Motivación

Atrás quedan casi dos semanas en las que ritmo ha sido increíblemente rápido y el tiempo escaso. Han sido momentos en los que cada minuto era una joya, cada unos de ellos perdido se transformaba en un valor menos para "mi cuenta corriente" en el Banco del Tiempo.
Además de todos los charcos en los que estoy metido, me han hecho una oferta para volver a entrenar la próxima temporada. Es de un equipo que está en la misma categoría que en el que estoy actualmente realizando labores de coordinación. Me he dado un tiempo para pensar, ya que en el momento de tomar la decisión, ese mismo día, también hablaré con el club al que pertenezco y comunicarle la situación.

En esta situación, la de la oferta, intento valorar todo: proyecto deportivo, ambiente de trabajo, disponibilidad para atender las necesidades materiales en lo deportivo, situación económica, composición del cuerpo técnico, composición de la plantilla y … que tenga el suficiente tiempo para seguir recibiendo los medios de formación que recibo en el Opus Dei. Aunque esto lo haya puesto en último lugar, es lo primero que tengo en la cabeza.

En el mes de mayo pasado dejé de ejercer como entrenador. La verdad es que me he acostumbrado a este ritmo y apenas hacía de menos esta práctica. Me motiva, me ilusiona, el proyecto deportivo que me han planteado y me halaga, me llena de responsabilidad, que hayan pensado en mí para llevarlo a término, pues el objetivo es subir de categoría.

Intento trasladar esto, la motivación, al plano de la vida cristiana.

Muchas veces caemos en el acostumbramiento al realizar las cosas y esos hábitos nos pueden llevar, por mecanizarlos, a dejar de considerarlos como actos de amor a Dios, se va perdiendo la alegría viva del primer momento, el amor de un primerizo en estos actos. Se nos puede pasar el entusiasmo. No es ninguna tontería, conozco casos, sin ir muy lejos, en los que se empieza a manejar esta excusa y no somos (meto a todos) capaces de llegar a la causa de esa circunstancia. Nos hemos aburguesado, nos hemos acomodado e intentamos ajustar nuestro trabajo, nuestra vida de piedad, la relación con nuestros familiares y amigos, a meros actos sociales en el que el objetivo es simplemente cumplir el expediente. Perdemos el fin último de nuestra existencia: amar a Dios. Nos convertimos de pleno en nuestro primer y único prójimo.

Hace tiempo ya llegué a la conclusión, aunque cuesta y no siempre sale, que la motivación está en la lucha y que si lucho tendré motivación. Cuando vamos en el tren, hay túneles y en el momento de pasar por ese lugar, perdemos de vista la maravilla del paisaje. Pero el túnel finaliza, a veces se hace eterno, pero se acaba.

Hay que dar gracias a Dios, porque a pesar de cómo le tratamos siempre está ahí y lo hace por medio de los Sacramentos: Confesión y Eucaristía. Nos perdona y se nos da ¿Qué más queremos?. Él quiere, lo desea más que nosotros, que le queramos. El amor está en los pequeños detalles, como por pequeños detalles se han perdido muchos partidos de fútbol sala. Y tengo experiencia en los dos casos.
Vota esta noticia

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *