Argumentos objetivos o la forma de fabricar buenas excusas

Solemos atribuir al corazón casi todo aquello por lo que nos movemos a la hora de realizar nuestros actos. En la audiencia del pasado miércoles del Papa Benedicto XVI, hablándonos del Niño que está en el pesebre, nos dice “que lo acojamos en nuestros corazones, en nuestras casas y ciudades, como han hecho a lo largo de la historia tantos hombres y mujeres que, siguiendo el ejemplo de los pastores y de los Magos, pero sobre todo de María y José, han creído en el misterio de la Navidad, transformando su vida en fuente de luz y de esperanza”.

Dando vueltas a esto, me viene a la cabeza todo el tiempo perdido por mi parte en estos últimos años. En la Misa de mi parroquia del primer día del año, en la homilía, nos sugerían que pensáramos si añadíamos años a nuestra o vida a nuestros años. Se agolpa el tiempo que estuve apartado de Dios y la cantidad de historias que me sacaba de la manga para demorar mis compromisos con Él: estoy cansado; no me apetece; si por un día… ; si no lo hago no pasa nada porque no es pecado; luego me confieso y ¡solucionado!; prefiero dedicar mi tiempo a los demás; mañana; luego; … ¡¡nunca!!. La mejor excusa, la que ponemos cuando suena el despertador, ¡cómo cuesta! Y qué rápido funciona nuestra cabeza para proponernos un plan alternativo para no ponernos en pie. Estas luchas darían para escribir todos los días.

También, el miércoles por la tarde, leía un punto de SURCO, del fundador del Opus Dei, que lo he tomado como “eslogan” para mi lucha actual, para no caer en la mezquindad en el trato con Dios.

Todos nos decimos que queremos ser santos. Sabemos que no es un camino sencillo (en ocasiones se nos olvida y abandonamos), que hay cuestas, ¡pedazo de cuestas!, y que habrá tropiezos. Lo malo no es meter la pata, es dejarla metida. Tenemos que tener la capacidad de reconocer nuestros errores y confiar en Dios. Ayer, hablando con un amigo, me decía que un cristiano si no hace las cosas es porque no quiere, no porque no pueda, ¡si tenemos a Dios a nuestro lado y de nuestro lado!

Con Jesús tenemos que hacer lo mismo que con nuestros amigos: hablar. No le hace falta que le contemos las cosas, las conoce, pero “quiere conocerlas de primera mano”, de nosotros. Nos espera en cada Sagrario, ¡desde hace XXI siglos!, para escucharnos, Él siempre está y en ocasiones el banco lo dejamos vacío. Este medio que no aprovechamos suficientemente se llama oración, ya lo sabemos. Es, así pienso, uno de los mejores propósitos que he sacado últimamente, hacer todos los días un rato de oración. Me esfuerzo por ser constante a ese momento, sabiendo, como leí en el libro “Tiempo para Dios”, de Jacques Philippe, que la calidad será fruto de la fidelidad.

Santa Teresa de Ávila, decía, más o menos, que no necesita demonio que lo tiente aquel que no hace oración.

La Madre Teresa de Calcuta, manifestaba en la última entrevista que la hicieron, que en su Congregación rezan cuatro horas al día. Tampoco olvidamos como siempre se la veía con el Rosario en la mano. Cuánto aprenderían de esta santa muchos de aquellos que dicen que prefieren dedicar su tiempo, eso dicen que hacen (creo que se refieren a que lo harían), en lugar de dedicarlo a Dios. Expongo sólo la última pregunta y su respuesta:

—¿Qué mensaje le gustaría dejarnos?
—Teresa de Calcuta: Amaos los unos a los otros, como Jesús os ama. No tengo nada que añadir al mensaje que Jesús nos dejó. Para poder amar hay que tener un corazón puro y rezar. El fruto de la oración es la profundización en la fe. El fruto de la fe es el amor. Y el fruto del amor es el servicio al prójimo. Esto nos trae la paz.

En el trato con Dios en la oración, iremos avanzando en vida interior y nos llevará a abandonarnos cada día más en Él. Lo llevaremos bastante mal como sólo confiemos en nuestras fuerzas.

Es la hora de ir fijando objetivos. Un rato de oración, en el mejor lugar y a la mejor hora, ¿no puedo? Pero si soy capaz de estar con un amigo en un bar una hora, hablando de cualquier cosa, ¿no seré capaz de sacar treinta minutos para hablar con el Señor? O diez, o quince o veinte, ¿ni cinco siquiera?. Será bueno que piense entonces en la cantidad de tiempo que paso en la televisión, leyendo, pasando el rato, ¡esa play!, ¿aprovecho bien el tiempo? Conclusión, organizarse (si cuidamos el orden, el orden nos cuidará a nosotros), colocar lo más importante primero en mi agenda y… a tirar de frente.

La teoría ya la conozco. Ahora, a meterme en la cabeza que la lucha es día a día, no “rajarme” si no me salen la cosas como me propongo… Y acudir más frecuentemente a la confesión. Mira tú, que buena manera de acoger a Jesús Niño, como nos dice el Papa. Ponerle un corazón donde pueda reinar y para no ponerme “colorao” ante Él, tengo que saber aprovechar los medios que me ha dejado: los Sacramentos.

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