Ahí va lo prometido…mi experiencia

En el mes de febrero o enero de 1999, viviendo en Roma, fui por primera vez consciente de la aparición de un pequeño bulto en la parte superior de la pierna, justo debajo de la ingle. El primer médico al que le pregunté, restó toda importancia. A las semanas, consulté lo mismo a otro. Me respondió que podía ser la consecuencia de una inflamación. Ante estas dos consultas y como los dos le quitaban importancia, me desentendí del asunto. Mi vida era totalmente normal, trabajaba y hacía deporte como siempre. Hacía bicicleta por los alrededores de Roma. Jugaba a fútbol. Ni sentía dolor, ni había ningún otro síntoma que me hiciera pensar en otra cosa. 

 

Llegó el mes de agosto y acudí a un curso de formación. Al segundo día estando en una bendición con el Santísimo en el oratorio, me caí desmayado. No era la primera vez que me ocurría en mi vida. Así que después de una mañana más tranquila, me incorporé a la actividad sin darle más importancia. En ese curso tenía algunos encargos que realizar. A los pocos días, dando una clase me sentí mal y sin poder terminar, les dije a los asistentes que no podía seguir y que se fueran a realizar otras cosas. Me tumbé en la cama y como primer paso me hicieron unos análisis al día siguiente. Los resultados dados a los pocos días no indicaban ninguna anormalidad. Personalmente me encontraba cansado, soportaba mal el calor: hasta trasladarme por los pasillos a los que daba el sol me suponía un esfuerzo. Pasaba las mañanas en una habitación con aire acondicionado porque era el único lugar en el que me encontraba un poco mejor. Las comidas eran también motivo de desasosiego porque eran muy pocas las ganas de comer que tenía. En estos días me observaron otros médicos y alguno, fijándose en el bulto, me dijo que podría ser una hernia. Terminada esta actividad, me incorporé a la vida normal.

Me acuerdo que, volviendo un día de rezar en Santa María la Mayor, me subí a un autobús para poder llegar a casa porque no podía con mi alma. Para demostrarme que estaba bien, a los pocos días cogí la bicicleta recorrí una distancia de 90 kilómetros.  Estando en casa una tarde, me llamó uno de los médicos que me había mirado en una ocasión y que no estaba muy convencido con lo que había diagnosticado. Como se suele decir estaba con la mosca detrás de la oreja. Me dijo que sería bueno que me viera un doctor que conocía de mi ciudad de origen. A los pocos días me cruce con él y se lo comenté. Me vio inmediatamente y me mandó hacerme una endoscopia al día siguiente. Esta prueba indicaba ya unas ciertas irregularidades, porque el médico que la realizó me pidió que contactara cuanto antes con el doctor que me había enviado. Esa misma tarde, lo hice. Por la noche recibí una llamada suya indicándome que fuese al Campus Biomédico a hacerme una punción. Los resultados de esta prueba siempre los desconocí: a los dos días me encontraba en Pamplona realizando las primeras pruebas que llevaron a diagnosticar una metátasis de melanoma en el estomago y en la pierna.  

Antes de viajar a Pamplona, pasé por mi lugar de trabajo por dos motivos. El primero, no el principal, para arreglar asuntos de la oficina. El segundo para rezar delante de los restos de San Josemaría, fundador del Opus Dei, y de don Álvaro del Portillo, su primer sucesor. Hay que aclarar que trabajaba en una oficina que tiene como principal función seguir las causas de canonización de los miembros de la Prelatura del Opus Dei. Allí había leído muchos favores, grandes y pequeños, de carácter material y espiritual. Incluyendo aquellos que hacían referencia a las curaciones. Aún pensaba que este episodio fuese una simple falsa alarma porque no pasaba por mi cabeza que “eso” pudiera ocurrirme a mí. Una de las personas de la oficina, al conocer la posible gravedad me preguntó a quién pensaba encomendarle la buena marcha de la enfermedad. No dudé en responderle que a don Álvaro le iba a pedir la “curación”. Mi elección no era más que la consecuencia natural de haber trabajado durante los dos últimos años en aspectos que tenían que ver con su persona y su santidad. Como sabe cualquier persona que ha pasado por este tipo de enfermedad, las pruebas se multiplican y los dictámenes médicos son abundantes. Es un maratón, una carrera de larga distancia. Se puede decir que estás continuamente pendiente del hilo de los resultados. A todas las pruebas realizadas acudía acompañado de abundantes oraciones privadas a don Álvaro. Es más, en algunas de las exploraciones realizadas que podían ser más largas –por ejemplo el PET puede durar hasta dos horas- no dejaba de importunar a don Álvaro por el feliz resultado. Al mismo tiempo, yo no rezaba sólo. Desde el Prelado del Opus Dei, que sabía a quién se lo encomendaba, hasta las personas que por su impulso en Roma también rezaban al mismo intercesor, pasando por todas aquellas personas –padres y alumnos, principalmente- del colegio Gaztelueta, donde había trabajado, pedían mi curación. 

En los meses que pasé en Pamplona, cuatro, hubo varios sucesos importantes que podían haber marcado la evolución de la enfermedad. Al comunicarme el diagnóstico un doctor de la Clínica de la Universidad de Navarra me comentó que le extrañaba que el médico que había llevado mi caso no me hubiese mandado hacer un PET. Me habían hecho una gastroscopia en la que habían obtenido del estomago unas muestras que, después de realizar una biopsia, eran compatibles con melanoma. Realizado el PET, no encontraron ninguna célula de ese tipo con lo que volvieron a repetir a los pocos días una gastroscopia, para confirmar la primera, con resultado negativo. No quedaban restos de enfermedad en el estómago. En una ocasión, comenté a una doctora que me dolía una zona de la tripa. Ella se lo comentó inmediatamente a otro doctor que en mi presencia le dijo que sería un cáncer de páncreas. Me realizaron un TAC y en la exploración vieron unas manchas en ese órgano. Para verificar lo que era, me hicieron una punción. El resultado, como he dicho abundantemente rezado a don Álvaro, fue negativo. Otro episodio de la enfermedad, fue la intoxicación –desconozco si es el término adecuado- de interferón. Durante un mes, salvo los fines de semana, me daban dosis muy altas de ese medicamento. Un día que fui a la toma habitual, la enfermera al ver mi estado, creo recordar la apariencia del ojo o la pupila, me mandó acudir a consultas. El médico que me vio suspendió los pocos días que me faltaban para terminar con el protocolo. Esta intoxicación, supuso el ingreso durante algo más de 20 días en la clínica. Dado mi estado, era peligroso que llevara una vida no vigilada. Lo más llamativo eran los índices de bilirrubina que alcanzó –como me comentaron los médicos-, índices difícilmente medibles. Considerando la condición del hígado, la posibilidad de un fallo hepático era algo perfectamente contemplado. Es más, se barajó que esta situación era la consecuencia de un cáncer de las vías biliares. Que después de nuevas pruebas no se confirmó…En esta situación seguía con la oración de petición a don Álvaro y pidiendo oraciones a todas las personas que preguntaban por mí.  

 El día 23 de diciembre, después de un mejoramiento del hígado y de los índices de la bilirrubina, dejé la clínica con la cita de volver en las primeras semanas de enero. El día 18 de enero acudí a la consulta y, en la exploración que llevaron a cabo, descubrieron una recidiva de la adenopatía en el mismo lugar que el anterior. El dermatólogo me la extrajo esa misma tarde y la mandaron a hacer una biopsia. Los resultados indicaron que eran de las mismas células que habían sido diagnosticadas como melanoma. Me acuerdo que, como consecuencia de este nuevo foco y al ser citado para un PET, donde me jugaba mucho, mi oración y las peticiones por el buen resultado de la prueba se redoblaron. Gracias a Dios, fueron negativas. Han pasado más de cinco años y no ha habido ninguna nueva manifestación de la enfermedad.  

Para mí es clara la intervención de don Álvaro a lo largo de estos meses, ya que en opinión de los médicos fue una situación “comprometida” con una enfermedad muy grave. El médico, en una entrevista en la que estuvo presente un hermano mío, comentó que si se hubiese mantenido la situación del estómago, las posibilidades de vivir eran del 20 %. Siempre he pensado que a Dios le vale con un simple 1 %… Más de un médico me ha comentado que mi enfermedad ha sido muy rara. Creo que el salirse de una evolución normal no indica más que la intervención -he procurado recogerla en este relato- de don Álvaro que ha oído a tanta gente.  

Ahí va lo prometido…mi experiencia
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