Me hice del Opus Dei lentamente y sin que nadie me obligara a nada

No fue necesario hacerle un reportaje, Bibiana me llamó por teléfono hace unos días, porque leía mi blog en opusdeialdia.es y quería hablar de su experiencia para ayudar tal vez a otros. Nos sentamos en mi casa y me relató lo siguiente: “Primero quiero que sepas de mi conversión, porque sin ella nada tendría sentido. En 1999 era una chica de 20 años, presbiteriana, mis padres lo eran también. Pero lo cierto es que yo no creía ni practicaba. Pensaba que algo existía sin saber hasta que punto podía haber un Dios tan maravilloso.  
Durante  ese año comenzó a gustarme un chico católico y del Opus Dei –yo no sabía muy bien de que se trataba ni si lo era realmente-  que congenió conmigo bastante. Me invitó a ir con él un sábado a visitar y trabajar con familias de asentamientos muy pobres en las afueras de Buenos Aires. Me pareció fabulosa la tarea que hacían. Y en una de nuestras conversaciones salió que yo no  era católica ni tenía fe. Ni siquiera creía en la Virgen, a Quién ellos dedicaban esas tareas de los sábados.  
Este chico me propuso asistir a clases de Catecismo –que dictaban en un club de chicas de la Obra… aunque sea para conocer la fe católica. Y accedí, aunque sólo fuera por cultura. Poco a poco, fui conociendo las verdades de fe, aprendí a rezar el Rosario…. Rezaba pidiéndole que Dios me diera la fe –la que tenía mi amigo- y me fui formando. Un día entré en el oratorio del club y otra chica me explicó que Dios estaba en el Sagrario. Lo primero que hizo fue enseñarme a hacer la genuflexión, entonces, me dijo que, además del gesto, había que acompañarla de algo más y me sugirió que podía decir: “Señor, creo firmemente que estás aquí”. Y así lo hice, creyendo -¡ni yo me lo podía creer!- que Dios estaba en el Sagrario. Dios me dio la fe que le pedía porque empecé a creer aquello que le decía, a hacer oración.  
El siguiente paso, era decirle a mis padres que quería bautizarme. Se lo dije y me contestaron que no, que “nosotros éramos presbiterianos y yo ya estaba bautizada en esa iglesia”, Mientras tanto ese chico que me invitó aquel sábado, ya no era solo alguien con quién congeniaba, éramos excelentes amigos y pronto fuimos novios. Cuando cumplí 21 años, le pedí a mi padre como regalo de cumpleaños mi Conversión de fe, porque era cierto que ya estaba bautizada, y me volvió a decir que no. Como ya era mayor de edad, decidí “tomar las riendas” por mi sola. Ese año hice mi Conversión delante del párroco de mi novio, me confesé, recibí la Primera Comunión y me confirmé, todo junto. Mi familia no asistió a la ceremonia, pero estuve muy arropada por Rafael
-mi novio- y todas las chicas del club.

Cuando comenzamos a hablar de casarnos, me presentaron a una madre joven, simpática y con muchos hijos. Me dio clases para prepararme como futura esposa. Fue una experiencia alucinante: Yo iba todos los viernes a su casa y ella me daba charlas de arreglo de la casa, de la diferencia y complemento del hombre y la mujer, del Sacramento del Matrimonio. Un día, le pregunte-después de dos meses- si ella era del Opus Dei… Y sí, era supernumeraria. Me había llamado la atención que a pesar de que todos sus hijos llegaban del cole, cuando nos atrasábamos un poco, ella les daba un gran beso a cada uno, les preguntaba como les había ido y les decía tranquilamente: “El té está en la mesa, en cinco minutos estoy con uds. “ Terminábamos en ese tiempo y nos despedíamos hasta el viernes siguiente. Aunque varias veces me quedé  con ella y sus hijos. ¡Y fue fantástico! Viéndola a trabajar, me enseñó que el gran secreto era ofrecer a Dios su labor diaria… y poco a poco mi propio trabajo me fue gustando cada día más y lo ofrecía al igual que ella.. Dios me fue mostrando mi vocación así: Sin que nadie me obligara a acortar los tiempos, lentamente. Y le dije a mi amiga-profesora que deseaba ser del Opus Dei. No me dijeron que sí enseguida, pero cuando nos casamos en diciembre del 2000, yo ya era de la Obra. Una vez le pregunté porque no me había dicho que era supernumeraria. Y me contestó: “Me pareció que Dios buscaba el que te dieras cuenta sola y que vieras tu vocación”. Hoy no me cambió por nadie, me apasiona mi trabajo, mi casa, ocuparme de mi marido y mis cuatro hijos y, por supuesto, mi vocación. La relación con mis padres mejoró. Además los dos son cooperadores-no católicos del Opus Dei.. Rezo por ellos, para que encuentren la verdadera fe… como yo encontré la mía y mi vocación, sin presiones, lentamente y sin que nadie me obligara, ni mi novio, ni las chicas del club ni esa amorosa que me enseño tanto de la vida en familia, de cómo ser una buena esposa y madre y del sacramento del Matrimonio. “.

Me hice del Opus Dei lentamente y sin que nadie me obligara a nada
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