El huracán interior

Artículo escrito por Supernumerario del Opus Dei en Guatemala 

El Huracán

Cada día entre 5 y 5:30 de la mañana inicia el día. Amanecer vivo en nuestro país, Guatemala, es un milagro, por lo que hay que hincarse y darle gracias a Dios por el privilegio de la vida y sobre todo, amanecer acompañado de mi familia. El ritual es el de todos los días, bajo a la planta baja a encender el calentador y subo al baño, son minutos incalculables, trato siempre de apresurarme pero los intentos nunca dan el fruto esperado.

Hoy no hay ruido, ni carreras, ni gritos, ni ordenes……….Ana Luz, Marce y Gaby están de vacaciones. El único despierto es su servidor. Bajo a la cocina, apago el calentador, caliento la leche y saco el queso que será devorado en medio de un pedazo de pan. Con los aromas del hambre primero rezo una pequeña oración a nuestra Madre María que se encuentra en el Catecismo de la Iglesia Católica (Acardaos), leo el evangelio de San Juan y la reflexión del día en un libro estupendo de Don Francisco Fernández Carbajal (Hablar con Dios) para llegar en sintonía a la misa de las 7 de la mañana a la universidad.

Después de darle gracias a Dios por el desayuno, de lavarme la boca y salir de prisa a encender el carro. Abro el portón, hecho llave a la puerta de madera y empieza la carrera del día. Llego al estacionamiento de catedráticos, me estaciono, saludo a quien me encuentro y subo al tercer nivel del edificio M.  Abro las puertas de la oficina, inserto mi clave en la alarma, llego a mi cubículo, abro el archivo y dejo el maletín. Salgo con una prisa inexplicable, le aviso a Efraín que puede limpiar las oficinas. En el camino saludo a profesores, estudiantes y personal, no me detengo. Llevo una prisa como quien esta huyendo de un desastre natural, bajo 5 niveles, calculo una distancia de un  par de cuadras para llegar a la Capillita de Santa Sofía. Conforme me voy acercando, el ruido de los zapatos es cada vez mayor, cuando golpean el piso.

Al fin llego a la capillita, enciendo las luces, me hinco y todas las carreras de la mañana, por fin, tienen sentido. Hago mi oración al Santísimo, trato de sentarme muy cerca de la Virgen, que el Papa Juan Pablo II, nos regalo a los estudiantes de la universidad en su primera visita a Guatemala. La Virgen es preciosa, con una sonrisa que anima siempre a quien  la frecuenta y le reza.  La distancia recorrida no importa, ni tampoco el tiempo en que llego………….es un Huracán interior que me impulsa a llegar al Señor, todas las mañanas. Lo comparo con la rapidez con que el novio quiere ver a la novia todos los días, no puede vivir ni respirar si no es por esa ilusión de verla y estamparle el beso más tierno que puedan darle sus labios.

Es un milagro, como Nuestro Señor nos espera todos los días en el Sagrario. No hemos levantado la mano para tocar el timbre de la puerta y ya nos la abrió de par en par. Todo tiene sentido, todo es alegría y esperanza, no importa que golpes nos de el día, que incomprensiones encontremos en el camino……………Al recibir la comunión, doy gracias y me hinco. Trato de retener la Hostia entre mis labios y el paladar de la boca, mientras le comparto todas las intenciones por las que estoy unido a EL, pido por todo el mundo, nunca me alcanza el tiempo que nos da el sacerdote. Siempre hay nombres de personas, hasta me da pena por tantas peticiones…. Y al final le digo que lo amo, que lo amo con todo el corazón, que mi vida no tendría sentido si no lo hubiera conocido. Los ojos se me ponen llorosos, como una represa a punto de estallar…….

Al terminar la misa, siempre busco a nuestra Madre María. Como aquel chiquillo que sabe que ha hecho una travesura, pero que busca el resguardo y el cariño de su mama. Una Salve no es suficiente, hincado con la cabeza hacia abajo, poco a poco mi mirada la busca y siempre encuentro esa sonrisa con la que me dice que me espera y que regrese de nuevo al día siguiente. No me puedo resistir al Huracán y salgo tan lleno de la capillita que quisiera volar, siento el aire fresco que me pega en la cara  y no me resisto.

De regreso inicio el camino a mi oficina. Siempre había querido escribir esto que hoy lo comparto contigo, cuantas historias de amor deben de haber frente al Sagrario y al recibir la comunión. Me imagino que han de haber miles, pero esta es la mía.

Víctor Leonel Paniagua Tomé
20 de junio de 2006

 


Gracias por tu testimonio.

 

Antonio.

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