Numeraria auxiliar: María Emperatriz Cantalejo

Numeraria auxiliar: María Emperatriz Cantalejo Opus DeiMaría Emperatriz tiene 37 años y es numeraria auxiliar del Opus Dei (quienes se encargan de las tareas domésticas y administrativas en los centros y residencias de la organización). Da clases en la Escuela Fuenllana de hostelería, en Madrid, que es una obra corporativa del Opus Dei. Conocí el Opus Dei en los años 80, exactamente cuando dejé mi ciudad natal, Talavera de la Reina, y vine a Madrid.
En Madrid estuve trabajando en un colegio mayor [residencia asociada a una universidad, en las que a veces funcionan centros del Opus Dei], donde yo conocí a gente que pertenecía a la “Obra”.
En esa época supe realmente cuál era la espiritualidad del Opus Dei. Conocí a mucha gente que trabajaba en la administración de los centros de la “Obra”, a unas cocineras muy profesionales que me ayudaron a decidir, sobre todo observando su trabajo, que podía estudiar hostelería.
Me puse luego a trabajar y a estudiar, y pedí la admisión como numeraria auxiliar.
El tema de decidir ser numeraria auxiliar es una cosa que va cuajando por dentro. Es una llamada de Dios, una vocación sobrenatural. Esto supone entrega, sacrificio. Por ejemplo, renuncias a casarte y tener hijos.
Actualmente doy clases teórico-prácticas en la escuela en la que estudié, la Escuela Fuenllana de hostelería, que es conocida en España y es una obra corporativa del Opus Dei. Enseño cocina y repostería, atención al cliente en el restaurante donde las alumnas hacen prácticas, y ayudo a las alumnas a que aprendan a planchar y coser.
Ellas van a ir trabajando luego en distintos sitios de la sociedad. Por supuesto, también pueden trabajar en centros del Opus Dei.
En un día común me levanto, hago media hora de oración y voy a misa. En ese momento le ofrezco a Dios ese día de trabajo, porque luego durante la labor sinceramente no te puedes poner a rezar. Si hay una pequeña contrariedad pongo buena cara, no pasa nada, adelante. Eso forma parte de la santificación del trabajo.
En el Opus Dei se dice que las numerarias auxiliares son como la columna vertebral. Hacen todos los trabajos tanto en los centros donde viven hombres como en los que viven mujeres; atienden colegios mayores, residencias en las que la gente va a lo mejor a pasar unos días de ejercicios espirituales o cursos de retiro, o a estar una semana en unas conferencias, unas convivencias.
Son las que se encargan de que el desayuno esté preparado, de que la mesa esté bien puesta, de que haya unas flores en un sitio determinado, de que la ropa esté muy limpia, de que la puerta y el teléfono estén atendidos. Las compras también. O sea, lo que haría una madre de familia en su casa.
Es cierto que los hombres no tienen que estar cuando entran las mujeres a su centro a hacer las tareas. A lo mejor lo que se hace es dividir la casa en dos zonas y se limpia primero una y después otra, de forma que los hombres puedan seguir trabajando en la biblioteca de la casa o en su habitación.
¿Por qué? Pues porque si una persona, que puedo ser yo misma, le he entregado mi vida a Dios y he decidido vivir en celibato apostólico, puedo estar tentando al trabajar cuando por medio puede haber hombres.
En la práctica, la mayoría de las tareas las desarrollan las mujeres. No porque los hombres no puedan hacerlas, sino porque si ellos tienen su trabajo profesional el centro puede convertirse en una especie de casa sin control (…) Ellos llegarían a su casa y aquello estaría destartalado, un poco descuidado si no hubiera administración.
Y luego también porque la mujer tiene ese carisma especial del detalle, de la intuición. Hay hombres a los que también se les dan mejor los trabajos de la casa, pero la mayoría de las mujeres pueden hacer ese trabajo quizás con esa mano femenina que deja cada cosa en su sitio, con orden, atención, esmero.

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Monseñor Escrivá de Balaguer y el Opus Dei

Mons. Antonio Quarracino, Obispo de Avellaneda. Secretario General del Celam
Artículo publicado en EL MUNDO
Medellín, 5–XI–81

No tuve oportunidad de conocer personalmente a Monseñor Escrivá de Balaguer, ni me he detenido en profundizar sus escritos. Hace muchos años leí Camino, y no hace tanto algunas de sus plá­ticas y homilías. Debo decir ante todo que me llamó la atención su facilidad de presentar como «a la mano» -encarnado, dicen hoy– el llamado universal a la santidad.

Tampoco mis contactos con el Opus Dei han sido tales que jus­tifiquen una exposición detallada de su espíritu y apostolado. He tratado a algunos de sus miembros; y debo decir que me han pare­cido todos excelentes. Me han atendido afectuosamente en sus cen­tros e informado de sus labores en los diversos ambientes del pueblo de Dios.

Afirmaría que mi conocimiento de esta Obra y de su fundador es un conocimiento «al revés», esto es por sus detractores, los cuales a la verdad, me causan una sensación extraña, mezcla de pena y de gracia. Algunos ataques y testimonios muchas veces son una expresión de mal gusto, por decir lo menos… es una institución de la Iglesia que ha recibido golpes muy furibundos, que recuerdan la desfachatez diabólica. Y por cierto que no todos vienen de afuera…

Pienso entonces en aquello de que las obras de Dios son pro­badas por la adversidad y la persecución… Recuerdo lo que San Lucas relata en el capítulo 5 de «Los Hechos» acerca del prudente Gamaliel: «Si este asunto es cosa de los hombres… pero si es cosa de Dios… no se vayan a encontrar luchando contra Dios». Como creo que estas palabras conservan su validez, por una parte me asal­ta cierta especie de pena porque, naturalmente, no me agrada que se golpee a una institución de la Iglesia; y también cierta gracia entre socarrona y lastimera porque me parece ver a los que golpean, in contrario sensu, como instrumentos de la comprobación de que una obra es de Dios. Algo parecido a los «abogados del diablo». Considero muy útil y necesario el papel que deben desempeñar esos abogados; ¡pero me parece tan antipático!

No sé si Monseñor Escrivá será canonizado. ¡Qué extensa es la lista de grandes figuras de la Iglesia que no lo han sido! Pero cuando personas serias, ponderadas y prudentes, que conocen el sentido de las palabras, tanto lo exaltan y de santo lo califican, me digo que por algo debe ser. Es un hecho sin precedentes contar con la petición de 69 cardenales y 1.300 obispos -entre ellas la mía– dirigidas al Santo Padre solicitando la apertura del proceso. Y como me quedo pensando que si me pidieran el nombre de un pastor -obispo o sacerdote– que yo hubiera conocido personal­mente en mi vida, y a quien considerara digno de que su causa fuera introducida, daría el de uno solo, y con algunas advertencias pre­vias, se me ocurre que tampoco tantas personas piensen y hablen apresuradamente.

Por otra parte, hay algunos hechos que muchos podrán juzgar irrelevantes, pero que yo considero significativos si se los mira desapasionadamente.

El caso de Camino, por ejemplo, que ese libro tan sencillo, algu­nos de cuyos pensamientos han sido criticados con ridícula ligereza, haya tenido tiradas millonarias y traducciones en más de treinta lenguas, ¿no llama la atención? Ya escucho a algunos: «es que la institución…», «Sí, ya sé, interrumpo yo: ¡los de la Obra son tan geniales que lo editan y luego queman los ejemplares, o los venden como papel viejo!, pese a la pequeñez de su tamaño. ¡Muy inte­resante su explicación!».

Otro hecho; cuando murió Monseñor Escrivá, el Opus Dei, así tengo entendido, contaba con mil sacerdotes, más o menos. Estimo que ningún fundador dejó al morir una heredad semejante a la Iglesia.

El tercero: es conocida la amplísima gama de profesionales y estudiosos que pertenecen a la Obra. Se trata, pues, de gente que naturalmente no dejó enmohecer su materia gris. Soy lógico si pien­so que se trata de personas cuya asociación al Opus Dei no ha sido hecha a tontas y a locas, o como llevada por la nariz, o engañadas como niños, o por medio de un espeluznante lavado de cerebro, o después de pasar una temporada en un hospital psiquiátrico del Este…

«¿Ladran, Sancho? Señal es que cabalgamos». (De un libro vie­jo, pero siempre actual.)

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Una amistad de 43 años

Mons. Pedro Altabella Canónigo de San Pedro de Roma
Doctor en Teología y Derecho Canónico
Artículo publicado en EL NOTICIERO
Zaragoza, 29–VII–76
El día 26 de junio de 1975, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer pasaba a mejor vida. En aquellos momentos nos fue dado estar junto a su cadáver –parecía que estaba dormido más que muerto, celebrar la Santa Misa de corpore insepulto y dar rienda suelta a nuestro afecto de amigo.

Hoy quisiera evocar siquiera algún rasgo de su rica personalidad sacerdotal. Creo que un trato frecuente que tuve con el a lo largo de 43 años me autoriza a intentarlo.

Conocí a Josemaría Escrivá de Balaguer apenas llegué al Semi­nario Conciliar de la Plaza de la Seo, el año 1925, en Zaragoza. Josemaría, que residía en el Seminario de San Carlos, venía como Superior del Seminario de San Francisco de Paula a acompañar a los seminaristas que venían a clase al Conciliar. Le veíamos vestido con man­teo –no llevaba beca porque era Superior- y con porte distinguido. Creo que en aquellas fechas había recibido sólo las Ordenes Menores.

Luego, circulaba por el Seminario nuestro la noticia de que Jose­maría estaba en Madrid. Allí terminaba sus estudios de Derecho Civil, y trabajaba en el apostolado entre universitarios. No sabía yo entonces más de él.

El año 1934, en enero, fui llamado por don Angel Herrera que pidió el permiso al señor arzobispo Domenech– a la casa del Con­siliario, en Madrid. Morábamos en la calle Villanueva, 15.

Fue precisamente en esa casa y en ese tiempo donde me saludó por primera vez don Josemaría Escrivá. Me lo presentó don Emilio Bellón, nuestro director, diciéndome: «Ven acá; vas a conocer a un paisano tuyo, gran sacerdote y apóstol». Bromeó don Emilio sobre mi persona al presentarme a don Josemaría y, en un fuerte abrazo que nos dimos, quedó fundida una amistad que nunca ya vino a menos.

Hablamos de nuestros ideales sacerdotales y apostólicos. Me invitó a visitar su academia DYA, que tenía en la calle Ferraz. Me impresionó en aquel momento el garbo y la alegría con que trataba a aquellos chicos y el gran afecto que le tenían. Pero, sobre todo, quedó grabado en mi alma el gran aprecio que ponía Josemaría Escrivá en la oración, y que supo transfundir en los espíritus de aquellos universitarios. La capilla estaba llena de jóvenes recogidos en oración. Eso, entonces, no era corriente.

Es ésta de la oración una nota fundamental de la personalidad de Escrivá de Balaguer. Diría yo que era para él la oración su fuerza, su refugio, su mejor quehacer, su hora de luz y de amor. Allí supo escuchar a su Dios y Señor, y prometió y cumplió seguirle fielmente hasta morir. ¡Cuántas veces le he oído que todo lo hablaba en la oración! Recuerdo que en los momentos más graves de su vida, que yo conocí o que le oí contarme, sea en las horas brillantes, sea en las amargas y oscuras, con fe intrépida, con gran decisión, con enorme poder de convicción, me decía: «Verás que todo lo resolverá el Señor de la mejor manera. Recemos sin desmayo».

Sugiero destacar, asimismo, otra nota para mi característica de su persona y de su acción. Se ha escrito y dicho reiteradamente que la idea central de su espiritualidad era y es que el cristiano común puede y debe santificar el trabajo y santificarse en el trabajo. Sea así. Pero creo que los diálogos de amistad que tuve con Jose­maría Escrivá me han dado a ver otra idea fuerte que quizá nos haga ver claro, y bajo la luz especial, el alcance de su vida y de su acción. En nuestras conversaciones, siempre destacaba con fuer­za la acción de Dios, de su gracia divina. La acción preponderante de Dios en nuestra santificación –sine me nihil–, pero, a su vez, la acción del hombre con toda su alma, con su entrega total, sin términos medios, con audacia moral. ¿No puso a su academia como lema Dios y Audacia? Pues bien, para mi quedó clara esta su postura espiritual un día en el que con entusiasmo inaudito me decía: «Me saca de quicio, Pedro, ese Cristo verus Deus et verus homo Cristo verdadero Dios y verdadero hombre–. La fuerza omnipotente de Dios, amasándose con el hombre al cual ha destinado a su Gloria».

Ahí está toda la luz de la teología aplicada a la vida nuestra: Cristo es el modelo. Las acciones de Cristo son tan divinas como humanas, tan humanas como divinas, theandricas dicen los teólogos. Nos parece que para comprender la ascética, la vida y los idea les apostólicos de Josemaría Escrivá, se debe partir de aquí. Sobre todo para conocer su Obra, el Opus Dei. Por eso Escrivá de Bala­guer quería a sus hijos muy santos y muy hombres. ¿No arranca de ahí la luz que ha transformado tantas conciencias en el mundo por medio del Opus Dei?

La claridad de esa idea le llevó a potenciar todo lo humano como don de Dios en un momento en que predominaba en los rasgos cristianos un «angelismo» deshumanizado. Pero esa misma luz nos puede aclarar hoy por qué no ha caído el Opus Dei en ese huma­nismo híbrido que ahora se predica desde tantos púlpitos y en el que Cristo –y, como consecuencia, el cristiano ya no tiene o no debe tener nada de divino. Hemos mutilado a Cristo: antes, por negar o no afirmar su humanidad benditísima; hoy, por reducirlo a un hombre, quizá un «superman», que nada hace ni dice de Dios.

Creo que aquí radicaba el arrastre de Josemaría Escrivá sobre las gentes. Su fuerza era de Dios, pero su humanidad se derramaba envuelta en lo divino.

Quizá a Josemaría Escrivá se le ha conocido en algunos ambien­tes a través de quienes lo presentaban como desencarnado, como «beatificado». Nada más contrario a la verdad. Era humano como pocos. Con un corazón que no se cansaba de amar: a su Dios y a sus hermanos. Para nosotros, el perfil sacerdotal y humano de Escrivá de Balaguer lo podríamos encontrar en aquellas palabras de San Pablo que Josemaría meditaba tantas veces: «Omnis pontifex ex hominibus assumptus, pro hominibus constituitur in iis quae sunt ad Deum»: Todo pontífice escogido de entre los hombres es cons­tituido para los hombres en las cosas que miran a Dios. No es apología fácil y gloriosa la nuestra. Josemaría Escrivá era todo un hom­bre, pero de Dios. Cuarenta y tres años de amistad nos autentizan a afirmar en conciencia que, como hombre, era un superdotado, pero que su fuerza la traía de Dios. Tenía para él y para sus hijos como gran exigencia el ser muy humanos. Pero enraizados en Dios. ¡Cuánto se podría hablar de este tema!

Pero, a su vez, para los hombres –pro hominibus constiluitur–. ¡Cómo le brillaban los ojos ante los hijos de Dios!– ¡Cómo era su verbo cálido, incisivo, directo, sacerdotal! Había yo sostenido muchas veces el bien que hacía al ponerse en contacto con aquellas muchedumbres que le escuchaban. Le oí más de una vez sus impre­siones sacerdotales después de un extenuante viaje apostólico. No se saciaba nunca. Y eso, a pesar de que nunca, en la historia de la Iglesia, Dios concedió a un Fundador, durante su estancia terre­na, ver tantas y tales multitudes de cristianos que le seguían en su aspiración a la santidad.

En las cosas que miran a Dios – in iis quae sunt ad Deum–. No quería saber otra cosa. El día que se escriba su vida, se verá cuán errados andaban quienes vieron en él aspiraciones terrenas, contar con poderes del mundo… Cada día se interiorizaba más y gemía por su amor al cielo. Escribimos de lo que hemos visto y oído, no por impresiones. Y decimos en conciencia lo que creemos era vida de su vida. La salvación de las almas. ¡De todas las almas! Ese era su ideal.

Hemos querido, a vuela pluma, evocar algunos de los recuerdos de nuestro trato con Josemaría Escrivá de Balaguer. Séame per­mitido terminar recordando dos cosas. La primera, que en el terre­no de la amistad conmigo fue siempre él el primero y más fiel. Quizá más de una vez hubiera tenido motivos para dejarme u olvidarse de mí. Todo lo contrario. Tengo mil testimonios profundamente indicativos de su lealtad de amigo. Y era quien era; y yo… ¿qué contaba ni cuento?

Quiero añadir una segunda cosa. Nunca vino de él una palabra directa o indirecta en que me invitara o siquiera me sugiriera per­tenecer a su Obra. No ya de sus íntimos, pero ni siquiera de entre los sacerdotes diocesanos. Y sabe muy bien el Señor que este tema de la santidad sacerdotal nos llevó muchos ratos de conversación. Quiero que se sepa porque ha habido quienes me han colocado en los rangos del Opus Dei. Era Josemaría Escrivá muy comprensivo. Sabía muy bien que la amistad es una cosa y que la llamada de Dios a una vida específicamente dedicada a Dios dentro de unas coor­denadas como las de su Obra es otra cosa muy distinta. Por eso, entre otras cosas, nos quisimos. Creo que su amistad fue un don de Dios para mí. Y seguimos cada uno el camino que nos trazó el Señor.

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El día más feliz

El día más feliz Opus DeiMargareth Emy Tanioka. Analista de sistemas. Hija de japoneses. Vive en São Paulo, Brasil. Durante un curso de computación, aprovechando un intervalo de clase, hablé con una de mis compañeras de mis preocupaciones.

Me hacía muy infeliz ver que con frecuencia en mi profesión sólo se da importancia al dinero. Ella me habló del verdadero sentido de mi trabajo, de la posibilidad de hacerlo por Dios. Yo casi no conocía nada de Dios y menos aún del Dios de los católicos. Le hice muchas preguntas. Me dejó un libro sobre la fe, y a medida que lo iba leyendo, apuntaba mis dudas y las aclaraba en nuestros encuentros semanales. Comencé a rezar y recibí la gracia de la fe. Me bauticé a los 30 años y fue el día más feliz de mi vida. Me ha dado alegría colaborar en la instalación y puesta en marcha de Elca, una escuela para la capacitación profesional de gente joven.

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Buscando a Dios en el trabajo ordinario

Cardenal Albino Luciani, Patriarca de Venecia
Articulo publicado en IL GAZZETTINO
Venecia, 21–VII–78
En 1941, al español Víctor García Hoz le dijo el sacerdote des­pués de confesarse: «Dios le llama por los caminos de la contem­plación». Se quedó desconcertado. Siempre había oído que la «con­templación» era asunto de los santos destinados a la vida mística, y que solamente la lograban unos pocos elegidos, gente que, por lo demás, se apartaba del mundo. «En cambio, yo escribe García Hoz–, en aquellos años ya estaba casado, tenía dos o tres hijos y la esperanza –confirmada después– de tener más, y trabajaba para sacar adelante a mi familia.»

¿Quién era aquel confesor revolucionario, que se saltaba a cuer­po limpio las barreras tradicionales, proponiendo metas místicas incluso a los casados? Era Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote español, fallecido en Roma en 1975, a los setenta y tres años. Es conocido, sobre todo, por ser el fundador del Opus Dei, asociación extendida por todo el mundo, de la que los periódicos se ocupan con frecuencia, pero con muchas imprecisiones. Lo que en realidad son y hacen los socios del Opus Dei lo ha dicho su mismo fundador:

«Somos -declaraba en 1967– un pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una profesión o un oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo; una gran muchedumbre formada por hombres y por muje­res – de diversas naciones, de diversas lenguas, de diversas razas – que viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más humana y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal responsabilidad, expe­rimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fundidos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que rever­beran en las realidades más vulgares».

Con palabras más sencillas, las «realidades vulgares» son el tra­bajo que nos corresponde hacer todos los días; los «brillos divinos que reverberan» son la vida santa que hemos de llevar. Escrivá de Balaguer, con el Evangelio, ha dicho constantemente: Cristo no quiere de nosotros solamente un poco de bondad, sino mucha bon­dad. Pero quiere que lo consigamos no a través de acciones extraor­dinarias, sino con acciones comunes; lo que no debe ser común es el modo de realizar esas acciones. En mitad de la calle, en la oficina, en la fábrica, nos hacemos santos, pero con la condición de cumplir el propio deber con competencia, por amor de Dios y alegremente, de modo que el trabajo diario no sea la «tragedia diaria», sino la «sonrisa diaria».

Cosas semejantes había enseñado San Francisco de Sales, hacía más de trescientos años. Desde el púlpito, un predicador había con­denado al fuego públicamente el libro en el que el santo explicaba que, con ciertas condiciones, el baile podía ser lícito, y que incluso contenía un capítulo entero dedicado a la «honestidad del lecho conyugal». Sin embargo, en algunos aspectos, Escrivá supera a Francisco de Sales. También éste proponía la santidad para todos, pero parece que enseña solamente una «espiritualidad de los lai­cos», mientras que Escrivá ofrece una «espiritualidad laical». Es decir, Francisco sugiere casi siempre a los laicos los mismos medios utilizados por los religiosos, con las oportunas adaptaciones. Escri­vá es más radical: habla incluso de «materializar» – en el buen sentido – la santificación. Para él, lo que debe transformarse en oración y santidad es el trabajo material mismo.

El legendario barón de Múnchausen contaba la fábula de una liebre «monstruosa», dos grupos de patas: cuatro debajo de la tripa y cuatro sobre el lomo. Perseguida por los perros y sintiéndose casi alcanzada, se daba la vuelta y seguía corriendo con las patas de refresco. Para el fundador del Opus Dei, es un «monstruo» la vida de los cristianos que pretendiesen tener dos grupos de acciones:

Uno hecho de oraciones, para Dios; otro hecho de trabajo, diver­siones y vida familiar, para sí mismos. No –dice Escrivá–, la vida es única y hay que santificarla en su conjunto. Por eso se habla de espiritualidad «materializada».

Y habla también de un justo y necesario «anticlericalismo», en el sentido de que los laicos no deben robar métodos y funciones a los curas y a los frailes, ni viceversa. Creo que heredó este «an­ticlericalismo» de sus progenitores, y especialmente de su padre, un caballero sin tacha, trabajador infatigable, cristiano convencido, enamoradísimo de su mujer y siempre sonriente. «Lo recuerdo siempre sereno escribió su hijo; a él le debo la vocación…: por eso soy "paternalista".» Otra pincelada «anticlerical» le viene pro bablemente de las investigaciones hechas para su tesis doctoral en derecho canónico, en el monasterio de las monjas cistercienses de Las Huelgas, cerca de Burgos. Allí, la abadesa había sido al mismo tiempo señora, superiora, prelado, gobernadora temporal del monasterio, del hospital, de los conventos, de las iglesias y de las villas dependientes, con jurisdicción y poderes reales y «quasi» epis­copales. Otro «monstruo», a causa de los múltiples oficios contra­puestos y superpuestos. Amasados así, estos trabajos no reunían condiciones para ser como pretendía Escrivá–, trabajos de Dios. Porque el trabajo decía–, ¿cómo puede ser «de Dios» si está mal hecho con prisas y sin competencia? ¿Cómo puede ser santo un albañil, un arquitecto, un médico, un profesor, si no es también, en la medida de sus posibilidades un buen albañil, un buen arqui­tecto, un buen médico o un buen profesor?. En la misma línea, había escrito Gilson en 1949: «Nos dicen que ha sido la fe la que ha cons­truido las catedrales en la Edad Media; de acuerdo… pero también la geometría». Fe y geometría, fe y trabajo realizado con compe­tencia. Para Escrivá van del brazo; son las dos alas de la santidad.

Francisco de Sales confió su teoría a los libros. Escrivá hizo lo mismo, utilizando retales de tiempo. Si se le ocurría una idea o una frase significativa, quizá mientras continuaba la conversación sacaba del bolsillo la agenda y escribía rápidamente una palabra. Media línea, que más tarde usaba para un libro. A propagar su gran empresa de espiritualidad dedicó una actividad intensísima, aparte de sus divulgadísimos libros, y organizó la asociación del Opus Dei. «Dad un clavo a un aragonés dice el refrán–y lo clavará con su cabeza.» Pues bien, «yo soy aragonés -escribió- y necesitamos ser tozudos». No perdía ni un minuto. Al principio, en España, durante y después de la guerra civil, pasaba de las clases a los uni­versitarios, a hacer la comida, a fregar suelos, a hacer las camas y a atender a los enfermos. «Tengo en mi conciencia –y lo digo con orgullo miles de horas dedicadas a confesar niños en los barrios pobres de Madrid. Venían con los mocos hasta la boca. Era necesario empezar por limpiarles la nariz, para limpiar después aquellas pobres almas.» Así ha escrito, demostrando que vivía de verdad «la sonrisa diaria». Y también: «Me iba a dormir muerto de cansancio. Cuando me levantaba por las mañanas, todavía can­sado, me decía: Josemaria, antes de comer te echarás un sueñecito". En cambio, apenas salía a la calle, contemplando el panorama de los trabajos que me esperaban en aquella jornada, añadía: 'Josemaría, te has vuelto a engañar”” ­

Sin embargo, su gran trabajo fue fundar y desarrollar el Opus Dei. El nombre llegó por casualidad. «Esto es una obra de Dios», le dijo uno. «He aquí el nombre exacto, pensó: la obra no es mía, sino de Dios. Opus Dei.» Vio crecer ante sus ojos esta obra hasta extenderse a todos los continentes: comenzó entonces el trabajo de sus viajes intercontinentales para las nuevas fundaciones y para dar conferencias. La extensión, el número y la calidad de los socios del Opus Dei ha hecho pensar en no se sabe qué intenciones de poder y de férrea obediencia de gregarios. La verdad es lo contrario, sólo existe el deseo de hacer santos, pero con alegría, con espíritu de servicio y de gran libertad.

«Somos ecuménicos, Padre Santo, pero no hemos aprendido el ecumenismo de Vuestra Santidad», se atrevió a decir un día Escri­vá al Papa Juan XXIII. Este sonrió: sabía que, desde 1950, el Opus Dei tenía permiso de Pío XII para recibir como cooperadores a los no católicos y a los no cristianos.

Escrivá fumaba cuando era estudiante. Cuando entró en el semi­nario, regaló las pipas y el tabaco al portero y no volvió a fumar. Pero el día en que fueron ordenados los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, dijo: «Yo no fumo, vosotros tres tampoco: Don Alva­ro, es necesario que empieces a fumar tú…; deseo que los demás no se sientan obligados, y que fumen, si les gusta». Ocurre a veces que un socio, a quien el Opus Dei solamente ayuda a tomar res­ponsablemente decisiones libres, también en política, ostenta un cargo importante. Eso es asunto suyo, no del Opus Dei. Cuando en 1957, una alta personalidad felicitó a Escrivá porque un socio había sido nombrado ministro en España recibió esta respuesta, más bien seca: «¿Qué me importa que sea ministro o barrendero? Lo que importa es que se santifique con su trabajo». En esta respuesta está todo el pensamiento de Escrivá y el espíritu del Opus Dei: que uno se santifique con su trabajo, aunque sea de ministro, si tiene ese puesto: que sea santo de verdad. Lo demás importa poco.

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Una amistad que nos unió para siempre

Cardenal Miguel Darío Miranda, Arzobispo Primado Emérito de México
Artículo publicado en EL IMPARCIAL
Hermosillo, 16–6–79
Han pasado poco más de cincuenta años desde que Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer fundó el Opus Dei; nos acercamos al también áureo jubileo de la fundación de su Sección Femenina, y los frutos con que el Señor ha bendecido a esta querida asociación de fieles son un motivo más para agradecer a Dios esta nueva mues­tra de su misericordia.

Desde el primer encuentro que a principios de 1959 tuvimos con Monseñor Escrivá de Balaguer –se encontraba acompañado por el Dr. Alvaro del Portillo, actual presidente general de la aso­ciación, y siempre lo vimos a su lado–, fuimos conscientes de que el Señor nos brindaba con ello una venturosa oportunidad para nuestra vida espiritual. Las visitas que en cumplimiento de nuestro ministerio episcopal debíamos gustosamente hacer al Romano Pontífice nos brindaron igualmente la oportunidad de visitar con frecuencia al fundador del Opus Dei, quien desde 1946 había esta­blecido en esa ciudad su residencia, y de profundizar en nuestra amistad.

En nuestras conversaciones, rebosantes de un gran cariño sobrenatural y humano y en las que Monseñor Escrivá nos atendía sin prisas produciéndonos la impresión de que no había cosa más importante para él que nuestra persona, pudimos descubrir en el fundador del Opus Dei un alma especialmente favorecida por Dios con gracias singularísimas, y cuyo ministerio sacerdotal trascendía a todo el mundo a través de la Obra a él encomendada por voluntad divina.

Esa amistad que nos unió para siempre propició el descubri­miento de campos nuevos para nuestra actividad, todos ellos movi­dos por un genuino espíritu apostólico; y al mismo tiempo, nos pro­porcionó una confirmación alentadora de nuestros trabajos pasto­rales. Especial importancia supuso para nosotros el concepto que de la formación cristiana, plena e integral, tenía Monseñor Escrivá de Balaguer, y que vino a resolver una de nuestras grandes inquie­tudes en el campo del apostolado con los seglares, presente ya desde nuestra ordenación sacerdotal en 1919, y cuya importancia con­firmamos primero en nuestra pequeña Diócesis de Tulancingo en 1937, y posteriormente, en nuestra enorme Archidiócesis de Méxi­co a partir de 1955. Para el fundador del Opus Dei la formación doctrinal significa «el suficiente conocimiento que cada fiel debe tener de la misión total de la Iglesia y de la peculiar participación y consiguiente responsabilidad específica que a él le corresponde en esa misión única». (Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer. Ed. Rialp, Madrid, 976, núm. 2).

A nadie sorprende que estas relaciones inspiradas por Dios y mantenidas con lealtad y fidelidad entre dos sacerdotes pudiesen ser –como de hecho han sido – fuente de inspiración para ulteriores trabajos en nuestras vidas. La visión que los ojos de Cristo tienen del mundo en toda su integridad es la misma que tienen los ojos sacerdotales que procuran mirar con las pupilas del Señor.

Anterior a nuestro encuentro con él había sido el conocimiento de su Obra en México: un horizonte nuevo, alumbrado por la luz de Cristo, se abría ante nosotros como una expansión del mismo campo pastoral en que hemos vivido consagrados; un horizonte dis­tinto, pero indeleblemente marcado con el sello inconfundible de lo divino, que aparecía hasta en el nombre propio: Opus Dei. Ahora que ha cumplido sus primeros cincuenta años de existencia sobre la tierra, podemos sin dificultad comprobar que la Obra es nueva y antigua a la vez: antigua porque es de Cristo; y nueva porque Cristo es de hoy y propende al futuro, y en él se expande con naturalidad; porque Cristo es de siempre.

Desde el comienzo de la labor de la Obra en México con no poca complacencia contemplamos que se ha mantenido una estre­cha y amistosa relación con el Arzobispo Primado. Fue en junio de 1948 cuando mi predecesor, de gratísima memoria, el Excmo. y Rvmo. Sr. Dr. D. Luis Mª Martínez, concedió amabilísimamente la oportuna autorización para que se estableciera en la Archidió­cesis el primer Centro del Opus Dei en México y de América. Y fue el mismo Sr. Martínez, el 19 de marzo de 1949, atendiendo a la invitación que le hiciera el Consiliario en este país, quien celebró por primera vez la Santa Misa en el oratorio de ese centro y dejó el Santísimo Sacramento en el Sagrario. Una prueba más de esa amistad, entre muchas que se podrían señalar, está en el hecho de haber tenido entre los invitados a la Misa que con motivo de nues­tras Bodas de Plata Episcopales celebramos, sin solemnidad alguna pero con profunda piedad, en el Altar de la Confesión de la Basílica Vaticana, a un sacerdote del Opus Dei.

De todas nuestras fraternas conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, así como de la meditada lectura de sus escritos, que tanto bien han hecho y hacen a las almas, podemos atestiguar lo que siempre hemos visto en sus hijos en estos treinta años de labor de la Obra en nuestro país: su acendrado amor al Romano Pontífice y a la Iglesia toda: su preocupación siempre presente por el bien de las almas, y su fidelidad inconmovible a la doctrina de Cristo y al Magisterio eclesiástico. Pudimos comprobarlo una vez más en esta misma Archidiócesis cuando en 1970, aun antes de ver a sus hijos, vino a pedirnos las licencias necesarias para desempeñar su ministerio durante su estancia entre nosotros.

Con su natural buen humor nos comentaba en esa misma oca­sión: «Antes de ver a las ovejas, quise ver al Pastor». Se cumplía así lo que con tanta insistencia le encarecíamos siempre que le visi­tábamos en Roma: que viniera a México y visitara a esos hijos suyos que con fidelidad ejemplar estaban sirviendo a la Iglesia. Fue sin embargo su profundo amor a la Virgen de Guadalupe lo que le hizo venir a nuestro país, y se cumplió a la letra lo que con anterioridad había dicho: «Cuando vaya a la Villa, tendrán que sacarme de allí con grúa». A lo que recordamos haberle contestado de inmediato: «No seré yo quien la ponga».

Bastan estas ideas para comprender lo que significó para noso­tros recibir, el mes de junio de 1975, de forma súbita e imprevista, la noticia de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer, nuestro amadísimo hermano. Aunque mirando este hecho a la luz de la fe, ¿qué podríamos sentir sino que el amor de Dios se lo llevó para tenerlo cerca de Sí y recompensarlo por la vida que él consagró totalmente a la gloria del mismo Señor y al servicio de todas las almas? Al fin y al cabo todos somos peregrinos y transeúntes, y nuestra vida es corta en comparación con la eternidad.

¡Qué bello resultaba descubrir en Monseñor Escrivá una real madurez humana y sobrenatural, puesta al servicio de las almas, con medidas y aspiraciones inspiradas por el Corazón Misericor­dioso de Cristo, que vivió y murió por todos y cada uno de nosotros!

Sabemos que el 50 aniversario de la fundación del Opus Dei, celebrado con el peso de la Cruz por el dolor que supuso la ines­perada muerte de S.S. Juan Pablo I, estuvo impregnado en todos sus hijos del recuerdo de su fundador y del propósito firme de man­tener una estricta fidelidad al espíritu por él predicado y vivido. Serán el ejemplo de su alma sacerdotal, y el recuerdo de su vida y afán apostólico, el alimento vigoroso que dé a su Obra el ímpetu necesario para difundirse con las mismas medidas generosas que su fundador le imprimió.

Tenernos la seguridad de que ese ejemplo de apostolado grabado en todos sus hijos contribuirá a que ese mismo espíritu suscite en el mundo y en todos los cristianos una actividad concorde para cum­plir la voluntad de Dios, que amó a todos los hombres y que a todos los quiere salvos y estrechados entre sus brazos misericordiosos.

Es grande el servicio que el Opus Dei ha prestado y presta a toda la Iglesia; son muchas las almas que al conocer el espíritu del Opus Dei mejoran notablemente la forma de vivir su vida cristiana, y por ello agradecemos muy especialmente al Señor que haya sido nuestra querida Archidiócesis de México la primera en la que se comenzó en América esta verdadera Obra de Dios.

No nos resulta fácil expresar en pocas palabras la profundidad del mensaje del Opus Dei, ni el perfil de la riquísima personalidad de su fundador. Pero para quienes tuvimos la gracia de conocer a Monseñor Escrivá de Balaguer y de tratarlo en múltiples ocasio­nes, sintiendo el calor de su sincera amistad, su entrega ejemplar por la Iglesia hasta el instante en que – en olor de santidad– Dios lo llamó a su presencia, y la fecundidad de esta Obra de Dios que ha superado cualquier previsión humana, no podemos menos que agradecer al Señor esta palpable muestra de su amor por la Iglesia: el Opus Dei.

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“Entregar la vida al sacerdocio es una cosa estupenda, maravillosa”

Entregar la vida al sacerdocio es una cosa estupenda, maravillosa Opus DeiArmando Lasanta se ordenó en 1990. Es párroco de Alberite, un pueblo de 2.000 habitantes en la Rioja.

(Testimonio extraído del folleto informativo "La alegría de los hijos de Dios" de Alberto Michelini)

Me ha hecho un gran bien el ejemplo del fundador del Opus Dei que siempre decía: lo primero, las normas de piedad, el trato con el Señor en la oración, la celebración de la Santa Misa, el cuidar los pequeños detalles en el trato con las personas, la asistencia a losenfermos… He aprendido de él la importancia de estar siempre alegre, de transmitir optimismo, de ser positivo en medio de las contradicciones de la vida. Todo es para bien, decía y él mismo era maestro del buen humor.

Otra gran inquietud que también he heredado de su experiencia es buscar vocaciones sacerdotales. Ayudar a que los chavales, los jóvenes, descubran que, si Dios les llama, lo que dé sentido a su vida puede ser entregarse a Dios a través del sacerdocio. Hacerles ver que entregar la vida al sacerdocio es una cosa estupenda, maravillosa. Yo mismo fui fruto en cierto modo de la inquietud apostólica del sacerdote de mi pueblo…

También he aprendido del fundador del Opus Dei que la formación tiene que ir encaminada al trato con Jesucristo. Que la gente ame a Jesucristo, que se acerque a Él. Para eso, el Sagrario de la iglesia tiene que ser el centro de la vida, no sólo del sacerdote, sino también del pueblo; que sientan al Señor en el Sagrario como una referencia, Alguien a quien pueden visitar y acudir. Procuro recordar a todos que debemos recibir la Comunión con el alma limpia, después de haberle pedido perdón en el sacramento de la confesión, cuando es necesario. Y luego, el trato con nues tra Madre la Virgen. En una tierra como ésta de La Rioja, que es tan amante de nuestra Madre, les animo a ponerla también a Ella como centro de sus vidas, junto al Señor en el Sagrario.

Por mi parte, gracias a los medios de formación que recibo en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz he ido adquiriendo un amor cada vez mayor a la iglesia, al Papa y al magisterio. Me conmueve descubrir la gran fidelidad del Papa a Jesucristo. Es un hombre que se gasta por la Iglesia.

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Amigo de la libertad

Manuel Aznar Periodista
Artículo publicado en LA VANGUARDIA
Barcelona. 6-VII–75
Hace ya tantos años! Apenas alboreaba la Segunda República cuando conocí a don Josemaría Escrivá de Balaguer. Él iría a cum­plir entonces los treinta años de edad. El Opus Dei era algo así como una criatura en la cuna. Acababa de ser fundado. Mi amistad con el fundador vino a través de la familia del Portillo, emparentada con la de un amigo burgalés de mucha distinción Luis García Lozano, ¡larga vida le dé Dios! y con la del inolvidable doctor José María Pardo Urdapilleta. Los Portillo que yo conocí fueron tres: un médico, un capitán de la Legión y un ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Este último se llama Alvaro. Es, desde hace muchos años, sacerdote, doctor en Derecho Canónico, doctor en Filosofía y Letras, agudo y penetrante en sabidurías eclesiásticas, secretario general del Opus Dei, colaborador de Monseñor Escrivá de Balaguer, desde el primer día.

Ya en aquel tiempo que ahora rememoro, el joven sacerdote aragonés no soñaba sino con el apasionado servicio de Dios y con el cuidado de las almas. Andando los años, esos dos anhelos supre­mos, Dios como última razón de nuestro ser, de nuestro existir, y la limpia dignidad del alma humana como ideal que todos debía­mos servir íntegramente a lo largo de nuestra vida, fueron, sin un minuto de interrupción, su porte, su fe, su esperanza y su caridad.

Un día le dije: «Aun en las fundaciones religiosas más egregias suelen correr los fundadores el peligro de caer en pecado de sober­bia. Y en las hagiografías leemos que tienen que librar luchas enco­nadas contra esa tentación. Tú pareces libre de tan airado sentimiento ».

Me contestó: « ¿Yo? ¿Cómo quieres que me tiente el orgullo? ¿Por qué? Soy un pobre cura; casi un cura de pueblo; un sacerdote de la Iglesia de Dios, siervo de todos los demás; y mi refugio de salvación, mi deber más inmediato, debe ser la humildad. No quiero sino ayudar por los caminos del espíritu a la libertad y a la dignidad del hombre. Ese es mi sueño».

Pasaron varios lustros. Fuimos un día Ramón Matoses y yo a verle y a escucharle en su residencia romana de la Vía Bruno Buozzi, 73 y 75. Ramón Matoses, nuestro gran agregado comercial en Roma, le trataba y le quena como a un hermano.

–Ha pasado mucho tiempo –le comenté yo– desde que comen­tábamos en mi casa de Madrid tu entonces reciente fundación del Opus Dei. ¿Te acuerdas de lo que dijimos apropósito del pecado de soberbia que acecha a los fundadores? Ahora que tu obra es una realidad poderosa, y hablas desde Roma a miles y miles de dis­cípulos, ¿sigues viéndote a ti mismo como un cura de pueblo, como un pobre sacerdote que no quiere sino trabajar fraternalmente por la libertad y la dignidad del hombre al servicio de Dios?

Me dijo: «Dios es tan generoso conmigo que me libra constan­temente de la terrible tentación de la soberbia. Mira todo lo que ves alrededor de nosotros: fotografías de mis padres, algún recuerdo familiar, ecos primarios de mi niñez y de mi juventud, intimidad sin ningún propósito de resplandor, memorias de algunos colabo­radores de las horas iniciales; ya ves, nada; infancia; imágenes de mi tierra natal. Nada más. Este es el mundo de mi pequeñez per­sonal. Y sobre este no ser nada, sino una fuerte voluntad, levanto cada día mis esfuerzos, mis esperanzadas empresas espirituales, mi lucha por un mundo de hombres libres en la libertad de Dios».

Ramón Matoses y yo le escuchábamos con atención sostenida. Una sentencia latina subrayó la explicación: «In superbia initium sumpsit omnis perditio». («En la soberbia tiene su comienzo toda perdición»).

Jamás, en nuestro largo trato de amigos, me pidió, ni siquiera me indicó, ni aun me sugirió con alguna alusión lejana, que me incorporase a la Obra. Hablábamos de todo, menos de eso y de política. En los años de la República, no recuerdo que sacase a cola­ción en nuestros diálogos el tema de las muchas conturbaciones que se abatían sobre el país, para aflicción incluso y para duelo de muchos republicanos. Si yo me refería en algún instante a los azares y sobresaltos de la vida nacional, él escuchaba; pero, tan pronto como le era posible, tornaba a sus preocupaciones, y recaíamos nue­vamente en esclarecimientos del orden espiritual.

Sólo una vez –lo recuerdo muy bien– quiso saber mi opinión acerca del interés que pudiese tener la creación de determinados órganos de expresión periodística. ¿Valía la pena lanzarse a ello? ¿Era aconsejable? ¿No serían mayores los dañosos inconvenientes que los posibles provechos?

No tuve más remedio que responderle: «Mi contestación y mi consejo –si consejo solicitares de mí– carecerían de sentido mien­tras no me expliques seriamente qué es lo que quieres decirle al pueblo español, cuál es el contenido real de tu mensaje…»

Me interrumpió sin tardanza: «No se trata del pueblo español, únicamente. No he fundado una Obra española y para españoles, sino una asociación internacional, o si prefieres, universal, que se difundirá mundo adelante y dará sus frutos en todos los Con­tinentes…».

Yo insistí: –Mi observación es válida para lo español y para lo universal. ¿Fundar revistas? ¿Diarios? Y ¿para qué? ¿Qué te pro pones hacer con éstos y con aquéllas? ¿Qué voz deseas hacer llegar, y qué doctrina, a los posibles lectores? Contar con órganos de infor­mación por el mero gusto de poseerlos, o por externas razones de vanidad, o por afán de conquistar pequeñas posiciones triviales e interesadas, según acontece con la generalidad de los politicantes profesionales, no tiene la menor importancia; no cumple ninguna finalidad seria, no es cosa de monta suficiente como para que te entregues a ello; no pasaría de ser una triste frivolidad. Esforzarse en las tareas de un periodismo muy acendrado, hondo, alto, limpio, sacrificado, para servir un pensamiento libertador, para apoyar una misión trascendente, según dices que es tu propósito esencial, puede equivaler a un designio interesante. Pero avanza con tiento. El periodismo puede ser, y de hecho es, algo así como un campo de minas.

–No quiero nada –comentó- que no ayude a proclamar como ideal primero la libertad de la persona humana en las tres virtudes teologales.

–Entonces –terminé– date a ti mismo la segundad de lo que deseas hacer; y cuando lo hayas definido sin vacilación posible, cuando tengas la certidumbre de lo que quieres decir, piensa en la aventura, siempre rodeada de peligros y de equívocos, del periodismo como instrumento de comunicación.

El apostilló: Sé lo que quiero decir y hacer. Y todos lo sabrán pronto igual que yo». (Era en los años iniciales de la fundación.)

* * *

Otra vez (también se hallaba presente el querido Ramón Matoses en esta conversación) como me invitara a decirle mi leal parecer sobre las actividades del Opus Dei, me permití exponerle:

-Creo que eres un personaje casi desconocido. Probablemente hay discípulos tuyos que no han llegado todavía a interpretar bien tu pensamiento y tu voluntad. Según declaras, no debe el hombre evadir ninguna de las honestas realidades diarias, porque en medio de las actividades vulgares de cada día y de cada hora se puede cumplir la voluntad de Dios. Algo de esto sostenía Santa Teresa de Jesús, y luego se quejaba de que no todas sus monjas la habían entendido bien. Se trataba de criaturas sujetas a soledad, cilicio y disciplina clausural… Imagina los problemas que a tu obrase le han de presentar tratándose de discípulos que viven en el Centro de las pasiones del mundo, y son como arboladuras sacudidas por la tor­menta. ¡La santidad, o el anhelo de santidad en el libre juego y rejue­go de las tempestuosas luchas humanas…! ¡Es extraordinario lo que propones a quienes te siguen!

–Pues así ha de ser; y no de otro modo.

–Por eso corres el riesgo de parecer ahora mismo, y continuar pareciendo durante mucho tiempo, una personalidad desconocida, un ignorado por deformación ajena, un enigma, un ser un poco misterioso.

–Eso no importa, mientras avancemos en la promoción de la libertad humana y en la buena concertación de lo natural y lo sobrenatural.

* * *

Así solía hablar don Josemaría Escrivá de Balaguer. Ese era su ámbito de vida, de amor y de esperanza. ¡Esperanza! Creo que he dado con una de las palabras clave para comprender al fundador del Opus Dei. No se sabe por qué, de las tres virtudes teologales

–Fe, Esperanza y Caridad o Amor– suele insistir se habitualmente en la Fe y en la Caridad. Olvidamos, en cierto modo, la Esperanza. Se toma muy al pie de la letra la inmortal admonición paulina a los Corintios acerca de la caridad: «Si hablase las lenguas de los hombres y de los ángeles, mas no tuviese caridad, no soy sino un bronce resonante o un címbalo estruendoso. Y si poseyere el don de profecía y conociere todos los misterios y toda la ciencia; y si tuviere toda la fe y trasladare montañas, mas no tuviese caridad, nada soy». En la propia maravilla de las cartas de San Pablo consta que la salvación llega por los caminos de la esperanza. Este pen­samiento aparecía y sobresalía en casi todas las conversaciones con el padre Escrivá. No sé qué don carismático poseía que le permitía promover esperanza, ensanchar horizontes, vencer pesimismos, comunicar la seguridad de un futuro resplandeciente, calmar desa­sosiegos, iluminar dudas, sentirse, ante todo y sobre todo, sacerdote de Dios, y en calidad de tal, predicar y pedir una viva permanencia en la fe, una ardorosa caridad, pero también una luminosa espe­ranza. Supongo que era un gran meditativo de San Pablo. Sin duda por su condición de hombre esperanzador.

Acabó nuestra última conversación en Vía Bruno Buozzi decla­rándole Ramón Matoses, su amigo y mi amigo fraterno, y decla­rándole yo:

–Padre Escrivá: Aquí tienes a dos personas que, probablemen­te, no se sienten con la fuerza necesaria para seguirte, para obe­decerte, para rendirse a tu disciplina; pero los dos quisiéramos tenerte a nuestro lado a la hora de la muerte; porque tú nos enseñas que «no debemos sentir miedo de la muerte; que importa aceptarla generosamente; cuando Dios lo disponga; como Dios quiera, donde Dios desee. Vendrá –no lo dudéis– en la hora, en el lugar y en la circunstancia oportuna; como un envío de Dios, el Padre. ¡Sea bienvenida nuestra hermana la muerte!».

Entre bromas y veras nos despedimos. Ramón Matoses no pudo ver cumplidos sus sueños de tener a don Josemaría junto a su lecho en el último trance. Yo no lo tendré, tampoco, porque a él le ha llegado la «hermana» de pronto, sin anunciarse, igual que un rayo del cielo.

* * *

No recuerdo a nadie que, con tanta espontaneidad, con natu­ralidad tan admirable, uniera en un solo haz lo natural y lo sobre­natural; Dios y el hombre; el hombre y Dios. Esa dificilísima empre­sa de tener presentes las inspiraciones sobrenaturales en medio de las más menguadas trivialidades de la humana existencia, se cumplía en el fundador del Opus Dei sin la menor apariencia de esfuerzo, sin rechinamientos a la hora de ajustar las inquietudes del más allá con las realidades del más acá. Ignoro cuáles fueron los caminos que le llevaron a una tan perfecta unión de los dos mundos. Entien­do que para él no había tales «dos mundos», sino uno sólo. A mí me recordaba influencias teresianas en el servicio de Dios; con la particularidad de que al padre Escrivá le gustaba llevar su ensueño religioso a la «hermosa mitad de la calle», según palabras suyas. La empresa estaba y está erizada de obstáculos y corre los peligros que «la mitad de la calle» supone.

Unicamente a un hombre de excepción se le podría ocurrir, como la cosa más natural, que el fracaso de cualquiera de nuestros empeños no es sino espuela de la voluntad, y que, en resumen, hasta puede haber cierto gozo en el fracasar, porque así aprendemos a reiterar los bríos de la obra iniciada, y nos aleccionamos con la humildad necesaria para alzarnos hacia lo sobrenatural en pos de nuevas fuerzas.

Sigo pensando que don Josemaría Escrivá de Balaguer fue siem­pre, y aún es, un gran desconocido. Como descendió a la calle en busca de santidad, la calle ha sido, más de una vez, implacable con él y con su ardoroso desafío. Los suyos le conocieron; pero no todos. Hay discípulos que, sencillamente, le adivinaron. «Yo no quiero ser más que un buen sacerdote. ¿Sabéis lo que eso supone? ¡Un buen sacerdote de Dios! Lo demás me importa poco. Y en todo caso, se me dará por añadidura», nos decía, al despedirnos, en puerta de su despacho íntimo; de aquel despacho en que las nos­talgias infantiles de su Barbastro natal, su iniciación en la carrera del sacerdocio, la sonrisa de su madre, la emoción de las primeras oraciones. Las dudas y también las fortalezas de los días de su fun­dación, componían un ámbito de por sí muy especial, mitad evo­cación, mitad reflejo de una celda. Y siempre, celda u hogar, obser­vatorio de la lucha por la santidad en medio de los rumores y de las embestidas de la calle.

¡Et lux perpetua luceat ei!

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En el ajetreo cotidiano

En el ajetreo cotidiano Opus Dei Ilaria Tolossi. Estilista. Los medios de formación me han ayudado a acercarme a la Iglesia y a sacudirme la pereza.

Los podría describir como momentos de crecimiento espiritual en los que logro distanciarme lo necesario del ajetreo cotidiano para volver luego, con más ilusión, a afrontar el trabajo, la familia y la relación con mis amigos. En cualquier actividad formativa, he encontrado siempre un clima de serenidad y de disponibilidad que mueve a cada uno a dar lo mejor de sí mismo.

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Un maestro de la libertad cristiana

Cornelio Fabro, Profesor Ordinario de Filosofia en la Pontificia Universidad Lateranense y en la Universidad de Perugia
Artículo publicado en L'OSSERVATORE ROMANO
Ciudad del Vaticano, 2–VII–77
En el ámbito existencial, que es el campo de la acción y, por tanto, de la formación del yo y de la persona, el primer principio es la voluntad, cuyo centro dinámico es la libertad. En la energía primaria de la voluntad está el mismo destino de los individuos de los pueblos, y el sentido último de la historia.

La voluntad mueve, ordena o desordena, exalta o deprime todas las fuerzas del hombre: no sólo los sentidos y las pasiones, sino también la inteligencia y las facultades superiores. Y esto por­que la voluntad se mueve a sí misma; quiere porque quiere querer y, por tanto, se resuelve en libertad.

El pensamiento moderno ha exaltado la libertad como funda­mento de sí misma y como constitutivo último del hombre. Por este camino, la libertad se ha identificado con la espontaneidad de la razón, o del sentimiento, o de la voluntad de poder. Y, con tensión alternante, ha sometido al mundo occidental a regímenes totalita­rios o al caos de movimientos anarcoides. Faltándole un fundamen­to trascendente, la libertad se ha constituido en objeto y fin de sí misma: una libertad vacía, una libertad de la libertad. Convertida en ley para sí misma, se desnaturaliza en libertad de los instintos o en tiranía de la razón absoluta, que se manifiesta después en el capricho del tirano.

Con audacia que trasciende la unilateralidad tanto del anarquismo como del totalitarismo, Tomás de Aquino pudo afirmar que el hombre es causa de sí mismo, porque en el orden moral llega a ser aquello que quiere ser, aquello que con su libertad elige ser. Sin detenerse en la bondad exterior –y ésta es la conclusión exis­tencial decisiva en la formación de la persona– ve en la bondad moral interior, que depende de la libertad, la perfección del hombre como sujeto.

La paradoja radica en que el hombre, creado libre para vivir en armonía con Dios por el amor y la obediencia, ha usado –abu­sado– de su libertad para desobedecer al Creador. Entonces la liber­tad separada de Dios es insidiada desde arriba por la soberbia, y desde abajo por las pasiones De este modo, el hombre, aunque permanece formalmente libre en el plazo existencial es «esclavo del pecado» y su esperanza de libertad se encuentra en el dominio de las pasiones y en la victoria sobre el orgullo. «La verdad os hará libres», promete Jesús Solo es verdadera y completamente libre el cristiano que es totalmente dócil a la acción de la gracia. Así, somos libres cuando nos hacemos «siervos de Cristo». Es una paradoja a: la más profunda de la existencia; pero en el cristianismo todo es paradójico. La verdadera libertad del hombre está en la verda­dera obediencia a Dios.

Este mensaje evangélico es percibido particularmente por los fundadores en la Iglesia de Dios, y brilla con luz especial en la ense­ñanza de Josemaría Escrivá de Balaguer, como enseguida veremos.

Antes de Cristo y fuera del Cristianismo, la libertad auténtica era desconocida, como reconoce el mismo Hegel. Pero el gran filó­sofo yerra profundamente cuando sitúa la libertad cristiana al nivel de la razón humana absoluta, y ve su realización en el cumplimiento de la historia universal suficiente a sí misma. Frente a él se alzó la voz de Kierkegaard, con su proyecto de recuperar la libertad cristiana, que tiene a Dios por fundamento. Ciertamente, Hegel no preveía el advenimiento, a un siglo de distancia, de Adolfo Hitler; pero no fue una casualidad que el nacional socialismo se remitiera al pensamiento hegeliano.

Hombre nuevo para los tiempos nuevos de la Iglesia del futuro Josemaría Escrivá de Balaguer ha aferrado por connaturalidad –y también por luz sobrenatural– la noción originaria de la libertad cristiana. Inmerso en el anuncio evangélico de la libertad entendida como liberación del pecado, confía en el creyente en Cristo y, des­pués de siglos de espiritualidades cristianas que se apoyaban en la prioridad de la obediencia, invierte la situación y hace de la obe­diencia una actitud y consecuencia de la libertad. Como un fruto de su flor, o más profundamente, de su raíz.

Sus enseñanzas se intensifican y se hacen cada vez más claras con el peso de los años: «Soy muy amigo de la libertad, y preci­samente por esto quiero tanto esa virtud cristiana (la obediencia). Debemos sentirnos hijos de Dios, y vivir con la ilusión de cumplir la vountad de nuestro Padre. Realizar las cosas según el querer de Dios, porque nos da la gana, que es la razón más sobrenatural». Y, como haciendo un balance de su vida, confiesa con ánimo franco:

«El espíritu del Opus Dei, que he procurado practicar y enseñar desde hace más de treinta y cinco años, me ha hecho comprender y amar la libertad personal». Vemos aquí una plena consonancia con aquella afirmación de Tomás de Aquino: «Cuanto mayor cari­dad se posee, de mayor libertad se dispone».

Desde el interior de esta experiencia vivida – la primacía exis­tencial de la libertad del cristiano como presupuesto para su participación en la salvación mediante la gracia de Cristo, Josemaría Escrivá de Balaguer, como divisa de un estilo nuevo pero antiguo como el primer presentarse del cristianismo al mundo, afirma «Dios no quiere esclavos, sino hijos y respeta nuestra libertad La salvación continúa y nosotros participamos en ella. Es voluntad de Cristo que –según las palabras fuertes de San Pablo – cumplamos en nuestra carne, en nuestra vi da, aquello que falta a su pasión, pro corpore eius, quod est Ecclesia, en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia».

En plena sintonía con el Concilio Vaticano II –es más, se podría decir que superándolo en audacia– Monseñor Escrivá de Balaguer propone como primer bien para respetar y estimular el empeño temporal del cristiano, precisamente la libertad personal. «Sólo si defiende la libertad individual de los demás con la consiguiente per­sonal responsabilidad, podrá, con honradez humana y cristiana, defender de la misma manera la suya».

Esta actitud –nueva en la espiritualidad cristiana– de la prioridad fundante de la libertad, nace en Monseñor Escrivá de Bala­guer, no por pretensión de originalidad o de adaptarse al espíritu del tiempo, sino de una humilde y profunda aspiración a vivir el Evangelio. En una inspirada homilía del sugestivo título La Liber­tad, don de Dios, del 10 de abril de 1958, en la plenitud de su madurez espiritual, confiesa con osadía digna de los primeros Padres Apologistas, que su misión es la defensa de la libertad personal: «Du­rante mis años de sacerdocio, no diré que predico, sino que grito mi amor a la libertad personal»; y se sorprende de que algunos teman que esto sea un peligro para la fe.

Y anticipándose de nuevo con espíritu profético al mensaje del Vaticano II, pero evitando los recientes compromisos equívocos del indiferentismo religioso, proclama: «Yo defiendo con todas mis fuerzas la libertad de las conciencias, que denota que a nadie le es lícito impedir que la criatura tribute culto a Dios» y, más adelante, «Nuestra Santa Madre la Iglesia se ha pronunciado siempre por la libertad y ha rechazado todos los fatalismos, antiguos y menos antiguos. Ha señalado que cada alma es dueña de su destino, para bien o para mal».

La homilía de Monseñor Escrivá de Balaguer del 25 de marzo de 1967 tiene en este contexto una expresión entre las más valientes de la literatura cristiana de cualquier tiempo. «En esa tarea que va realizando en el mundo, Dios ha querido que seamos cooperadores suyos, ha querido correr el riesgo de nuestra libertad. Me llega a lo hondo del alma contemplar la figura de Jesús recién nacido en Belén. Un niño indefenso, inerme, incapaz de ofrecer resistencia. Dios se entrega en manos de los hombres, se acerca y se abaja hasta nosotros».

Intrepidez de presencia cristiana en los tiempos nuevos, para una fidelidad dinámica a la verdad divina: éste es el mensaje de Josemaría Escrivá de Balaguer. El segundo aniversario de su falle­cimiento constituye, por tanto, una ocasión de renovado encuentro con su enseñanza para el bien supremo del hombre, liberado del pecado y de la muerte.

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