Creo que conocí a un santo

Mons. William Gordon Wheeler, Obispo de Leeds
Artículo publicado en SLOTTISH CATHOLIC OBSERVER
Glasgow 23–IV–82 Donde conocí por primera vez a un miembro del Opus Dei fue aquí, en Inglaterra, hace ya más de treinta años. Se llamaba Juan Galarraga, por entonces un seglar que estudiaba en la Universidad de Londres. Coincidimos en varias ocasiones en el Newman Center, de Portland Square. Cuando me hicieron capellán de la Universidad de Londres le veía con asiduidad y aprendí mucho de él sobre cl Opus Dei.

De modo que cuando la Netherhall, una residencia para estu­diantes, entró en funcionamiento, yo se la recomendaba a los alum­nos. Este fue mi primer contacto con el Opus Dei, y desde entonces he visitado residencias del Opus Dei en todo el mundo.

Creo que estoy en una posición única para hablar sobre lo que se podría llamar la universalidad del espíritu del Opus Dei, ya que he podido comprobar su labor en todo el mundo. Hace algunos años, estando yo en Perú, visité la residencia de la Obra en Lima. Tenía mucho interés en conocer cómo había logrado penetrar en lugares tan remotos y echar raíces en pueblos de orígenes tan dife­rentes. Creo que todo ello fue posible gracias a la genialidad de su fundador Monseñor Escrivá de Balaguer.

Lo que siempre me ha maravillado de las residencias del Opus Dei es su espíritu de civilización; una civilización correcta. No había en ellas gran lujo, sino una modestia con buen gusto; el auténtico cristianismo dentro de la civilización de nuestra era. Todas las residencias son muestra de algo a lo que el Cristianismo, y el Catolicismo en particular, debe aspirar.

Lo que se percibía era un espíritu de familia. Algo que también me maravillaba. Es un espíritu de gran disciplina e integridad per­sonal. El fundador del Opus Dei alcanzó un equilibrio que, a mi modo de ver, es la clase de ejemplo que todos deberían de seguir.

Aún guardo como un tesoro la copia de su libro Camino, que el propio Monseñor Escrivá de Balaguer me dedicó. Me lo regaló a finales de los años 50, aunque, por supuesto, yo ya conocía Camino con anterioridad. Siempre he admirado su sencillez.

Una de las cosas que irradiaba Monseñor Escrivá de Balaguer era una enorme estima por la vida espiritual. Su gran deseo era guiar a las personas de una forma recta y sencilla –de manera bíbli­ca–. En eso se había anticipado a su época.

También se adelantó a su tiempo en cuanto al Concilio Vati­cano II; él postulaba un laicado que participara plenamente en la vida de la Iglesia, siendo contemplativo en la vida privada.

Tenía el espíritu del Vaticano II, y en el difícil período post–conciliar, cuando muchos en la Iglesia atravesaron una etapa de incertidumbre, el Opus Dei reaccionó de una manera que debería servirnos a todos de ejemplo.

Creo que ello se debió a que encontró el equilibrio adecuado entre «aggiornamento» y tradición, siempre con la vista puesta en la trayectoria del mundo actual, con lo que su contribución a la vida de la Iglesia fue enorme. Cuando se escriba la historia de ese período, este hecho deberá ser mencionado, sin duda alguna.

Lo que más recuerdo de Monseñor Escrivá de Balaguer es su alegría. Era un compañero maravilloso. Recuerdo cuando, con oca­sión de una comida, algunos obispos trataron de discutirle algunos puntos y él desarmó todos los argumentos simplemente con la bon­dad que emanaba de su persona. Daba la sensación de querer a todo el mundo y uno no podía evitar corresponder.

Tengo la impresión de haber conocido a una persona muy santa y muy humana. Después de todo, la auténtica santidad se elabora desde la naturaleza que nos ha sido dada por Dios. Dios le engran­deció en todos los aspectos.

Un día, en Roma, me regaló un pequeño y sonriente borriquito, diciéndome: «Ponlo en una repisa de tu estudio. y cada vez que lo mires acuérdate de rezar por mí». Aun lo tengo. Allí está, per­manentemente, en la repisa, y cuando las cosas se complican lo miro y me reconforta.

El burro tenía un significado muy especial para Monseñor Escri­vá de Balaguer; solía llamarse a si mismo «una bestia de carga de Nuestro Señor».

El apostolado que el Opus Dei efectuaba entre los estudiantes universitarios es algo que yo, personalmente, conocí bastante bien. Aunque también he podido comprobar su obra en otras esferas. Por ejemplo Peter Scott y su familia, viejos conocidos de Oxford. Es extraordinario comprobar cómo, en la época actual, cuando la mayoría de las familias padecen el impacto de una sociedad dema­siado permisiva en toda Europa, personas como éstas hayan encon­trado estimulo y fuerza en la Obra del Opus Dei.

Según mi propia experiencia, existe un gran paralelismo entre los miembros de la Obra y los primeros cristianos –personas de diferentes esferas sociales imbuidos por un mismo espíritu y tra­tando de santificar sus distintas actividades–. Era en esto en donde más hincapié hacia Monseñor Escrivá de Balaguer. La noción de apostolado del laicado fue recogida, siguiendo este modelo, en uno de los Decretos del Concilio Vaticano.

Cuando en el futuro alguien reflexione sobre Monseñor Escrivá de Balaguer y su obra, será capaz de valorarlo mucho mejor de lo que podamos hacerlo ahora nosotros. Creo que a través de sus escritos y memorias emergerá la figura de un hombre que tuvo un gran impacto entre todos los cristianos.

Después de su muerte escribí al Santo Padre sobre todo ello. Me gusta pensar que conocí a un santo.

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