Ordenación de los tres primeros sacerdotes

 

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Antares
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Ordenación de los tres primeros sacerdotes

Mensajepor Antares » 25 Jun 2016, 08:45

El domingo, 25 de junio de 1944, fue día de gran fiesta. Los ordenandos se despidieron del Padre en Diego de León y se fueron en coche al Palacio Episcopal, en cuya capilla iba a tener lugar la ceremonia.

Como era de esperar, el público no cabía en el recinto sagrado y la masa de asistentes, compacta y apretada, rebasaba los espacios vecinos al oratorio.

A las diez en punto salió a oficiar don Leopoldo. No bien hubo acabado la misa y se desvistieron los nuevos sacerdotes en la sacristía, la multitud se abalanzó a besar las manos recién consagradas.

Muchos, con el beso, depositaban alguna que otra lágrima. Entre los asistentes había gente de la Nunciatura y de Palacio, clérigos de Madrid y de provincias, parientes, amigos y conocidos, gente de la Obra y representantes, en gran número, de Órdenes y Congregaciones: Jerónimos, Dominicos, Escolapios, Agustinos, Marianistas, Paúles… (186).

Mientras tanto, el Fundador había estado celebrando misa, a la misma hora, en el oratorio de Diego de León, ayudado por José María Albareda.

Comió don Leopoldo en Diego de León con los nuevos sacerdotes y algún invitado. Entrada la tarde el Padre le fue presentando a los miembros de la Obra que estaban ese día en Madrid, algunos procedentes de otras ciudades, como Bilbao o Barcelona. El salón azul de la planta baja se abarrotó pronto de gente joven.

Duró algún tiempo la ceremonia familiar; porque el Padre describía con gusto los méritos y habilidades de cada uno de sus hijos, y el Sr. Obispo andaba también de muy buen humor ese día, aunque la jornada fue de mucho ajetreo para el Prelado.

Sonaba continuamente el teléfono o se presentaba una visita para felicitar a los ordenados o dar la enhorabuena a don Josemaría.

Aprovechando, pues, unos momentos en que éste tuvo que ausentarse, el Sr. Obispo despachó lo que sentía, a la vista de aquel bien nutrido grupo de jóvenes.

Les habló del enorme gozo que le había dado ordenar a esa primera promoción de sacerdotes. Recordó las persecuciones sufridas por la Obra en los últimos años, permitidas por el Señor para permitidas por el Señor para sacar de todo ello mucho bien, y les confesó que experimentaba una gran alegría y tranquilidad al saber que, a pesar de lo sufrido, no guardaban ningún resentimiento ni se había menoscabado su afecto a quienes fueron instrumento de esa campaña. "¡Cuántas lágrimas han costado a tantas madres esas calumnias con que se os tildaba de herejes y masones!", les decía (187).

Se refirió luego al Padre, a la misión específica recibida de Dios para dirigir la Obra y para formarlos. Él es quien tiene las gracias conducentes a ese fin: "Cuiden Vds. mucho al Padre, que lo necesita y nos hace mucha falta".

Prosiguió hablando de la carga ingente que pesaba sobre las espaldas del Padre, y de su salud, quebrantada por las preocupaciones y desgastada por trabajos y sufrimientos:
"Una prueba de lo cansado que está -bromeó cambiando de tono- es que esta mañana no se ha atrevido a ir a la ordenación por miedo de no poder contener su emoción y que le viésemos llorar como a un abuelito; y como hasta de quedarse solo en casa tenía miedo, llamó a don José María Albareda para que le acompañase…

Aunque también pudo ser -continuó el Obispo en tono grave-, el sacrificio de una cosa muy querida: como voy a disfrutar tanto, me quedo" (188).
Terminó su charla con unas palabras de cariño y les dio su bendición.

Salieron a despedir a don Leopoldo y antes de subir al coche el Sr. Obispo quiso hacerse una foto abrazado al Padre.

A media tarde fueron todos al oratorio a hacer la oración, siguiendo las palabras del Padre. Comentaba unas frases de san Pablo que había recogido en una ficha, diez años atrás. Insistía en la oración y en el sacrificio, fundamento de la vida interior; y en la humildad individual y colectiva. (Estas palabras evocaron en muchos, posiblemente, el sacrificio escondido y humilde del Fundador, renunciando a presenciar la ceremonia de ordenación en la capilla de Palacio).

Cuando los más jóvenes que hay aquí peinen canas -o luzcan espléndidas calvas, como algunas que se ven-, y yo, por ley natural, haya desaparecido hace ya mucho tiempo, os preguntarán: ¿y qué os decía el Padre el día de la ordenación de los tres primeros? Y les contestaréis vosotros: pues nos decía: que seáis hombres de oración; hombres de oración y hombres de oración (189).

Después les habló de perseverancia y de Cruz. Anunció que pronto marcharían unos cuantos de la Obra a tierras lejanas y terminó comunicándoles que se había recibido un cablegrama de la Ciudad del Vaticano. En él se decía que el Santo Padre había concedido a los tres nuevos sacerdotes que en su primera misa diesen la bendición papal con indulgencia plenaria a todos los asistentes.

Tuvieron bendición solemne con el Santísimo y se cantó un Te Deum.
Continuaron las llamadas, las visitas y la fiesta familiar.

Cuando don Josemaría se retiró a última hora, estaba rendido de fatiga por las fuertes emociones.
FOD

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