Conceden la medalla de Hijo predilecto de Barbastro

 

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Antares
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Conceden la medalla de Hijo predilecto de Barbastro

Mensajepor Antares » 25 May 2016, 08:59

En la fecha y hora en que el Excmo. Ayuntamiento de Barbastro se reunía para tomar este acuerdo, el Fundador estaba recuperándose aún del trajinar apostólico por tierras del continente americano. Y cuando, poco más adelante, llegó a Villa Tevere, se encontró con una carta del Alcalde comunicándole la honrosa distinción otorgada por sus paisanos.

Su prolongada ausencia de Roma, y el hecho de que había prometido volver otra vez a América, le inclinaban a no multiplicar más sus viajes. Pero sus hijos le hicieron ver que no podía rehusar, por tercera vez, el homenaje que querían hacerle en Barbastro.

Más aún cuando el festejo tenía mucho de carácter familiar. De manera que expuso abiertamente al Alcalde sus sentimientos para que los transmitiera a los demás miembros de la Corporación:
Yo también espero con ilusión que el Señor me conceda la gracia de poder reunirme, en fecha próxima, con mis paisanos. Lo espero y lo deseo vivamente, porque estoy convencido de que -aunque me resulta imposible imaginarlo- aumentarán mi cariño y mi oración por Barbastro y su comarca.

Te pido que reces por mí y por mi tarea sacerdotal, invocando a Nuestra Madre de Torreciudad, que tanto bien ha traído y traerá para las almas; yo también pongo a sus pies todas vuestras ilusiones y vuestros trabajos, para que Ella los bendiga y los proteja (241).

El Santuario de Nuestra Señora de Torreciudad estaba a media hora en coche de Barbastro. Al tiempo que asistía a la ceremonia de entrega de la Medalla podría visitar también el Santuario y hacer in situ las últimas indicaciones, si fuera necesario. Así fue cómo, al margen de una decisión personal, a última hora volvió al lugar de su nacimiento.

El viaje estaba fijado para mayo de 1975. Los primeros días de mes el Padre se hallaba fatigado y con la salud un tanto quebrantada, aunque no como para preocuparse excesivamente, ni tampoco para suspender por ello el viaje a España. Esperaron unos días y el 15 salió de Roma para Madrid. Se alojó en su viejo cuarto de la calle de Diego de León, pared por medio con el oratorio de la casa, tan lleno de recuerdos.

Su programa de trabajo, visitas y tertulias en Madrid se iba desarrollando normalmente, pero en vísperas del viaje a Torreciudad y a Barbastro, la noche del 21 al 22 de mayo, sufrió un serio accidente cardíaco y, de resultas, un edema agudo de pulmón, del que, por fortuna, pronto se repuso (242). El día 23 al mediodía se le esperaba en Torreciudad, y no faltó a la cita.

La última vez que el Padre había estado allí fue en abril de 1970, cuando rezó el rosario a pie y bendijo, bajo la lluvia, la excavación donde iría la capilla de los confesonarios. Desde entonces habían pasado cinco años, cargados de trabajo y esperanzas. Y ahora, con la visita del Padre, llegaban los días de gozo y de fiesta. Las doce serían, poco más o menos, cuando se divisó un helicóptero al otro lado del embalse y estalló un alegre repicar de campanas. El helicóptero tomó tierra en la explanada del Santuario y, al descender el Padre, las campanas, echadas al vuelo, derramaban su tañido por montes y valles.

Visitó la ermita y estuvo un rato contemplando el conjunto de las edificaciones que se apiñaban en torno al Santuario: las dos casas de retiros, el Centro de investigadores, la torre, los pórticos… Todo en ladrillo; digno, airoso y movido en las soluciones arquitectónicas. Con material humilde, de la tierra, habéis hecho material divino (243), comentó a los arquitectos.

A primera hora de la tarde, acompañado de un buen grupo de hijos suyos, visitó detenidamente el Santuario. Las proporciones del recinto, las formas -atrevidas y modernas- de la fábrica, lo original de la albañilería, la dignidad y grandeza del altar, llamaron poderosamente su atención. Sentóse en un banco para mejor contemplarlo; alzó los ojos al retablo, todavía con andamiaje, y quedó embelesado.
Desde el fondo de la sillería del presbiterio, hasta el arranque de la cubierta, se elevaba la composición, enmarcada con trenza de eslabones y follaje, y decoración esparcida de cardos, rosas y estrellas.

Componían el centro del retablo: el camarín de la Virgen, con la vieja estatua románica ya restaurada; más arriba, como tema central, la Crucifixión; y encima, el óculo para el Santísimo. Las dos calles laterales de la estructura mostraban pasajes de la vida de la Virgen: Desposorios, Anunciación, Nacimiento de Jesús… Y arriba, como remate del conjunto, la Coronación de la Señora por la Santísima Trinidad.

En las divisorias verticales se dejaron hornacinas para los Santos Patronos e Intercesores del Opus Dei.
La totalidad del cuerpo se había ejecutado en alabastro, material de labra bastante corriente en la región, aplicándosele suaves tonos de policromía.

No se cansaba el Padre de contemplar aquella obra maestra:
Es todo un señor retablo.
¡Qué suspiros van a echar aquí las viejas…, y la gente joven! ¡Qué suspiros! ¡Bien! Sólo los locos del Opus Dei hacemos esto, y estamos muy contentos de ser locos… (244).

Tomaron nota de sus observaciones sobre el sitio donde colocar el órgano, cómo instalar el camarín de la Virgen, e iluminar el Cristo de la capilla del Santísimo.

Al día siguiente, 24 de mayo, el Padre consagró el altar mayor y, terminada la ceremonia de la consagración, dirigió unas palabras a los asistentes, recordándoles que el altar es ara del sacrificio:
Acabo de consagrar otro altar. Los hay por todo el mundo: en Europa, en Asia, en África, en América, en Oceanía.

En estos altares, vuestros hermanos ofrecen al Señor el sacrificio de sus vidas, gustosos, porque el sacrificio con Amor es una alegría inmensa, aun en los momentos más duros. Un poquito de experiencia tenéis todos, pero no exageréis. No hagamos tragedias; vamos a tomar la vida un poco por lo cómico, que hay muchas cosas de las que reír (245).

Siempre que consagro un altar, les decía, procuro sacar consecuencias personales:
Mirad lo que se ha hecho con un altar para consagrarlo a Dios. Primero, ungirlo. A vosotros y a mí nos han ungido, cuando nos hicieron cristianos: en el pecho, en la espalda, con el óleo santo.

Nos han ungido también el día que nos confirmaron. A los sacerdotes nos ungieron las manos. Y yo espero, con la gracia del Señor, que nos ungirán el día de la Extremaunción, que no nos da miedo. ¡Qué alegría sentirse ungido desde el día que nace uno hasta que muere! Sentirse altar de Dios, cosa de Dios, lugar donde Dios hace su sacrificio, el sacrificio eterno según el orden de Melquisedec (246).

Por la tarde, a última hora, le dieron la noticia de la muerte, en Roma, de un hijo suyo, don Salvador Canals. Una vez más se cumplía lo de nulla dies sine cruce. No le faltaba al Padre un nuevo dolor cada día.
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Re: Conceden la medalla de Hijo prefilecto de Bsrbastro

Mensajepor Antares » 25 May 2016, 09:05

Parte II

El domingo, 25, tuvo lugar en el Ayuntamiento de Barbastro la imposición de la Medalla de Oro de la ciudad.

A mediodía comenzó la ceremonia con la lectura, por parte del Secretario, del acta en que se aprobaba la concesión. Luego, impuesta la Medalla, el Alcalde, Sr. Gómez Padrós, leyó su discurso.

Esa fecha marcaba un "reencuentro" del Padre con sus paisanos. Y con este motivo, el Alcalde fue despertando, con ferviente afecto, lejanos recuerdos. Desde los juegos de infancia y el rezo de la salve, la tarde de los sábados, en la iglesia de los escolapios, hasta la ilusión de ver cumplida la empresa del Santuario de Torreciudad.

Luego, contestó el Padre con unas palabras de agradecimiento. Apenas dijo tres frases, cuando interrumpió la lectura del discurso. En su corazón chocaban fuertemente las emociones.

Con el rostro demudado, la voz descompuesta y unas lágrimas a punto de saltar, pidió perdón a los asistentes:
Perdonad. Yo estoy muy emocionado, por doble motivo: primero por vuestro cariño; y además, porque a última hora de ayer recibí un aviso de Roma comunicándome la defunción de uno de los primeros que yo envié para hacer el Opus Dei en Italia. Un alma limpia, una inteligencia prócer […].

Ha servido a la Iglesia con sus virtudes, con su talento, con su esfuerzo, con su sacrificio, con su alegría, con este espíritu del Opus Dei que es de servicio. Yo debería estar contento de tener uno más en el Cielo, ya que tan frecuentemente en una familia tan numerosa tiene que suceder un hecho de este género.

Pero estoy muy cansado, muy cansado, muy abrumado. Me perdonaréis, y estaréis contentos de saber que tengo corazón. Sigo (247).

Y prosiguió la lectura.
Por la tarde el Padre salió a la explanada del Santuario y, bajo los soportales, iba recorriendo las piezas de cerámica en las cuales se representaban los misterios del Rosario; cada uno de ellos con un altar adosado.

Andando rezó el Padre el rosario con el grupo que le acompañaba, y lo acabaron en la cripta, en la capilla de la Virgen del Pilar.

Luego preguntó el Padre por un confesonario en condiciones y allí mismo se confesó con don Álvaro; y, después, éste con el Padre, dando así por inaugurados los confesonarios de Torreciudad (248).

FOD (Vázquez de Prada)
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