Un auténtico “calmante”: la asistencia llena de humanidad

Todas las personas, especialmente las que pasan por momentos difíciles, agradecen tratar con personas que intentan descubrir lo que necesitan. ¿Qué esperan de mí? te puedes preguntar. No es fácil descubrirlo aunque siempre ayuda conocer a los que tratamos.  Puedo contestar con otra pregunta, ¿si yo viviese una situación parecida qué me gustaría que hicieran conmigo?

Leyendo hace algún tiempo el libro de Marie de Hennezel, “La muerte íntima”, recogí la siguiente historia que da en la diana.

 

 

 

 

 

 

 

Chantal, la enfermera de noche, con su característica locuacidad nos cuenta que Patricia, la joven mujer llegada esta misma víspera, hizo sonar el timbre varias veces durante la primera mitad de la noche valiéndose de pretextos diversos. Chantal se dio cuenta que estaba angustiada y estuvo a punto de suministrarle un calmante, pero se le ocurrió una idea luminosa. Fue a buscar una bandeja que cubrió con una servilleta blanca y colocó sobre ella dos bonitas tazas, un pequeño ramo de flores y una vela encendida. Después de preparar una buena tisana a base de verbena, con la que llenó las tazas, entró en la habitación de Patricia. Eran las dos de la madrugada. La paciente se sintió sorprendida y feliz, y a continuación se creo un distendido ambiente de festejo íntimo.   Crear un ambiente cálido y sosegado en torno a un enfermo angustiado es sin duda lo mejor que se puede hacer por él. Chantal lo sabe desde hace mucho, y muchos médicos se han sorprendido al comprobar el escaso número de calmantes y ansiolíticos administrados las noches en que ella cubre el servicio. Les da masajes, les cuenta una historia o sencillamente deja que hablen mientras ella los escucha junto a su cabecera. Y eso es lo que hizo con Patricia.    

 

 

 

Los demás no conocemos todavía a Patricia, que padece un cáncer de útero que se le ha generalizado y ya no puede levantarse de la cama.

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