CARPE DIEM!

CARPE DIEM! Opus Dei

El poeta Horacio resumió en dos palabras el programa de vida que busca exclusivamente el placer y la invitación a vivir al día, a exprimir el instante, a extraer de cada momento todo el placer que pueda contener.

Recuerdo una conversación hace bastantes años con un joven universitario que me comentó que el verdadero estilo de vida es aquel que te deja tiempo para practicar el llamado Carpe diem: después de la rutina de clases y trabajo lo que te apetece es salir por la noche los fines de semana y no saber muy bien qué hacer, dónde, con quien, a qué hora se acabará. Es vivir la “movida”. En conclusión, se trata de no rendir cuentas a nadie y perder la conciencia de lo que supone el resto de la semana. Qué duda cabe que el alcohol, las drogas de diseño, mantener relaciones sexuales en ese marco, etc., son los ingredientes que para muchos jóvenes supone el fin de semana idílico.

En definitiva el Carpe diem consiste en no ejercer un control sobre lo que se quiere hacer y caer en la incomunicación más absoluta que puede vivir un ser humano. Privarle de todo lo que suponga razonar y convertirlo en un verdadero animal irracional: cubrir la noche con cinco whiskyes, diez cubatas, porros, empastillarse en una discoteca, amanecer en casa de un amigo porque no se reunen las condiciones de regresar a casa decentemente, o en el peor de los casos, en la sala de urgencias de un hospital por coma etílico. Y no hace falta hablar de la resaca del día siguiente. El fin de semana se hace tan corto simplemente porque no existe el domingo, entre otras cosas.

Me temo mucho que la manipulación del dicho horaciano es absoluto. Más bien el Carpe diem horaciano quería decir: aprovechad el momento, chicos; haced que vuestra vida sea extraordinaria, para que nadie llegue a la muerte y descubra que no ha vivido. Pero, ¿qué es vivir para el ser humano? Entre otras cosas dar creatividad a su tiempo libre y enriquecer sus sentidos con cosas que le llenen de vida.

Hipotecar la semana para disfrutar dos días en esas condiciones es el clímax de la mediocridad y la ausencia de sentido para el ser humano. Vivir el Carpe diem es formar un mosaico de cosas coherentes: deporte, lectura, amigos, familia, excursiones. Explotar aquellas cosas por las que merece la pena vivir sin dañar la dignidad y la salud de la propia persona ni la de los demás.

Desde la escuela y la familia hay que educar continuamente en los modos de ocupar las horas libres y no recurrir a lo que se acaba imponiendo simplemente porque lo hace todo el mundo. Posibilidades como el cine, el teatro, tertulias, tocar instrumentos musicales en salas habilitadas para ello, excursiones, etc, son algunas de las posibilidades de definir ese Carpe diem sin tener que caer en un existencialismo de incomunicación, ansiedad y preocupación constante.

RAÚL PASCUAL

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