Mi encuentro con su personalidad y su Obra

Mons. Johannes Pohlschneider, Obispo de Aquisgrán
Artículo publicado en DEUTSCHE TAGESPOST
Würzburg, 11–VII–75
Cuando el día 27 recibí por teléfono la noticia de la muerte total­mente inesperada del fundador y presidente general del Opus Dei, me quedé profundamente consternado y conmovido. Me resultó como si, de repente, una estrella luminosísima se hubiese apagado en el cielo de la Iglesia.

Durante los últimos veinte años, en numerosos encuentros con esta personalidad de sacerdote, verdaderamente única, y con su obra, he recibido impresiones que no podré olvidar jamás.

Siempre que le he encontrado -por ejemplo, durante el Con­cilio Vaticano II, o también el año pasado-, me ha parecido un hombre del todo extraordinario, de altas dotes intelectuales. Pero mucho más potentes aún que las fuerzas de su inteligencia eran los impulsos que su corazón irradiaba a su alrededor. Espontáneamen­te me viene a la cabeza lo que dice la Iglesia del gran apóstol de la juventud don Bosco, en el Introito de la Misa en la fiesta de este Santo: Dedit illi Deus sapientiam et prudentiam muham nimis, et latitudinem cordis quasi arenam quae est in littore maris. Esa latitudo cordis en la que cabían todos y todo, pero muy especialmente el Amor de Dios y del prójimo, era la característica esencial de este sacerdote. Amaba, quería a los hombres en el sentido más verda­dero de esta palabra, y se preocupaba y cuidaba de ellos. Cuando hablaba de su preocupación apostólica por la salvación de los hom­bres, entonces parecía no sólo que temblase su corazón, sino que vibrase al mismo tiempo el cuerpo entero. Su celo de almas no conocía límites. No se paraba ni ante pueblos ni ante países ni ante con­tinentes. Y siempre pensaba en el bien del hombre entero. En el bien terreno, pero muy especialmente en la salvación eterna. Todo su pensar estaba, en el fondo, anclado en lo sobrenatural. Para él, la fuente inagotable de fuerza era su fe católica: la fe en la Reve­lación Divina tal como Cristo nos la ha entregado y como la Iglesia la guarda y transmite. Aquí no conocía concesiones ni compromisos con el variable espíritu del tiempo. Ante todo, la fidelidad al Papa y a los obispos; ésta era, a sus ojos, una condición imprescindible para cualquier eficaz labor de almas.

El Opus Dei es un fenómeno asombroso de nuestro tiempo. Aunque comenzó sólo en el año 1928, cuenta ahora con unos 60.000 socios de 80 países del mundo, hombres y mujeres de las más diversas condiciones sociales y profesionales. Con frecuencia, he tenido ocasión de observar su vida y su labor muy de cerca, no sólo en Alemania, sino en otros países, como especialmente en España, Italia, en Kenia y en Nigeria, etcétera. En todas partes he visto su empeño admirable, prudente, desinteresado por la edifi­cación del Reino de Dios, su amor a la Iglesia y su piadosa vida de oración. A menudo creía poder sentir cómo en todos ellos estaba presente el espíritu del fundador. Estoy firmemente convencido de que Monseñor Escrivá era el instrumento elegido de Dios. Y el Opus Dei es una obra verdaderamente providencial, que habrá de contribuir decisivamente a sacar a la Iglesia de un tiempo de gran confusión espiritual y a reconducirla a nuevas orillas de un futuro mejor.

Monseñor Escrivá ha muerto. Los 60.000 socios del Opus Dei lloran la muerte del padre que se les ha ido. Pero después de su muerte le guardarán su fidelidad interior, porque saben lo que le deben. Pueden decir, con palabras de Lacordaire: «La felicidad más grande que un hombre puede encontrar en la tierra es haber encon­trado en la vida a un verdadero hombre según el corazón de Dios, a un auténtico sacerdote». El Opus Dei que él ha dejado en la tierra está firmemente ensamblado en sus estructuras, tal como su fun­dador, prudente hombre de derecho, lo ha concebido. Pero nunca las solas estructuras podrán garantizar la estabilidad de una obra edificada por hombres; es el espíritu el que da vida. Confiamos en que el espíritu de su fundador no se perderá jamás en la Obra.

El espíritu del fundador es, ante todo, el espíritu del amor, del Amor a Dios y a los hombres. Decía, como el apóstol Pablo: Caritas Christi urget nos. Y: «Ay de mí, si no anunciara el Evangelio».

Lo que debe seguir vibrando en el Opus Dei –y seguirá vibran­do- es especialmente también el fuego del entusiasmo de su fundador. A él le empujaban las palabras de Cristo Ignem veni mittere in terram, et quid volo, y ¿qué otra cosa quiero sino que el empeño por el Reino de Dios no sea un empeño por una causa perdida?. El creía en la victoria de Cristo y de su Iglesia. Haber pasado a los que le han seguido esta confianza, llena de fe, éste es el misterio de su personalidad arraigada completamente en Dios. Seguro que, desde la eternidad, sigue llamando a todos sus discípulos que ha dejado en la tierra, como en su tiempo San Agustín: «¡Amad lo que creéis. Anunciad lo que amáis!».

Mientras permanezcan vivos en el Opus Dei el espíritu apos­tólico y el optimismo seguro que animaban al fundador, no hemos de temer por su futuro. Sigue siendo válido lo que dijo el Papa Pío XII hace ya más de veinte años: «El futuro pertenece a los que creen, no a los incrédulos ni a los que dudan. El futuro será de los valientes…, no de los hombres de poca fe ni de los indecisos. El futuro será de los que aman, no de los que odian. La misión de la Iglesia en el mundo, lejos de llegar a su fin, va al encuentro de nuevas pruebas y de metas nuevas».

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