Labor diaria

Labor diaria Opus Dei

Desde el primer sonido del despertador por la mañana comienza la pelea del día. Es importante vencer en ese primer asalto, de él suele depender la organización del resto del día.
La noche anterior, aunque tengo un horario habitualmente definido, programo lo que haré al día siguiente, cada día tiene su afán. Lo primero que hago es, sabiendo las tareas que tengo que realizar, ajustar la hora de cada norma o práctica de piedad. A partir de ahí, todo me va mejor, aunque reconozco que la lucha contra el reloj, la comodidad, la pereza y a veces también los imprevistos no son siempre triunfales. Lo bueno es que tengo la posibilidad de rectificar y el día siguiente vencerme en esa cuestión.

Es importante terminar el día haciendo un examen de conciencia: "Examen. —Labor diaria. —Contabilidad que no descuida nunca quien lleva un negocio. ¿Y hay negocio que valga más que el negocio de la vida eterna?" (Camino, punto 235). Si nuestro examen es sincero, nos ayudará a descubrir las raíces de nuestros defectos, el inicio de un posible descamino. Es también un gran momento para pedir perdón al Señor y acudir a nuestro Custodio, que siempre está a nuestro lado, para que tengamos luces y pongamos propósitos para que evitemos faltas concretas, esforzarnos en alguna virtud, alejarnos de la tentaciones o que sepamos aprovechar las ocasiones que se nos presenten al día siguiente para mejorar.

El día podrá haber sido malísimo, cualquier complicación nos puede haber tirado por los suelos todo lo que teníamos previsto, pero hay dos normas de piedad que se, para estos momentos, que no hay que dejar de hacer: la oración y el examen de conciencia. Decía Santa Teresa: "Sin este cimiento fuerte (de la oración) todo edificio va falso". (Camino de perfección, 4, 5).

No nos debe asustar nuestra imperfección, somo barro de botijo como decía San Josemaría en la homilia "La esperanza del cristiano". También es bueno recordar, ya dije en otra ocasión, que lo malo no es meter la pata, sino dejarla dentro. Si desgraciadamente ofendemos a Dios, tenemos el gran medio de la Confesión: ¡Mira qué entrañas de misericordia tiene la justicia de Dios! —Porque en los juicios humanos, se castiga al que confiesa su culpa: y, en el divino, se perdona. ¡Bendito sea el santo Sacramento de la Penitencia! (Camino, punto 309).

Para terminar, escribo este punto de Forja que es bastante bueno para finalizar y proponerse una lucha optimista y alegre: La vida espiritual es —lo repito machaconamente, de intento— un continuo comenzar y recomenzar. —¿Recomenzar? ¡Sí!: cada vez que haces un acto de contrición —y a diario deberíamos hacer muchos—, recomienzas, porque das a Dios un nuevo amor.
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