Hablaba de lo que él mismo vivía

Santos Moro Briz, Obispo dimisionario de Ávila
Artículo publicado en DIARIO DE ÁVILA
Ávila, 6–X–7

Cuando le conocí, el fundador del Opus Dei era un sacerdote muy joven –rondaba los treinta años–, muy cordial y simpático: afable y abierto en el trato; elegante y respetuoso al mismo tiempo. Tanto en mi primera impresión como en el trato de amistad que luego nos uniría, estuve siempre íntimamente convencido de su san­tidad de vida. Por esa razón, no me extrañó saber que el Santo Padre Pablo VI, hace ahora unos dos años, dijo al actual presidente gene­ral del Opus Dei, excelentísimo y reverendísimo doctor don Álvaro del Portillo, en una de las audiencias que le concedió, dándole per­miso explícito para contarlo, que Monseñor Escrivá de Balaguer ha sido el hombre que más carismas ha recibido de Dios y que mejor ha respondido.

Después de la primera entrevista, nuestro trato se fue haciendo paulatinamente más intenso y amistoso, como se manifiesta en la correspondencia que hemos mantenido a lo largo de los años. Car­tas que demuestran su hondo sentido sobrenatural y apostólico, así como el respeto cariñoso y lleno de confianza hacia mi, que durante largos años he tenido la carga honrosa de la diócesis de Ávila.

Don Josemaría basaba siempre su labor en modos y medios sobrenaturales. Era extraordinariamente «pedigüeño» de oracio­nes. Me rogaba que encomendara al Señor a sus chicos; que ofre­ciera oraciones por los cursos de retiro que predicaba a sacerdotes y religiosos, a universitarios o profesionales, por la santidad y el apostolado… Se puede decir que sentía una plena confianza en la ayuda de Dios y en el poder de la oración para obtenerla. La ora­ción, comentaba en ocasiones, es la gran arma para el apostolado.

Don Josemaría vivía pendiente de cumplir la voluntad de Dios y, aun en medio de las tribulaciones, siempre se mantuvo con un carácter abierto y alegre, de contagiosa simpatía. Muchas veces he comprobado que resplandecían en él tres amores que son característicos de la vida de los santos: el encendido amor a Jesús Sacra­mentado, a la Santísima Virgen y al Papa.

La actitud de contar con el prelado de la diócesis fue siempre norma de su trabajo. A todos los obispos nos hablaba con detalle del Opus Dei, de su naturaleza y de sus fines de su universalidad. En honor a la verdad, debo decir que yo no necesitaba una especial explicación porque tenía plena confianza en la rectitud de su criterio, pero siempre considero un deber hacia mi cargo de obispo y quizá también una obligación de amistad mantenerme al corriente de sus actividades: no era amigo de misterios ni secretos. Por el contrario, era franco y abierto. Lo suyo era la naturalidad: hablaba con cualquiera que tuviese interés limpio en conocer la Obra, sin buscar por eso aplauso y publicidad. Y callaba cuando sabía que se buscarían en sus palabras interpretaciones torcidas. En el Opus Dei, que apuntaba entonces, no había más secreto –co­mo expresaba su fundador- que el de la gestación, como el de la criatura que está en el claustro materno.

La confianza que tenía en el espíritu sacerdotal de don Josemaría y la seguridad en el bien que su palabra haría a los sacerdotes de Ávila, me llevó a encargarle –junto con otro sacerdote- de las tandas de ejercicios espirituales para el clero, que organizamos al terminar la guerra civil española. Eran momentos muy importantes para organizar la diócesis, agrupar al clero alrededor del obispo y unirlo en auténtica fraternidad. Yo estuve presente, como es natu­ral, y como resumen de aquellos días puedo destacar la fuerza que tenía la predicación de aquel sacerdote joven, que hablaba de lo que él mismo vivía: de las virtudes teologales, la Fe, la Esperanza y la Caridad, hechas obras en las cosas menudas de cada día.

Siempre fue muy generoso a pesar de las indudables dificultades por las que tuvo que pasar; por ejemplo, nunca quiso recibir estipendio alguno por los numerosísimos ejercicios espirituales que dirigía. Don Josemaría prestaba toda la ayuda que podía con su trabajo personal. Ese mismo espíritu es el que siguen practicando sus hijos que colaboran en la formación de sacerdotes y laicos.

Puede decirse así, que los obispos en cuya diócesis se desarrollan apostolados promovidos por el Opus Dei o por sus socios, cuentan, de hecho, con obras que repercuten tan inmediatamente en el bien de la diócesis como las que pueden promover sus sacerdotes o las que llevan a cabo directamente.

Me parece que es digno poner de relieve el esfuerzo de don Josemaría en favor y ayuda de los sacerdotes diocesanos. La intensa ayuda que estos sacerdotes reciben de los socios del Opus Dei es un inefable beneficio para cada diócesis y para toda la Iglesia. El espíritu de Monseñor Escrivá de Balaguer, presente en sus hijos. les lleva a ser fieles y leales colaboradores de los obispos y servidores desinteresados de las diócesis procurando, al mismo tiempo, fomen­tar el sentido de fraternidad humana y sobrenatural entre todos los hombres, y especialmente con sus hermanos en el ministerio sacerdotal.

Desde que Monseñor Escrivá de Balaguer fijó su residencia en Roma, pasaron unos años en los que no pudimos vernos, aunque la amistad y el afecto los conservamos íntegros. En este tiempo pude conocer la prodigiosa expansión de la Obra, el bien que hacía a las almas y la inmensa ayuda que toda la Iglesia recibía por su acti­vidad apostólica en los más variados campos. No debe extrañar este paréntesis en nuestro trato; la única razón que hubo fue mi propósito de no robarle un tiempo valiosísimo para la Obra y para la Iglesia entera; pero, como he dicho, mi afecto profundo y mis ora­ciones los tuvo en cada momento.

Volví a ver a don Josemaría con ocasión de la erección de la Universidad Navarra. Creí mi deber asistir, no sólo por mi amistad hacia quien la había hecho posible, sino porque la erección de esta universidad revestía una importancia cultural y apostólica de pri­mera magnitud. Así que quise unirme a la bendición de todo el Epis­copado español, estando presente entre los muchos prelados asis­tentes. Todavía recuerdo –me parece que los estoy viendo– el gesto personal y expresivo de don Josemaría, cuando caminando en la presidencia del espléndido cortejo del profesorado de la universi­dad, me acerqué a él para manifestarle mi satisfacción y mi alegría; se llevó las manos a la cabeza y me dijo: «¡Señor obispo, qué ver­güenza; qué vergüenza para mí!». Era la expresión inequívoca de su humildad.

No es preciso acudir a detalles como el que acabo de relatar para realzar la profunda y sencilla humildad de Monseñor Escrivá de Balaguer. En él era lo natural: realizar su labor callada y per­severantemente, mirando más a la renovación profunda de las almas que a un ocasional fulgor con raíces menos profundas. Nunca buscó –y le hubiera sido bien fácil- cargos o prebendas.

Quiero terminar estos breves apuntes insistiendo en un aspecto medular del espíritu, la predicación y la vida del fundador del Opus Dei: la llamada universal a la santidad, la búsqueda infatigable de la santificación personal. Desde la atalaya de mi larga vida, cuando los detalles se difuminan en el tiempo y se recogen mejor los grandes trazos, puedo pensar que quizá hubiera podido aprovechar mejor las gracias actuales que suponía contar con el afecto entrañable e inmerecido de aquel insigne sacerdote, verdadero pionero en tantos aspectos de las iluminaciones doctrinales del Concilio Vaticano II, por su afán nobilísimo de difundir y promover por todo el mundo la llamada universal a la propia santificación.

Hablaba de lo que él mismo vivía
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