Benedicto XVI habla de anticonceptiovos, divorciados y excomunión

Hay un capítulo titulado “los anticonceptivos” en el libro “la sal de la tierra” en el que Benedicto XVI da razones y argumentos de peso para explicar por qué la Iglesia no aconseja el uso de preservativos; al igual que en el capítulo “el matrimonio de los divorciados” expone los motivos por los que las personas divorciadas no pueden comulgar, porque sufren la pena de excomunión. Esto es algo difícil de entender, ¿no crees? Efectivamente, estoy contigo: esto no es nada fácil de entender. Pero me parece que el Papa lo explica muy bien en su libro “La sal de la tierra“. Pienso que no podré explicarlo tan bien como él, por eso te copio (es un libro escrito en forma de preguntas que recibe el cardenal Ratzinger, y respuestas que él da):

Señor Cardenal, muchos creyentes no entienden la postura de la Iglesia con respecto a los anticonceptivos. ¿Entiende que no lo entiendan?
Sí. Claro que lo entiendo, porque es un tema algo complicado. Con las tribulaciones del mundo actual, por las proporciones de las viviendas y por otras muchas razones, en principio, parece razonable que el número de hijos no sea muy alto. Pero, por esa misma razón, no se puede plantear este asunto desde la casuística individual, sino que hemos de considerarlo conociendo primero cuáles son las intenciones de la Iglesia a este respecto.
Yo creo que hay tres grandes opciones fundamentales para el hombre en torno a este problema. Una es el cambio de actitud que la humanidad debe adoptar con respecto al número de hijos y que ha de ser una actitud radicalmente positiva. El cambio de enfoque en este ámbito ha sido considerable, Antes, hasta el siglo XIX, los hijos eran considerados, incluso en las capas sociales más sencillas, como una bendición de Dios; en cambio, ahora se ven como una carga que “ocupará mi sitio en el día de mañana”, o “mí espacio vital peligra”, etcétera. Ésta sería una primera intención de la iglesia, recobrar la primitiva -la auténtica- forma de enfocar este tema: cada hijo, un nuevo ser, es una bendición. Dando vida, también se recibe vida, y salir de sí mismo y adherirse a la bendición de la Creación es esencialmente bueno para el hombre.
La segunda es que, ante la actual situación -hasta ahora desconocida- de separación entre la sexualidad y la reproducción, hemos de volver cuanto antes a recordar y a recuperar el nexo íntimo que existe entre ambas realidades. Pero hay representantes de la generación del 68, o de la generación actual, que dicen haber vivido experiencias asombrosas. Rainer Langhans dice haber investigado en su comuna lo que él llama “sexualidad orgásmica,”, Y explica que con la píldora, se separa la sexualidad de su parte espiritual y la gente se queda en una especie de callejón sin salida”. Langhans se lamenta que ya nadie se da, no hay entrega mutua“. Según su valoración, “lo supremo” de la sexualidad es la “paternidad” a la que él llama “colaborar en los planes divinos”.
Lo que ahí se produce son dos realidades totalmente separadas. En la famosa obra de Aldous Huxley sobre el mundo del futuro, Un mundo feliz, una novela muy bien fundamentada y con una visión muy lúcida sobre la tragedia que esperaba a la humanidad en el mundo futuro, Huxley separaba la sexualidad de la reproducción. Los niños, en esa novela, realmente se planificaban y se reproducían en un laboratorio. Aquello fue una deliberada caricatura, pero, como toda caricatura, contenía cierto parecido con la realidad: los niños se podían producir de acuerdo con una planificación previa, porque eso estaba sujeto al control de la razón. Y así el hombre se destruye a sí mismo. Con ese sistema, se despoja a los niños, por anticipado, de su propio proyecto de vida, además de convertirles en un producto donde el hombre quiere verse reflejado. Y la sexualidad se convierte así, en algo intercambiable.
De ese modo, Por supuesto, desaparece la relación varón-mujer; y ya estamos viendo cómo ha evolucionado todo esto. En la cuestión de los anticonceptivos, la Iglesia quiere ayudar al hombre con esas tres opciones fundamentales. Porque la tercera opción, a ese respecto, es considerar, una vez más, que los graves problemas morales nunca se pueden solucionar por medio de la técnica o de la química; los problemas morales sólo se solucionan moralmente, es decir, cambiando el modo de vida. Y yo diría que éste es -también con independencia de los anticonceptivos- uno de nuestros mayores peligros. Porque, actualmente, queremos dominar cualquier situación en la que se encuentre el hombre con ayuda de la técnica y, hemos olvidado, que en la humanidad siempre ha habido problemas humanos que no se han podido solucionar con esos sistemas, sino con la firme decisión de dar un giro al estilo de vida. Yo insisto en que, en esta cuestión de los anticonceptivos, lo primero de todo es reflexionar sobre estas tres alternativas esenciales para el hombre, y donde la Iglesia está librando una batalla en su ayuda. Y, después, es importante también poner más de relieve qué sentido tienen las objeciones de la Iglesia, porque, tal vez, no siempre se formulen con mucho acierto, pero ahí se ponen en juego los caminos que llevan la existencia humana hasta la vida eterna.
Queda aún una pregunta por hacer. Cuando un matrimonio con varios hijos vive la continencia periódica, ¿está faltando a esa actitud positiva hacia los hijos?
No. Claro que no. Eso nunca debería suceder.
Pero, tal vez se sientan incómodos, como si estuvieran cometiendo un pecado, si no ….
En ese caso, yo les aconsejaría que consultaran a su director espiritual, que pidieran consejo al sacerdote, porque esas cosas no se pueden dilucidar en abstracto.

Sobre los divorciados te copio del libro:
Sólo algunos católicos particularmente fieles, divorciados que luego se casan civilmente en matrimonio no reconocido por la Iglesia, cumplen con la excomunión que les afecta por este motivo. Esto no parece muy justo, es una humillación, incluso parece anticristiano. En el año 1972 usted decía: “El matrimono es sacramento … eso no excluye que la Comunión de los santos de la Iglesia también abarque a los hombres que, reconociendo esta doctrina y estos principios de vida, estén en una particular situación de emergencia que requiera una especial comunión con el Cuerpo de Cristo”.
Debo empezar precisando que las personas casadas civilmente no están excomulgadas formalmente. Las excomuniones son una medida penitencial; significa una limitación en la pertenencia a la Iglesia. Pero esas sanciones de la Iglesia no se les imponen a ellos, aunque salte a la vista, por supuesto, que su núcleo central les afecta, puesto que no pueden acercarse a comulgar. Pero, como decía, no están excomulgados en sentido estricto. Esas personas siguen siendo miembros de la Iglesia que, por una determinada circunstancia de su vida, no están en condiciones de recibir la comunión. No cabe duda de que esto es un peso más, en este mundo nuestro en el que, precisamente, el número de matrimonios deshechos parece ir en aumento.
Pero yo pienso que ese peso se puede sobrellevar algo mejor, si se tiene en cuenta que hay otros muchos que tampoco pueden ir a comulgar. Este hecho, últimamente, se ha convertido en un problema mayor, porque se ha hecho de la comunión una especie de rito social, de modo que, el que no participe de ella queda significado de alguna forma. Las cosas se juzgarían de distinto modo si volviera a ser manifiesto que hay otros que también se dicen: “así no puedo comulgar”, “tengo sobre la conciencia algo que me impide acercarme a comulgar”, y si, como dijo San Pablo, ahí se reconociera el Cuerpo de Cristo. Eso por un lado. Y, por otro, que esas personas tengan conciencia de que, a pesar de todo, la Iglesia les acoge y sufre con ellas.

Eso más bien parece un deseo piadoso.
Pero eso, como es natural, debería ser evidente en la vida de una comunidad. Por otra parte cuando se acepta esa renuncia a la comunión, también se está haciendo algo bueno por la Iglesia y por la humanidad, pues se da testimonio de la unidad del matrimonio. Y pienso que, además, con eso se consigue algo muy importante, como es reconocer que se debe cambiar de conducta, y entonces el sufrimiento y la renuncia también pueden ser positivos. Y, por último, también es muy positivo volver a recordar qué es la Misa, La Eucaristía está llena de significado, da fruto, aunque no siempre se pueda ir a comulgar. 0 sea, que este asunto sigue siendo delicado y difícil, pero cuando se pongan en orden todas estas ideas yo creo que resultará más llevadero.

Cuando el sacerdote recita las palabras, “Benditos los invitados a la cena del Señor”, los otros deben sentirse malditos.
Esto, desgraciadamente, ha quedo poco claro debido a una traducción incorrecta. Porque esas palabras no se refieren directamente a la Eucaristía. Han sido tomadas del Apocalipsis y hacen referencia a una invitación al banquete de bodas definitivo, representado en la Eucaristía. El que no pueda acercarse en el momento de la comunión, no debe, por eso, sentirse excluido del banquete de bodas de la eternidad. Lo que importa es hacer un continuo examen de conciencia y pensar si se está preparado para acercarse al banquete eterno -si eso sucediera ahora- y para ir a comulgar en ese momento. Con ese llamamiento se exhorta al que no estuviera en condiciones, a reflexionar que él también será invitado a ese banquete nupcial, como todos los demás. Y, tal vez, sea mejor acogido por haber sufrido mucho.

Esta cuestión, ¿se volverá a discutir de nuevo, o se ha dado ya por zanjada?
Ya está decidida en lo fundamental, pero, de hecho, puede haber todavía alguna otra cuestión o pregunta singular. Podría suceder, por ejemplo, que en un futuro se pudiera comprobar con posterioridad, gracias a alguna verificación extrajudicial, que el primer matrimonio había sido nulo. Esto, en la práctica de la cura de almas, podría suceder, en algún caso. Y es posible, puede pensarse que haya cambios jurídicos de esa índole que descomplicarían mucho algunas cosas. Pero el principio fundamental es definitivo, es decir, que el matrimonio es indisoluble, y que el que abandona un matrimonio válido y menosprecia el sacramento para volver a contraer matrimonio no puede comulgar. Éste es un principio fundamental definitivo.

Casi siempre se insiste en los mismos puntos. Por ejemplo, ¿qué cosas de la antigua Tradición debe conservar la Iglesia, y cuáles podría desechar? Y, ¿cómo se decide esto?, ¿existe algún listado con una línea divisoria: a la derecha, lo que vale para siempre y, a la izquierda, lo que se puede renovar?
No. No es tan fácil como eso, por supuesto. La misma Tradición contiene muchas cosas que no son de igual importancia. Antes, en teología se hablaba de distintos grados de evidencia, y no era tan equivocado. Actualmente, muchos creen que deberíamos volver a esa costumbre. Cuando se habla de la jerarquía de las verdades, lo que se quiere decir es que no todas tienen la misma importancia, es decir, que no todas son esenciales, pues lo que las grandes resoluciones conciliares declaran es lo mismo que ya está dicho en el Credo, único camino y, por tanto, parte esencial de la Iglesia, que pertenece a su identidad más íntima. Y luego hay, además, distintas ramificaciones que proceden de un gran árbol, y que están íntimamente en relación con él, pero que no tienen la misma importancia. La Iglesia tiene sus señas de identidad para reconocer las cosas, es decir, la iglesia no es inamovible, se identifica con todo lo viviente, pero permaneciendo siempre fiel a sí misma a medida que evoluciona.

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