Espíritu deportivo

Espíritu deportivo Opus Dei

En mi etapa como entrenador había un detalle que no me gustaba nada. Era cuando un jugador quería hablar conmigo sobre su situación en el equipo, de cuántos minutos jugaba por partido y su mayor argumento era la comparación con el compañero. Considero que una de las pocas cosas buenas que tenía era que cada jugador sabía perfectamente su rol en la plantilla, porque se lo decía personalmente a cada uno. Ahí están los resultados.

Cuando sufríamos una derrota el fin de semana, el primer día de entrenamiento manteníamos una charla y mi discurso era casi siempre el mismo: mirad cada uno vuestro partido, no miréis a vuestra a izquierda o a vuestra derecha –a los compañeros- y preguntaros si estuve a la altura de mis posibilidades, si podéis estar contentos con vuestro trabajo. Después de cada encuentro siempre he dormido mal, aún ganando, dando vueltas a la cabeza, analizando cada detalle. Lo primero miraba mi actuación, cómo había manejado los cambios y su influencia en el ritmo del partido, para bien o al contrario.

No es bueno ahogarse en la derrota, ni desesperarse. Una vez “descubiertos” los errores hay que poner manos a la obra, con trabajo y hablando. Con trabajo para mejorar aspectos del juego –defensivos o de ataque, estrategia, concentración…-. Hablando con cada jugador, individualmente, para corregir detalles pequeños que podían haber influido en una acción determinante. Más de una vez el vídeo ha demostrado al jugador que efectivamente podía haber estado mejor en esa jugada.

Pero en nuestra vida no nos graba nadie para que nos podamos dar cuenta que somos nosotros los que en ocasiones podemos estar equivocados. Una buena manera de salir adelante en la vida es mirando de frente a los problemas y solucionarlos desde dentro de uno. No estar continuamente dando vueltas al pasado, sin darnos cuenta que esto no nos hará cambiarlo.

Cuando leo que alguien ha perdido su fe o deja de practicar y en su día tuvo trato con Dios, me pongo en mis zapatos –no hay nada como haber vivido distintas situaciones- y una de las conclusiones que saco es la de dejadez. Por supuesto que generalizar es peligroso, pero al igual que el cuerpo necesita comer, descansar y ¡trabajar!, el alma necesita rezar. Es peligrosa la rutina. Amar es darse y en este caso es darse a alguien que ya lo dio todo por nosotros.

Después vendrá la segunda parte de cada historia. Sí, historia. Porque es una historia que nos inventamos para quedarnos tranquilos con nosotros mismos y buscamos complacencia en aquellos que dirán lo que queremos escuchar.

Es posible que tenga pocas cosas claras en esta vida, pero una de ellas es que tendré que dar cuenta de mi alma a Dios. Esto no me supone “comerme” la cabeza y estar temeroso -¡qué no es eso!- y que mi salvación depende de mi. ¿Cómo y quién decía eso de que Dios que te creo sin ti, no te salvará sin ti? Ahora no recuerdo, pero casi lo tengo.

En definitiva, entre Dios y yo. El Señor puso en mi camino el Opus Dei, que viene a ser como mi intermediario, el camino que más se ajusta a mi alma. Podía ser otro, los he conocido y no por curiosidad sino buscando, pero es este y con mis circunstancias personales.

Cada uno debe saber encontrar su lugar… y querer a todos. No nos hace ser mejores el hablar mal de los demás.

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