Pídale a Jesús que no deje de besarme

Acabo de leer este relato de la madre Teresa de Calcuta.

“Jamás el dolor estará ausente por completo en nuestras vidas. Si lo aceptamos con fe, se nos brinda  la oportunidad de compartir la Pasión de Jesús y de demostrarle nuestro amor. Un día fui a visitar a una mujer que tenía un cáncer terminal. Su dolor era enorme. Yo no sabía si sufría más por tener que dejar a sus hijos o por la agonía de su cuerpo, y le dije: Jesús en la cruz se le ha acercado tanto que comparte su pasión con usted y la quiere besar. Esto no es otra cosa que un beso de Jesús, una señal de que está tan próxima a Él en la cruz que le resulta facil darle un beso.

Ella junto las manos y dijo: Madre, pídale a Jesús que no deje de besarme.

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Un testimonio de VIDA impresionante

Siguiendo el consejo del semanario Alfa y Omega, he leído el blog de Olga Bejano. Me he copiado algunos textos para publicarlo. Pero lo que realmente vale la pena es que cada uno entre  (olgabejanodominguez.blogspot.com) y se empape de este testimonio de vida. Podía escribir vida con mayúscula porque a pesar de todas las limitaciones que tiene para vivir transmite una esperanza y sentido de la vida que es envidiable.  

 

 

Olga Bejano sufre una terrible enfermedad degenerativa. Desde los 23 años vive en una UCI instalada en su casa. Es tetrapléjica y no puede ver, ni hablar, ni respirar. Su terrible tragedia comenzó cuando a los 12 años la operaron de apendicitis. En la anestesia, por los años 70, se utilizaba un componente, el curare, que fue el detonante de su desgracia. Dañó el bulbo raquídeo y el sistema nervioso central. Sin embargo, hasta los 23 años Olga llevó una vida normal: se enamoró y desenamoró hasta tres veces, practicaba muchos deportes, era creativa y despierta, con un sentido del humor envidiable y facilidad para cantar, bailar, dibujar y escribir. Pero, un día de 1987 su glotis se paralizó y sufrió una parada cardíaca. “El coma cambió mi vida”, entró en coma profundo y estuvo 5 días clínicamente muerta. “Aunque nadie apostaba por mí, para llevar la contraría, volví a la vida. Cuando entré en coma pasé la experiencia del túnel. Lo recuerdo como lo más maravilloso que me ha pasado nunca, algo que transformo mi vida. Había una luz intensa y blanca y al final un hombre con un manto blanco que me llamaba por mi nombre” .Pero Olga volvió a la vida y lucha día a día contra la enfermedad. “Por supuesto, soy creyente, pero mi fe no tiene nada que ver con mi fuerza.

 

 

 

 “Cualquier vida es única e irrepetible y tiene tanto valor como otra. Si hubiese una vida sin importancia, ninguna sería importante”. Con estas palabras Olga nos quiere transmitir su razón de ser, el motivo de no tirar la toalla, el porqué lucha contra corriente. Nos recuerda otras vidas que, como ella, luchan y lucharon contra la adversidad.: el astrofísico Stephen Hawking sigue regalando al mundo sus descubrimientos y teorias; el actor Christopher Revé peleó hasta el final de sus días para salir adelante; el Papa Juan Pablo II y tantos otros. “Sólo el que sufre sabe entender el sufrimiento” “Mi vida es luchar, sufrir y escribir”, así define su existencia esta joven riojana. Pero también lee el correo postal y electrónico y contesta a todo el que la escribe, hace llamadas telefónicas, recibe visitas y escribe artículos, cuentos y libros. De estos últimos va por el tercero. Si todo va bien, piensa presentarlo para la primavera del año que viene. Trata de los pasos que ha dado hasta alcanzar la espiritualidad de la que goza hoy. “Vivo el presente las 24 horas”.  A las cuatro de la mañana ya está de nuevo despierta, pero permanece en la cama rezando y meditando (dedica horas cada día a pensar).  A pesar de su sufrimiento y su difícil situación. Olga no ha perdido su sentido del humor. Recuerda cómo le contaba su madre que coincidió en el parto con Lola Flores y que ella compartió nido con Rosario. La cantante vivió una situación dramática en la película Hable con ella y ella la está viviendo en la vida real.

 

Desde su cama, manda un mensaje para aquellos que están en su misma situación: “No penséis en el pasado ni en el futuro. Vivid el presente. Yo estoy paralizada de la cabeza a los pies, apenas veo, no puedo hablar, respiro y me alimento de forma artificial… Llevo muchos años así, pero quiero vivir. Así se lo dije también a Ramón Sanpedro pero su forma de pensar era distinta a la mía. Nos carteamos un par de veces, pero él no podía entender cómo quería seguir adelante. Yo le dije que tenía tantas ganas o más que él de irme, pero soy creyente y quiero que Dios decida cuál será mi hora. No seré yo quien tome esa decisión. “Dios dispondrá mi hora” Sanpedro me respondió que él era una cabeza pensante pegada a un cuerpo muerto y que así no quería seguir.  

 

Cuando se le pregunta ¿Cómo te sientes? Responde que estoy tetrapléjica, apenas veo, no puedo hablar, me alimento y respiro de manera artificial y dependo de los demás absolutamente para todo. Mi materia está presa pero mis pensamientos y sentimientos son libres. Nadie puede pensar o sentir por mí. En eso y sólo en eso soy libre. No faltan los que opinan que soy un vegetal y que mi vida no tiene valor ni sentido, pero un vegetal que piensa y siente puede ser capaz de escribir y hacer pensar y sentir a los demás. Cada mañana siento que estoy viva, aunque mi cuerpo está paralizado… A pesar de todas esas limitaciones, mi corazón sigue latiendo y sintiendo… Un día más, puedo volver a ver a mis seres queridos, amigos y conocidos. Un día más, tengo la oportunidad de crecer como persona y madurar espiritualmente para ir acercándome más a Dios. Un día más puedo ser lluvia, en vez de ver llover. De mi cabeza sale todas las mañanas una mariposa que va a Cristo, le da un beso de mi parte y le dice: “Me ha dicho Olga que, por favor, seas su Cirineo y a ratitos le cojas la cruz, sobre todo cuando escriba…” Por último, va volando al Espíritu Santo y le pide que me inspire lo que debo pensar, callar y escribir para procurar el bien de todas las almas y el mío propio; sobre todo en días como hoy, en que me cuesta tanto escribir porque físicamente estoy hecha unos zorros. 

 

A pesar de mis 18 años de ‘arresto domiciliario’ no soy la típica enferma que se deprime, llora o se victimiza. Por el contrario, procuro que mi familia, mi enfermera y mis amigos siempre me vean lo mejor posible aunque, como todo el mundo, tengo días mejores y peores. Mi vida no es para nada triste o aburrida, al revés, el tiempo que la enfermera está conmigo no es suficiente para hacer todo lo que ese día tengo planeado. La vida es el don más preciado que Dios nos da y depende de cómo la viva cada uno puede ser el más desgraciado del planeta o el más feliz.

 

Cuando estaba bien, vivía las fiestas navideñas como cualquier chica de mi edad: comidas, cenas en familia, etc. Me hacía mucha ilusión comprarme algún modelito para el cotillón de Nochevieja. El roscón de Reyes solía comerlo en algún autobús dirigiéndome al Pirineo Aragonés para esquiar con mis amigas. Algunos días, de los 15 que tenía de vacaciones, los dedicaba a una obra solidaria. También solía hacer compras. En este momento, no puedo comer, comprar, ni esquiar, pero creo que ahora sí entiendo el espíritu navideño, y pienso más en los demás. Para mí, la Navidad ahora se ha convertido en una época de renovación personal. 

 

No quiero terminar sin recoger estas tres preguntas que le hacían en una entrevista:  ¿Qué le pide a Dios todos los días? -Fuerzas para poder llevar una cruz que cada día pesa más. ¿Y qué le dice Dios todos los días? – Que me tiene reservada para algo muy grande. ¿Qué le dirías a la gente que ha perdido el gusto por la vida? – Que sin Dios nada vale la pena, que lo busquen como si quisieran encontrar las llaves en el fondo del mar.

 

Todo gracias a Olga….Ya sabes donde está el original.  

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Si hay aborto es que se miente a la mujer

Si hay aborto es que se miente a la mujer Opus Dei

“Si hay aborto es que se miente a la mujer y se le hace creer que el aborto da la libertad. Nada más lejos de la verdad. Hay que destruir esta mentira, y hay que ayudar a compreder el efecto devastador profundo y la catástrofe psicológica que padecen las mujeres cuando eligen el aborto”

Son palabras con las que la doctora Susan Standford, psiquiatra canadiense nos hace partícipes de su convicción, no sólo como psiquiatra, sino también como mujer que ha sufrido un aborto en 1975.

Es la misma doctora quien nos descibre el síndrome post-aborto que ella padeció y que padecen muchas mujeres.

En este síndrome, hay un primer periodo de descorazonamiento, de mal humor profundo, de tristeza destructiva y devastadora. (…) Contrasta con lo que ellas esperan encontrar a través del aborto, la libertad y se preguntan: ¿Con qué derecho puedo estar triste si ha sido una opción de mi  libertad?

No logran estar en paz consigo mismas. Reviven una y otra vez esos momentos traumáticos del aborto, como si los hubieran pasado ayer. A veces pueden pasar 5, 10 ó 15 años, y todavía recuerdan: la vestimenta de la enfermera, el color de los muros de la sala donde el aborto sucedió y un sinfín de promernores (…)

Pienso que si el aborto se da e incluso se legaliza, es debido a la gran capacidad de autoengaño del ser humano, ya que de hecho daña profundamente su personalidad.

De ahí que la situación presente reclame la actuación más decidida para defender el derecho a la vida, no sólo de ese niño ya concebido, sino también la de la madre porque, desde mi experiencia, se confira esa frase tan conocida del doctor Wilke: “Es más fácil sacar un niño del útero de su madre que de su pensamiento”´

(Ideas entresacadas de una carta al director del ABC  firmada por C. Gómez Lavín)

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“Estoy en mi segunda oportunidad” dice Bosco Gutierrez

Hace años vi una entrevista al arquitecto mexicano Bosco Gutierrez. Me gusto mucho como otros que lo han visto. Sé que han hecho una nueva versión de los hechos. En él narraba los 275 días en los que estuvo secuestrado en una habitación de tres metros cuadrados. La semana pasada leía una entrevista suya en la que contestaba al sentido de aquella experiencia: “Fue como si Dios me hubiera llamado y, ya al borde de la muerte, yo le hubiera suplicado que me dejara vivir un poco más: Señor, soy joven, tengo 7 hijos muy chiquitos y a Gaby, mi esposa…En cierto modo, Él me contestó: Hijo, no te regresaré al vientre de tu madre, pero te dejaré 9 mese en este cuartito para que de tus recuerdos, tu inteligencia y tu pasado saques propósitos de cómo vas a vivir tu segunda oportunidad. Así fue: viví en un espacio de reflexión continua durante 9 meses, y ahora entiendo que estoy en mi segunda oportunidad. Al recordarlo, renuevo mi actitud de vida para corregir mis tendencias desordenadas hacia el orden verdadero que es Dios, en primer lugar; mi familia y demás círculos de gente, en segundo l ugar; y mi trabajo y ambiciones materiales, en tercer lugar” Esta es la consecuencia común a los que hemos estado en situaciones cercanas a la muerte: una segunda oportunidad que no debemos desaprovechar. No creo que sea necesario pasar por una situación extrema pero a los que la hemos vivido no se nos escapa este matiz. Las circuntancias nos han empujado. Sin embargo hay otras maneras más sencillas de replantearse la vida.

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El fallecimiento de Juan Pablo II

En el año 2005 tuve la oportunidad de estar en Roma. Coincidí con la marcha al Cielo de Juan Pablo II. Cuando uno ha estado comprometido con una enfermedad grave hay algunas cosas que dejan poso, entre otros una cierta sensibilidad por el dolor y la enfermedad ajena. En el caso de Juan Pablo II me permitió unirme más a él, acompañarle en sus últimos días. Algunos enfermos se preguntan por qué me tiene que ocurrir a mi estas cosas o tengo que sufrir esta enfermedad. Cuando se tiene fe, el planteamiento es distinto: qué espera Dios de mí en esta situación que humanamente puede parecer tan dura. En este sentido, me atrevo a decir que ahí esta la respuesta de Juan Pablo II”.

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Ahí va lo prometido…mi experiencia

En el mes de febrero o enero de 1999, viviendo en Roma, fui por primera vez consciente de la aparición de un pequeño bulto en la parte superior de la pierna, justo debajo de la ingle. El primer médico al que le pregunté, restó toda importancia. A las semanas, consulté lo mismo a otro. Me respondió que podía ser la consecuencia de una inflamación. Ante estas dos consultas y como los dos le quitaban importancia, me desentendí del asunto. Mi vida era totalmente normal, trabajaba y hacía deporte como siempre. Hacía bicicleta por los alrededores de Roma. Jugaba a fútbol. Ni sentía dolor, ni había ningún otro síntoma que me hiciera pensar en otra cosa. 

 

Llegó el mes de agosto y acudí a un curso de formación. Al segundo día estando en una bendición con el Santísimo en el oratorio, me caí desmayado. No era la primera vez que me ocurría en mi vida. Así que después de una mañana más tranquila, me incorporé a la actividad sin darle más importancia. En ese curso tenía algunos encargos que realizar. A los pocos días, dando una clase me sentí mal y sin poder terminar, les dije a los asistentes que no podía seguir y que se fueran a realizar otras cosas. Me tumbé en la cama y como primer paso me hicieron unos análisis al día siguiente. Los resultados dados a los pocos días no indicaban ninguna anormalidad. Personalmente me encontraba cansado, soportaba mal el calor: hasta trasladarme por los pasillos a los que daba el sol me suponía un esfuerzo. Pasaba las mañanas en una habitación con aire acondicionado porque era el único lugar en el que me encontraba un poco mejor. Las comidas eran también motivo de desasosiego porque eran muy pocas las ganas de comer que tenía. En estos días me observaron otros médicos y alguno, fijándose en el bulto, me dijo que podría ser una hernia. Terminada esta actividad, me incorporé a la vida normal.

Me acuerdo que, volviendo un día de rezar en Santa María la Mayor, me subí a un autobús para poder llegar a casa porque no podía con mi alma. Para demostrarme que estaba bien, a los pocos días cogí la bicicleta recorrí una distancia de 90 kilómetros.  Estando en casa una tarde, me llamó uno de los médicos que me había mirado en una ocasión y que no estaba muy convencido con lo que había diagnosticado. Como se suele decir estaba con la mosca detrás de la oreja. Me dijo que sería bueno que me viera un doctor que conocía de mi ciudad de origen. A los pocos días me cruce con él y se lo comenté. Me vio inmediatamente y me mandó hacerme una endoscopia al día siguiente. Esta prueba indicaba ya unas ciertas irregularidades, porque el médico que la realizó me pidió que contactara cuanto antes con el doctor que me había enviado. Esa misma tarde, lo hice. Por la noche recibí una llamada suya indicándome que fuese al Campus Biomédico a hacerme una punción. Los resultados de esta prueba siempre los desconocí: a los dos días me encontraba en Pamplona realizando las primeras pruebas que llevaron a diagnosticar una metátasis de melanoma en el estomago y en la pierna.  

Antes de viajar a Pamplona, pasé por mi lugar de trabajo por dos motivos. El primero, no el principal, para arreglar asuntos de la oficina. El segundo para rezar delante de los restos de San Josemaría, fundador del Opus Dei, y de don Álvaro del Portillo, su primer sucesor. Hay que aclarar que trabajaba en una oficina que tiene como principal función seguir las causas de canonización de los miembros de la Prelatura del Opus Dei. Allí había leído muchos favores, grandes y pequeños, de carácter material y espiritual. Incluyendo aquellos que hacían referencia a las curaciones. Aún pensaba que este episodio fuese una simple falsa alarma porque no pasaba por mi cabeza que “eso” pudiera ocurrirme a mí. Una de las personas de la oficina, al conocer la posible gravedad me preguntó a quién pensaba encomendarle la buena marcha de la enfermedad. No dudé en responderle que a don Álvaro le iba a pedir la “curación”. Mi elección no era más que la consecuencia natural de haber trabajado durante los dos últimos años en aspectos que tenían que ver con su persona y su santidad. Como sabe cualquier persona que ha pasado por este tipo de enfermedad, las pruebas se multiplican y los dictámenes médicos son abundantes. Es un maratón, una carrera de larga distancia. Se puede decir que estás continuamente pendiente del hilo de los resultados. A todas las pruebas realizadas acudía acompañado de abundantes oraciones privadas a don Álvaro. Es más, en algunas de las exploraciones realizadas que podían ser más largas –por ejemplo el PET puede durar hasta dos horas- no dejaba de importunar a don Álvaro por el feliz resultado. Al mismo tiempo, yo no rezaba sólo. Desde el Prelado del Opus Dei, que sabía a quién se lo encomendaba, hasta las personas que por su impulso en Roma también rezaban al mismo intercesor, pasando por todas aquellas personas –padres y alumnos, principalmente- del colegio Gaztelueta, donde había trabajado, pedían mi curación. 

En los meses que pasé en Pamplona, cuatro, hubo varios sucesos importantes que podían haber marcado la evolución de la enfermedad. Al comunicarme el diagnóstico un doctor de la Clínica de la Universidad de Navarra me comentó que le extrañaba que el médico que había llevado mi caso no me hubiese mandado hacer un PET. Me habían hecho una gastroscopia en la que habían obtenido del estomago unas muestras que, después de realizar una biopsia, eran compatibles con melanoma. Realizado el PET, no encontraron ninguna célula de ese tipo con lo que volvieron a repetir a los pocos días una gastroscopia, para confirmar la primera, con resultado negativo. No quedaban restos de enfermedad en el estómago. En una ocasión, comenté a una doctora que me dolía una zona de la tripa. Ella se lo comentó inmediatamente a otro doctor que en mi presencia le dijo que sería un cáncer de páncreas. Me realizaron un TAC y en la exploración vieron unas manchas en ese órgano. Para verificar lo que era, me hicieron una punción. El resultado, como he dicho abundantemente rezado a don Álvaro, fue negativo. Otro episodio de la enfermedad, fue la intoxicación –desconozco si es el término adecuado- de interferón. Durante un mes, salvo los fines de semana, me daban dosis muy altas de ese medicamento. Un día que fui a la toma habitual, la enfermera al ver mi estado, creo recordar la apariencia del ojo o la pupila, me mandó acudir a consultas. El médico que me vio suspendió los pocos días que me faltaban para terminar con el protocolo. Esta intoxicación, supuso el ingreso durante algo más de 20 días en la clínica. Dado mi estado, era peligroso que llevara una vida no vigilada. Lo más llamativo eran los índices de bilirrubina que alcanzó –como me comentaron los médicos-, índices difícilmente medibles. Considerando la condición del hígado, la posibilidad de un fallo hepático era algo perfectamente contemplado. Es más, se barajó que esta situación era la consecuencia de un cáncer de las vías biliares. Que después de nuevas pruebas no se confirmó…En esta situación seguía con la oración de petición a don Álvaro y pidiendo oraciones a todas las personas que preguntaban por mí.  

 El día 23 de diciembre, después de un mejoramiento del hígado y de los índices de la bilirrubina, dejé la clínica con la cita de volver en las primeras semanas de enero. El día 18 de enero acudí a la consulta y, en la exploración que llevaron a cabo, descubrieron una recidiva de la adenopatía en el mismo lugar que el anterior. El dermatólogo me la extrajo esa misma tarde y la mandaron a hacer una biopsia. Los resultados indicaron que eran de las mismas células que habían sido diagnosticadas como melanoma. Me acuerdo que, como consecuencia de este nuevo foco y al ser citado para un PET, donde me jugaba mucho, mi oración y las peticiones por el buen resultado de la prueba se redoblaron. Gracias a Dios, fueron negativas. Han pasado más de cinco años y no ha habido ninguna nueva manifestación de la enfermedad.  

Para mí es clara la intervención de don Álvaro a lo largo de estos meses, ya que en opinión de los médicos fue una situación “comprometida” con una enfermedad muy grave. El médico, en una entrevista en la que estuvo presente un hermano mío, comentó que si se hubiese mantenido la situación del estómago, las posibilidades de vivir eran del 20 %. Siempre he pensado que a Dios le vale con un simple 1 %… Más de un médico me ha comentado que mi enfermedad ha sido muy rara. Creo que el salirse de una evolución normal no indica más que la intervención -he procurado recogerla en este relato- de don Álvaro que ha oído a tanta gente.  

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