Anas­tasio; la Salve, arco iris celeste, del gallego San Pedro de Mezonzo; el rosario, de Santo Domingo.

A mí en Roma me atraen, sobre todo, las huellas de nuestros hombres con virtudes heroicas. Cruzo, recruzo el patio de San Dámaso. Entro en los siete templos que aún quedan de los 27 dedi­cados a San Lorenzo. Me siento en el Aventino a la sombra del naranjo plantado por el de Caleruega. Veo en el Palatino la palmera de San Buenaventura de Barcelona. Recorro el barrio en donde San Ignacio pronunció su impresionante frase: «Usar los medios naturales como si no hubiese los sobrenaturales; usar los medios sobrenaturales como si no hubiese los naturales». «Sentencia es de maestro», concluyó Gracián.

Juntar lo sobrenatural con lo natural, acercarnos a lo sobrena­tural con naturalidad absoluta, ha sido el don, sencillamente pro­digioso, de Monseñor Escrivá de Balaguer. Su santo y seña reza: «Santificar la vida cotidiana, en medio de su aparente monotonía, de sus quehaceres, de sus trabajos». Con certera imagen proclamó: «En la línea del horizonte parecen unirse Cielo y Tierra, pero en donde en verdad se unen es en los corazones cuando se vive san­tamente la vida ordinaria».

Según el cardenal Baggio, su innovación más profunda consiste en el llamamiento universal a la santidad; el trabajo como lugar de encuentro con Dios y con los hombres: innovación confirmada pos­teriormente por el Concilio Vaticano II. Idea feliz esta invitación a amar el mundo apasionadamente, descubriendo el valor sobre­natural de las circunstancias normales de la vida, incluidas las más prosaicas y materiales.

En 1946 vino a residir a Roma. Vivía en un apartamento humil­de de la «Città Leonina», frente a las medio derruidas torres que en el siglo IX elevó León IV. Yo lo encontré al lado de la muralla, el día inaugural del Año Santo, en tiempo de Pío XII. «Así, así, católico, apostólico, ¡romano! Me gusta que vengas en romería».

«VIDERE PETRUM»

La primera persona que en la urbe lo alentó intensamente fue Montini, porque entonces necesitaba ayuda para superar las sus­picacias y obstáculos que todo fundador encuentra.

Algunos miembros de la Obra actuaron y actúan en política. «Como los demás ciudadanos – aclara el fundador–, pues sus res­ponsabilidades son individuales».

En cuanto a él mismo, Monseñor Escrivá de Balaguer confesaba que no sentía la política ni la sociología. Alguna vez expresó rotun­damente: «Me disgustan».

Al cabo, su fe, su esperanza su caridad triunfaron. En el funeral por su alma, monseñor Be Nelly leyó un emocionado mensaje del Sumo Pontífice. La capilla ardiente estaba como envuelta en púr­pura, pues al parpadeo de los hachones reconocí, con el nuncio apostólico Carboni, a los cardenales Palazzini, Rossi, Felice…

El cardenal Deskur anunció: «Espero ser el primer obispo que postule la beatificación de Monseñor. He ofrecido la misa por su glorificación». Quien hoy rige la diócesis ambrosiana lo compara a San Fran­cisco de Sales. Los ingleses evocan ante él a Tomás Moro. Yo pienso en San Felipe de Neri, por su continuo rebullicio de frases chispeantes. El cristianismo es sufrir los unos por los otros, pero nada hay tan católico como alegrarse los unos con los otros. Luminoso misterio de la Comunión de los Santos.

La alegría, a Monseñor Escrivá de Balaguer le manaba del cora­zón desbordante, de su bondad profunda. Venía del fondo. Los que hace tres años acompañaban sus restos mortales a la última morada terrena veían en esa alegría un rocio venido de lo alto, un rocío celeste.

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