Uno nunca sale indemne de un viaje al corazón del sufrimiento

Esta frase que recoge el título la tomé del libro de Maire de Hennezel. Suya también es el comentario que hacía a un enfermo: ¿Sabes, querido Bernard, que eres una de las personas que más cosas me ha enseñado? Te he visto vivir y luchar contra tu enfermedad, he visto cómo te transformabas. Me has demostrado que una persona puede mirar la muerte a los ojos y seguir viviendo y dándole sentido a su vida.

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Sufrir, ¿para qué?

Sufrir, ¿para qué? Opus Dei 

Artículo de Enrique Monasterio.www.almudi.org 

Sufrir, ¿para qué? (I) 

 ¿Y cuál es el sentido del dolor? Yolanda hizo la pregunta justo en el momento en el que sonaba el timbre que ponía punto final a la clase. La cuestión era demasiado grande para resolverla mientras recogíamos los bártulos y también para estos dos folios. Pero, en el fondo, ¿añadiríamos algo si, en lugar de dos, fueran cuatrocientos? Al que sufre no se le consuela con un artículo ni con un analgésico.   


EL DOLOR   

No vale la pena intentar siquiera una definición. El dolor encarcela al hombre dentro de su cuerpo; bloquea las compuertas del alma y le impide mirar hacia afuera; empequeñece el espíritu y repliega a la persona sobre sí misma.   El dolor, como el gas, tiende a ocupar todo el espacio disponible. Penetra en cada célula, en cada rincón: impide el trabajo y el descanso; agría el carácter, y amenaza con destruir cuanto de bueno hay en nosotros.    También los animales sienten el dolor; pero sólo el hombre, que es espíritu, sabe que lo siente aunque no lo entienda; reflexiona sobre su dolor, y se angustia. Es el espíritu, no la carne, quien de veras sufre y se rebela.   El dolor pone ante los ojos del alma la evidencia de su corporeidad: nos hace entender que somos corruptibles y, por tanto, mortales.  

Todo dolor es un anuncio de la muerte. Por eso el alma, que es inmortal, se desconcierta, se descubre cogida en una trampa, prisionera más que nunca de la carne.   El dolor angustia aun antes de padecerlo: cuando sólo se presiente. Peor que el sufrimiento actual es el miedo al dolor futuro, que llena el alma de sombras e impele a una huida imposible.   

 Por evitarlo, hay quien traiciona a los amigos, a las propias ideas, a Dios. Muchas veces es más temido que la propia muerte. Por eso algunos eligen el suicidio con tal de no pagar el necesario peaje del dolor.   Sabéis que no hago literatura. También a los quince o a los veinte años es posible haber tenido la experiencia del sufrimiento. Y, en todo caso, tarde o temprano llega

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¿Dónde estaba Dios?

Tu como yo ante un desastre has escuchado en más de una ocasión esta pregunta. La última  vez la escuche a raíz del atentado de Barajas. No pretendo en pocas líneas dar una respuesta definitiva. Es difícil de alcanzar. ¿Dónde estaba Dios? Donde le dejamos estar. Cuando se produce un hecho como el citado llevamos a Dios al banquillo de los acusados para juzgarle. En este caso,  su falta de intervención -puedes oír- ha permitido la muerte de dos seres inocentes. Pero Dios nos ha dado a todos los hombres el instrumento para evitar este tipo de actuación: el buen uso de la libertad. ¡Cuántos dolores ajenos se evitan usando bien de esta facultad!

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Dios debería arreglarlo cuanto antes

Con mucha frecuencia se escucha que Dios tiene la culpa de todo lo que va mal en el mundo. Sirva esta respuesta de Lewis: son los hombres y no Dios, quienes han producido los instrumentos de tortura, los látigos, la esclavitud, los cañones, las bayonetas y las bombas. Debido a la avaricia o  la estupidez humana, y no a causa de la mezquindad de la naturaleza, sufrimos pobreza y agotador trabajo.

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El que no ha pasado por situaciones difíciles no se conoce bien.

El que no ha pasado por situaciones difíciles no se conoce bien. Opus DeiAlgo parecido decía V. Frankl. Una de las cosas que hace el sufrimiento es volver nuestra mirada  hacia el interior, hacia nosotros mismos. Los enfermos dicen a menudo que lo peor de estar enfermo es que esa situación te hace centrarte en tí mismo. Se puede entender negativamente como ese conocido que enfermó gravemente y construyó su mundo al que sólo  tenía acceso su mujer.  Sus hijos casi no eran admitidos, sus amigos fueron excluidos. Lo hizo mucho más difícil…También se puede considerar desde otro punto de vista y vale lo que escribía S: Agustín: Dios quiere darnos algo, pero no puede porque nuestras manos están llenas. No tiene sitio en el que poner sus dadivas. La cruz, el dolor -podemos concluir- permite abrir un espacio a esos dones que cada uno debe descubrir.

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Cuando se acepta la situación…se comienza a ver las cosas de otra manera

En la última estancia de Juan Pablo II, en Cuatro Vientos, se presentaron unos testimonios. Estaba previsto que Lourdes Cuní también leyera el suyo. No pudo ser. Si tuviera que hacer un comentario sólo me atrevo a decir que por lo que cuenta se aprecia perfectamente como cambia la orientación de una enfermedad cuando se ven con los ojos de fe, como  la ve Dios.  Él nos permite con la adversidad imitarle en la Cruz. Como decía Víctor Frankl, . El sufrimiento deja de ser en cierto modo sufrimiento en el momento en que encuentra un sentido. 

Soy Lourdes, disminuida física. Mi discapacidad me afecta al habla. No puedo hablar y tampoco puedo andar; por ello debo utilizar una silla de ruedas».
Durante mucho tiempo he vivido angustiada. A menudo me he preguntado cuál era el sentido de mi vida y por qué me ha pasado esto a mí. Esta pregunta ha sido constante y la prueba ha sido dura. Durante años la única respuesta ha sido descubrir cada mañana que estaba siempre en el mismo sitio: atada a una silla de ruedas. A veces he sentido que me habían arrancado la esperanza. Me sentía como si llevara una cruz, pero sin el aliento de la fe. Un día descubrí a Jesucristo y cambió mi vida. El Señor con su gracia me ayudó a recobrar la esperanza y a caminar hacia delante. Ahora, cuando veo a otros jóvenes enfermos al lado mío pienso que mi cruz es muy pequeña comparada con la de ellos, y me gustaría mostrarles cómo yo encontré al Señor para transformar su dolor en un camino de esperanza, de vida y de santidad.
 

Sé que mi silla de ruedas es como un altar en el que, además de santificarme, estoy ofreciendo mi dolor y mis limitaciones por la Iglesia, por Vuestra Santidad, por los jóvenes y por la salvación del mundo […] En mi Vía Crucis me siento alentada por el testimonio de Vuestra Santidad, que lleva también sobre sus hombros la cruz de la enfermedad y de las limitaciones físicas y, además, el dolor y el sufrimiento de toda la humanidad. ¡Gracias, Santo Padre, por su ejemplo!».

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