Los demás y nuestro buen criterio

Blanco o negro, a veces podemos funcionar en base a estos colores. Perdemos de vista la gran gama de grises que proporcionan las distintas mezclas de esos tonos. Encasillamos, o "tachamos", a las personas con motivo de algún acto, de algo en lo que desgraciadamente no optaron por una buena elección, según nuestro criterio. Incluso, aunque estuviéramos nosotros en posesión de la verdad, nada nos concede el derecho de sentenciar a nadie. Debemos ilustrarnos antes, como elemental medida de prudencia, del por qué de ese detalle, qué llevo a realizarlo.

Nos convertimos en poseedores del recto y buen criterio de hacer las cosas, del no me equivoco, ¡si se fijaran más en mi verían cómo se deben hacer las cosas!… y no caemos en la cuenta que alguna vez, algún día, caeremos también en alguna equivocación, o por lo menos que podemos hacerlo. Vamos analizando lo que hacen los demás, sin considerar en cómo hacemos eso nosotros. Es bueno mirar dentro.
Sí es cierto que a los errores hay que llamarlos por su nombre, pero a las personas hay que tratarlas con cariño, con exigencia pero con cariño. Todos nos merecemos tener la posibilidad de rectificar nuestras malas obras. En el deporte, en mi deporte, la tenemos en el siguiente partido. Con un amigo, pidiendo disculpas, en el caso contrario aceptarlas. En nuestra vida, tenemos la confesión. Si Jesús nos persona ¿quién o qué nos convierte a nosotros en jueces inflexibles?

Hay que saber querer a la gente. Hay que saber perdonar, también hay que saber pedir disculpas. Pero lo que más hay que hacer es saber escuchar a las personas, conocer, querer saber sinceramente de las preocupaciones de los nuestros -con delicadeza y sin llegar a la indiscreción- para poder ayudarles del mejor modo. Que sientan, ¡qué tengan!, en nosotros consuelo y ánimo.

Todos queremos lo mejor para los que nos rodean. No hay nada que arrastre más como el cariño. Tenemos mucho donde leer para aprender, acudiendo al Evangelio.

En días como estos es cuando me gusta escuchar a Los Secretos.
Los demás y nuestro buen criterio
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