¿Dónde estaba Dios?

Tu como yo ante un desastre has escuchado en más de una ocasión esta pregunta. La última  vez la escuche a raíz del atentado de Barajas. No pretendo en pocas líneas dar una respuesta definitiva. Es difícil de alcanzar. ¿Dónde estaba Dios? Donde le dejamos estar. Cuando se produce un hecho como el citado llevamos a Dios al banquillo de los acusados para juzgarle. En este caso,  su falta de intervención -puedes oír- ha permitido la muerte de dos seres inocentes. Pero Dios nos ha dado a todos los hombres el instrumento para evitar este tipo de actuación: el buen uso de la libertad. ¡Cuántos dolores ajenos se evitan usando bien de esta facultad!

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Un auténtico “calmante”: la asistencia llena de humanidad

Todas las personas, especialmente las que pasan por momentos difíciles, agradecen tratar con personas que intentan descubrir lo que necesitan. ¿Qué esperan de mí? te puedes preguntar. No es fácil descubrirlo aunque siempre ayuda conocer a los que tratamos.  Puedo contestar con otra pregunta, ¿si yo viviese una situación parecida qué me gustaría que hicieran conmigo?

Leyendo hace algún tiempo el libro de Marie de Hennezel, “La muerte íntima”, recogí la siguiente historia que da en la diana.

 

 

 

 

 

 

 

Chantal, la enfermera de noche, con su característica locuacidad nos cuenta que Patricia, la joven mujer llegada esta misma víspera, hizo sonar el timbre varias veces durante la primera mitad de la noche valiéndose de pretextos diversos. Chantal se dio cuenta que estaba angustiada y estuvo a punto de suministrarle un calmante, pero se le ocurrió una idea luminosa. Fue a buscar una bandeja que cubrió con una servilleta blanca y colocó sobre ella dos bonitas tazas, un pequeño ramo de flores y una vela encendida. Después de preparar una buena tisana a base de verbena, con la que llenó las tazas, entró en la habitación de Patricia. Eran las dos de la madrugada. La paciente se sintió sorprendida y feliz, y a continuación se creo un distendido ambiente de festejo íntimo.   Crear un ambiente cálido y sosegado en torno a un enfermo angustiado es sin duda lo mejor que se puede hacer por él. Chantal lo sabe desde hace mucho, y muchos médicos se han sorprendido al comprobar el escaso número de calmantes y ansiolíticos administrados las noches en que ella cubre el servicio. Les da masajes, les cuenta una historia o sencillamente deja que hablen mientras ella los escucha junto a su cabecera. Y eso es lo que hizo con Patricia.    

 

 

 

Los demás no conocemos todavía a Patricia, que padece un cáncer de útero que se le ha generalizado y ya no puede levantarse de la cama.

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Si hay aborto es que se miente a la mujer

Si hay aborto es que se miente a la mujer Opus Dei

“Si hay aborto es que se miente a la mujer y se le hace creer que el aborto da la libertad. Nada más lejos de la verdad. Hay que destruir esta mentira, y hay que ayudar a compreder el efecto devastador profundo y la catástrofe psicológica que padecen las mujeres cuando eligen el aborto”

Son palabras con las que la doctora Susan Standford, psiquiatra canadiense nos hace partícipes de su convicción, no sólo como psiquiatra, sino también como mujer que ha sufrido un aborto en 1975.

Es la misma doctora quien nos descibre el síndrome post-aborto que ella padeció y que padecen muchas mujeres.

En este síndrome, hay un primer periodo de descorazonamiento, de mal humor profundo, de tristeza destructiva y devastadora. (…) Contrasta con lo que ellas esperan encontrar a través del aborto, la libertad y se preguntan: ¿Con qué derecho puedo estar triste si ha sido una opción de mi  libertad?

No logran estar en paz consigo mismas. Reviven una y otra vez esos momentos traumáticos del aborto, como si los hubieran pasado ayer. A veces pueden pasar 5, 10 ó 15 años, y todavía recuerdan: la vestimenta de la enfermera, el color de los muros de la sala donde el aborto sucedió y un sinfín de promernores (…)

Pienso que si el aborto se da e incluso se legaliza, es debido a la gran capacidad de autoengaño del ser humano, ya que de hecho daña profundamente su personalidad.

De ahí que la situación presente reclame la actuación más decidida para defender el derecho a la vida, no sólo de ese niño ya concebido, sino también la de la madre porque, desde mi experiencia, se confira esa frase tan conocida del doctor Wilke: “Es más fácil sacar un niño del útero de su madre que de su pensamiento”´

(Ideas entresacadas de una carta al director del ABC  firmada por C. Gómez Lavín)

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Los niños enfermos, imagen de Dios. La sonrisa de Violeta

Los niños enfermos, imagen de Dios. La sonrisa de Violeta Opus Dei

Hace unos meses me llamó la atención el título de esta carta al director y como tal la publico.

Nació el día 26 de enero. Sus padres esperaron siete años su llegada. En cuanto nació, se le diagnosticó una malformación de corazón denominada CIV (cavidad intra-ventricular). Al principio, alentábamos la esperanza y la ilusión de que no fuera necesaria la intervención quirúrgica. Pero no fue así, y con dos meses tuvo que ser operada la pasada Semana de Pasión. Quince días estuvo en la UVI, y durante ese tiempo viviendo entre la incógnita de lo que iba a acontecer y la esperanza forjada de su curación.
Dios mío, ¡qué semana viviendo la cruz junto a la tuya! ¡Qué actualización viva de tu Pasión, la de sus padres, al pie de la cuna, como tu madre estuvo contigo al pie de tu cruz! ¡Y con ellos también sufrías Tú! Tu Pasión no ocurrió sólo hace dos mil años… Hoy sigues padeciendo en todos los calvarios del mundo… Y con los niños enfermos ¡cómo sufres, lloras y mueres Tú! El Viernes Santo, al atardecer, Violeta comenzó a responder al tratamiento. Alos ocho días salió de la UVI, y ahora afronta en casa, con esperanza, su recuperación. Con apenas tres meses, Violeta es una niña alegre que ha devuelto la ilusión a los suyos. Gracias, Señor. Nunca más volveré a decir que he tenido mala suerte, sino que he sido una persona afortunada, decía asombrada su madre al contemplar, de nuevo, a su hija en brazos, después de una experiencia que nunca olvidará.

La verdad es que impresiona entrar en una unidad de Pediatría del Hospital infantil Gregorio Marañón de Madrid, y descubrir qué historias ricas y duras se escriben allí. Cada una sabe de esperanzas y gozos, de límites y desafíos, de complicaciones e incógnitas de lo que vaya a suceder. Me gustaría, Señor, que todas terminasen bien. Que los niños volviesen sanos y salvos a sus casas con los suyos. Para algunos, el hospital es su casa, y viven allí desde el día en que vinieron a este mundo. ¡Qué misterio es el del dolor, y qué impacto causa el hecho de la enfermedad en los niños y en sus familias! Nunca los olvidaré en mi oración; y después de esta experiencia con mi sobrina Violeta permíteme, Señor, que cada día te los recuerde, siguiendo tu consejo: Dejad que los niños se acerquen a mí, porque de ellos es el Reino. Tú sabes, Señor, que no hay nada más santo sobre la tierra que un niño. Son tu imagen viva y transparente. Por eso, cuando Violeta ríe (y lo hace con frecuencia en sus tres cortos meses de vida) su sonrisa ingenua e inocente es un esbozo de la tuya. Creo que no me equivoco si digo que he visto reir a Dios.
Su ángel, lo dijiste tú, está viendo en el cielo el rostro de tu Padre celestial. Me gustaría, Señor, que desapareciese la enfermedad en los niños, que no existiesen abusos y esclavitudes sobre ellos, que no fuesen víctimas de una pobreza que deja a muchos abandonados a su suerte y presa fácil de enfermedades. Sólo de los que son como ellos es el Reino, tu Reino. 
Santiago Barrero Príncipe (Alfa y Omega)

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Tranquilízate que pronto pasará

Una tarde de febrero de hace siete años, en el consultorio de un radiólogo de Ragusa, me enteré de que mi hija Serenella, de dieciséis años, tenía un tumor en las costillas. La noticia me dejó trastornada y se me clavó una espada en el pecho. Después vino el viaje al Rizzoli de Bolonia, mi terror al verme rodeada de muchachos con el pelo caído que estaban haciéndose radioterapia, las terribles noches en la habitación del hotel, noches en las que me hundía en un túnel negro, aunque dejase siempre la luz encendida.

Y todo esto vivido sin Dios. Durante largos años yo había vivido teniendo por lema las palabras que mi paisano Pirandello pone en labios de la Verdad: «Para mí, yo soy lo que la gente piensa que soy». Esta frase me la había repetido una y otra vez para paladearla y hacerla mía; con ella saboreé el embrujo de la duda y la convertí en el compendio de mis razonamientos sobre el sentido de la vida.

La mañana siguiente a la operación me desperté muy temprano, oí los quejidos de Serenella y me di cuenta de que habían sido sus quejidos los que habían interrumpido mi sueño; salté de la cama y corrí a su lado: estaba aún inmóvil, apoyada en un montón de almohadas y atravesada por una miríada de tubos. Le di un beso, le arreglé el pelo y reanudamos la conversación con los ojos y con gestos, porque la sonda que tenía en la nariz no la dejaba hablar bien. Pero por la noche la situación cambió de golpe: se intensificaron los dolores y las molestias debidas a los tubos y a la postura en que tenía que estar. Lloraba y gritaba. «Tranquilízate, Seré -le decíamos-, que pronto se pasará. Cada hora que pasa es un alivio y te irás poniendo mejor». «¡No habléis! ¡No digáis nada! ¡Sufro demasiado! ¡Me quiero morir, me quiero morir!»

No esperábamos una crisis asi. ¿Qué podíamos hacer, cómo consolarla? No encontrábamos palabras para calmarla. Para su llanto y su aflicción de nada servían nuestras palabras, y todos nuestros esfuerzos por consolarla sólo servían para disgustarla más. Como si su dolor estuviese demasiado lejano para podernos acercar a él de alguna forma: un dolor, no sólo intenso, sino de una naturaleza distinta. Entonces pensé que a las personas que están para morir o que están sufriendo mucho se les dan los consuelos religiosos. No tenía ni la menor idea de lo que había que decir en esos momentos, pero entendí que no había palabras más apropiadas que esas oraciones y esas súplicas. Se me ocurrió que a Serenella, que sabía rezar, podrían hacerle bien algunas lecturas de tipo religioso. Me vino a la mente aquel librito que le hacía leer la maestra en la escuela primaria y del que copiaba algunos párrafos en su diario escolar. No sabía quiénes eran sus autores ni que estuviese dividido en capítulos y versículos. En una palabra, yo nunca había abierto un Evangelio.

«Serenella, ¿quieres que te lea alguna página del Evangelio?», le pregunté temerosa, esperando haber acertado. «Sí, mamá, léeme el Evangelio», me contestó, con tono de entrega y abandono. Mi marido se fue corriendo a pedir uno a los capellanes del hospital. «¿Qué quieres que te lea?», le pregunté, con miedo a no conseguir encontrar fácilmente el pasaje que me pidiese y avergonzada de mi ignorancia. «Léeme la Pasión», contestó. Los pasajes de la Pasión son fáciles de encontrar, están al final, pensé, y eso me tranquilizó. Me senté a su lado y empecé a leer.

Tengo un recuerdo bien vivo de aquel momento. Sólo teníamos encendida una lamparita, de débil luz amarillenta que se proyectaba sobre la pared, para que no la molestase la luz. La postura vertical, el rostro brillante por las lágrimas y reclinado, el pelo largo suelto, los tubos de drenaje que le salían por todas las partes del busto, la sonda que tenía en la nariz, los hilos de Kirsclmer que le sujetaban las costillas operadas, y luego aquel tosco camisón del quirófano que aún llevaba puesto, todo tenía el aspecto de un drama muy similar al que yo estaba leyendo. Lo que se describía en aquellas páginas yo lo tenía ante mí, revivido ahora en la carne de mi hija.

Yo leía: «Lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo: ¡Salve, rey de los judíos! Luego lo escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza». Yo leía lentamente, y mientras tanto Serenella iba dejando de quejarse. Las lágrimas de sus mejillas se secaron. Luego, de pronto, se durmió. La hija se dormía y la madre… ¡se despertaba! Aquella noche dejé de ser atea y empecé a ser creyente. No es que hasta entonces me hubiese rebelado ante el dolor, pero no lo entendía, no entendía su porqué, su sentido. Ahora, la belleza de aquellas páginas y de las palabras pronunciadas en la cruz, y la misma petición de mi hija de que le leyese párrafos de la Pasión, me iniciaron en su misterio y en su sabiduría. Aquella noche empecé a entender todo el encanto que puede existir en el dolor inocente.

Fuente: Raniero Cantalamessa, Querido Padre…

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Dios debería arreglarlo cuanto antes

Con mucha frecuencia se escucha que Dios tiene la culpa de todo lo que va mal en el mundo. Sirva esta respuesta de Lewis: son los hombres y no Dios, quienes han producido los instrumentos de tortura, los látigos, la esclavitud, los cañones, las bayonetas y las bombas. Debido a la avaricia o  la estupidez humana, y no a causa de la mezquindad de la naturaleza, sufrimos pobreza y agotador trabajo.

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“Estoy en mi segunda oportunidad” dice Bosco Gutierrez

Hace años vi una entrevista al arquitecto mexicano Bosco Gutierrez. Me gusto mucho como otros que lo han visto. Sé que han hecho una nueva versión de los hechos. En él narraba los 275 días en los que estuvo secuestrado en una habitación de tres metros cuadrados. La semana pasada leía una entrevista suya en la que contestaba al sentido de aquella experiencia: “Fue como si Dios me hubiera llamado y, ya al borde de la muerte, yo le hubiera suplicado que me dejara vivir un poco más: Señor, soy joven, tengo 7 hijos muy chiquitos y a Gaby, mi esposa…En cierto modo, Él me contestó: Hijo, no te regresaré al vientre de tu madre, pero te dejaré 9 mese en este cuartito para que de tus recuerdos, tu inteligencia y tu pasado saques propósitos de cómo vas a vivir tu segunda oportunidad. Así fue: viví en un espacio de reflexión continua durante 9 meses, y ahora entiendo que estoy en mi segunda oportunidad. Al recordarlo, renuevo mi actitud de vida para corregir mis tendencias desordenadas hacia el orden verdadero que es Dios, en primer lugar; mi familia y demás círculos de gente, en segundo l ugar; y mi trabajo y ambiciones materiales, en tercer lugar” Esta es la consecuencia común a los que hemos estado en situaciones cercanas a la muerte: una segunda oportunidad que no debemos desaprovechar. No creo que sea necesario pasar por una situación extrema pero a los que la hemos vivido no se nos escapa este matiz. Las circuntancias nos han empujado. Sin embargo hay otras maneras más sencillas de replantearse la vida.

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No hay vida sin Cruz

San Esteban nos habla sobre todo de Cristo, de Cristo crucificado y resucitado como centro de la historia y de nuestra vida. Podemos comprender que la Cruz ocupa siempre un lugar central en la vida de la Iglesia y también en nuestra vida personal. En la historia de la Iglesia no faltará nunca la pasión, la persecución. Y precisamente la persecución se convierte, según la famosa frase de Tertuliano, fuente de misión para los nuevos cristianos. Cito sus palabras: «Nosotros nos multiplicamos cada vez que somos segados por vosotros: la sangre de los cristianos es una semilla» («Apologetico» 50,13: «Plures efficimur quoties metimur a vobis: semen est sanguis christianorum»). Pero también en nuestra vida la cruz, que no faltará nunca, se convierte en bendición. Y aceptando la cruz, sabiendo que se convierte y es bendición, aprendemos la alegría del cristiano, incluso en momentos de dificultad. El valor del testimonio es insustituible, pues el Evangelio lleva hacia él y de él se alimenta la Iglesia. San Esteban nos enseña a aprender estas lecciones, nos enseña a amar la Cruz, pues es el camino por el que Cristo se hace siempre presente de nuevo entre nosotros.

 

Benedicto XVI, 10 enero 2007

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El que no ha pasado por situaciones difíciles no se conoce bien.

El que no ha pasado por situaciones difíciles no se conoce bien. Opus DeiAlgo parecido decía V. Frankl. Una de las cosas que hace el sufrimiento es volver nuestra mirada  hacia el interior, hacia nosotros mismos. Los enfermos dicen a menudo que lo peor de estar enfermo es que esa situación te hace centrarte en tí mismo. Se puede entender negativamente como ese conocido que enfermó gravemente y construyó su mundo al que sólo  tenía acceso su mujer.  Sus hijos casi no eran admitidos, sus amigos fueron excluidos. Lo hizo mucho más difícil…También se puede considerar desde otro punto de vista y vale lo que escribía S: Agustín: Dios quiere darnos algo, pero no puede porque nuestras manos están llenas. No tiene sitio en el que poner sus dadivas. La cruz, el dolor -podemos concluir- permite abrir un espacio a esos dones que cada uno debe descubrir.

El que no ha pasado por situaciones difíciles no se conoce bien.
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El fallecimiento de Juan Pablo II

En el año 2005 tuve la oportunidad de estar en Roma. Coincidí con la marcha al Cielo de Juan Pablo II. Cuando uno ha estado comprometido con una enfermedad grave hay algunas cosas que dejan poso, entre otros una cierta sensibilidad por el dolor y la enfermedad ajena. En el caso de Juan Pablo II me permitió unirme más a él, acompañarle en sus últimos días. Algunos enfermos se preguntan por qué me tiene que ocurrir a mi estas cosas o tengo que sufrir esta enfermedad. Cuando se tiene fe, el planteamiento es distinto: qué espera Dios de mí en esta situación que humanamente puede parecer tan dura. En este sentido, me atrevo a decir que ahí esta la respuesta de Juan Pablo II”.

El fallecimiento de Juan Pablo II
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