Hablando con adolescentes: “Aprender a ser feliz”.

Hablando con adolescentes: Aprender a ser feliz. Opus Dei

En una ocasión pregunté a un grupo de adolescentes de dieciséis años en una clase:

– ¿Qué es para vosotros la felicidad?.

No obtuve una respuesta inmediata. Pasaron unos segundos y uno de ellos me contestó simple y llanamente:

– Hacer lo que se quiera sin rendir cuentas a nadie ni tener problemas de conciencia.

Al momento se animó el resto de los alumnos y empezaron a contestar:

– Ganar y gastar todo el dinero que se quiera, divertirse en todo momento, salir los fines de semana sin ningún tipo de control, no tener la obligación de ir al instituto, no tener que obedecer a los padres…

Luego les pregunté:

– ¿Qué es lo que hace feliz a una persona humana?.

Con ironía me contestaron que era la misma pregunta que la anterior y que ya me habían respondido. Les seguí el juego irónico y les dije que si me habían contestado eso no eran personas humanas, sino simplemente seres vivos que se mueven por instinto.

Se quedaron un poco perplejos y uno de ellos me contestó que ellos "tenían inteligencia y por lo tanto no son simples seres vivos". Todos acataron la respuesta del compañero reafirmándose en su postura.

La perplejidad fue absoluta cuando les dije que en el fondo sabía que eran personas humanas, pero no por las contestaciones que me dieron, sino porque estuvieron pensando en la respuesta durante bastantes segundos y se atrevieron a dar esas contestaciones después de haberse lanzado el primero de ellos.

Explicándoles en qué podía consistir la felicidad, todos llegamos a la conclusión de que era algo que no existía. Todo el mundo tiene obligaciones, preocupaciones, inquietudes, ansiedades, miedos, etc. Forma parte de nuestra naturaleza como personas. Alguien que no tenga ningún tipo de preocupación o responsabilidad posiblemente no es feliz por el mero hecho de no tener preocupaciones.

En la vida humana el hombre no debe tener como objetivo alcanzar la felicidad sino aprender a ser feliz ya que la felicidad es un concepto muy difícil de materializar en la condición de una persona humana. El primer paso es conocerse a sí mismo y reconocer que es un ser social por naturaleza.

Hay muchos caminos para aprender a ser feliz, pero estoy seguro que el camino equivocado es el del aislamiento y la soledad. La persona humana necesita a los demás para comportarse como tal.

Después de esta explicación un alumno muy inteligentemente consideró que hay personas con más facilidad para aprender a ser feliz que otras porque tienen una vida más fácil y con menos problemas. Le dije que me pusiera ejemplos de personas que lo tienen difícil. La contestación fue rápida:

– Aquellas que tienen problemas con las drogas, tener un hijo deficiente mental, padecer enfermedades…

Le dije que tenía razón pero que la vida no se componía de un proceso de línea ascendente siempre uniforme, sino que existen altos y bajos que hay que intentar superar aunque en general se tienda a progresar. La persona humana tiene derecho a ser feliz, pero a veces se necesita de la ayuda de los demás. Un drogadicto necesita al resto de la sociedad y a su familia para salir de ese problema enriqueciéndose del amor y el cariño de las personas. Alguien que cuida a un deficiente mental se está enriqueciendo humanamente cada vez que tiene la oportunidad de aprender a ser feliz dando cariño a esa persona y aprendiendo un montón de ese ser humano al mismo tiempo.

La persona humana es algo grande y trascendental porque es capaz de hacer todo lo mejor para las demás personas porque necesita de ellas. Pero también es capaz de hacer lo peor, posiblemente porque no sabe en qué consiste aprender a ser feliz.

Una cosa quedó bien clara de la explicación.
La persona humana es tan perfecta que no hay ninguna cosa material en la que pueda basar su felicidad. Aprender a ser feliz es dar valor a la condición trascendental del ser humano.

RAÚL PASCUAL

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Amar hasta que duela.

Amar hasta que duela. Opus Dei

Me enfrento a una hoja de papel en la que he de escribir un artículo, el caso es que hay muchas ideas pero es muy complicado plasmarlas en papel.
“Mira la Cruz” eso me dijo un sacerdote en una ocasión ¿qué ves?, continuó ¿cómo está?.
¿Nos hemos parado a hacer oración delante del un Crucifijo? Ahí está Jesús, Dios hecho hombre que ha muerto de esta forma para salvarnos, para llevarnos con Él al Padre.
Ha muerto por ti y por mí y por todos los hombres y ¡Mira la Cruz! ¿cómo está? En algunas imágenes está ya muerto y en otras está sufriendo… pero ¡mírale! En todas las imágenes que conozco, ahí está paciente, sin odio, sin ira… sufriendo, sí, escarnecido pero con mucha paz, con mucho amor ¿no crees? “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”.
¿Cuántas veces se nos olvida que somos cristianos, que somos discípulos de Jesús y que el discípulo no es más que su maestro? En el día a día, ante las contrariedades, ante las malas jugadas de los demás a posta o sin querer, ¿cómo reaccionamos? ¿Pueden decir de nosotros que “este es discípulo de Cristo?.
Todo me viene a la cabeza ante los acontecimientos que estamos viviendo estos días, donde parece que estamos viviendo el mundo del revés, donde los asesinos, resulta que son “víctimas” y las Víctimas son los malos de la película.

En un primer momento, la reacción es de rebeldía, pero así no se es feliz ni seguimos el ejemplo del Maestro, que amó hasta derramar la última gota de su sangre por ti y por mí…. Por sus amigos y por los enemigos.
Ante las injusticias, de la sociedad, ¡Mirar a Cristo! Y pedir por todos aunque duela, aunque no lo entendamos, aunque no lo sintamos… Dios los ama ¿no vamos hacer nosotros lo mismo por Él?
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CARPE DIEM!

CARPE DIEM! Opus Dei

El poeta Horacio resumió en dos palabras el programa de vida que busca exclusivamente el placer y la invitación a vivir al día, a exprimir el instante, a extraer de cada momento todo el placer que pueda contener.

Recuerdo una conversación hace bastantes años con un joven universitario que me comentó que el verdadero estilo de vida es aquel que te deja tiempo para practicar el llamado Carpe diem: después de la rutina de clases y trabajo lo que te apetece es salir por la noche los fines de semana y no saber muy bien qué hacer, dónde, con quien, a qué hora se acabará. Es vivir la “movida”. En conclusión, se trata de no rendir cuentas a nadie y perder la conciencia de lo que supone el resto de la semana. Qué duda cabe que el alcohol, las drogas de diseño, mantener relaciones sexuales en ese marco, etc., son los ingredientes que para muchos jóvenes supone el fin de semana idílico.

En definitiva el Carpe diem consiste en no ejercer un control sobre lo que se quiere hacer y caer en la incomunicación más absoluta que puede vivir un ser humano. Privarle de todo lo que suponga razonar y convertirlo en un verdadero animal irracional: cubrir la noche con cinco whiskyes, diez cubatas, porros, empastillarse en una discoteca, amanecer en casa de un amigo porque no se reunen las condiciones de regresar a casa decentemente, o en el peor de los casos, en la sala de urgencias de un hospital por coma etílico. Y no hace falta hablar de la resaca del día siguiente. El fin de semana se hace tan corto simplemente porque no existe el domingo, entre otras cosas.

Me temo mucho que la manipulación del dicho horaciano es absoluto. Más bien el Carpe diem horaciano quería decir: aprovechad el momento, chicos; haced que vuestra vida sea extraordinaria, para que nadie llegue a la muerte y descubra que no ha vivido. Pero, ¿qué es vivir para el ser humano? Entre otras cosas dar creatividad a su tiempo libre y enriquecer sus sentidos con cosas que le llenen de vida.

Hipotecar la semana para disfrutar dos días en esas condiciones es el clímax de la mediocridad y la ausencia de sentido para el ser humano. Vivir el Carpe diem es formar un mosaico de cosas coherentes: deporte, lectura, amigos, familia, excursiones. Explotar aquellas cosas por las que merece la pena vivir sin dañar la dignidad y la salud de la propia persona ni la de los demás.

Desde la escuela y la familia hay que educar continuamente en los modos de ocupar las horas libres y no recurrir a lo que se acaba imponiendo simplemente porque lo hace todo el mundo. Posibilidades como el cine, el teatro, tertulias, tocar instrumentos musicales en salas habilitadas para ello, excursiones, etc, son algunas de las posibilidades de definir ese Carpe diem sin tener que caer en un existencialismo de incomunicación, ansiedad y preocupación constante.

RAÚL PASCUAL

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Globalidad y solidaridad.

Globalidad y solidaridad. Opus Dei

Vivimos en un mundo tan global, que nos enteramos en tiempo real de lo sucedido a 10.000 km de nuestra casa, pero en cambio pueden pasar semanas sin saber que al vecino de arriba le han operado de apendicitis.

Podemos conmovernos ante la imagen de un niño desamparado por la última riada en un país centroamericano, pero ni miramos a la cara al pobre que nos pide una limosna en la calle.

Despreciamos los programas del corazón, donde se habla sin recato de las intimidades personales, pero en cambio aprovechamos el descanso de media mañana en el trabajo, para difundir los últimos chismes que se comentan de fulanito.

Si de verdad queremos ser solidarios, empecemos por serlo con los que tenemos más cerca, de lo contrario estaremos viviendo una triste ficción.

José Javier Ávila Martínez.

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ACERCA DE UN TEXTO

ACERCA DE UN TEXTO Opus Dei

Hace poco leí un texto de Victor E. Frankl muy acertado con la sociedad que nos rodea:

“Vivimos en una época de creciente difusión del complejo de vacuidad. En esta época, la educación ha de tender no sólo a transmitir conocimientos, sino también a afinar la conciencia, de modo que el hombre preste atento oído para percibir el requerimiento inherente a cada situación. En unos tiempos en que los diez mandamientos han perdido, al parecer, su vigencia para tantas personas, el hombre tiene que estar capacitado para percibir los 10.000 mandamientos encerrados en 10.000 situaciones con las que le confronta la vida. Y esto no sólo hace que la vida le parezca de nuevo plena de sentido sino que él mismo se inmuniza contra el conformismo y el totalitarismo, estas dos escuelas del vacío existencial. Y es que sólo una conciencia recta da al hombre capacidad de resistencia, de modo que ni se pliega al conformismo (al pasotismo) ni se inclina al totalitarismo”.

Vivimos en la era de la superficialidad donde lo importante es alcanzar el bien material. El “complejo de vacuidad” al que hace referencia el fragmento significa querer conseguir lo que tiene el vecino sintiéndonos en todo momento en un estado inferior por no tener lo que él tiene.

Son unos tiempos en los que no interesa pensar y cada vez tiene menos importancia todo aquello que se relaciona con la sensibilidad artística, el estudio de la historia y la reflexión ética. Es decir, todo estudio que partiendo de un todo formado permita al hombre distinguir la multiplicidad de variables que lo han formado. Lo importante es ejercitarnos en aquello que nos va a reportar un beneficio económico importante. ¿Qué daño hace a la sociedad la generalización de este pensamiento?

El fragmento otorga un papel importante a la religión en este planteamiento. Cumplir los preceptos religiosos no está de moda por aquello que denominamos la “extensión del laicismo”. Tratar temas trascendentales y sobrenaturales entre las personas da la sensación de estar hablando de la “guerra de las galaxias”. Sin embargo es más común familiarizarnos con lo que ordinariamente está ocurriendo: nuevos casos de corrupción, abusos de todo tipo, destrucciones familiares, falta de sensibilidad ante el mal ajeno. La religión quizás no resuelva estos problemas, pero por lo menos alimenta la conciencia y la sensibilidad ante ellos. Es el peor momento para que nos riamos de preceptos que pretenden ahondar en el amor al prójimo y la comprensión del mal ajeno, cuando continuamente nos están metiendo por los ojos el sentido individualista de la vida como único modo de seguir adelante por medio de una propaganda bien orquestada.

¿No te parece este planteamiento un gran caldo de cultivo para el pensamiento único? El hombre es un ser social y necesita funcionar en sociedad. Si cada vez se da menos importancia a la reflexión ética, nos encontraremos con muertos vivientes embutidos en una vida que cada vez tiene menos cosas por las que merezca la pena, a no ser que la química ayude a olvidar este desaliento. Solamente hay que escuchar diariamente a grupos de adolescentes para ver lo cerca que nos encontramos de este planteamiento.

En ese momento seremos víctimas fácilmente manipulables de cualquiera que se aproveche de la escasez de juicio crítico generalizado en la sociedad. Ante tanto individualismo será imposible hacer un planteamiento ético de conjunto y estaremos a merced del “superhombre” que nos dirá cómo se deben hacer las cosas.

Fomentemos todo lo que ayude a despertar la reflexión y el juicio crítico, especialmente entre los más jóvenes. La educación no debe consistir en conseguir un currículum competitivo entre personas que se están formando como tales. Debe configurar unos contenidos que les permita funcionar en sociedad como seres humanos.

Raúl Pascual
Profesor de Ética
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El fundamento de la dignidad humana

El fundamento de la dignidad humana Opus Dei

Dignidad Humana significa que todo ser humano es siempre valioso, que la vida humana es intocable en todas sus fases, es decir desde su concepción hasta su muerte.
A finales del siglo XVIII se redactó una declaración de derechos del hombre, que sin embargo no pudo evitar las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, ni el holocausto nazi durante la II Guerra mundial. Después de la guerra, el deseo de que estas cosas no volvieran a suceder, dio lugar a una nueva declaración de los derechos humanos; tampoco en este caso esta declaración ha evitado las guerras en el Tercer Mundo por intereses económicos y políticos de EE.UU y la URSS, ni que se levantara el telón de acero, losa para enterrar a media Europa durante medio siglo.

A todo esto se debe añadir otro atentado a la dignidad humana, que se autojustifica a la sombra del eufemismo “interrupción del embarazo”, es decir el aborto que asesina a millones de fetos, de seres humanos.

Los argumentos contra la vida humana se quieren apoyar en un concepto de vida humana cuyo contenido se reduce sólo a la capacidad de relación por medio de un lenguaje inteligente, de lo que se desprende que no son personas los embriones humanos, ni los niños en el primer año de vida, ni los deficientes profundos, o los afectados seriamente por la decrepitud de la edad.

El meollo de la cuestión es definir dónde comienza el ser humano como persona. Esta definición no la puede dar un hombre porque sería juez y parte, por lo tanto nadie debe juzgar si alguien es o no sujeto de derechos humanos, ya que la persona no es miembro de la sociedad humana por poseer determinadas cualidades, sino por derecho propio; es decir por su pertenencia biológica a la especie humana.

Hay una evidencia biológica, pero el ser humano es capaz de negar la evidencia. A lo largo de la historia ha habido personas que han intentado justificar el robo, el asesinato, la esclavitud, como ahora se pretende justificar el aborto.

“Malos tiempos en los que se discute lo evidente”. Y sólo nos quedaba la repetición hasta la saciedad de la ejecución de Sadam sin ningún planteamiento ético al respecto. ¡Bienvenidos a una nueva etapa llamada Edad Media!

RAÚL PASCUAL
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