Encontré a Dios en mi propio colectivo

Testimonio de Pedro, chofer del colectivo de la línea 60, en Buenos Aires desde hace más de diez años y padre de seis hijos.

“Hace ocho o nueve años, noté que a la misma hora subía a mi colectivo, un cura con sotana, es decir: vestido de sacerdote. Lo observé durante varios viajes, vi que rezaba el Rosario… pero por sobretodo me llamó la atención que cada vez que pasábamos por delante de dos iglesias que están en mi recorrido se santiguaba y movía sus labios. Como siempre le tocaba viajar conmigo, no mucho después de conocerlo y como estaba parado al lado de mi asiento, le pregunté:

-Perdóneme padre, pero me gustaría saber que dice por lo bajo cuando se santigua y pasamos por delante de una iglesia”.

Me contestó:-”Solamente le digo al Señor que está dentro del Sagrario, que lo quiero mucho, que lo acompaño, que no basta solo con hacer la señal de la Cruz, también  de alguna forma quiero decirle que lo quiero”

-“¿Y qué podría hacer yo para decirle lo mismo… sin soltar las manos del volante para no armar tremendo desastre chocando contra otro?”

-Y eso se lo puede preguntar UD a Él. ¿No le parece?

Lo cierto es que lo pensé y se lo pregunté al mismo Dios muchas veces, cuando rezaba antes de dormir con mis hijos, que era lo único que hacía por Él por aquellos años. Cuando encontré al sacerdote a la semana, le dije muy contento:

-“Padre: ¿No es una falta de respeto si cada vez que pase por una iglesia le toque a Dios tres bocinazos bien fuertes, para decirle que lo quiero?

.”¡No! Y bien contento estará Él de que le expreses tu cariño”. Cada uno debe encontrar a Dios en su trabajo, y quererlo así.”

De allí en más nos hicimos amigos. Y no solo el cura y yo, Dios y yo. Lo invité a comer a mi casita, ¡al cura! Porque a Dios ya lo tenía viviendo dentro entre nosotros. Me habló del Opus Dei, de la santificación en el trabajo de cada día, de que para querelo a Dios había que conocerlo… Y tantas cosas más. Ahora vamos todos juntos en familia los domingos, y cuando yo puedo algún día de semana. Pero lo que más agradezco al Opus Dei-después de los bocinazos, que sigo haciéndolos- es tener dirección espiritual y formación. Quiero decir, poder ir a un sacerdote o a un laico, como uno, que me ayuda en las cosas de la vida. Es algo fantástico tener una persona, en quien confiar, que desde fuera te pueda dar consejos y decirte cosas que te ayudan a pensar. Para mí ha sido muy útil como esposo y padre… Y colectivero. ¡Porque fue un cura el que me enseñó a saber que en mi colectivo encontré a Dios!

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Me hice del Opus Dei lentamente y sin que nadie me obligara a nada

No fue necesario hacerle un reportaje, Bibiana me llamó por teléfono hace unos días, porque leía mi blog en opusdeialdia.es y quería hablar de su experiencia para ayudar tal vez a otros. Nos sentamos en mi casa y me relató lo siguiente: “Primero quiero que sepas de mi conversión, porque sin ella nada tendría sentido. En 1999 era una chica de 20 años, presbiteriana, mis padres lo eran también. Pero lo cierto es que yo no creía ni practicaba. Pensaba que algo existía sin saber hasta que punto podía haber un Dios tan maravilloso.  
Durante  ese año comenzó a gustarme un chico católico y del Opus Dei –yo no sabía muy bien de que se trataba ni si lo era realmente-  que congenió conmigo bastante. Me invitó a ir con él un sábado a visitar y trabajar con familias de asentamientos muy pobres en las afueras de Buenos Aires. Me pareció fabulosa la tarea que hacían. Y en una de nuestras conversaciones salió que yo no  era católica ni tenía fe. Ni siquiera creía en la Virgen, a Quién ellos dedicaban esas tareas de los sábados.  
Este chico me propuso asistir a clases de Catecismo –que dictaban en un club de chicas de la Obra… aunque sea para conocer la fe católica. Y accedí, aunque sólo fuera por cultura. Poco a poco, fui conociendo las verdades de fe, aprendí a rezar el Rosario…. Rezaba pidiéndole que Dios me diera la fe –la que tenía mi amigo- y me fui formando. Un día entré en el oratorio del club y otra chica me explicó que Dios estaba en el Sagrario. Lo primero que hizo fue enseñarme a hacer la genuflexión, entonces, me dijo que, además del gesto, había que acompañarla de algo más y me sugirió que podía decir: “Señor, creo firmemente que estás aquí”. Y así lo hice, creyendo -¡ni yo me lo podía creer!- que Dios estaba en el Sagrario. Dios me dio la fe que le pedía porque empecé a creer aquello que le decía, a hacer oración.  
El siguiente paso, era decirle a mis padres que quería bautizarme. Se lo dije y me contestaron que no, que “nosotros éramos presbiterianos y yo ya estaba bautizada en esa iglesia”, Mientras tanto ese chico que me invitó aquel sábado, ya no era solo alguien con quién congeniaba, éramos excelentes amigos y pronto fuimos novios. Cuando cumplí 21 años, le pedí a mi padre como regalo de cumpleaños mi Conversión de fe, porque era cierto que ya estaba bautizada, y me volvió a decir que no. Como ya era mayor de edad, decidí “tomar las riendas” por mi sola. Ese año hice mi Conversión delante del párroco de mi novio, me confesé, recibí la Primera Comunión y me confirmé, todo junto. Mi familia no asistió a la ceremonia, pero estuve muy arropada por Rafael
-mi novio- y todas las chicas del club.

Cuando comenzamos a hablar de casarnos, me presentaron a una madre joven, simpática y con muchos hijos. Me dio clases para prepararme como futura esposa. Fue una experiencia alucinante: Yo iba todos los viernes a su casa y ella me daba charlas de arreglo de la casa, de la diferencia y complemento del hombre y la mujer, del Sacramento del Matrimonio. Un día, le pregunte-después de dos meses- si ella era del Opus Dei… Y sí, era supernumeraria. Me había llamado la atención que a pesar de que todos sus hijos llegaban del cole, cuando nos atrasábamos un poco, ella les daba un gran beso a cada uno, les preguntaba como les había ido y les decía tranquilamente: “El té está en la mesa, en cinco minutos estoy con uds. “ Terminábamos en ese tiempo y nos despedíamos hasta el viernes siguiente. Aunque varias veces me quedé  con ella y sus hijos. ¡Y fue fantástico! Viéndola a trabajar, me enseñó que el gran secreto era ofrecer a Dios su labor diaria… y poco a poco mi propio trabajo me fue gustando cada día más y lo ofrecía al igual que ella.. Dios me fue mostrando mi vocación así: Sin que nadie me obligara a acortar los tiempos, lentamente. Y le dije a mi amiga-profesora que deseaba ser del Opus Dei. No me dijeron que sí enseguida, pero cuando nos casamos en diciembre del 2000, yo ya era de la Obra. Una vez le pregunté porque no me había dicho que era supernumeraria. Y me contestó: “Me pareció que Dios buscaba el que te dieras cuenta sola y que vieras tu vocación”. Hoy no me cambió por nadie, me apasiona mi trabajo, mi casa, ocuparme de mi marido y mis cuatro hijos y, por supuesto, mi vocación. La relación con mis padres mejoró. Además los dos son cooperadores-no católicos del Opus Dei.. Rezo por ellos, para que encuentren la verdadera fe… como yo encontré la mía y mi vocación, sin presiones, lentamente y sin que nadie me obligara, ni mi novio, ni las chicas del club ni esa amorosa que me enseño tanto de la vida en familia, de cómo ser una buena esposa y madre y del sacramento del Matrimonio. “.

Me hice del Opus Dei lentamente y sin que nadie me obligara a nada
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Entrevista a una de las primeras supernumerarias de Argentina

Hace cuarenta años me tiré a la pileta de natación sin saber si había agua 

Me reuní con Marita, un día que llovía tremendamente en Buenos Aires. Hace mucho tiempo que habíamos hablado de poner por escrito como fueron las vocaciones de muchas al Opus Dei. Cuando le comenté de mi blog en opusdeialdia.es, y de mis ganas de contar su historia… se entusiasmó mucho. Llegamos nadando, más que caminando, a una confitería, y el frío que yo sentía-por estar empapada- se transformó en calor al escuchar sus respuestas.

Bea Hellers

                               

-¿Cómo era todo hace cuarenta años en Argentina? ¿Qué se conocía del Padre y de la Obra?
– No se conocía mucho, una iba por confianza a la persona que te llevaba a los medios de formación que brindaba la Obra. Si no tenías confianza, no ibas. A mí, me invitaron por primera vez a un Retiro mensual en el antiguo centro de Guido. Lo que se hablaba en la calle era la mitad muy bueno y la otra mitad  -por preconceptos- no tan bueno, porque como dije no se conocía casi nada. El sacerdote que predicaba  era don Emilio Bonell. Él fue el que hizo cabeza en la Región –que abarcaba Uruguay, Bolivia, Paraguay y Argentina-  como Consiliario durante tantos años, que superó el record de cualquiera en el mundo. No recuerdo exactamente el tema del cual habló, pero yo me encontraba en una posición permeable porque había cursado mis estudios en el colegio de monjas españolas “Las Esclavas”, que me dieron una formación excelente y muy parecida a lo que se decía en la Obra. Seguí asistiendo a esos retiros mensuales, sin plantearme nada más.
-Con respecto al “espíritu laical”, yo me acuerdo de los cuentos de la primer numeraria argentina Kitty Capón -ahora está en el Cielo- que decía que costó mucho. Incluso cuando llegó la primer numeraria española, los parientes de Kitty pensaban encontrar a una monjita. ¿Cómo entendiste ese “ser laicos en medio del mundo”?
– Muy naturalmente. No me llamó la atención. No me lo planteé  ni lo pensé,  me pareció que así tenía que ser.
– ¿Dónde se hacían los retiros cerrados de dos días y medio?
– En “La Chacra” en  Bella Vista. En una casa-quinta comprada a una familia, concretamente en lo que ahora se llama “la casa colonial”. Dormíamos de a muchas en esos cuartos inmensos. Lo más anecdótico que recuerdo es que  al llegar la primera vez, nos entregaron una silla. Esa silla la tuve que conservar para cualquier actividad –comedor, Oratorio, charlas de formación en el living-hasta que te ibas. No se contaban con muchos medios económicos.
-¿Cuándo vino san Josemaría-en 1974- a la Argentina ya pertenecías a la Obra?
-Sacá la cuenta, hace cuarenta años que soy supernumeraria… Sí,  ya había visto mi vocación en 1.967. Por lo tanto hacían ya siete años cuando vino el Padre.
-¿Qué te impresionó más de san Josemaría?
– La primera vez que lo vi fue en la Basílica de N. Sra. de Luján,  Patrona de la Argentina. Él irradiaba paz. A pesar de los miles que lo acompañaban… una podía sentir que la paz brotaba de su persona. Me quedó grabado el lugar dónde estuvo arrodillado, y cada vez que voy a Luján paso por allí. Se encontraba acompañado por Don Álvaro y por muchos más. Al Padre actual no lo vi, aunque sé que había venido. También lo acompañaban don Emilio Bonell y don Ignacio Echeverría.
-¿Cuántas supernumerarias eran por la década del 60?
-No sé cuantas pero pocas, porque nos conocíamos todas. No como ahora que somos tantas que ni sabemos los nombres. Hacíamos el retiro y la convivencia anuales de formación juntas, y solo éramos esas.
-¿Qué medios nuevos utilizás en estas familias tan atacadas y convulsionadas?
– Por ejemplo hacer reuniones con nietos mayores de edad, y dejarlos hablar  y hablarles.
Pensá que en la época de los primeros cristianos, el ambiente era mucho peor, y sin embargo salieron adelante y de que forma.

-¿Vos pertenecías al grupo que, cuándo se comenzó a construir La Chacra nueva iban a poner el hombro en lo que hiciera falta?
-Sí. Y festejamos cuando llegaron las primeras bolsas de cemento y delimitaron con rayas donde sería la casa nueva. Después nos explicaron que a san Josemaría le apetecía bendecir y festejar al término de una obra y no al comienzo. Y fijate que en el ritual romano solo existían bendiciones para el comienzo… pero muchos comienzan y pocos terminan, de ahí el interés del Padre por los finales. Pero igual lo que hicimos, se hizo con mucha alegría.
Otra cosa que me acuerdo de las primeras épocas, es el taller de ornamentos. Realizábamos solamente lo que pertenecía al altar hasta el alba, las casullas no.. Y como las de mi edad-76 años- habíamos aprendido a bordar desde chicas, hábito que ahora no se estila, nos sirvió de mucho. Lo hicimos con mucho amor y técnica, y salió muy fácil.

-Me interesa ¿Cómo viviste el tránsito de aquella época, a la erección de la Obra como Prelatura, la beatificación y posterior canonización de san Josemaría, añadiendo todo el material que cualquiera tiene acceso-hoy en día- a través de la WEB? A partir de allí, todo lo que pertenecía a la Obra pasó a ser patrimonio de la Iglesia, del mundo.
-Me dio tranquilidad, porque antes una tenía que dar muchas explicaciones de a dónde y para que iba. Luego de todo lo que nombrás, quedaba todo fácil y accesible. Gracias yo era muy dócil, muy permeable como dije antes, y me dejé llevar porque se me dio la gana.
– ¿Tu marido es de la Obra?
. No, solo va a Misa los sábados, por el precepto. Aunque yo no esté..
-¿Cuántos hijos tenés?
Cinco, ninguno de la Obra. Pero la defienden cuando alguien la ataca, la quieren y me joroban a mí, como es lo habitual en estos casos.
-¿Cómo atraían gente a Dios?
– En esa época muchas personas asistían a Misa diaria. Charlábamos a la salida de la iglesia, nos reuníamos a tomar té en alguna de las casas… Y bueno, era la ocasión de proponerles de que quisieran, aún un poco más al Señor, asistiendo a los retiros, rezando juntas el Rosario y luego realizando romerías a la Virgen, presentándoles a un sacerdote para que tuvieran dirección espiritual
-¿A vos personalmente, qué te atrajo del espíritu del Opus Dei?
-A mí lo que más me preocupaba era mi vida familiar, por ende lo que más me atrajo fue que yo me podía santificar en medio de los pañales, las cacerolas, la educación de mis hijos y el amor a mi marido. El material de mi santificación era mi familia, por lo tanto nunca me pidieron nada reñido con esto.
 -El apostolado de la Obra es de amistad y confidencia, el saber meterse en la piel del otro. ¿De cuántas de aquella época, que acercaste al Opus Dei, seguís siendo amiga?
– De muy pocas  debido a mis diferentes mudanzas. Pero aunque pase mucho tiempo sin vernos, cuando lo hacemos  es como si nunca nos hubiéramos separado.
-¿Qué opinas de los ataques que se le hacen ahora a la Obra? Antes se le hacían con prejuicios, sin conocer, pero ahora –como dijimos- existen muchos medios para conocerla y continúan los ataques.
-Uno de los prejuicios es que el Opus Dei busca a personas de mucho poder adquisitivo. Y no saben que hay escuelas rurales, colegios en barrios marginales, dispensarios, escuelas técnicas … y tantos otros emprendimientos aquí y en otras partes del mundo para gente de pocos recursos. He conocido a obreros que son de la Obra y son grandes santos, más que otros – o no- “de posibles medios económicos mayores”. Y es que la santidad no depende del dinero. Se hacen sin averiguar bien las críticas.
-¿Qué medios de formación imparte la Obra, diferentes a los de hace 40 años?
-Creo que son los mismos, expresados de forma más actualizada como en cualquier familia. Lo que cambió son los modos no la  esencia.
-¿Qué te aportó a tu buena formación familiar y del colegio, el Opus Dei?
-Mucha más firmeza de que lo que hacía estaba bien. Uno siempre, hasta el final, necesita más formación doctrinal y moral, y más piedad. Que te aclaren ciertas cuestiones que el en mundo actual van surgiendo.
-¿Cómo ves el cariño en la Obra, propio de una familia? ¿Cómo algo abstracto o tangible?
-En un momento muy difícil para nuestra familia, en que mi marido se encontraba lejos y era Navidad… no dudó la directora del centro al que yo acudía, en invitarme con todos mis hijos –pequeños todos- a pasar Nochebuena con ellas. Nos sentimos muy arropados y queridos. Y a pesar de todo la recuerdan como una Navidad muy feliz. En la vida diaria con el trajín de una ciudad grande, a veces habría que detenerse un poco a pensar más en los otros… Pero de cualquier manera el cariño se vive.
-¿Pensás que muchos de los ataques a la Obra derivan de que es una exigencia grande en muchos planos? Porque ahora se huye de todo lo que sea un compromiso para toda la vida, como un hijo, un matrimonio… Y por lo tanto las exigencias de la Obra son una amenaza a todo esa comodidad, a ese hedonismo.
-La exigencia es real pero posible. Es más fácil para muchos adoptar un camino cómodo, menos comprometido.
-¿Qué medios nuevos utilizás con estas familias tan atacadas y convulsionadas?
– Por ejemplo hacer reuniones con nietos mayores de edad, y dejarlos hablar  y hablarles. Pensá que en la época de los primeros cristianos, el ambiente era mucho peor, y sin embargo salieron adelante y de que forma.
-Pensás, alguna vez, entre los avatares de la vida, dolorosos y alegres, la bendición que es ser  del Opus Dei?
-Por supuesto, y casi siempre en los dolores. Te ayudan a ver la cara del dolor que uno no ve, pero está con el apoyo de Dios y de ese tratarlo todos los días de Tú a tu en la oración. Cuando nació Clarita, una de mis últimas nietas, con síndrome de Pena-Schokier… Me animaron a que le pidiera este milagro a Montse Grasés. Aunque  se lo encomendamos con mucha fuerza, no se dio el milagro. Clarita murió hace dos años y está en el Cielo. Fue una bendición para mí ser de la Obra.
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Quiero agregar que le agradezco a Dios inmensamente el que me haya dado la vocación. Fue como tirarme a una pileta de natación sin saber si había agua. Y esa es la gracia que viene aparejada con la vocación.

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Conocí el Opus Dei desde dentro

Desde dentro

Bea Hellers

El otro día, yendo por el centro de Buenos Aires, a un  ritmo bastante acelerado… Me choco de frente con Pablo. ¡Qué alegría! Él es hijo de un matrimonio amigo de supernumerarios, ex-alumno de un colegio –labor personal de padres de familia- con dirección espiritual de sacerdotes del Opus Dei.  Muy cariñoso, simpático. Pero, como suele ocurrir cuando se dan las anteriores premisas… con prejuicios en contra de la Obra… por lo menos hasta que lo vi la última vez hace casi cuatro años. -¡Qué tal Pablo, como te trata la vida?

-Muy bien, me caso con mi novia – desde hace siete años- en octubre. Pero quiero decirte  que la última vez que nos vimos estuve demasiado agresivo con vos. Me quiero disculpar y explicarte.

-¿Porqué?

-Estaba en primer año de la facultad. Y ataqué al Opus con todo.

– Me acuerdo, parecías una bala buscando su objetivo.  Y se ríe con ganas.

-¿Sabés que  pasa? Los que nacimos en una familia de supernumerarios, y encima nos mandan a un colegio con esa orientación… Nos parece que nos quieren imponer a toda costa ser de la Obra (esta parte está aclarada en Padres supernumerarios y separación con la administración). Pero ahora cambió la cosa, estaba equivocado.

-¿Qué te hizo cambiar de opinión?

— Bueno, al terminar el colegio, me dieron un trabajo de recepcionista y hacer trámites  en un centro de varones . Me trataron como uno más. Tenía acceso a la cocina, a las publicaciones, le llevaba la agenda a uno de los primeros sacerdotes que vinieron a la Argentina. ¡ Y encima tenía tiempo de estudiar cuando no había mucho movimiento! Todo esto me hizo ver con mis propios ojos lo que era la Obra, no llamarla más “Opus” porque no es su nombre completo y suena peyorativo. Conocer la vida diaria de los numerarios. Me hice amigo de todos y de la Administradora también (esta parte está aclarada en Padres supernumerarios y separación con la administración).

Me mimaron mucho, concurría a los cumpleaños de cada uno y me festejaban el mío. Trabajaba de 8 a 15 h, y después me quedaba un rato en la sala de estudio hasta la hora de ir a la facultad.

Me recibí en cuatro años de una carrera de cinco. Incorporé varias prácticas de piedad, que ya había vivido en mi casa… pero esta vez como iniciativa  propia.

-¿Cuáles te quedaron grabadas?

-Mirá, muchas. Pero darrme cuenta de porqué mis padres rezaban el Angelus a hora, el reclinarme ante el Sagrario con más devoción… No sé, tantas más.

-¿Te sentiste coaccionado alguna vez?

– Para nada, aunque entré a trabajar ”muy vigilante”. Sigo yendo cada tanto a charlar con un numerario amigo cada tanto y a confesarme.

-¿Cómo explicarías tu cambio de actitud?

– Muy fácil, conocí el Opus Dei desde dentro, “desde la cocina” como dice mi madre. Hoy es una gran ayuda para mí. Y me río cuando escucho a otros chicos –que como yo- critican a la Obra sin conocerla o mejor: “sin haber pasado por la cocina”.

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Mi marido en el cielo

Les quería contar algo sobre Enrique. Lo tengo a mi lado las 24 hrs. del día… y sin embargo lo extraño casa segundo.

Siempre nos tuvimos un amor tan grande, tan íntimo, tan especial, porque era solo nuestro. Ahora lo comparto más plenamente con Dios, y me crea una sensación desgarrante, extraña. Me hace doler el cuerpo y el corazón el no vivir juntos, en el mismo lugar. Mi alma está en paz, porque él vive en el lugar dónde luchó toda su vida por llegar, y mucho más intensamente los últimos once meses de su enfermedad. No me dejó ningún saldo negativo ni esta enfermedad ni su sufrimiento tan fuerte. A su alrededor se respiraba “AROMA DE CIELO”. Porque vivió esos once meses con una entrega y una alegría incomprensible para muchos.

Hablamos todos los días de que él ya tenía el pasaje de “vuelta” –el de venida se lo regalaron sus padres junto con Dios- pero sin fecha aproximada. Me repetía: “tengo la gracia de este cáncer y la gracia de vislumbrar cuando me puedo llegar a ir. Vos no gordita. Pero voy a luchar por no dejarte”

Él fue y es mi principal promotor y entusiasta en lo intelectual y en lo espiritual.  En cuanto al corazón, siempre me decía “a vos, Bea te sobra para los dos”.

Quiero agradecer a mi Padre y a Raqui, que lo mimaron tanto. Me sale de dentro al agradecer a sus Padres y a mi Madre…pero no necesito porque ya lo habrán recibido al llegar al Cielo y se lo habrán dicho por mí.

A nuestros íntimos amigos que lo acompañaron, lo rodearon de ese cariño tan propio de la amistad cuando es verdadera. A los que viven lejos y siempre estuvieron cerca con una llamada, un mail como Pollo, Ricardo, Daniel y Ana, Mariano, Vicky.

A sus ahijados que lo fueron a ver haciéndole pasar momentos agradables –como Francisco y Santiago-en especial a Santi Trejo que le regalaba asombro y ternura. A mis hermanos. Enrique desde su dolor y entrega pidió por todos Uds. con nombre y apellido.

¿Qué puedo decir de los que nos acompañaron a dos de mis hijos

– que Dios quiso que estuvieran en representación de todos sus hermanos- y a mí, esa noche y madrugada del viernes 18, mientras  que el alma de Enrique luchaba respirando tan dificultosamente por quedarse… Y yo le decía: “No luches más mi amor, Jesús te está esperando. Ya está, ya basta de luchar. Yo ya no peleo contra Dios, ya te entregué.” Gracias Elsa, Elena y Panchi. Nunca me voy a olvidar de esa noche, en que nos ayudaron a mis hijos y a mí a dejar partir al alma de Enrique.

A Francisco- que cuando Enrique se descompuso la última vez- voló al sanatorio a acompañar a su amigo, a su hermano.

A Sara que nos acompañó a todas horas. ¿A M. Angélica y Susana como les puedo agradecer?

A todos les quiero con palabras de una amiga-que no pudo venir, pero Jorge, su marido sí- “Si estoy caminando y respirando, es por la oración de cada uno de Uds. que no es poca cosa”

Al padre Aníbal-su confesor- que se le acercaba a diario con un entusiasmo tremendo-aunque no lo viera bien- y le traía la Comunión y la Confesión. También al p. Tomás que lo ayudó muchas veces llorando. Al p. Carlos de S. Patricio. A Rodolfo que cada vez que entraba le daba a Enrique un beso en la frente. Todo esto me hizo darme cuenta una vez más que el cariño en el Opus Dei se palpa, se siente y no es una teoría. Y para a los que Dios nos da esa vocación: No hay mejor sitio para vivir, ni para morir. Enrique y yo lo vivimos así.

A nuestros hijos, me gustaría decirles que nos mantengamos unidos como hasta ahora. Que hablemos de Papá con alegría y con Fe en Dios como él hubiera querido. De sus padres les quedó la peor parte, que soy yo. Por eso-aunque espero estar a la altura de las circunstancias- quiero que sepan que los necesito para seguir viviendo y que me dejen ayudarlos en su dolor,  que es muy duro. Sé algo de eso porque ya dejé partir a mi Madre. A su Papá lo tienen ahora disponible las24 hrs. del día, aunque no lo vean. Que lo sepan Matías y Tomás que están lejos, todo esto que les digo.

Enrique y yo nos entregamos el uno al otro durante toda la vida. Esa es la maravilla del amor cristiano, del Sacramento del Matrimonio, porque siempre supimos que cuando Dios lo creó a Enrique, lo creó para mí, y seis años después me creó a mí para él. Le pedíamos a diario –yo le exigía- las gracias actuales de tan grande sacramento.

Cuando se fue Juan, el último a vivir por su cuenta, nos llenamos de proyectos. A él le costó mucho más la partida. Nos conformábamos con cosa sencillas, como jugar al ludo-yo soy una tramposa, él ni ahí hacía trampa- abrazarnos, respirar hondo en el campo, ver crecer de todas formas a nuestros hijos y a Martina nuestra nieta, que lo llamaba Tata como él quiso siempre, rezábamos juntos todos los días. Fuimos amigos y confidentes además de marido y mujer. Aprendimos a reírnos de nuestros defectos, llorábamos con nuestras alegrías y nos peleábamos por tonteras como cualquier matrimonio.

¿Cómo no voy a estar enamorada de un hombre así? Ahora lo amo aún más, porque forma parte del Amor de Dios y entonces es más apetecible que antes como amor.

Espero que no me suelte de la mano- ni a nuestros hijos ni a mí- durante la vida que nos queda por delante… Y nos abrace fuerte, muy fuerte en el momento final de entregar nuestra alma a Dios..

Gracias Señor, por haberme entregado a Enrique durante treinta y siete años y cuatro meses, fue el regalo –inmerecido- más grande que recibí de Vos. Bea Hellers.

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Cooperadora desde hace 20 años: como pez en el agua

Lía es muy guapa. Abuela joven, rubia, alta y muy bien vestida. Abogada. Cuando le propuse entrevistarla, se sorprendió. Desde hace veinte años es Cooperadora del Opus Dei.

-Lía, ¿Cómo y porqué conociste la Obra?

Mirá, hace veinte años, uno de mis hijos estaba por recibir la 1ºComunión, y asistiendo a las charlas para padres en la parroquia, una amiga –que también era madre- me invitó a unas charlas en lo de otra amiga. Mi amiga era y es Cooperadora.  No tengo muy claro si fui por curiosidad o porque realmente me interesaba formarme. Pero fui, y aquí estoy.

-¿Cómo se encontraba tu formación personal en ese momento?

Fojas cero. Más abajo que en  un sótano. Había ido a un colegio laico. Mi padre murió cuando yo era muy chica. Solo se me pegó la piedad natural de mi madre, sin conocimientos profundos. Como la del “carbonero” que cuentan.

-¿Sabés que los Cooperadores no tienen vocación a la Obra, pero trabajamos “codo a codo” con ellos, sin secretos, compartiendo apostolados y medios específicos de formación?

Después de veinte años, comienzo a darle vueltas a la idea de que puedo llegar a tener vocación. Para eso me guían el sacerdote y una numeraria. No me la hacen muy fácil. Y yo siempre con miedo a dar ese paso.

¿Qué te atrajo?

-La espiritualidad típica de la Obra. Ser cristianos es una forma de vida, y la formación que me daban era claramente poder concretar, materializar esa “forma de vida” en mi propia vida.

Además, no desde  el primer momento, porque me costó unos años… pero cuando entré al centro de la Obra -dónde acudo actualmente- me sentí en mi propia casa. Me dieron encargos, recibía a la gente “como dueña de casa”. Mejor, como la hija de un padre común: nuestro Padre, hoy San Josemaría. Me dije: “Este es también mi Padre”. Vamos, mi situación era como la de un pez en el agua. Es mi familia. Con un añadido muy importante: el Oratorio, dónde está el Señor es lo más cuidado. Y me impresionaron mucho –y me siguen emocionando aún- los “detalles” para con el Señor en el Sagrario. Llamalos manteles que parecen no tocados, flores, velas, luces… como el arrodillarse cada vez que una pasa delante de Él y con dos rodillas si está expuesto el Santísimo. No lo veía en ningún lado, y me atrapó. Lo mejor para Dios.

-¿De que modo cooperas con los apostolados de la Obra?

Primero rezando, acercando amigas a los medios de formación, realizando encargos que me proponen y económicamente.

-¿Sabés que los cooperadores se pueden ganar indulgencias Plenarias y parciales?

Sí por supuesto…

Me los enumera. Y el único que no sabía era del  día que fue aceptada como cooperadora. La animo a que pida la lista  dónde figuran todos.

-¿Sabés que hay cooperadores que no son católicos?

-Me lo han dicho, pero no conozco ninguno.

Te  presento alguno si querés. Mi Padre, nombró hace muchos años un cooperador judío, que todos los meses le hace llegar su aportación para los apostolados. Porque no te olvides que el Opus Dei promueve la mejora del hombre en su totalidad, y eso interesa a los católicos y no católicos.

También es mérito de quién pude comunicar el espíritu de la Obra.

-¿A qué medios de formación asistís regularmente?

-Nunca dejé de ir al Curso de Retiro anual, las convivencias, los retiros mensuales,  los círculos, cambio impresiones regularmente con una numeraria que me conoce a fondo y me guía,  la Confesión semanal. Al principio me costó mucho guardar silencio en los Retiros anuales… ahora me molesta que me hablen. Me parece alucinante vivir bajo el mismo techo con Dios. Lo difícil es volver a lo de todos los días… pero eso es lo de la Obra ¿No? También se organizan  charlas de formación para matrimonios y sobre temas que están candentes en el momento y tenemos que estar seguras de lo que vamos a decir.

-¿Sabés que si bien no pueden ser de la Obra nadie que pertenezca a una orden religiosa, porque es otra vocación, sí pueden ser-en cambio- cooperadores? De hecho rezando mucho, como las Carmelitas.

– No lo sabía. Hablando de eso, cuando fui a la Beatificación y Canonización de nuestro Padre y vi esa cantidad tremenda de personas… y supe que la mayoría no eran de la Obra.. me dije “como se debe de rezar, como debe rezar cada miembro de la Obra, porque esto es trabajo de cada uno de ellos y de los cooperadores también” Lo importante que me hizo entender la Obra es que hay que acercar personas a Dios siempre. Es mi caso, el Señor me fue guiando hasta encontrarlo. Y a veces rezar significa ofrecer cosas que no te gustan y te hacen sufrir.

-Las aportaciones de dinero no son para mantener a ningún miembro de la Obra, sino para los apostolados.

-Eso me mueve más a colaborar cuando puedo.

Te quiero decir que me ayudaron estos veinte años a descubrir a un Dios que es Padre y misericordioso. La relación tan íntima con el Señor en la oración personal.

– Rebobinando, ¿que podemos concluir?

-Que puedo amar y hacerme santa con mi materia prima, el cuidado del Oratorio, el poder materializar la vida cristiana de cada día, la pluralidad y la diferencia de los miembros de la Prelatura, el amor al Papa sea quién sea, el sentirme en familia, el saber jugarse por algo que te exige más en todos los puntos de vista, la formación constante.

Le tengo, sí, un poco de miedo a entregarme totalmente a Dios.

-Nunca te van a pedir algo reñido con tu vida familiar, tu profesión.

-Lo tengo bien claro. Y estoy tan bien en la Obra, que a veces tengo que pensar que no todo es Tabor sino que hay Calvario. Quiero agradecer todo lo que me han dado en todos los niveles. No me alcanzan las gracias.

 

Bea Hellers

Cooperadora desde hace 20 años: como pez en el agua
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Sobre mi Abuela y la confesión

Como todo el mundo tengo dos Abuelas, una italiana y otra alemana. Algo muy común en Argentina dónde las nacionalidades se amalgaman.

Hoy les quiero contar sobre mi Abuela alemana. Nació en un hogar luterano practicante, con sus consabidas costumbres y creencias. Cuando se casó con su marido-mi abuelo- lo hizo por la iglesia luterana, pero él le pidió que los hijos que tendrían serían bautizados católicos. Y así fue.

Pasaron los años, y no sé si porque siempre fue muy humilde en su forma de ser y actuar, o porque “el Espíritu sopla dónde quiere”… Pero se comenzó a cuestionar de que a ella no le alcanzaba eso de las confesiones generales en un templo. Si la salvación era individual, también lo tenía que ser la confesión de los pecados y el perdón. Uno no se salva en grupo.. y por eso la confesión de los pecados tenía que ser forzosamente personal. Tenía una necesidad verdadera del perdón de Dios. Quería irse al Cielo alguna vez, cuando Dios la llamara. Fue indagando, buscando es la palabra… hasta que llegó, sin ayuda o dirección de nadie, a la religión católica, y a un sacerdote. Supo que Dios usaba de ese u otro sacerdote

-como instrumento- para perdonar los pecados. Así fue como a los cuarenta y seis años  hizo su Conversión de Fe al catolicismo. Un año antes de que mis padres se casaran.

Es obvio que cuando yo la conocí…  mejor cuándo yo nací y ella me conoció, ya era una católica practicante. Es más, lo llevó a practicar a su marido-mi abuelo- que por esos momentos atravesaba caminos de tibieza.

Si volvemos a lo que les contaba al principio, de que mi Abuela vivió en un hogar luterano practicante y con todas sus costumbres alemanas incluidas… Es fácil deducir que muchas de las verdades de Fe y piedad católicas, le fueron arduas para incorporarlas.

Recuerdo las grandes discusiones que sostenía con ella – desde mis diez años- sobre la Virgen, entre otras. Pero, poco a poco las fue adoptando e integrando a su nueva fe.

Pasaron los años, y siendo yo supernumeraria, se convirtió en Cooperadora del Opus Dei. Estaba encantada de como se hacía tanto hincapié en la Confesión frecuente. También le caló muy hondo las palabras de San Josemaría de que la Confesión debía de ser: clara, concisa, completa y concreta.

 Vivió hasta los noventa años… y recuerdo muy bien como enfatizaba: “Bea,  hasta los noventa años y más se pueden corregir defectos”. Se esforzó hasta su último día-a pesar de todos los males que la atacaron- en trabajar. Me regaló el día antes de partir un tejido al crochet hecho por ella con una de sus manos atadas al sillón para que no le temblara el pulso por su mal de Parkinson.

Durante el tiempo de Cuaresma, todos los años, vivía con gran regocijo la invitación de la Iglesia a la conversión.

No he conocido a nadie más con una humildad tan grande que la llevó a tan grande Sacramento.

Ya que estamos en Cuaresma, saquen sus propias conclusiones… Siempre hay algo de que confesarse. ¿Qué tal si la siguen a mi Abuela?   Bea Hellers

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Encontré la fe y mi vocación por esos caminos de Dios

Hace unos días, llamé por teléfono a Luciana. No la conocía personalmente, pero me dio su número una de sus amigas, porque podría resultar interesante entrevistarla para mi blog.

Fui hasta su casa, me abrió la puerta con una sonrisa “de oreja a oreja”.

-¿Te puedo hacer algunas preguntas?

-Sí, por supuesto. Me gustaría mucho que a otros les ayudara mi experiencia con Dios.

-¿Cómo comienza tu “andadura”

-Comienza el la chica sin fe, de diez y siete años, y que pensaba que algo existía pero sin saber hasta que punto podía haber un Dios. Esto fue por el año 2003. Hace cuatro años. En segundo año de mi carrera universitaria vino a estudiar a mi facultad una chica del Opus Dei que congenió conmigo bastante. Me invitó a hacer voluntariado en el pueblito de Santo Tomé-Corrientes- en las vacaciones de verano.

Y en una de nuestras conversaciones salió que yo no estaba bautizada y que tampoco tenía fe.
Mi amiga me propuso asistir a clases de Catecismo-antes de viajar- para conocer la fe católica y accedí, aunque sólo fuera por cultura. Las clases eran los sábados a la mañana en un centro para jóvenes de la Obra. Poco a poco, fui conociendo las verdades de fe, aprendí a rezar el rosario y la estampa de san Josemaría… Rezaba pidiéndole que Dios me diera la fe y me fui formando. Un día entré en el oratorio y mi amiga me explicó que Dios estaba en el sagrario. Lo primero que hizo fue enseñarme a hacer la genuflexión, entonces, me dijo que, además del gesto, había que acompañarla de algo más y me sugirió que podía decir: “Señor, creo firmemente que estás aquí”. Y así lo hice, creyendo firmemente que estaba en el Sagrario. Dios me dio la fe que le pedía porque empecé a creer aquello que le decía, a hacer oración. 
El siguiente paso, era decirles a mis padres que quería bautizarme. Se los dije y me contestaron que no, que esperara a cumplir los 18 años. En noviembre de ese año los cumplí y pedí a mis padres como regalo de cumpleaños mi bautismo, y sin tener fe ni entender nada, me vieron tan convencida y contenta que me acompañaron en mi decisión.

El 8 de diciembre, me bautizó el Párroco, recibí la Primera Comunión y me confirmé junto con otras seis personas más en el Día de La Inmaculada. Mi familia no asistió a la ceremonia pero estuve muy arropada por las chicas del centro.
Antes de bautizarme ya había empezado a trabajar en la administración de otro centro de la Obra. Me daban mi sueldo, porque era un trabajo profesional Como se hace siempre en el Opus Dei me enseñaron a trabajar ofreciendo a Dios mi labor diaria… Y poco a poco mi trabajo me fue gustando cada día más. Antes de bautizarme, fui cooperadora no católica. Cooperaba con mi oración y privándome de ciertos detalles, por ejemplo en vez de tomarme un colectivo… hacía el trayecto a pié e iba juntando las monedas.

Dios me fue mostrando mi vocación y le dije a mi amiga que deseaba ser del Opus Dei. No me la hicieron fácil. Lo fui charlando con mi amiga que es numeraria y con el sacerdote con el que me confesaba. En el 2005 ya era supernumeraria. En el día de hoy no me cambió por nadie, me apasiona mi trabajo y, por supuesto, mi vocación. 
Ahora rezo por mi familia y por mis compañeras de facultad que no creen… para que encuentren la fe y entiendan un poco la Obra. 
Como verán, no hubo lugar a hacerle preguntas porque Luciana me contó todo de un tirón y muy entusiasmada. Al final, me dijo:- ¿Servirá a otros? Que maravilla sería poder compartir mi experiencia.  Ya lo estaba haciendo.

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